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NARRATIVA

Tachas 685 • Océano mar (Fragmento) • Alessandro Baricco

"—Plasson, hace días y días que trabajáis aquí abajo. ¿Para que os traéis todos esos colores si no tenéis valor para usarlos?"

Imagen generada con Adobe Firefly
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Tachas 685 • Océano mar (Fragmento) • Alessandro Baricco

 Arena hasta donde se pierde la vista, entre las últimas colinas y el mar —el mar— en el aire frío de una tarde a punto de acabar y bendecida por el viento que sopla siempre del norte.

La playa. Y el mar.

Podría ser la perfección —imagen para ojos divinos—, un mundo que acaece y basta, el mudo existir de agua y tierra, obra acabada y exacta, verdad —verdad—, pero una vez más es la redentora semilla del hombre la que atasca el mecanismo de ese paraíso, una bagatela la que basta por sí sola para suspender todo el enorme despliegue de inexorable verdad, una nadería, pero clavada en la arena, imperceptible desgarrón en la superficie de ese santo icono, minúscula excepción depositada sobre la perfección de la playa infinita. Viéndolo de lejos, no sería más que un punto negro: en la nada, la nada de un hombre y de un caballete.

El caballete está anclado con cuerdas finas a cuatro piedras depositadas en la arena. Oscila imperceptiblemente al viento que sopla siempre del norte. El hombre lleva botas de caña alta y un gran chaquetón de pescador. Está de pie, frente al mar, haciendo girar entre los dedos un pincel fino. Sobre el caballete, una tela.

Es como un centinela —esto es necesario entenderlo— en pie para defender esa porción de mundo de la invasión silenciosa de la perfección, pequeña hendidura que agrieta esa espectacular escenografía del ser. Puesto que siempre es así, basta con el atisbo de un hombre para herir el reposo de lo que estaba a punto de convertirse en verdad y, por el contrario, vuelve inmediatamente a ser espera y pregunta, por el simple e infinito poder de ese hombre que es tragaluz y claraboya, puerta pequeña por la que regresan ríos de historias y el gigantesco repertorio de lo que podría ser, desgarrón infinito, herida maravillosa, sendero de millares de pasos donde nada más podrá ser verdadero, pero todo será —como son los pasos de esa mujer que envuelta en un chal violeta, la cabeza cubierta, mide lentamente la playa, bordeando la resaca del mar, y surca de derecha a izquierda la ya perdida perfección del gran cuadro consumando la distancia que la separa del hombre y de su caballete hasta llegar a algunos pasos de él, y después justo junto a él, donde nada cuesta detenerse —y, en silencio, mirar.

El hombre ni siquiera se da la vuelta. Sigue mirando fijamente el mar. Silencio. De vez en cuando moja el pincel en una taza de cobre y esboza sobre la tela unos cuantos trazos ligeros. Las cerdas del pincel dejan tras de sí la sombra de una palidísima oscuridad que el viento seca inmediatamente haciendo aflorar el blanco anterior. Agua. En la taza de cobre no hay más que agua. Y en la tela, nada. Nada que se pueda ver.

Sopla como siempre el viento del norte y la mujer se ciñe su chal violeta.

—Plasson, hace días y días que trabajáis aquí abajo. ¿Para que os traéis todos esos colores si no tenéis valor para usarlos?

Eso parece despertarlo. Eso le ha afectado. Se vuelve para observar el rostro de la mujer. Y cuando habla no es para responder.

—Os lo ruego, no os mováis —dice.

Después acerca el pincel al rostro de la mujer, vacila un instante, lo apoya sobre sus labios y lentamente hace que se deslice de un extremo al otro de la boca. Las cerdas se tiñen de rojo carmín. Él las mira, las sumerge levemente en el agua y levanta de nuevo la mirada hacia el mar. Sobre los labios de la mujer queda la sombra de un sabor que la obliga a pensar «agua de mar, este hombre pinta el mar con el mar» —y es un pensamiento que provoca escalofríos.

Ella hace un rato que se ha dado la vuelta, y está ya midiendo de nuevo la inmensa playa con el matemático rosario de sus pasos, cuando el viento pasa por la tela para secar una bocanada de luz rosácea, flotando desnuda sobre el blanco. Uno podría pasarse horas mirando ese mar, y ese cielo, y todo lo demás, pero no podría encontrar nada de ese color. Nada que se pueda ver.

