Es lo Cotidiano

NARRATIVA

Tachas 685 • El maestro y Margarita (Fragmento) • Mijaíl Bulgákov

"De repente paró de hipar, el corazón le latió con fuerza y por un momento cayó en algún abismo; luego volvió, pero con una aguja sin punta clavada."

Imagen generada con Adobe Firefly
Imagen generada con Adobe Firefly
Tachas 685 • El maestro y Margarita (Fragmento) • Mijaíl Bulgákov

 NO HABLE NUNCA CON DESCONOCIDOS[1]

Un día tórrido de primavera, a la hora en que el sol se ponía,[2] aparecieron en los Estanques del Patriarca[3] dos ciudadanos. El primero de ellos —de unos cuarenta años, vestido con un traje gris de verano— era de baja estatura, moreno, regordete, calvo, llevaba un elegante sombrero fedora en la mano,[4] y su rostro, pulcramente afeitado, estaba adornado con unas gafas de un tamaño sobrenatural con montura negra de carey. El segundo —un joven espaldudo, de pelo crespo y rojizo, con una gorra de cuadros echada hacia la nuca— vestía una camisa de cowboy, pantalones blancos arrugados y zapatillas negras.

El primero era nada menos que Mijaíl Aleksándrovich Berlioz,[5] editor de una voluminosa revista de artes y letras y presidente del consejo de una de las mayores asociaciones literarias de Moscú, abreviada como Massolit,[6] y el otro, su joven acompañante era el poeta Iván Nikoláievich Poniriov, que escribía con el seudónimo de Bezdomni.[7]

En cuanto los escritores llegaron a la sombra de unos tilos verdeantes, su primer impulso fue apresurarse a un colorido quiosco con el letrero de «CERVEZAS Y GASEOSAS».

Por cierto, hay que señalar la primera anomalía de esa terrible tarde de mayo. No solo junto al quiosco, sino también a lo largo de todo el paseo paralelo a la calle Málaia Brónnaia, no se veía ni un alma. A esa hora, cuando parecía que a uno le faltaban las fuerzas para respirar, cuando el sol, después de haber abrasado Moscú, se hundía en una calina seca en algún punto detrás de Sadóvoie Koltsó,[8] nadie había ido a cobijarse debajo de los tilos, nadie se sentaba en los bancos, el paseo estaba desierto.

—Deme una Narzán[9] —pidió Berlioz.

—No hay —respondió la quiosquera y, quién sabe por qué, se ofendió.

—¿Tiene cerveza? —indagó Bezdomni con voz ronca.

—La cerveza la traerán por la noche —contestó la mujer.

—¿Qué hay, pues? —preguntó Berlioz.

—Refresco de albaricoque, pero caliente —dijo ella.

—¡Bueno, tráigalo, vamos, vamos…!

El refresco formó una abundante espuma amarilla, y en el aire flotó un olor a peluquería. Después de saciar su sed, a los literatos les dio al instante un ataque de hipo, pagaron y se sentaron en un banco de cara al estanque y de espaldas a la calle Brónnaia.

Y aquí ocurrió la segunda anomalía, solo en relación con Berlioz. De repente paró de hipar, el corazón le latió con fuerza y por un momento cayó en algún abismo; luego volvió, pero con una aguja sin punta clavada. Además, a Berlioz le invadió un miedo infundado, pero tan intenso, que sintió el deseo de huir de inmediato de los Estanques del Patriarca sin volver la vista atrás.

Berlioz miró con angustia a su alrededor, sin entender qué le había asustado. Palideció, se secó la frente con un pañuelo y pensó: «¿Qué tengo? Esto nunca me había pasado… Mi corazón hace de las suyas… Hetrabajado más de la cuenta… Quizá haya llegado el momento de mandarlo todo al infierno y de irme a Kislovodsk…».[10]

Y entonces el aire canicular se espesó ante él, y un ciudadano transparente de aspecto estrafalario se entretejió de ese aire. Con una gorrita de jockey en su cabecita, y una raquítica chaquetita de cuadros también aérea… El ciudadano medía unos dos metros, pero era estrecho de espaldas, de una delgadez inverosímil, y tenía una cara —ruego que tomen nota— burlona.

La vida de Berlioz había discurrido de tal manera que no estaba acostumbrado a fenómenos insólitos. Aún más pálido, abrió mucho los ojos y pensó, desconcertado: «¡No puede ser…!».

Pero, por desgracia, sí que era, y ese sujeto larguirucho a través del cual se podía ver se balanceaba a derecha e izquierda delante de él, sin tocar el suelo.

Hasta tal punto se adueñó el terror de Berlioz que cerró los ojos. Y, cuando los abrió, vio que todo había terminado, el espejismo se había desvanecido, el tipo de los cuadros se había esfumado, y al mismo tiempo la aguja sin punta había saltado de su corazón.

—¡Uf, demonios! —exclamó el editor—. ¿Sabes, Iván? ¡Casi me da ahora un golpe de calor! Incluso he tenido algo así como una alucinación… —Trató de sonreír, pero en sus ojos aún bailaba el miedo y le temblaban las manos.

Sin embargo, poco a poco se calmó, se abanicó con el pañuelo y dijo bastante animado: —Bueno, así pues… —retomó el discurso interrumpido por el refresco de albaricoque.

El discurso, como se supo después, versaba sobre Jesucristo. El hecho es que, para el próximo número de la revista, el editor había encargado al poeta un largo poema antirreligioso.[11] Iván Nikoláievich había compuesto ese poema, y en un plazo muy breve, pero, por desgracia, el editor no había quedado en absoluto satisfecho. Bezdomni había representado al protagonista de su poema —es decir, a Jesús— con tonos muy oscuros, y, aun así, todo el poema tenía que escribirse de nuevo, según el editor. Y en ese instante Berlioz le impartía al poeta una suerte de conferencia sobre Jesús para subrayar cuál había sido su principal error.

Es difícil decir qué había traicionado a Iván Nikoláievich, si la capacidad expresiva de su talento o la completa ignorancia respecto al tema que había abordado, pero le había salido un Jesús muy vivo, un Jesús que en realidad había existido una vez, aunque, a decir verdad, perfilado con todos sus rasgos negativos.

Y Berlioz quería demostrarle al poeta que lo más importante no era cómo fuera Jesús, si bueno o malo, sino que Jesús, como persona, nunca había existido en la tierra, y que todas las historias sobre él se reducían a meras invenciones, a una leyenda de lo más común.

