NARRATIVA
Tachas 683 • La Cruz • Stefan Zweig
Era el año de guerra 1810. Una enorme y quemada nube de polvo se cernía sobre el camino real de Hostalric, en Cataluña, el pueblo que los españoles defendían con tanto ardor y los franceses asediaban sin descanso. De vez en cuando, una perezosa ráfaga de viento abría el blanco velo, del que emergían pesados carros de formas vagas, soldados en grupos sueltos, caballos arrastrándose fatigosamente hacia delante, un transporte de vituallas protegido por un coronel experimentado con sus tropas. El blanco camino, serpenteante y torcido, dejaba atrás la tierra fangosa de onduladas colinas y se dirigía hacia un bosquecillo que resplandecía de color violeta y cuyas lindes aparecían bañadas de rojo por el sol, que se sumergía ya por poniente. La nube de polvo entraba lentamente en la oscuridad de los árboles, que esperaba en silencio a la chirriante comitiva.
De pronto, como un cohete, salió un disparo de las sombras. Una señal, evidentemente. Un segundo después, un mortífero fuego rápido crepitó sobre la atrapada columna. Los soldados caían a diestra y siniestra antes de que tuvieran tiempo de coger sus fusiles; los caballos, asustados, se encabritaban relinchando, de modo que los carros se volcaban o chocaban entre sí con golpes sordos. El coronel se dio cuenta rápidamente de la situación: resistir era una locura y huir, muy peligroso. Como una trompeta, su grito dominó el ruido. Ordenó el ataque sobre un flanco y dejar al enemigo el transporte y los heridos. El tambor redoblaba exaltado bajo las febriles manos del pequeño tamborileDe pronto, como un cohete, salió un disparo de las sombras. Una señal, ro y, sin orden ni concierto, impetuosos e irresistibles, saltaron los franceses hacia el costado izquierdo del camino y penetraron en el bosque, cuyos árboles empezaron extrañamente a cobrar vida. Cayeron rayos desde las copas, que oscilaban a causa de un peso inusual; sombrías formas se deslizaban por los troncos rozándolos como serpientes negras, y a veces una masa humana caía con un ruido sordo, como un fruto maduro, de unas ramas que seguían oscilando furibundas. Los españoles, que se agazapaban en los matorrales, retrocedieron ante las bayonetas de los franceses, que las clavaban a ciegas en la oscuridad y avanzaban desesperados barriéndolo todo a su paso para llegar al claro del monte. Mientras tanto crecía el sordo fragor de gritos y disparos, que se perdían en un asustadizo eco. Solo a la cabeza, pistola y sable en mano, el coronel se lanzó al ataque. De pronto su brazo extendido hendió el aire con la mano convulsamente contraída. Su pie había quedado atrapado en una raíz y, al tropezar, se golpeó tan fuerte la cabeza contra un árbol que se cayó, con la mirada vacía, en la oscuridad de un matorral, cuyas varas silbaron violentamente encima de él. La batalla pasó de largo rauda y veloz sin hacer caso del hombre tendido sin sentido…
Cuando el coronel volvió a abrir los ojos, estaba solo en medio de la oscuridad y el silencio. Encima de él se mecían las ramas en el cielo ensombrecido por el atardecer, llenando el aire de sordos silbidos. Cuando quiso levantar la cabeza, notó sangre en los labios. Con los pensamientos confusos, se palpó las marcas que las varas le habían hecho en la cara al caer. Y rápidamente se le avivó entonces la memoria. Y desde el lugar del ataque el viento le traía el apenas perceptible y confuso ruido de caballos enjaezados y de ruedas retumbantes, cada vez más y más lejos. Por lo visto la victoriosa banda de guerrilleros se llevaba el botín. Con los primeros recuerdos se mezclaba ya un dolor sordo: el coronel se daba cuenta de que su decisión se le había escapado completamente de las manos y que ahora pendía sólo del azar. Se encontraba solo en un bosque desconocido, solo en tierra enemiga. Un reflejo de su sable o un chasquido de la maleza podía delatarlo, una presa fácil e indefensa ante las torturas de los insurrectos. Pues desde que Augereau había marcado los caminos con patíbulos levantados sobre la marcha, desde que los españoles eran fusilados sin juicio previo, los franceses encontraban horripilantes rastros de venganza en los pueblos abandonados: cuerpos carbonizados de soldados quemados a fuego lento, cadáveres descompuestos de prisioneros empalados, imágenes terribles de suplicios y de crueldades brutales. Todo esto pasó como un relámpago por su cerebro, tan rápido, tan claro, que se estremeció como agitado por la fiebre. Más y más oscuro susurraba a su alrededor el funesto bosque que lo tenía prisionero.