La marea, en esa zona, sube antes de que llegue la oscuridad. Un poco antes. El agua rodea al hombre y a su caballete, los va engullendo, despacio pero con precisión, allí quedan, uno y otro, impasibles, como una isla en miniatura, o un derrelicto de dos cabezas.

Plasson el pintor.

Viene a recogerlo, cada tarde, una barquilla, poco antes de la puesta del sol, cuando el agua ya le llega al corazón. Es él quien así lo quiere. Sube a la barquilla, recoge el caballete y todo lo demás, y se deja llevar a casa.

El centinela se marcha. Su deber ha acabado. Peligro evitado. Se apaga en la puesta de sol el icono que una vez más no ha conseguido convertirse en sacro. Todo por ese hombrecillo y sus pinceles. Y ahora que se ha marchado, ya no queda tiempo. La oscuridad suspende todo. No hay nada que pueda, en la oscuridad, convertirse en verdadero.

Fragmento del libro Océano mar. Alessandro Baricco. Nórdica. 2018. Traducción de Xavier González Rovira y Carlos Gumpert. Publicado con autorización de sus editores.




 

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Alessandro Baricco (Italia, 1958) Redactor y corresponsal del diario milanés Corriere della Sera, fue autor de novelas, cuentos y obras de teatro, escenógrafo y pintor. Su fama fue relativamente tardía e insuficiente para su calidad literaria abrumadora. Hoy sigue siendo descubierto fuera de Italia y es, para muchos, uno de los grandes escritores europeos del siglo XX. Se han destacado de su obra el estilo sobrio y los elementos enigmáticos y simbólicos y se han señalado las influencias surrealistas y de Kafka. Albert Camus fue lector y traductor de Buzzati. Ha sido comparado con Italo Calvino, con quien comparte el gusto por la fantasía alegórica. Entre sus obras más celebradas se suelen destacar El desierto de los tártaros, Un amor, El secreto del Bosque Viejo y algunos de sus cuentos.

Aunque Buzzati es un clásico que siempre ha sido reconocido por la crítica y por una considerable legión de seguidores, actualmente hay en España un claro movimiento de recuperación de su obra, con el apoyo inequívoco de la crítica.

Un amor es una obra que, por su tema y por su construcción, difiere sustancialmente del resto de las novelas de Buzzati, aunque tiene en común con ellas su gran calidad, un trasfondo de preocupación ética y, por momentos, una poesía, en los que reconocemos al Buzzati del resto de su obra. Novela de gran intensidad literaria, el argumento absorbe al lector desde la primera página. El escenario urbano es ya inusual en las novelas de Buzzati y cabe decir que la ciudad es uno de los protagonistas de la novela. El tema, el amor, es también inusual en la obra de Buzzati, y es aún más llamativo el contenido erótico de la novela, que desempeña un importante papel en la misma, merced a un realismo que nos lleva a pensar en Naná de Zola. Lo audaz del enfoque y la sinceridad del autor en el reflejo de sus pasiones son valores que refuerzan esta obra, la más intensa de Buzzati. En ella se narra la historia de un enamoramiento, de una experiencia personal turbadora que absorbe a su protagonista, víctima de una pasión descarnada e inusitada que, en palabras de Achille Di Giacomo, Buzzati nos retrata «en su significado más intenso, implacable e inequívoco, propio del preludio de Tristán de Wagner». El realismo que eligió Buzzati para construir Un amor, inusual en él, se acompaña de un diálogo interior del protagonista que, como reflejo de su pasión desbordada, confiere auténtico nervio a la obra. Por esta vía, no obstante, Buzzati sorprende al impregnar la acción gradualmente de poesía y de reflexión a veces sublime, en torno a una suerte de amor que se diría alejado de esos ámbitos.

Cuando se publicó por primera vez en 1963, Un amor se convirtió rápidamente en uno de los primeros best sellers de la historia de Italia, comparable con otros éxitos fulgurantes de obras coetáneas como El Gatopardo de Lampedusa o el Jardín de los Finzi Contini, de Bassani. Esa aceptación por parte del público no ha cesado hasta hoy. Por parte de la crítica, la acogida de la novela reflejó inicialmente una menor unanimidad, quizás debido a que parte de ella reaccionó con algún desconcierto ante «este nuevo Buzzati» que, sin embargo, fue aplaudido por buena parte de los críticos. Hoy la novela es considerada como una de las obras maestras de Buzzati.






 

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