Hay que señalar que el editor era un hombre muy leído y tenía una gran habilidad para insertar en su discurso a historiadores antiguos, como, por ejemplo, el célebre Filón de Alejandría[12] y el brillante sabio Flavio Josefo,[13] que nunca mencionaron una sola palabra sobre la existencia de Jesús. Haciendo gala de una sólida erudición, Mijaíl Aleksándrovich comunicó al poeta, por cierto, que el pasaje del libro XV, capítulo 44, de los famosos Anales de Tácito,[14] el referido al suplicio de Jesús, no era sino una interpolación apócrifa de fecha posterior.

El poeta, para quien todo lo que le contaba el editor era una novedad, escuchaba con atención a Mijaíl Aleksándrovich, mirándolo fijamente con sus vivarachos ojos verdes, y solo de vez en cuando sucumbía al hipo, que le llevaba a despotricar en susurros contra el refresco de albaricoque.

—No hay ninguna religión oriental —decía Berlioz— en la que, por regla general, no haya una virgen inmaculada que diese a luz a un dios. Y los cristianos, sin inventar nada nuevo, crearon siguiendo el mismo modelo a su Jesús, que en realidad nunca estuvo entre los vivos. Ese es el punto principal en el que hay que hacer hincapié…

La potente voz de tenor de Berlioz se expandía por el paseo desierto y, a medida que Mijaíl Aleksándrovich se adentraba en laberintos en los que solo alguien muy instruido podía aventurarse sin temor a romperse la crisma, el poeta aprendía más y más cosas útiles y curiosas sobre el Osiris de los egipcios, dios piadoso e hijo del Cielo y de la Tierra, sobre el dios Tammuz de los fenicios, sobre Marduk e incluso sobre el menos conocido Huitzilopochtli, dios terrible, muy venerado por los aztecas en México.[15]

Y, justo en el momento en el que Mijaíl Aleksándrovich le contaba al poeta cómo los aztecas modelaban con masa la figurita de Huitzilopochtli, el primer hombre apareció en el paseo.

Después, cuando francamente ya era demasiado tarde, varias instituciones presentaron sus informes con la descripción de ese hombre. El cotejo de esos documentos no puede sino suscitar asombro. Así, en el primero de ellos constaba que el hombre era de baja estatura, que tenía los dientes de oro y cojeaba de la pierna derecha. En el segundo, que era un hombre de una estatura colosal, que tenía dientes con coronas de platino y renqueaba de la pierna izquierda. El tercero informaba, de forma sucinta, que el individuo carecía de cualquier rasgo particular.

Hay que admitir que ninguno de esos informes servía para nada.

En primer lugar: el sujeto descrito no cojeaba, y no era ni bajo ni colosal, sino simplemente alto. En cuanto a su dentadura, tenía coronas de platino en el lado izquierdo y coronas de oro en el derecho. Llevaba un traje caro de color gris y zapatos importados del mismo color.[16] En la cabeza, una boina de paño gris ladeada con desenfado sobre una oreja y, bajo el brazo, un bastón de empuñadura negra con forma de cabeza de caniche.[17] A juzgar por su aspecto, debía de tener cuarenta y tantos años. La boca, un poco torcida. Pulcramente afeitado. Moreno. El ojo derecho, negro; el izquierdo, por alguna razón, verde. Cejas oscuras, una más alta que la otra. En suma, un extranjero.[18]

Al pasar por delante del banco en el que el editor y el poeta se habían acomodado, el extranjero los miró de reojo, se detuvo y se sentó en el banco contiguo, a dos pasos de los amigos.

«Alemán…», pensó Berlioz.

«Inglés… —pensó Bezdomni—. ¡Caramba! ¿Y no tendrá calor con los guantes puestos?».

El extranjero miró los edificios altos que bordeaban el estanque por los cuatro lados, por lo que se hizo evidente que veía ese lugar por primera vez y le interesaba.

Clavó la mirada en los pisos superiores, en cuyos cristales se reflejaba, deslumbrante y fragmentado, el sol, que se alejaba de Mijaíl Aleksándrovich para siempre; luego miró hacia abajo, donde los cristales se teñían ya de la oscuridad vespertina, afloró a sus labios una sonrisita condescendiente, entornó los ojos, apoyó las manos en la empuñadura del bastón y la barbilla sobre las manos.

—Tú, Iván —decía Berlioz—, has reflejado muy bien y con vena satírica, por ejemplo, el nacimiento de Jesús, el hijo de Dios, pero lo esencial es que, antes incluso de Jesús, ya había nacido toda una serie de hijos de Dios, como, por ejemplo, el Adonis de los fenicios, el Atis de los frigios y el Mitra de los persas. No obstante, en resumidas cuentas, ninguno de ellos nació ni existió, incluido Jesús[19], y es imprescindible que tú, en lugar de describir su nacimiento, o, supongamos, la llegada de los Reyes Magos, describas los absurdos rumores sobre esa llegada. De lo contrario, por tu relato, ¡se concluye que nació de verdad…!

Entretanto, en el mismo momento en el que Bezdomni contenía la respiración en un intento por librarse del hipo que lo atormentaba, lo que hizo que el ataque se volviera más virulento y doloroso, Berlioz interrumpió su discurso, porque el extranjero se había levantado de repente y se dirigía hacia los escritores.

Estos lo miraron con sorpresa.

—Les ruego que me disculpen —empezó a decir el recién llegado con acento extranjero, pero sin deformar las palabras— por tomarme la libertad, sin que nos hayan presentado…, pero el tema de su erudita conversación es tan interesante que…

Dicho esto, se quitó educadamente la boina, y a los amigos no les quedó más remedio que levantarse y saludar con una reverencia.

«No, más bien francés…», pensó Berlioz.

«¿Polaco…?», caviló Bezdomni.

Hay que añadir que, desde sus primeras palabras, el extranjero causó una impresión desagradable en el poeta, mientras que a Berlioz más bien le gustó o, mejor dicho, no es que le gustara, sino que…, cómo decirlo…, le resultó interesante, o algo por el estilo.

—¿Me permiten que tome asiento? —preguntó el extranjero con cortesía, y los amigos, en cierto modo sin querer, se separaron para hacerle sitio; el extranjero se acomodó entre los dos con un movimiento ágil, y enseguida intervino en el coloquio—. Si no he oído mal, usted se ha dignado afirmar que Jesús nunca existió, ¿no? —preguntó, volviendo hacia Berlioz su ojo izquierdo, el verde.

—Sí, no ha oído mal —respondió, amable, Berlioz—, eso es precisamente lo que he dicho.

—¡Oh, qué interesante! —exclamó el extranjero.

«Pero ¿qué demonios quiere este tipo?», pensó Bezdomni y frunció el ceño.