El coronel reflexionó, ahogando cualquier decisión precipitada. Sólo la huida era posible, huir del bosque por la noche, huir hacia Hostalric o de vuelta al camino, hasta encontrar de nuevo tropas francesas. Pero huir, a cualquier precio —discurría—, a pesar de que la idea de su penosa indefensión le abrasaba el alma. La pálida luz que pendía por encima de las copas de los árboles lo condenaba todavía a la inacción. Con los labios apretados y los ojos ardientes, tendido inmóvil bajo la maleza, aún tuvo que esperar, esperar a que el redondo disco lunar que brillaba con trémula luz verdosa flotara entre la niebla vespertina hacia el firmamento; tuvo que escuchar cualquier temblor del suelo, cualquier vibración del aire, cualquier grito de pájaros procedente de las profundidades del bosque, cualquier gemido de las ramas que se balanceaban con el viento de la noche. El recuerdo de las interminables noches en Egipto lo colmó de espanto, el recuerdo de aquel cielo de un amarillo sulfuroso, henchido de silencio infinito y amenaza indescriptible. La sensación de abandono acongojaba su corazón como un enorme peso.
Finalmente, al cabo de horas y horas, cuando la luna cubrió el bosque con su fría luz como de hielo, regresó, arrastrándose de rodillas con toda precaución, al lugar del ataque, temblando no tanto de miedo como del ardor febril de una vaga esperanza. Con infinita cautela, que era el más terrible tormento en su estado de agitación, avanzaba a cuatro patas palpando la maleza de los enmarañados arbustos y la dura red de las raíces de los árboles. El camino de un árbol a otro le parecía una eternidad. Por fin el camino real brilló, claro como un estanque, a través de la soñolienta oscuridad de los márgenes.
Tomando aliento se incorporó para rehacer corriendo el camino desierto, con la pistola en la mano y el sable en permanente apresto. Entonces —se sobresaltó—, una sombra se deslizó delante mismo de él. Y retrocedió de nuevo. Y otra vez de un lado para otro, indistinta y sin embargo perceptible como un soplo frío.
El coronel agarró la pistola con fuerza y escrutó la oscuridad de los árboles. Pero ningún sonido cruzó el espacio. Y, sin embargo, lentamente y sin pausa se arrastró de nuevo la sombra por la gravilla del camino e inquieta, inmaterial, se volvió a desvanecer. Iba y venía como la oscilación de un péndulo, misteriosa y silenciosa, fantasma de la noche. Jadeante, el coronel siguió su camino. Y se estremeció de repente cuando levantó los ojos hacia el claro de luna.
Casi rozando su cabeza, de la rama inclinada de un joven alcornoque, colgaba un cuerpo desnudo, resplandeciendo pálido y siniestro a la luz gredosa de la luna. Se balanceaba con un reposado movimiento, como la sombra del camino. Y a medida que la mirada horrorizada iba posándose de un árbol en otro, la horripilante imagen se multiplicaba. Los muertos, ahorcados en las sombras de las copas de los árboles y sólo pálidamente bañados por el fantasmal crepúsculo, parecían hacer señales con gestos fantásticos, agitando los lívidos cuerpos de un lado para otro en el viento. El aliento brotó como un estertor de la garganta del coronel cuando sobre los desencajados rostros vio las gorras de pelo de oso de sus soldados, burlonamente caladas. Sus soldados, muchachos valientes y bizarros, con los que el día anterior todavía había bromeado junto a la hoguera del campamento, ¡ahorcados como gallinas desplumadas y estranguladas, por rufianes, bandidos, españoles, primero acuchillados, después torturados, afrentados, escupidos! Tambaleándose de cólera, movido por la furiosa necesidad de hacer algo, se puso en pie de un salto y golpeó con el puño los duros árboles. Y se echó al suelo de nuevo, arrancando raíces con las manos y los dientes, delirando en el tormento de su indefensión, enardeciéndose con el deseo de hacer algo, rugir, golpear, estrangular, matar. Hervía en su interior un exceso de angustioso apremio, una llama virulentamente avivada de cólera y desesperación. ¡Y una y otra vez la sombra sobre el camino y el sordo murmullo del bosque! Por primera vez desde hacía muchos años el coronel sintió un escozor en los ojos como de lágrimas, por primera vez el nombre de Napoleón salió de sus labios con una maldición por haberlo mandado a esta tierra de asesinos y profanadores de cadáveres. Y esto incitaba esa cólera desconcertada y febril. Brotaba como fuego en sus manos.
