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NARRATIVA

Tachas 683 • Como Una Casa En Llamas • László Krasznahorkai

"Ya no me importa morir, dijo Korin, y tras un largo silencio, señalando un estanque cercano, preguntó: ¿Aquello son cisnes?"

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Tachas 683 • Como Una Casa En Llamas • László Krasznahorkai

1.

Ya no me importa morir, dijo Korin, y tras un largo silencio, señalando un estanque cercano, preguntó: ¿Aquello son cisnes?

2.

Siete muchachos lo rodeaban justo en el centro del puente que pasaba por encima del ferrocarril, agachados, empujándolo contra la barandilla, seguían exactamente igual que media hora antes, cuando lo habían atracado, pero con la diferencia de que ya nadie quería robarle, pues, aunque resultaba evidente que era fácil asaltar a una persona como él, no merecía la pena debido a las imprevisibles consecuencias del hecho, porque el hombre seguro que no tenía nada y lo que podía poseer parecía más bien un lastre insondable, o sea que, cuando esto fue quedando claro, paulatinamente, a partir de un punto determinado del caótico, tormentoso y, para ellos, «tremendamente aburrido» monólogo de Korin, desde el momento, más o menos, en que empezó a hablar de cómo había perdido la cabeza, los chicos no se levantaron, ni lo dejaron allí como a un loco, sino que permanecieron tal como estaban, guiados por el motivo que los había traído al lugar, agachados, formando un semicírculo, inmóviles, ya que entretanto había caído poco a poco la noche sobre ellos; los acalló la oscuridad que se posó con el silencio crepuscular de las fábricas, y la mudez expresaba de la forma más profunda su atención, a la que, como Korin ya no interesaba, sólo le quedaba un objeto: las vías que pasaban por debajo.

3.

Nadie le pidió que hablara, sólo querían su dinero, pero él no lo soltó, sino que aseguró no llevar nada encima y empezó a darle a la sin hueso, tartamudeando al principio, luego de forma más fluida y por último sin parar, aunque, eso sí, se le notaba que peroraba por el pánico que le daban los ojos de los siete muchachos o, tal como comprendió más tarde, porque el estómago se le encogió de miedo y él, dijo, necesitaba desahogarse cuando el miedo le atenazaba el estómago, es más, como la angustia no se le iba, ya que no podía saber si portaban o no un arma, se sumió más y más en su discurso, decidido a contarles todo, todo por fin a quien fuese, pues desde que emprendiera, en secreto —¡y en el último momento!—, el «gran viaje», como lo llamaba, no había intercambiado ni una palabra con nadie, ni una sola palabra, por cuanto hacerlo se le antojaba demasiado peligroso, y, por cierto, tampoco se le había presentado la ocasión, puesto que en el camino no se había topado con nadie que fuese inofensivo, con nadie a quien no tuviese que temer; la verdad era que nadie le parecía lo bastante inocente, o sea que había de temer a todos, como dijo de entrada, en todos veía a un solo hombre, a aquel que, de forma directa o desde un segundo plano, mantenía algún contacto con sus perseguidores, alguna relación cercana o lejana, pero relación al fin y al cabo, algún trato con aquellos que, en su opinión, conocían cada uno de sus pasos, aunque él era más rápido, explicó posteriormente, siempre llevaba «como mínimo medio día» de ventaja, si bien los fugaces triunfos de los tiempos y de los escenarios también se cobraban su precio; ni una palabra a nadie, realmente, sólo ahora, por miedo, bajo la presión natural del pánico, adentrándose en territorios más y más importantes de su vida, ofreciendo una visión más y más íntima, más y más profunda de sus entresijos, con el único objeto de sobornarlos, de ganarse su confianza, de borrar simplemente al agresor que había en sus agresores, de convencer a los siete de lo siguiente: no sólo se rendía, sino que con esa rendición iba incluso al encuentro de sus atracadores.

4.