—Y usted, ¿está de acuerdo con su compañero? —quiso saber el desconocido, volviéndose a la derecha, hacia Bezdomni.

—¡Al cien por cien! —confirmó el poeta, a quien le gustaba emplear expresiones ampulosas y figuradas.

—¡Admirable! —exclamó el entrometido interlocutor y, tras mirar por algún motivo de forma furtiva a su alrededor, y bajar la voz, ya de por sí grave, dijo—: Disculpen mi impertinencia, pero me pareció entender que, además, ustedes tampoco creen en Dios. —Y, con los ojos llenos de pavor, añadió—: ¡Juro que no se lo diré a nadie!

—Sí, no creemos en Dios —respondió Berlioz, con una leve sonrisa ante el miedo del turista extranjero—,[20] pero podemos hablar de ello con total libertad.

El forastero se reclinó contra el respaldo del banco y preguntó, emitiendo incluso un chillido de curiosidad:

—¡¿Son ustedes ateos?!

—Sí, lo somos —respondió Berlioz con una sonrisa, mientras Bezdomni pensaba con rabia: «Se nos ha pegado como una lapa este bichejo extranjero».

—¡Oh, qué encantador! —chilló el asombroso forastero, y se puso a girar la cabeza, mirando primero a un literato, luego al otro.

—En nuestro país el ateísmo no le sorprende a nadie —dijo Berlioz con amabilidad diplomática—. La mayoría de nuestra población ha dejado de creer, conscientemente y desde hace tiempo, en las fábulas sobre Dios.

Al oír eso, el extranjero hizo un movimiento insólito: se puso de pie y estrechó la mano del estupefacto editor, al mismo tiempo que pronunciaba estas palabras:

—¡Permítame que le dé las gracias de todo corazón!

—¿Por qué le da las gracias? —preguntó Bezdomni, tras pestañear muy seguido.

—Por esta información tan valiosa que, a mí, como viajero, me interesa enormemente —explicó el excéntrico extranjero, a la vez que levantaba el dedo de un modo elocuente.

Esa valiosa información, era obvio, había causado una profunda impresión en el viajero, porque, asustado, recorrió los edificios con la mirada, como si tuviera miedo de ver a un ateo en cada ventana.

«No, no es inglés…», concluyó Berlioz, y Bezdomni, a su vez, pensó: «¿Dónde habrá aprendido a hablar con tanta soltura el ruso? ¡Eso es lo que me gustaría saber!», y volvió a fruncir el ceño.

—Pero permítanme que les haga esta pregunta —dijo el invitado extranjero, después de un momento de ansiosa reflexión—: ¿Qué hay, pues, de las pruebas de la existencia de Dios, que son, como es bien sabido, exactamente cinco?[21]

—¡Ay! —respondió Berlioz con pesar—. Ninguna de esas pruebas sirve para nada, y la humanidad hace tiempo que las relegó a los archivos. Al fin y al cabo, estará de acuerdo también conmigo en que, desde el punto de vista de la razón, no puede haber prueba alguna de la existencia de Dios.

—¡Bravo! —exclamó el extranjero—. ¡Bravo! Está repitiendo punto por punto la idea formulada al respecto por el viejo alborotador Immanuel.[22] Pero he aquí lo curioso: destruyó las cinco pruebas de un plumazo, y luego, como para burlarse de sí mismo, ¡elaboró una sexta propia!

—La prueba de Kant[23] —objetó el culto editor con una fina sonrisa— es también poco convincente. No sin razón Schiller dijo que los razonamientos kantianos sobre esta cuestión solo podían satisfacer a los esclavos, mientras que Strauss se rio sin más de esa prueba.[24]

Berlioz hablaba, pero al mismo tiempo no dejaba de pensar: «Pero ¿quién es este tipo? ¿Y cómo es que habla tan bien el ruso?».

—¡A ese Kant, por semejantes pruebas, habría que detenerlo y enviarlo tres años a las Solovkí![25] —estalló de improviso Iván Nikoláievich.

—¡Iván! —susurró Berlioz, turbado.

Con todo, la propuesta de enviar a Kant a las Solovkí no solo no sorprendió al extranjero, sino que incluso lo deleitó.

—¡Así es, así es! —gritó, y su ojo verde izquierdo, vuelto hacia Berlioz, emitió un destello—: ¡Allí es donde debería estar! De hecho, una vez, mientras desayunábamos, le dije: «Francamente, profesor, ha inventado usted algo descabellado. Tal vez sea inteligente, pero es de todo punto incomprensible. Lo que se van a burlar a su costa».

Berlioz abrió los ojos como platos. «¿Desayunando…? ¿Con Kant? ¿Qué nos está contando?», se preguntó.

—No obstante… —siguió diciendo el extranjero, sin inmutarse siquiera por el estupor de Berlioz, dirigiéndose al poeta—: es imposible enviarlo a las Solovkí, por la simple razón de que lleva más de cien años viviendo en lugares mucho más remotos, y no hay modo alguno de sacarlo de allí, ¡se lo aseguro!

—¡Qué pena! —replicó el poeta bravucón.

—Sí, a mí también me da pena —aseguró el desconocido, cuyo ojo centelleaba, y añadió—: Pero hay una cuestión que me preocupa: si Dios no existe, díganme, ¿quién dirige la vida humana y, en general, todo el orden de la Tierra?

—Pues el propio hombre —se apresuró a responder Bezdomni, irritado, a lo que era, en el fondo, una pregunta muy poco clara.

—Disculpe —objetó con voz suave el desconocido—, pero, para dirigir, hay que tener un plan definido para un plazo razonablemente largo. Permítame, pues, preguntarle: ¿cómo puede el hombre dirigir, si no solo es incapaz de trazar cualquier tipo de plan, ni siquiera para un plazo ridículamente breve (bueno, digamos de unos mil años), sino que tampoco puede garantizar lo que le sucederá al día siguiente? Y, de hecho… —dijo el desconocido en ese punto, volviéndose a Berlioz—, imagínese que usted, por ejemplo, empieza a dirigir y a gobernar a los demás y a sí mismo, y que, por así decirlo, le toma el gustillo; pero, de pronto… cof… cof… tiene un sarcoma en el pulmón… —Ahí, el extranjero sonrió con dulzura, como si la idea de un sarcoma en el pulmón le complaciera—. Sí, un sarcoma —repitió esa sonora palabra, entrecerrando los ojos como un gato—. Y ahí lo tiene: ¡el fin de su dirección! A partir de entonces ya no le interesaría el destino de nadie más que el suyo propio. Sus parientes empezarían a engañarle. Y usted, presintiendo algo malo, correría a ver a médicos especialistas, luego a charlatanes o, como suele pasar, incluso a videntes, aun sabiendo que todas esas medidas, tanto la primera como la segunda y la tercera, son completamente absurdas. Y todo termina en tragedia: el hombre que hasta hace poco se creía con el poder de dirigir algo de repente yace inmóvil en una caja de madera, y los que lo rodean, al entender que el individuo allí postrado ya no sirve para nada, lo incineran en un horno[26]. A veces es todavía peor: no bien se le ocurre a alguien viajar a Kislovodsk —en ese instante el extranjero miró a Berlioz entrecerrando los ojos—, nada más fácil, en teoría; pero ni siquiera puede hacerlo, pues, sin saber por qué, de improviso, ¡va, resbala y lo atropella un tranvía! ¿No me dirá que ese individuo se dirigió a sí mismo de ese modo? ¿No sería más correcto pensar que fue otro quien lo hizo por él? —Y el desconocido soltó una risita extraña.