¡Entonces, de pronto, un ruido! Un paso… Sangre y aliento, fiebre y rabia, ideas y reflexiones quedaron en suspenso en un segundo de expectación. En efecto: un paso, un paso que se acercaba presuroso. Y ya surgió una sombra entre los árboles allí donde el camino doblaba hacia el bosque. Instintivamente el coronel, al acecho, se acuclilló en la oscuridad, agarrando ávida y convulsivamente las armas, su pecho jadeó sordamente y lleno de júbilo cuando en un fugaz vislumbre de luna reconoció a un español. Un mensajero quizás, un pastor, un merodeador, un campesino, tan sólo un mendigo acaso, pero…; sus manos ardían y se contraían: un español, un asesino, un bellaco. Cólera y deseo tendían juntos y febriles hacia un mismo objetivo. El coronel, al acecho, dio un paso de ventaja al presuroso español y luego, con un sordo grito de rabia, se abalanzó sobre él, que se sobresaltó; con la mano izquierda crispada le agarró la garganta para ahogar con los dedos el grito de espanto. Y después de un segundo de voluptuosa contemplación de los ojos hinchados por la agonía, clavó el cuchillo en la espalda de la víctima, primero poco a poco, saboreando el momento con crueldad y premeditación, y después, con furia convulsiva, lo clavó una y otra vez, más y más deprisa, en la espalda y la garganta, con más y más fuerza, hasta que al final la hoja resbaló en medio de la vorágine y se le clavó en la mano. El dolor y el calor de la sangre que brotaba devolvieron la cordura al enfurecido coronel. Se sacudió el cadáver casi con asco, viendo cómo este se tambaleaba como una peonza y caía con un golpe sordo en la cuneta.
Entonces, de un solo y profundo resuello, aspiró el aire fresco de la noche. De repente se sintió maravillosamente libre. Ya no sentía cólera, miedo, angustia, remordimiento ni ardor, sólo el aire fresco, frío de luna, lleno, hinchado por un viento suave que le recorría los labios. Fuerza, valor y reflexión apresurada circularon de nuevo por sus miembros: erguido, se sintió de nuevo coronel de Napoleón. Tranquilo y seguro, su pensamiento ascendió del pasado al futuro. El cadáver del soldado muerto precipitadamente en un arrebato de cólera ciega lo traicionaría: en un instante se percató de ello. Cuando se inclinó sobre el rostro desencajado que, a la luz insegura de la luna, parecía animado por una vida espectral, los vidriosos ojos le miraron fijamente con una siniestra expresión. Pero el coronel no sintió miedo ni contrición, ni siquiera el súbito estremecimiento del horror momentáneo. Sin miedo alguno cogió el cadáver, lo arrastró por los matorrales, que se doblaban a regañadientes, hasta el escondrijo que antes le había protegido a él y arrojó sin miramientos el pesado cuerpo en el suelo del bosque.
Tomó aliento. Ninguna agitación palpitaba ya en su cuerpo, pero después de muchas horas terribles el cansancio y el abatimiento empezaban a hacer mella en él. La mañana ya no podía estar lejos, pues la luz de la luna ya pendía más pálida de los arbustos. De modo que abandonó el plan de huida por tardío. Y sin meditar sobre nuevas posibilidades, obedeciendo sólo a su fatiga, se echó al suelo, apenas a dos pasos del muerto. Y cayó profundamente dormido, como en los campos de batalla de Italia y Austria, en la soledad de la muerte.