Olía a alquitrán; el asqueroso, penetrante y contundente olor a alquitrán se extendía por doquier, y no lo remediaba ni siquiera el fuerte viento, porque éste, que los calaba, por cierto, hasta los huesos, sólo levantaba y remolineaba el olor, pero no conseguía sustituirlo por otro; de manera que en toda la zona, en un tramo de kilómetros y kilómetros, pero en particular allí, entre aquellos raíles que entraban desde el este y se desplegaban luego como un abanico y la estación de Rákosrendező que se vislumbraba a sus espaldas, la atmósfera consistía en eso, en olor a alquitrán, y difícilmente podía precisarse qué contenía, además, este hedor, si humo y hollín acumulados, si la fetidez de los cientos y cientos de miles de convoyes que pasaban traqueteando, de las traviesas, del balasto y del acero de las vías, aunque no cabía la menor duda de que incluía otros elementos ocultos, que sólo podían mentarse mediante circunloquios o que eran directamente innombrables, tales como la ingente carga de la futilidad humana que una voluntad vomitiva —la cual adoptaba millones de caras y, vista desde la altura del puente, se plasmaba en una aterradora inutilidad— traía en cientos y cientos de miles de convoyes; y el aire era alimentado también, sin duda, por el espíritu de lo desértico, de lo abandonado, del fantasmagórico letargo fabril que se había aposentado durante décadas sobre aquel paisaje, donde Korin trataba ahora de situarse, él, que en su huida sólo quiso, en principio, pasar al otro lado, con rapidez, sin ruido y sin llamar la atención, a fin de proseguir su camino hacia el hipotético centro de la ciudad y que ahora se veía obligado, por así decirlo, a asentarse en ese gélido y ventoso punto del mundo, forzado a agarrarse —barandilla, bordillo, asfalto, metal— de detalles que parecían importantes desde la altura de los ojos, pero que eran, por supuesto, todos casuales, de tal modo que un puente que cruzaba por encima de las vías del tren a unos cien metros de la estación de mercancías de Rákosrendező dejó de ser un segmento inexistente en el mundo para transformarse en un segmento existente, se convirtió en uno de los episodios iniciales más significativos de su nueva vida o, como él mismo lo formuló luego, de su amok, un puente por el que, si no lo hubieran detenido allí, habría pasado ciegamente.

5.

Empezó de golpe, sin introducción, ni pálpito, ni preparativos, ni impulso; el descubrimiento se precipitó sobre él justo en un momento dado de su cuadragésimo cuarto cumpleaños y enseguida le resultó tremendamente doloroso, tal como cuando aquellos siete cayeron sobre él, hacía unos instantes, allí, en medio del puente, de manera igualmente inopinada e imprevisible, dijo; estaba sentado a la orilla de un río, como solía a veces, porque no le daban ganas de volver a su casa vacía precisamente el día de su cumpleaños, estaba sentado, pues, y, en efecto, se le clavó de pronto, explicó, el reconocimiento de que, por amor de Dios, no comprendía nada de nada, ay, ay, ay, no tenía ni la menor idea, Jesús, María y José, no entendía el mundo, y acto seguido se estremeció al pensar que la cosa se formulaba así en su interior, en ese plano del tópico, de la banalidad, de la repugnante ingenuidad, pero de eso se trataba exactamente, dijo, de súbito se vio terriblemente estúpido a sus cuarenta y cuatro años, un tonto vacuo e idiota, cuya memez había caracterizado, precisamente, el modo en que, durante cuarenta y cuatro años, había entendido el mundo, aunque lo cierto era, como pudo apreciar entonces junto al río, que no sólo no lo comprendía, sino que no entendía nada de nada, y lo peor era que durante cuarenta y cuatro años había creído entender, fue lo peor de esa tarde de su cumpleaños, que pasó solo a la orilla del río, lo peor de lo peor, porque, para colmo, el descubrimiento no venía acompañado por aquello de «bueno, pero ahora lo entiendo», pues no recibió un saber nuevo a cambio de aquel otro, sino un pavoroso embrollo cada vez que pensaba en el mundo a partir de ese momento, y lo cierto es que esa tarde reflexionó de forma terriblemente profunda sobre el universo y se devanó los sesos tratando de penetrar en él, pero no pudo ser, la complejidad se volvió más y más opaca, y Korin llegó a tener la sensación de que tal complejidad era en sí el sentido del mundo que trataba de comprender a fuerza de torturarse, que el universo era, por tanto, idéntico a su propia complejidad; hasta allí llegó y no cejó en su empeño sino cuando se dio cuenta de que comenzaba a dolerle la cabeza.

6.