Berlioz había escuchado con gran atención la desagradable historia sobre el sarcoma y el tranvía, y algunos pensamientos inquietantes empezaron a atormentarlo. «No es un extranjero… No, no lo es… —pensaba—. Es un sujeto extrañísimo… Pero, por favor, ¿quién es…?».

—Le apetece fumar, por lo que veo… —soltó el desconocido dirigiéndose de improviso a Bezdomni—. ¿Qué tabaco prefiere?

—¿Cómo, es que tiene de varios tipos? —preguntó con aire sombrío el poeta, que se había quedado sin cigarrillos.

—¿Qué tabaco prefiere? —repitió el desconocido.

—Bueno, Nuestra Marca[27] —dijo con mal genio Bezdomni.

El forastero sacó de inmediato una pitillera del bolsillo y se la ofreció a Bezdomni.

—Nuestra Marca.

El editor y el poeta no se sorprendieron tanto por el hecho de que en la pitillera hubiera cigarrillos Nuestra Marca como por la pitillera en sí. Era enorme, de oro rojo, y, cuando se abrió, en la tapa destelló, con un fulgor blanquiazul, un triángulo de brillantes.[28]

Aquí, los literatos reaccionaron de manera diferente. Berlioz se dijo: «No, es extranjero»; y Bezdomni: «¡Bah, al diablo con él…!».

El poeta y el dueño de la pitillera se encendieron un cigarrillo, y Berlioz, que no era fumador, rechazó la invitación.

«Tengo que contradecirlo así —decidió Berlioz—: sí, el hombre es mortal, nadie se opone a eso ni lo discute; pero la cuestión es que…».

Sin embargo, antes de que pudiera pronunciar estas palabras el extranjero se le adelantó:

—Sí, el hombre es mortal, pero eso sería solo un mal menor. El problema es que a veces es súbitamente mortal, ¡ahí está el quid de la cuestión! En general, no puede decir lo que va a hacer por la tarde.

«¡Qué manera tan absurda de plantear la cuestión…!», pensó Berlioz y objetó:

—Bueno, eso es una exageración. En cuanto a mí, sé más o menos con certeza lo que voy a hacer esta tarde. Eso siempre que, no hace falta decirlo, al pasar por la Brónnaia no me caiga un ladrillo en la cabeza…

—Sin ton ni son, un ladrillo —le interrumpió el extranjero con tono edificante— nunca caerá sobre la cabeza de nadie. En su caso concreto, se lo aseguro, no se cierne esa amenaza. Tendrá otra muerte.

—¿Acaso sabe usted cuál? —preguntó Berlioz con una ironía perfectamente natural, viéndose arrastrado a aquella conversación de veras ridícula—. ¿Y me lo va a decir?

—Con mucho gusto —respondió el desconocido. Miró a Berlioz de arriba abajo, como si le tomara las medidas para un traje, y masculló entre dientes algo así—: Uno, dos… Mercurio en la segunda casa… La luna se ha ido… Seis, una desgracia… La tarde, siete…[29] —Y luego, con voz fuerte y alegre, anunció—: ¡Le cortarán la cabeza!

Bezdomni clavó sus ojos desorbitados, salvajes y rabiosos en el insolente forastero, y Berlioz preguntó con una sonrisita mordaz:

—¿Y quién lo hará, en concreto? ¿Los enemigos? ¿Los intervencionistas?[30]

—No —dijo su interlocutor—, una mujer rusa miembro del Komsomol.[31]

—Hmm… —musitó Berlioz, irritado por la bromita molesta del desconocido—. Bueno, disculpe, pero es poco probable.

—Yo también le ruego que me disculpe —contestó el extranjero—, pero es así. Por cierto, quería preguntarle qué va a hacer esta tarde, si no es un secreto.

—No es ningún secreto. Dentro de un rato iré a mi apartamento, en la calle Sadóvaia, y luego, a las diez de la noche, habrá una reunión en Massolit, que yo presidiré.[32]

—No, no puede ser, bajo ningún concepto —objetó el extranjero con firmeza.

—¿Y eso por qué?

—Porque… —respondió el forastero y alzó los ojos entrecerrados al cielo, surcado en silencio por unos pájaros negros que presentían el frescor de la noche—, porque Ánnushka ya ha comprado el aceite de girasol, y no solo lo ha comprado, sino que incluso ya lo ha derramado.[33] Así que la reunión no se va a celebrar.

En ese momento, como es del todo comprensible, se hizo un silencio bajo los tilos.

—Disculpe —dijo Berlioz tras una pausa, lanzando miradas furtivas al delirante extranjero—. ¿Qué tiene que ver aquí el aceite de girasol…? ¿Y quién es esa Ánnushka?

—Te voy a decir yo qué tiene que ver el aceite de girasol aquí —invervino Bezdomni, que a todas luces había decidido declararle la guerra al intruso—. Ciudadano, ¿alguna vez ha estado encerrado en un psiquiátrico?

—¡Iván…! —exclamó en voz baja Mijaíl Aleksándrovich.

El extranjero, sin embargo, no se ofendió lo más mínimo, y estalló en una risotada de júbilo.

—Oh, claro que sí, ¿cómo no? ¡Y más de una vez! —exclamó riéndose, pero sin apartar del poeta su ojo, que no se reía—. ¿Dónde no habré estado yo? Lo único que lamento es que no tuve tiempo de preguntarle al profesor qué es la esquizofrenia. ¡Así que deberá preguntárselo usted mismo, Iván Nikoláievich!

—¿Cómo sabe mi nombre?