Al despertar de esta noche de horror bajo la amarillenta luz de una mañana encapotada, tiritando de frío por la helada matinal y atragantándose por la amarga presión de su garganta, el coronel examinó su desesperada situación. Fácil de reconocer como soldado y sin hablar la lengua del país, no podía arriesgar un solo paso fuera del bosque que lo rodeaba con sus tenebrosos susurros. Debía esperar de nuevo, esperar sin hacer nada hasta la noche, debía confiar en el paso de tropas francesas, en algo inaudito, improbable. Poco a poco, como un animal roedor, otra voz se abrió camino en su interior, inquieta y torturadora: el hambre le desgarraba las entrañas. Y la sed le quemaba los labios. Amanecía un día de tormentos; le surcaban el cerebro pensamientos corrosivos como la terrosa humedad que absorbía de las raíces arrancadas. Inquieto, jugaba con la pistola cargada que podía poner fin a todo. Tan sólo el dolor, el orgullo de no querer reventar como un animal en el bosque, inútilmente, sin lucha, lejos de sus tropas, impedía a sus dedos apretar el gatillo. Permanecía echado presa de un sordo tormento, horas y horas, toda la eternidad del día hasta la noche. A su alrededor, la vida seguía su ritmo burlón: desde el camino llegaba de vez en cuando el ruido fugaz de transeúntes que por un momento apagaban su horrible soledad, pero luego de nuevo seguían horas ocupadas sólo por el silbido del viento y los susurros de las ramas. Nadie se acercaba a abrir los barrotes de la invisible prisión; yacía como un herido en el campo de batalla que lanza quejidos al cielo vacío, tumbado con manos lánguidas y frente febril en un bosque que destilaba humedad bajo el sol naciente.
Finalmente, después de horas de atroz tormento, los rayos de sol empezaron a sesgarse. Llegó la noche y, con ella, una decisión desesperada. De un brusco tirón, el coronel se arrancó la ropa del cuerpo y la tiró en medio de la oscuridad. Luego hurgó a tientas en la maraña de hojas donde yacía boca arriba el cuerpo del español muerto, lo levantó y le quitó la ropa, pieza tras pieza, le arrancó la ensangrentada capa de la mano contraída por la muerte y, acuciado por su última e inexorable decisión, se envolvió en la indumentaria española, echándose el capote sobre los hombros, donde la ancha y todavía húmeda marca de sangre empapaba la ropa. Así quería huir, mendigar pan; quería calmar el sofocante fuego que le desgarraba el cuerpo, salvarse de aquella telaraña de horror, de aquel bosque de muerte. Deseaba volver con los hombres, no quería vivir más como un animal entre cadáveres, acosado por el miedo y el hambre, quería volver con su ejército, con su emperador, aun cuando fuera al precio de su honor. Un sollozo se le atravesó en la garganta cuando vio su uniforme abandonado como un cadáver, el uniforme que había llevado en veinte batallas, que había crecido unido a su ser como el hijo con su madre. Pero el hambre lo empujaba hacia el camino, hacia el crepúsculo. Cuando se volvió hacia atrás, por última vez, como despedida, vio a través del brillo de las lágrimas el destello como de un ojo. Era la cruz que Napoleón le había colgado personalmente en el campo de batalla. No podía dejarla. La cortó con la daga y se la metió en el bolsillo. Y se alejó, se lanzó hacia delante por el camino, raudo, presuroso.