Por entonces llevaba ya muchos años viviendo solo, explicó a los siete muchachos, agachado él también, apoyando la espalda contra la barandilla y sacudido por el viento de noviembre que azotaba el puente, viviendo solo, dijo, pues su matrimonio se había roto antes debido al asunto Hermes (con un ademán indicó que posteriormente entraría en detalles), pero luego él «se quemó en una intensa relación amorosa», tanto que decidió ya nunca más siquiera acercarse a una mujer, lo cual, por supuesto, no significó aislarse por completo, porque siempre había alguna mujer para las noches difíciles, prosiguió Korin mirando a los chicos, ya que, si bien estaba solo, sí tenía, lógicamente, vínculos con las más diversas personas, relaciones laborales debido a su trabajo en el archivo, vecinales debido a su trato con los vecinos, callejeras debido a su tránsito por las calles, mercantiles y tabernarias debido a las compras en las tiendas y al consumo de alcohol en las tabernas, y así sucesivamente, y, pensándolo bien, dijo, al fin y al cabo se mantuvo en la cercanía de muchas personas, aunque sólo fuese en el rincón más remoto de esa cercanía, de bastantes personas para ser exactos, hasta que éstas también se fueron apartando, básicamente desde la época en que en el archivo, en la escalera de su edificio, en la calle, en la tienda y en las tabernas se sintió obligado a explicar que, por desgracia, abrigaba la sensación de que perdería la cabeza, pues cuando entendieron que no lo pensaba en un sentido simbólico ni metafórico, sino tal y como lo decía, esto es que, por desgracia, estaba a punto de perder aquella parte del cuerpo que coronaba su cuello, salieron todos corriendo cual si él fuese una casa en llamas, por así decirlo, y todo se disolvió rápidamente a su alrededor, y allí se quedó él, como una casa en llamas, porque la gente empezó a apartarse y no se dirigía a él en el archivo y luego procedieron a no devolverle el saludo, a no sentarse a su mesa, hasta que por último se desviaban en la calle al verlo, ¿me entienden ustedes?, preguntó Korin a los siete muchachos, cuando lo veían acercarse se apartaban en la calle, eso fue lo que más le dolió, añadió, más que aquello que le ocurrió en las cervicales, pues precisamente en esa situación lo que más necesitaba era compasión, dijo, y se le notaba que deseaba continuar hasta entrar en los detalles más ínfimos, así como a los siete chicos se les notaba todo lo contrario, que era inútil, que ellos siete no estaban por la labor ni dispuestos a responder a nada, que no les interesaba el asunto, sobre todo a partir del momento en que el «pavo ese empezó con aquello de perder la cabeza», como contaron más tarde a unos amigos, porque a ellos les importaba «un pijo», dijeron, se miraron, el mayor asintió con la cabeza dirigiéndose a los demás, viniendo a sugerir, más o menos, que «dejémoslo, no merece la pena», o sea que los siete se quedaron agachados sin abrir la boca, observando el punto de fuga de los raíles y de tanto en tanto, cuando un tren de mercancías pasaba traqueteando debajo de ellos, alguno preguntaba cuánto faltaba, a lo cual otro, siempre el mismo, un chico rubio que se había situado junto al mayor, miraba el reloj y se limitaba a decir que ya avisaría cuando llegara el momento y que hasta entonces a callar.

7.

Si Korin hubiera estado al tanto de que la decisión, precisamente la decisión, había nacido, si hubiera observado aquel gesto de la cabeza, desde luego nada habría sucedido tal como acaeció, pero no lo sabía porque no se dio cuenta, y a todas luces interpretaba las cosas de manera muy diferente de como eran en realidad; a él, desde luego, aquella situación —agachado entre aquellos muchachos y sacudido por el viento— le resultaba más y más inquietante, precisamente porque no ocurría nada, ni acababa de entenderse qué querían de él, si es que querían algo, y él necesitaba una explicación de por qué no lo soltaban o por qué no lo dejaban allí tirado, una vez que los había persuadido de que no tenía ni un céntimo y de que todo esto era inútil, necesitaba una explicación y, de hecho, contaba con ella, aunque no fuera la correcta desde el punto de vista de los siete muchachos, ya que para él, que sabía perfectamente cuánto dinero guardaba escondido en la manga derecha del abrigo, el hecho de esa inmovilidad, de ese silencio, de esa inactividad, de ese no suceder nada, adquiría un significado cada vez más grande en lugar de tener uno a cada momento más pequeño y tranquilizador para su persona, de modo que, mientras en la primera mitad de un instante se disponía a levantarse de un salto y salir corriendo, al final de ese mismo instante se quedaba allí, como quien no deseaba más que eso, y continuaba hablando como si sólo hubiese empezado a exponer su situación, es decir, estaba al mismo tiempo listo para huir y listo para quedarse, pero siempre acababa decidiéndose por lo último, por miedo, claro está, y comunicaba una y otra vez que se sentía muy a gusto por haber ido a parar a ese círculo de máxima confianza y por ser al fin escuchado, puesto que tenía cosas que decir, es más, tenía una cantidad ingente de cosas que decir, una cantidad estremecedora, en el sentido estricto de la palabra; hasta cuándo tendría que contar su historia para que se comprendiera que el miércoles, hacía unas treinta o cuarenta horas, aunque ya no recordaba exactamente cuántas, fue el día decisivo en que tomó conciencia de que debía emprender, en efecto, el «gran viaje», el día en que tomó conciencia de que todo, desde Hermes hasta la soledad, se dirigía para él en una dirección, el día en que comprendió que estaba ya realmente en camino, puesto que todo se arregló y todo se derrumbó, es decir, todo se arregló ante él y todo se derrumbó tras él, que es lo que suele ocurrir normalmente en ese tipo de «grandes viajes», dijo Korin.