—Por favor, Iván Nikoláievich, ¿quién no lo conoce a usted? —En ese instante el extranjero sacó del bolsillo un ejemplar de La gaceta literaria[34] del día anterior, e Iván Nikoláievich vio su propio retrato en la primera página y, debajo de él, sus poemas. Pero esta prueba de fama y popularidad, que en la víspera aún lo había colmado de alegría, en esta ocasión no le entusiasmó en absoluto.

—Disculpe —dijo, y la cara se le ensombreció—, ¿podría esperar un minuto? Quisiera hablar un momento con mi camarada.

—¡Oh, con sumo gusto! —exclamó el desconocido—. Se está tan bien aquí, debajo de los tilos, y, además, por cierto, no tengo prisa.

—Oye, Misha —susurró el poeta, después de llevarse aparte a Berlioz—. Este tipo no es ningún turista extranjero, sino un espía. Es un emigrado ruso[35] que ha logrado infiltrarse aquí. Pídele los documentos, o se irá…

—¿Tú crees? —murmuró alarmado Berlioz, mientras pensaba: «¡Sí, tiene razón…!».

—Hazme caso. —La voz del poeta sonó ronca en su oído—. Se hace elidiota para sonsacarnos alguna información. ¿Has oído cómo habla ruso? —decía el poeta sin dejar de mirar de soslayo al desconocido, vigilando que no se escabullera—. Vamos, detengámoslo, o si no se irá…

El poeta tiró del brazo de Berlioz hacia el banco.

El desconocido no estaba allí sentado, sino al lado, de pie, y sostenía en las manos un librito con una encuadernación gris oscura, un sobre grueso de papel de buena calidad y una tarjeta de visita.

—Perdonen, en el ardor de nuestra discusión he olvidado presentarme. Aquí están mi tarjeta de visita, mi pasaporte y la invitación para venir a Moscú a ofrecer asesoramiento —declaró el desconocido con autoridad, observando a los dos escritores con ojos sagaces.

Ambos se aturullaron. «¡Diablos, lo ha oído todo…!», pensó Berlioz y le indicó con un gesto cortés que no había necesidad de mostrar los papeles. Mientras el extranjero se los ponía en la mano al editor, el poeta alcanzó a ver en la tarjeta la palabra «profesor» impresa en caracteres extranjeros y la inicial del apellido: una «W».[36] —Encantado —murmuró, confundido, el editor, y el extranjero se guardó los documentos en el bolsillo.

De este modo se reanudaron las relaciones, y los tres volvieron a sentarse en el banco.

—Profesor, ¿es que lo han invitado aquí en calidad de consultor? —preguntó Berlioz.

—Sí, así es.

—¿Es usted alemán? —preguntó Bezdomni.

—¿Yo…? —repitió el profesor, que de pronto se quedó pensativo—. Sí, es probable que sea alemán… —dijo.

—Habla el ruso muy bien —observó Bezdomni.

—Oh, soy políglota en general, domino muchos idiomas —respondió el profesor.

—¿Y cuál es su especialidad? —preguntó Berlioz.

—Soy especialista en magia negra.[37]

«¡Lo que faltaba…!», restalló en la cabeza de Mijaíl Aleksándrovich.

—¿Y lo han invitado aquí por esa especialidad suya? —preguntó después de un titubeo.

—Sí, en efecto, por eso mismo —confirmó el profesor, y aclaró—: En la Biblioteca Estatal[38] se han descubierto unos manuscritos originales de Gerberto de Aurillac, nigromante del siglo X.[39] Y me han pedido que los estudie. Soy el único especialista del mundo en la materia.

—¡Ah! ¿Es usted historiador? —preguntó Berlioz, con gran alivio y respeto.

—Historiador, sí —confirmó el erudito, y luego añadió sin que viniera a cuento—: ¡Esta tarde, en los Estanques del Patriarca, va a ocurrir una historia curiosa! —Una vez más, tanto el editor como el poeta se asombraron mucho, pero el profesor les hizo señas a ambos para que se acercaran y, cuando se inclinaron hacia él, susurró—: Tengan en cuenta que Jesús existió.

—Verá, profesor —replicó Berlioz con una sonrisa forzada—. Respetamos su enorme sapiencia, pero nosotros tenemos otro punto de vista sobre esta cuestión.

—¡No hay puntos de vista que valgan! —contestó el extraño profesor—. Simplemente existió, y basta.

—Pero se necesita algún tipo de prueba… —comenzó a decir Berlioz.

—No se necesita ninguna —replicó el profesor, y se puso a hablar en voz baja, a la vez que su acento extranjero por alguna razón desaparecía—: Es todo muy sencillo: con una capa blanca de forro color sangre, y con el paso arrastrado propio de un soldado de caballería, por la mañana temprano del decimocuarto día del mes de primavera de nisán…[40]

Fragmento del libro El maestro y Margarita. Mijaíl Bulgákov. Navona Editorial. 2022. Traducción de Marta Rebón. Publicado con autorización de sus editores.




***
Mijaíl Bulgákov (Kiev, 1891 - 1940) Novelista y dramaturgo nacido en Kiev. Estudió Medicina, pero renunció a esa profesión en favor de la creación literaria. Sus primeras obras son narraciones satíricas, Maleficios (1925), Corazón de perro (1925), Morfina (1926), y comedias, El departamento de Zoia (1926). Alcanzó el reconocimiento con su extensa novela La guardia blanca (1925), que se desarrolla en Kiev durante la Revolución y fue dramatizada como La huida (1926). Tuvo que enfrentarse a la crítica oficial por su retrato favorable de un grupo de oficiales blancos antibolcheviques durante la guerra civil y la falta de un héroe comunista. Aunque las obras de Bulgákov disfrutaban de gran popularidad, las autoridades le prohibieron publicar a partir de 1930 pues encontraban inaceptable su sátira de las costumbres soviéticas. Su mejor novela, El maestro y Margarita fue escrita entre 1929 y su muerte, acaecida en 1940. Trata de los problemas eternos del bien y el mal, utilizando narraciones en paralelo, una de ellas situada en el Moscú contemporáneo y la otra en la Judea de Poncio Pilatos, y oscila de la fantasía y la sátira humorística a la tragedia. La fama de Bulgákov no quedó establecida hasta años después de su muerte, cuando sus novelas, obras de teatro y su biografía Vida del señor Molière empezaron a publicarse a partir de 1962.






 

[Ir a la portada de Tachas 685]

 

[1]     El título refleja la tensa atmósfera que se respiraba en los años treinta, cuando todos se creían vigilados y hablar con forasteros era motivo de arresto bajo la acusación de espionaje. Por otra parte, conocer una lengua extranjera o tener vínculos familiares con otros países era ya un indicio sospechoso. Las autoridades soviéticas advertían a la población sobre el peligro de toparse con espías occidentales que, según decían, podían haberse infiltrado en cualquier parte.