Apenas a una milla del bosque había —él lo sabía— un pueblecito abandonado. La compañía había hecho alto en él y vagamente recordó — atormentado por el impetuoso deseo del hambre y el martilleo de la sangre — una fuente redonda en la plaza, donde habían bebido los caballos. Incluso los sombríos rostros de los españoles emergieron en su recuerdo, ese escarnio de los traidores a duras penas refrenado, pero todo, todo se borraba en una única sensación: ¡hambre! Y así corría casi tambaleándose por el camino ya oscuro, la cabeza embozada en el sombrero calado hasta las cejas; corrió y corrió para así vencer con rabia la hinchazón del hambre, corrió jadeando hasta que por fin vio que la oscuridad adquiría formas, hasta que de la cerrazón de la noche que caía brotaron casas, estrechas y entrelazadas. Llegó a tientas a la plaza y primero dejó correr el agua de la fuente por su garganta, hundió las manos y la frente febril en su frescor. Un primer instante de bienestar recorrió su cuerpo después de horas interminables. Pero al cabo de poco sintió de nuevo alzarse contra él el puño del hambre, que lo empujó hacia delante, hacia la primera puerta. Intranquilo, golpeó el podrido portón. Una anciana de rostro amarillento cortado por arrugas lo contempló con ojos malévolos y desconfiados, abriendo sólo a medias la hendidura. Con gestos de mudo se señaló los labios e hizo un ademán de súplica. Su corazón de soldado estaba muerto en ese momento, enterrado allí en el bosque junto con el sable y el uniforme. La anciana se apartó negando con la cabeza y se dispuso a cerrar la puerta. Pero el hambriento, aturdido por el aroma oleoso de la comida, por el humo de chamusquina que salía de la casa, olvidando todo orgullo, convertido en tan sólo un animal enfurecido por el ansia de comer, agarró por el brazo a la mujer, que retrocedió asustada, para suplicarle. La llama de la locura palpitaba muy viva en los ojos del coronel. Entonces, la mujer, por toda respuesta, lanzó la pesada puerta contra la frente del intruso, el cual retrocedió tambaleándose aturdido. Una colérica maldición en francés le salió de la garganta; el coronel miró a su alrededor, asustado. Gracias a Dios nadie lo había oído, podía seguir mendigando como sordomudo. Y así lo hizo, con el corazón ardiente, de casa en casa, hasta que por fin tuvo en la mano unas migajas de pan de centeno y cinco o seis aceitunas. Se lo zampó todo con gestos ávidos, tragándose a la vez el hambre, el asco y la vergüenza; devoró como una fiera con la mirada perdida y el rostro descompuesto. Antes de haber dejado atrás el último y negro cobertizo del pueblo, ya tenía las manos vacías.
Una pregunta terrible surgió de nuevo con las sombras de la noche que invadían los alrededores: ¿adónde ahora? Hubiera querido huir, volver atrás por el camino que había tomado la columna. Pero ahora tenía plomo en los pies. Y toda energía le había sido arrebatada. Desde que llevaba ropas ajenas y había empezado a pedir limosna de casa en casa, el valor y el arrojo lo habían abandonado, había decaído en él todo deseo de vivir e iba a la deriva. Una sorda somnolencia se apoderaba de todo su ser. Y, sin saberlo, se arrastró de nuevo mecánicamente hacia el bosque que lo había apresado y que ahora parecía atraerlo y retenerlo con una fuerza misteriosa. El camino que una vez había recorrido con sus soldados, alegre y despreocupado, lo volvía a conducir al bosque donde los había acechado la muerte, que todavía se cernía entre las negras ramas, susurrando espectralmente. Pero se sentía impelido hacia allí como en sueños. La necesidad de descansar, descansar y diluirse en la lasitud del reposo, lo empujaba irresistiblemente hacia la lobreguez de los árboles. Trepó la cuesta con cansado esfuerzo y, sin pensar ni sentir, se dejó caer en las tinieblas, muy cerca del borde del camino. No se atrevía a avanzar más allá para evitar la mirada de sus camaradas muertos, para no volver a ver su uniforme de soldado que, harapo sangriento, yacía como un escarnio en la oscuridad, para no reconocer en esa señal el presentimiento de la muerte. Creyente como un sacerdote, aferró la cruz de honor que llevaba en el bolsillo. Era su júbilo, su queja, su esperanza.
Y una nueva noche empezó, una segunda y terrible noche, una noche de luna con muchas estrellas frías, con el desconsuelo de un firmamento de bóveda despejada y silencio infinito, del cual se desplomaba una pesada soledad. El coronel tenía los ojos desprovistos de lágrimas, ardientes y desvariados, fijos en el camino de tierra blanca que se adentraba en la absurda oscuridad. ¿Qué vendría por ese camino? ¿Esperanza, liberación, amigos? ¿Quizás una diligencia que lo recogería, tropas francesas? Pero todos estos pensamientos se mezclaban y confundían en el gran cansancio, entrelazados con el oscuro murmullo de las hojas, el lejano y tembloroso brillo de las estrellas y los escurridizos rayos lunares. Descansaba en aquel solitario bosque como dentro de una tumba.