8.

Las farolas sólo ardían sobre las dos escaleras, proyectando su luz en desolados y escalofriantes conos, mientras el viento las azotaba una y otra vez; todas las demás luces de neón instaladas en los treinta y tantos metros que había entre ambas estaban rotas, de modo que no llegaba ni una pizca de claridad allí donde estaban agachados, aunque se distinguían mutuamente con exactitud, igual que percibían la oscura inmensidad del cielo gracias a las luces destrozadas, aquel cielo que acaso habría podido reflejar su masa oscura e inmensa, titilante por la vibración de las estrellas, en el gigantesco paisaje ferroviario que se extendía abajo, si hubiera existido una relación entre las temblorosas estrellas y el opaco color rojo de los innumerables semáforos esparcidos entre las vías, mas no había entre ellos relación alguna, pues no existía un orden común, ni nexo, sólo órdenes distintos y nexos distintos arriba y abajo y en todas partes, porque se miraban ciegamente el bosque de estrellas y el bosque de semáforos, como ciegos eran también el uno respecto al otro los grandes principios de la existencia, ciega la oscuridad y ciega la irradiación, ciega la tierra y ciego el cielo, creando de tal forma una simetría muerta de todo cuanto es extenso en la mirada perdida de un punto de vista superior y, en su centro, una insignificante mancha: Korin… en el puente… y los siete muchachos.

9.

Más loco que una cabra, explicaron al día siguiente a alguien de la zona, el tío estaba más loco que una cabra, era más tonto que un haba, decían, aunque quizá deberían haberlo eliminado de alguna manera, porque nunca se sabía si la gente así no acababa delatando al personal, al fin y al cabo les vio la cara a todos, añadieron luego cuando se quedaron solos, podría haber registrado qué ropa, qué zapatos y qué otras cosas llevaba cada uno aquella tarde, sí, reconocieron al día siguiente, tendrían que haberlo liquidado, aunque nadie pensó en eso en su momento, se encontraban tranquilamente agachados en el puente, pues todo estaba perfectamente preparado abajo, se limitaban a observar el paisaje oscuro allá donde se perdían las vías, esperaban las primeras señales del tren de las seis y cuarenta y ocho allá lejos, para bajar entonces a toda pastilla hasta el terraplén y ocupar sus puestos detrás de los arbustos, para que empezara entonces el baile, o sea que a nadie, señalaron, a nadie se le ocurrió que el juego pudiera concluir de otra manera, esto es, que no acabara con la victoria total, el acierto supremo, el pleno, o sea, la muerte, de modo que un tipo así podía representar claramente un peligro, podía delatarlos, dijeron, porque, histérico perdido, el hombre podía chivarse de forma totalmente inesperada a los maderos, y la cosa adquirió ese cariz, los muchachos llegaron a esa conclusión, puesto que no prestaban atención, en absoluto, de lo contrario se habrían dado cuenta de que precisamente él no constituía ningún peligro para ellos, pues luego ni siquiera supo si había ocurrido algo allí a eso de las seis y cuarenta y ocho, el hombre se fue sumiendo más y más en el miedo y, por causa de éste, en el relato, que, por qué negarlo, carecía de toda estructura desde el comienzo, no poseía nada que pudiera atraer el interés, sólo ritmo y densidad, ya que él quería contarlo todo a la vez, ya que todo coexistía al mismo tiempo en su interior, lo que le había ocurrido y lo que había descubierto, todo ello, dijo, se concentró en un conjunto aquella mañana de un día miércoles, hacía treinta o cuarenta horas, a una distancia de doscientos veinte kilómetros de allí, en una agencia de viajes, cuando estaba a punto de tocarle el turno y él se disponía a preguntar a qué hora salía el siguiente vuelo de Budapest y a qué precio estaba el billete, cuando de repente sintió ante el mostrador que no podía averiguar eso allí, y en ese preciso momento divisó en el reflejo del vidrio del mostrador a dos empleadas del instituto psiquiátrico del distrito, a dos enfermeras disfrazadas de idiotas humanos que no hacían más que rezumar agresividad por los poros de la piel, las vio a su espalda, en la entrada.