[2]     La acción de la novela transcurre en poco más de tres días descritos con minuciosidad: del ocaso de un miércoles de mayo al anochecer del siguiente sábado, víspera del inicio de la Pascua Ortodoxa. Aun así, la parte del Moscú soviético no se identifica claramente con un momento histórico preciso, pues el autor combina libremente hechos ocurridos en distintos años: la catedral de Cristo Salvador aún no se ha demolido (1931), pero ya se ha introducido la propiska, o registro (1932), se ha inaugurado la primera red soviética de trolebuses en Moscú (1933), se han suprimido las cartillas de racionamiento (1935), etc. Por lo tanto, se podría datar la trama moscovita en un momento indeterminado del periodo comprendido entre 1929 y 1939.

[3]     Céntrico parque del distrito de Présnenski, muy próximo al lugar donde vivió Bulgákov entre 1921 y 1924, en la calle Bolshaia Sadóvaia, 10. Debe su aspecto actual a los planes de renovación de la capital posteriores al gran incendio de 1812, que redujeron los tres estanques originales a solo uno. En la época soviética la zona fue rebautizada con el nombre de Estanques del Pionero. Propiedad en el siglo XVII del patriarca Filareto I de Moscú, estos terrenos se llamaban antiguamente Pantano de las Cabras (Koze boloto), animal vinculado con Satanás. Así, al mantener la denominación prerrevolucionaria, el autor recupera los ecos de una toponimia que combina lo divino y lo diabólico.

[4]     He aquí una de las imágenes más complejas de traducir de esta novela. El autor describe el sombrero usando otro sustantivo en instrumental, pirozhkom (los pirozhkí son una suerte de pastelitos o panecillos), que tanto pueden remitir a la forma redonda del sombrero como a la manera en que lo lleva cogido por la copa doblada.

[5]     Bulgákov bautizó a varios personajes con nombres de famosos compositores. En este caso, se alude a Hector Berlioz, autor de La condenación de Fausto (1846), obra basada en una composición propia anterior, Ocho escenas de Fausto (1829). En el cuarto movimiento de su Sinfonía fantástica (1830), titulado «Marche au supplice», aparece la decapitación de su protagonista, y en el quinto, un aquelarre. Por su vestimenta, Mijaíl Berlioz está representado como un intelectual de posición acomodada gracias a su buena relación con el régimen, como Leopold Averbaj (1903-1937), que estuvo al frente de la RAPP (Asociación Rusa de Escritores Proletarios) en los años veinte y acusó públicamente a Bulgákov en Izvestia (20 de septiembre de 1925) de no vestirse con los mismos colores que sus «compañeros de viaje», en referencia a la expresión acuñada por Trotski en 1925 para designar a los intelectuales que no estaban en contra de la Revolución, pero que tampoco la apoyaban activamente.

[6]     Acrónimo inventado, aunque verosímil, que alude paródicamente a la proliferación de organizaciones literarias auténticas que existieron en Moscú después de la Revolución hasta principios de la década de 1930. Célebres por su celo ideológico, orientadas a apoyar los postulados de la ideología comunista en la literatura y el arte, muchas organizaciones surgidas en la era soviética eran conocidas por su acrónimo, como la RAPP (Asociación Rusa de Escritores Proletarios) o la MAPP (Asociación de Escritores Proletarios de Moscú). Se podría traducir por Taller de Literatura Socialista.

[7]     Bezdomni significa literalmente «sin casa» y, por extensión, «vagabundo», «errante». En las primeras versiones de la novela se llamó Bezrodni [«sin familia», «sin linaje»]. Era habitual entre los autores de origen proletario o campesino adoptar un seudónimo. Como el que escogió Alekséi Peshkov (1868-1936): Gorki [«amargo»]. O Yefim Pridvórov (1883-1945), autor de exaltados poemas antirreligiosos: Bedni [«pobre»]. El poeta proletario Aleksandr Bezimenski (1898-1973) [«sin nombre», apellido auténtico], pudo ser el prototipo de Bezdomni. El 14 de octubre de 1926, en las páginas del Komsomólskaia Pravda, este arremetió contra Los días de los Turbín, de Bulgákov. El aspecto de Iván Poniriov es el arquetípico del escritor proletario de la nueva generación. La gorra con visera se asocia con la imagen de Lenin a su regreso del exilio.

[8]     Sadóvoie Koltsó [o «Anillo de los Jardines»] es una circunvalación de dieciséis kilómetros de diámetro que rodea el centro de Moscú siguiendo el trazado de la muralla del siglo XVII. A raíz del incendio de 1812 esta área se acondicionó y poco a poco fue ocupada por comerciantes y nobles, a los que se obligaba a crear zonas verdes en cada nueva construcción, de ahí su nombre. Mientras Bulgákov escribía su novela (1928-1940), el Anillo de los Jardines cambió de fisonomía con el plan maestro de 1935, en virtud del cual se amplió y, además, los tranvías se sustituyeron por trolebuses y se cerraron los huertos y jardines. En la actualidad, consta de calles y plazas por entre las que circulan los vehículos en un tráfico denso que tiende a congestionarse.

[9]     Agua mineral procedente de la ciudad de Narzán, en el norte del Cáucaso, próxima a la ciudad balneario de Kislovodsk [«aguas ácidas»], escenario de algunos pasajes de Un héroe de nuestro tiempo (1840), de Mijaíl Lérmontov (1814-1841), y lugar donde nació Aleksandr Solzhenitsin. En los años treinta fue un destino codiciado de entre todas las regalías reservadas a la élite intelectual afín a la línea oficial. Ósip Mandelstam, a raíz de una estancia allí con su mujer, le dedicó el ensayo «Kislovodsk en primavera» (1927): «Sí, son cosas maravillosas: ¡el aire y el sol de Kislovodsk! Pero aún más maravillosa es el agua de Narzán. Es un ser vivo… Champán que brota del suelo, excitante, un poco embriagadora. Te metes en la bañera, y el cuerpo se te cubre al instante de burbujas…».

[10]   Conocida zona de balnearios en el Cáucaso septentrional.

[11]   En la Unión Soviética, cuando se acercaban las celebraciones del calendario litúrgico ortodoxo, se solían publicar obras literarias, artículos y caricaturas de sesgo antirreligioso. En 1925, Bulgákov leyó varios números de la revista Bezbózhnik [«el ateo»], en los que se ridiculizaban las creencias religiosas como signo de opresión, ignorancia y superstición, además de calificar a Cristo de «bribón y estafador».