A la mañana siguiente, muy temprano, un grito agudo despertó al coronel. El grito de un pájaro, pensó soñoliento, levantando los ojos hacia la malla de niebla matutina. Pero otro grito —¿no era un sueño aciago?, no—, muy claro, muy nítido, un toque de corneta, un toque de corneta de tropas cercanas…
De repente se le heló la sangre. ¿Serían realmente franceses, amigos, salvadores? ¿Tendría todavía ocasión de regresar a la vida? Una alegría indeciblemente desvariada le subió hasta la garganta. Se puso en pie de un salto y entonces los vio venir por el camino, soldados franceses avanzando sin formación; vio las gorras, los sables, las banderas, las piezas de artillería. Refuerzos para Hostalric, a ojos vistas.
Y entonces estalló, la alegría reventó sus sentidos. Olvidando su destino, el peligro y el ropaje, avanzando a trompicones en delirante estado de sobreexcitación, corrió al encuentro de los libertadores, agitando con una mano la capa como saludo y la pistola con la otra. Un grito, un grito animal en el que se mezclaban chillidos de miedo, tormento y desesperación, un grito en el que una alegría sobrehumana golpeó los aires, irrumpió en la mañana.
Cuando se precipitó así en el claro, sucedió lo inevitable. Dos, cuatro, diez disparos —toda una descarga— crepitaron en dirección al supuesto español, el cual, tambaleándose todavía hacia delante en su impetuosa carrera, vaciló, se balanceó y se desplomó bañado en sangre. El batallón formó rápidamente. Esperaba un ataque por sorpresa, sonaron las cornetas, redoblaron los tambores.
Y luego, silencio sepulcral. Todos estaban con las armas a punto, aguardaban, esperaban conteniendo la respiración. Pero no apareció ningún enemigo, tampoco los tiradores enviados a explorar informaron de movimiento alguno. La formación se disolvió de nuevo. Sin tan siquiera considerar la posibilidad de un error —se trataba simplemente de un español—, los soldados echaron armas al hombro y continuaron la marcha hacia el bosque, en dirección a Hostalric.
Sólo unos pocos soldados salieron de la fila para despojar el cadáver. Sin hacer caso del débil estertor del moribundo, tiraron de las ropas y hurgaron en los bolsillos.
Y una rabia enorme se apoderó de ellos cuando uno encontró entre los sangrientos harapos la cruz del desaparecido coronel. ¡Una cruz de Napoleón en el bolsillo de un bandido español! Con saña y a golpes de culata aplastaron el cerebro del presunto asesino, cegados por la rabia machacaron el cuerpo despojado y lo patearon entre imprecaciones; después arrojaron el cadáver del desgraciado sobre el suelo con tanto ímpetu que — agitando el aire con los brazos de forma horripilante— cayó esparrancado como una cruz enorme y clara, resplandeciendo entre los negros y quemados terruños.
Fragmento del libro Amok. Stefan Zweig. Acantilado. 2011. Traducción de Joan Fontcuberta. Publicado con autorización de sus editores.
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Stefan Zweig (Viena, 1881 - Petrópolis, Brasil, 1942) fue un escritor enormemente popular, tanto en su faceta de ensayista y biógrafo como en la de novelista. Su capacidad narrativa, la pericia y la delicadeza en la descripción de los sentimientos y la elegancia de su estilo lo convierten en un narrador fascinante, capaz de seducirnos desde las primeras líneas.
Es sin duda, uno de los grandes escritores del siglo XX, y su obra ha sido traducida a más de cincuenta idiomas. Los centenares de miles de ejemplares de sus obras que se han vendido en todo el mundo atestiguan que Stefan Zweig es uno de los autores más leídos del siglo XX. Zweig se ha labrado una fama de escritor completo y se ha destacado en todos los géneros. Como novelista refleja la lucha de los hombres bajo el dominio de las pasiones con un estilo liberado de todo tinte folletinesco. Sus tensas narraciones reflejan la vida en los momentos de crisis, a cuyo resplandor se revelan los caracteres; sus biografías, basadas en la más rigurosa investigación de las fuentes históricas, ocultan hábilmente su fondo erudito tras una equilibrada composición y un admirable estilo, que confieren a estos libros categoría de obra de arte. En sus biografías es el atrevido pero devoto admirador del genio, cuyo misterio ha desvelado para comprenderlo y amarlo con un afecto íntimo y profundo. En sus ensayos analiza problemas culturales, políticos y sociológicos del pasado o del presente con hondura psicológica, filosófica y literaria.