10.

Los del instituto psiquiátrico del distrito, dijo Korin, nunca le explicaron por qué había empezado a acudir allí, cómo funcionaba el sistema desde la primera vértebra cervical hasta el ligamento, no le aclararon nada, no se lo aclararon porque no sabían, porque no entendían nada de nada, porque una indescriptible oscuridad reinaba en su cerebro, se quedaron mirándolo al principio como terneros al encontrarse con una puerta nueva y luego actuaron como si la propia pregunta fuese en sí una estupidez y, al mismo tiempo, una señal, una prueba fehaciente de su locura, el mero hecho de presentarse con una cuestión así —se lanzaron entonces miradas cargadas de significado y asintieron levemente con la cabeza— ya lo decía todo, claro que sí, tras lo cual cambiaron de tema, con la lógica consecuencia de que él se abstuvo de formularles preguntas al respecto y se dedicó a dilucidar él mismo el problema al tiempo que, imperturbable, seguía cargándolo sobre sus hombros, se dedicó a comprender qué suponía esa vértebra cervical en concreto, qué significaba ese ligamento en concreto y cómo pintaba el crítico encaje de lo uno con lo otro, suspiró Korin, cómo era posible que le encajaran el cráneo simplemente sobre la vértebra superior, cuando lo pensó en aquel momento, dijo ahora, cuando pensó que el hueso occipital se insertaba en la vértebra cervical, la mera idea de que su cráneo estaba fijado mediante ligamentos a su columna vertebral y que eso lo sostenía todo, la mera idea de ver así su interior mientras lo pensaba, lo estremeció, se le puso la piel de gallina y se le seguía poniendo cada vez que pensaba en ello, puesto que resultaba evidente, tras una somera inspección y una breve autoobservación, que ese encaje era el más delicado, el más sensible, el más vulnerable y desprotegido de todo el organismo y que, en consecuencia, allí radicaba el problema, en esa conjunción, tal como pudo comprobar, allí empezaba y allí acababa, puesto que si los médicos no eran capaces de extraer ninguna conclusión de las radiografías, que fue lo que, en efecto, ocurrió, a él no le cabía la menor duda, tras sumirse en el orden un tanto más profundo de la inspección y de la autoobservación, de que, ciertamente, el dolor provenía de ese punto de conexión, de encaje y de encuentro entre el hueso occipital y la primera vértebra cervical, de modo que allí cabía concentrar, lógicamente, toda la atención, o acaso en los ligamentos, aunque en aquel instante no lo sabía aún con certeza, aunque sí sabía con exactitud, cosa esta que le transmitía claramente el dolor que se iba intensificando día tras día, semana tras semana, mes tras mes, que el proceso había comenzado y progresaba de forma imparable, y que, visto desde una perspectiva objetiva, todo conducía a la destrucción definitiva de la relación entre el cráneo y la columna vertebral, así como, en última instancia, y no en un sentido metafórico —¿por qué?, inquirió Korin mostrando su cuello, ¿la sostendrá acaso ese trocito de piel?—, a la pérdida inevitable de la cabeza.

Fragmento del libro Guerra y guerra. László Krasznahorkai. Acantilado. 2022. Publicado con autorización de sus editores.




 

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László Krasznahorkai (Alemania, 1943) Es el seudónimo del escritor alemán Erich Paul Remark. Es un autor alemán de posguerra, que cuenta los horrores de la Primera Guerra Mundial. Participó en la Primera Guerra Mundial, hecho en el cual se inspiró para escribir su máxima obra literaria, Sin novedad en el frente (1929), historia en la que describe con implacable claridad y cálida compasión el sufrimiento provocado por dicha guerra. En 1932, Remarque abandonó Alemania y se instaló en un principio en el cantón del Tesino, Suiza. En 1939 emigró a los Estados Unidos, junto con su primera esposa Ilsa Jeanne Zamboui, con la que se casó y divorció dos veces. Ambos se naturalizaron ciudadanos de Estados Unidos en 1947. Al año siguiente regresó a Europa. En 1958 se casó con la actriz de Hollywood Paulette Goddard y permaneció casado hasta su muerte en 1970. Se considera a László Krasznahorkai como uno de los más famosos enemigos del nazismo. En 1933, obras suyas fueron destruidas durante las quemas públicas de libros que llevaron a cabo los nazis en Alemania entre el 10 de mayo y el 21 de junio.






 

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