[12]   Filón de Alejandría (c. 15 a. C.-45 d. C.): destacado representante del judaísmo helenístico y precursor de la teología cristiana. Como líder de la comunidad judía de Alejandría, solicitó al emperador Calígula que los judíos no estuvieran obligados a venerarlo.

[13]   Flavio Josefo (c. 37 d. C.— c. 100 d. C.): historiador judío. En Antigüedades de los judíos (93-94 d. C.) incluyó un testimonio histórico de Jesús de Nazaret, el conocido como «Testimonio flaviano», aunque se cuestiona su autenticidad. Junto con la de Filón de Alejandría, su obra está considerada una de las mejores fuentes sobre la Judea de los tiempos de Jesús.

[14]   Los Anales del historiador y senador romano Cornelio Tácito cubren la historia de los años 14-68 d. C. del Imperio romano. En ellos, aparecen tanto Poncio Pilato como Jesús y su ejecución. Además, se menciona, por primera vez en el caso de un autor pagano, a los primeros cristianos en Roma. Dado que no se conservan los manuscritos originales sino copias posteriores, el debate sobre la autenticidad parcial o total de los fragmentos referidos ha perdurado.

[15]   Deidades paganas de las culturas egipcia, mesopotámica, babilónica y azteca, respectivamente, que servían de ejemplo para las autoridades soviéticas como prueba de la inexistencia de Dios en los recién inaugurados museos ateos sobre la historia de los cultos religiosos.

[16]   Posible referencia a un relato muy querido de Bulgákov, Venedíktov, o acontecimientos memorables de mi vida (1921), del economista agrario y literato represaliado Aleksandr Chaiánov (1888-1937), y probable fuente de inspiración en la creación del aspecto de Woland, así como de la atmósfera demoníaca de las calles de Moscú. La obra trata de un demonio que visita Moscú con una apariencia que lo hace indistinguible del resto de ciudadanos de a pie. El protagonista, llamado Bulgákov, es el único que siente en la ciudad «la presencia de algo innegablemente espeluznante y trascendental» y la descubre, además, entre el público de la ópera: «¡Era él! […] Era más alto que bajo, con una levita gris un tanto anticuada […] A su alrededor no había lenguas de fuego ni olor a gris, todo era normal y corriente, pero esta normalidad diabólica estaba saturada de algo grave e imperioso».

[17]   En el texto de Goethe, un perro negro callejero, que ha seguido a Fausto durante un paseo, se acaba transformando en diablo: «¿Ves aquel perro negro que en medio de los sembrados y de los rastrojos anda vagando? […] ¿Observas cómo describiendo amplios círculos se nos viene acercando cada vez más y más? Y si no me engaño, va dejando un remolino de fuego por detrás de sus pasos. […] A mí me parece que mágicamente traza sutiles lazos en torno a nuestros pies, para luego aprisionarnos», le comenta Fausto a Wagner, su ayudante, antes de la diabólica aparición.

[18]   En la década de 1930, los «extranjeros» provocaban sentimientos contradictorios entre la población soviética: curiosidad, pero también rechazo, por miedo al más que posible arresto si se entablaba contacto con ellos.

[19]   Berlioz expresa opiniones muy extendidas en la Unión Soviética del filósofo e historiador alemán Arthur Drews (1865-1935). En El mito de Cristo (1910), que a principios de la década de 1920 contó con varias ediciones en ruso, intentó demostrar que la figura histórica de Jesús era la personificación de un mito que estaba presente en todas las antiguas religiones, surgido del anhelo de la llegada de un mesías redentor. Lenin, aunque tildó al autor de reaccionario, consideró necesaria «una unión con gente como Drews […] en la lucha contra el oscurantismo religioso imperante». En los cuadernos de 1938-1939, Bulgákov anotó algunas de sus fuentes bibliográficas, entre las cuales se incluye El mito de Cristo.

[20]   En ruso se expresa, aquí y más adelante, con el compuesto inturist. Este tipo de compuestos léxicos era muy característico en la Unión Soviética.

[21]   En el tratado Summa Theologiae [Suma de teología] (s. XIII) de Santo Tomás de Aquino se incluyen las cinco argumentaciones filosóficas o vías [quinque viae] sobre la existencia de Dios, que es uno de los temas centrales de esta novela. Bulgákov extrajo buena parte de esta información de la entrada «Dios» del Diccionario enciclopédico Brockhaus y Efrón (1890-1906), cuyos artículos fueron escritos por expertos rusos de primer orden, como el del filósofo Vladímir Soloviov (1853-1900) sobre Kant.

[22]   Bulgákov tenía un ejemplar de La religión dentro de los límites de la razón (1793) de Immanuel Kant. En las purgas de libros de las bibliotecas públicas de los años veinte, se apartaron, además de literatura ociosa o ligera —de aventuras, romántica, etc.—, textos religiosos y filosóficos, desde Platón hasta Kant. La responsable de esta selección, Nadiezhda Krúpskaia, viuda entonces de Lenin, se quejó el 9 de abril de 1924 en Pravda del error de excluir a los «filósofos idealistas»: «Estos filósofos son, sin duda, perjudiciales, pero tener sus obras en las bibliotecas de los campesinos y obreros no es perjudicial, es irrelevante: las masas no leen a Kant […] Mucho peor es que la lista de libros religiosos excluidos sea muy limitada».

[23]   Según Kant, en Crítica de la razón pura, «solo son posibles tres maneras de demostrar la existencia de Dios por la razón especulativa». El filósofo de Königsberg ofreció una crítica sistemática de las distintas formas de justificar la existencia de Dios y llegó a la que menos posibilidades tiene de convencer al diablo, o a un moscovita de los años treinta: la razón moral. Woland cita cinco pruebas, lo que convierte la de Kant en la sexta, y, además, él proporcionará más adelante, una séptima. Toda la discusión que se produce en este primer capítulo forma el corazón filosófico y temático de la novela.

[24]   David Friedrich Strauss (1808-1874), filósofo y teólogo alemán que negó la naturaleza divina de Jesús en La vida de Jesús examinada críticamente (1835-1836). En esta obra negó el valor histórico de los Evangelios y sus afirmaciones, que describió como meros «mitos históricos» o creaciones legendarias nacidas de los anhelos de la comunidad primitiva cristina del siglo II. Strauss fue uno de los pioneros en la investigación histórica de la figura de Jesús y las Sagradas Escrituras. El poeta alemán Friedrich Schiller (1759-1805) fue un autor muy querido entre los intelectuales rusos del siglo XIX. Bulgákov tenía una edición en cuatro volúmenes de su poesía en traducción al ruso.

[25]   Se refiere al Campo para Propósitos Especiales de las Solovkí (SLON), en las islas Solovetski del mar Blanco, situado en el emplazamiento de un antiguo monasterio fundado en la primera mitad del siglo XV. Después de la Revolución de Octubre se transformó en un centro penitenciario, operativo entre 1923 y 1939, momento en el que fue reconvertido en base naval. En palabras de Aleksandr Solzhenitsin, Solovkí fue la matriz del Gulag. Uno de los intelectuales que cumplió allí condena fue el religioso, historiador del arte y científico Pável Florenski (1882-1937), cuyo ensayo Los imaginarios en geometría (1922) leyó y anotó profusamente Bulgákov durante la composición de El Maestro y Margarita. Según Florenski, toda realidad puede interpretarse de distintas maneras, que pierden su validez cuando reclaman el monopolio de la autenticidad, algo que subyace en la relación de Bulgákov con los Evangelios: cuestiona su autenticidad absoluta sin, por ello, desecharlos.

[26]   La iglesia ortodoxa rusa se oponía a la práctica de la incineración. Aunque la tecnología requerida aún no estaba suficientemente desarrollada, Lenin y Trotski la legalizaron por decreto el 7 de diciembre de 1918.

[27]   Nuestra Marca [Nasha Marka]: marca auténtica de cigarrillos, muy popular en los años veinte, cuyo nombre actual es JSC Donskói Tabak. Se comercializaban tres variedades de distinta calidad con la imagen del edificio constructivista Mosselprom en la cajetilla. La oferta de Woland recuerda a la de Fausto en el pasaje de la taberna de estudiantes de Auerbach, en Leipzig, cuando Mefistófeles da a elegir libremente el vino que se desee.

[28]   En el relato Venedíktov, o acontecimientos memorables de mi vida, de Aleksandr Chaiánov, los triángulos de platino simbolizan la posesión de almas humanas por parte de Satanás. Sobre la simbología del triángulo, presente en todas las tradiciones esotéricas, hay una gran diversidad de interpretaciones.

[29]   Woland simula conocer el destino de Berlioz por reglas astrológicas de un modo que recuerda los vaticinios del astrólogo de Fausto en la sección «Palacio Imperial. Sala del trono», cuando se predice el futuro de Mefistófeles recurriendo a lugares comunes de la alquimia y la astrología.

[30]   Los «enemigos del pueblo» y los «intervencionistas» eran considerados las principales amenazas del nuevo Estado. El temor a las intromisiones extranjeras se debía, en parte, a las injerencias de terceros países durante la guerra civil rusa de 1917-1923, y en especial de Polonia, Francia e Inglaterra. A finales de mayo de 1920, Stalin firmó un artículo en Pravda en el que definió estas intervenciones como las «tres campañas de la Entente».

[31]   Organización juvenil del Partido Comunista fundada en noviembre de 1918, contracción de Kommunistícheski Soyuz Molodiozhi [Unión Comunista de la Juventud]. Fue el principal vehículo de educación política y movilización de la juventud soviética.

[32]   Stalin solía trabajar en el Kremlin hasta la madrugada, lo cual alteraba los horarios de toda la administración y, por extensión, de la ciudad. Cada vez más trasnochador en sus costumbres, por muy tarde que acabase de trabajar, regresaba, por la avenida Arbat, a su dacha de Kúntsevo, a unos veinte kilómetros de Moscú, popular retiro campestre de escritores como Gógol, Turguéniev o Tolstói, donde solía dormir hasta tarde. Desde la muerte de su mujer, Nadiezhda Alilúieva, por arma de fuego en 1932, Stalin pasó cada vez más tiempo en esa localidad, y allí fue donde murió.

[33]   Algunos especialistas consideran que el personaje de Ánnushka está inspirado en la vecina y encargada del apartamento comunal donde vivió Bulgákov, Anna Goriacheva, apodada La Plaga, que, por sus malas maneras, llevaba al escritor por el camino de la amargura.

[34]   La gaceta literaria [Literatúrnaia Gazeta], semanario con sede en Moscú fundado originariamente en 1831 por el círculo literario liderado entonces por Aleksandr Pushkin (1799-1837) y Antón Délvig (1798-1831). Después de una primera época, hasta 1849, se retomó su publicación ya en el siglo pasado, y en 1932 se convirtió en un órgano oficial de la Unión de Escritores Soviéticos.

[35]   Muchos rusos que se opusieron a la Revolución emigraron al extranjero y formaron importantes colonias en ciudades como París, Praga o Berlín. Con su aspecto y modales impecables, Woland, a ojos de Iván, podía ser un oficial blanco emigrado en misión de espionaje.

[36]   En versiones anteriores, el personaje se llamaba Voland. Según la especialista L. M. Yanóvskaia, Bulgákov sustituyó la letra latina V por la W para vincular gráficamente el nombre de este personaje con los nombres de los protagonistas masculino y femenino, pues la W invertida es similar a la M.

[37]   Tanto la magia blanca como la negra aspiran a una comprensión más profunda de la naturaleza y, en última estancia, también a su dominio, pero solo la segunda entra en relación con espíritus malignos.

[38]   Actualmente la Biblioteca del Estado Ruso es la más grande del país y la segunda del mundo en cuanto a número de documentos. Rebautizada en 1925 con el nombre de Biblioteca Lenin de la Unión Soviética, sus orígenes se remontan a 1862, fecha en que se creó la primera biblioteca pública de la ciudad. En ella Bulgákov se documentó sobre temas bíblicos para la escritura de esta novela.

[39]   Gerberto de Aurillac (938-1003), teólogo y matemático francés, nombrado Papa en 999 con el nombre de Silvestre II. Célebre por su erudición, después de su muerte circularon leyendas sobre su interés por la magia, la ciencia árabe o la cultura druídica. Se dijo que, cuando estudió matemáticas y astrología en Córdoba y Sevilla, siendo todavía monje, aprendió brujería, y que hizo un pacto con el diablo.

[40]   Séptimo mes del calendario civil lunar hebreo —según el cual, se cuentan los días de un anochecer al otro—, cuyo decimocuarto día marca el inicio de las festividades de Pésaj que conmemoran el fin de la esclavitud en Egipto del pueblo hebreo. Suele caer entre los meses de marzo y abril del calendario gregoriano. Según el calendario hebreo bíblico, nisán es el primer mes del año, como indica su primera aparición en el Antiguo Testamento: «Este mes será para vosotros el comienzo de los meses; será el primero de los meses del año» (Éxodo, 12:2).