NARRATIVA
Tachas 685 • La Portería • Claudio Magris
«¡Usted puede dar me órdenes a mí, pero no a los empleados, y ni siquiera a las mujeres que hacen la limpieza!»
Bajó del autobús aferrándose al pasamanos hasta que su pie palpó, no sin cierta vacilación, el asfalto. La mano titubeó un instante antes de decidirse a sujetar el reluciente aluminio, y se retiró justo en el momento previo a que la puerta volviera a cerrarse. Resultaba agradable tocar aquel metal, por lo menos donde todavía estaba fresco, no donde tantas manos húmedas y sudadas lo habían dejado caliente.
Era por esto que se había bajado muy lentamente del autobús, no porque le resultase difícil hacerlo. Miró a su alrededor con recelo, Todavía le rondaba en la cabeza esa estúpida idea de que su hijo o la nuera lo hubiesen seguido. De todas formas, a esa hora estaban ocupados. ¡Y podría ser que ya hasta lo supieran! Sin embargo, le gustaba no ver ninguna cara conocida. La calle corría hacia el mar, recta y árida La claridad, al fondo, era lívida, el sol bajo y blanco le molestaba en los ojos. Se restregó los párpados, al igual que Mítzí Matzi cuando se le enroscaba sobre las rodillas en el sillón del estudio y levantaba el hocico hacia la lámpara que había sobre su escritorio y que quedaba muy cerca.
No le gustaban las calles perpendiculares al mar, que desembocaban en la gran luz: prefería, en la geometría de la ciudad, las calles paralelas a la costa, protegidas por las altas casas entre las que se gozaba de más sombra y el anochecer caía más rápido. Toda la ciudad, desde que la había visto por primera vez asomándose sobre la colina del Carso, le parecía demasiado abierta sobre La gran extensión del agua. También los triestinos tuvieron que haberse dado cuenta de esto, si habían construido ese retículo de calles rectilíneas, una celosía que protegía del golfo y de su vastedad: además, muchos de ellos habían llegado del corazón del continente, como él, que lo había hecho de Moravia, aunque mucho tiempo antes.
Cuando se encontraba frente al mar, se le dibujaba una sonrisa avergonzada que le alzaba imperceptiblemente el labio superior y que le descubría un poco demasiado los dientes, igual que a Roll, el bulldog que había tenido durante muchos años y al que, según sus nietos, había terminado por parecerse. El mar, al fondo de aquellas calles, cada vez le parecía más grande; algunas veces le parecía verlo subir, sumergir las aceras y crecer. Lo sentía susurrar, un fragor que venía de lejos, de un oscuro surco de enormes olas blancas.
A veces, por diversión, antes de salir programaba mentalmente su recorrido a modo de evitar en lo posible el avistamiento de aquel azul interminable; imaginaba un plan de ataque sobre un tablero de ajedrez gigante, doblar la esquina en el momento justo, esquivar de flanco, hacer la jugada del caballo. Los planes de ataque, lo sabía bien, eran una estrategia de retirada, audaces operaciones para garantizarse un mayor margen de posibilidades defensivas. Toda la vejez, además, era una avanzada para retroceder; uno se adentra en territorio desconocido para abstraerse de la realidad que avasalla por todas partes, punzante e invasora. Incluso sus ingresos, cada vez más míseros con el paso de Los años, habían funcionado como un dique contra la dificultad de las cosas; desde los dineros que había ganado cuando llegó a Trieste desde Hansdorf —ahora todos decían Hanusovice— viajando a la buena de Dios, incluso recorriendo algunos trechos a pie, trabajando aquí y allá a cambio de un plato de comida y un lugar donde dormir. El edificio de la pequeña —pero no mucho— agencia de transportes, que hasta hace unos cuantos meses había sido suya, también era solamente un refugio apaciguador.
«¡Usted puede dar me órdenes a mí, pero no a los empleados, y ni siquiera a las mujeres que hacen la limpieza!», le había dicho el licenciado Dürer mirándolo incisivo por detrás de sus anteojos, que brillaban pequeños y malignos. Desde que se había realizado el traspaso de propiedad a la sociedad suiza, el licenciado Dürer, el nuevo administrador delegado, se encargaba de recordarle, al verlo llegar todavía con mucha frecuencia a la oficina, que él era ya tan sólo presidente honorario y, como tal, podía disponer del sillón y de los periódicos, pero no del personal. «Diríjase a mí, para mí será un placer poder atenderlo, pero, por favor, no le pida nada a nuestros empleados. Yo sigo estando con mucho gusto a sus órdenes…». Y el licenciado Dürer sonreía con un aire de entendimiento mutuo, orgulloso de haber resuelto con una frase una posible injerencia engorrosa.
El sol ya estaba en lo alto, las calles comenzaban a animarse. Entre el aleteo de las palomas se escuchaba el graznido de algunas gaviotas; alzó la cabeza y por un instante su mirada se topó con la mirada maligna del pájaro.
Cada vez había más gaviotas en la ciudad. Alzaban el vuelo desde los escollos de la costa y se precipitaban contra las casas, las calles, los jardines. ¡Qué idiota el Dürer ese! Tan convencido de que él todavía iba a la oficina tan sólo por el deseo de dar órdenes. Pero él seguía asistiendo a la oficina por costumbre, porque así lo había hecho durante años, tal y como había renovado su abono en el Teatro Verdi sin que hubiese disminuido su indiferencia por las óperas, que le parecían casi todas iguales. Ni siquiera creía que lavarse los dientes sirviera para algo, eso era tan cierto que los dentistas seguían ganando un montón de dinero a pesar del gran consumo de dentífricos, pero él se los había seguido lavando.
Determinadas cosas sencillamente no se cuestionaban; si dejaba de lavarse los dientes o de ir al teatro, toda la sociedad podía trastocarse, Y él se sentía muy a gusto en esa sociedad. No la amaba, eso si que no, pero la respetaba por lo bien organizada que estaba, con las cédulas los títulos los dividendos los matrimonios los teatros y los cepillos de dientes. Todo servía, todo ayudaba a mantener las cosas lejos. El mar, por ejemplo, quedaba justo detrás de la bolsa de valores, del otro lado, vasto y con sus blancas olas, pero bajo las columnas y el frontispicio neoclásico de la bolsa no se lo veía ni se lo escuchaba, y todo estaba en su lugar. Estaba bien repetir las cosas. Por eso, Clara, su nuera, se equivocaba con esa manía suya de cambiar constantemente las cortinas o las lámparas; se comenzaba con esas cosas, y después no se sabia hasta dónde se podía llegar.
«Usted puede darme órdenes a mí». ¡Suizo idiota! A partir de ese día no había vuelto a poner un pie en su antigua oficina y ni siquiera le había dicho nada, total, el tipo ese ni siquiera lo habría entendido. Si había algo que siempre había detestado era dar órdenes. Era tan feliz cuando, durante el viaje de Hansdorf a Trieste, sin atravesar ninguna frontera porque todavía existía el imperio y resultaba inconcebible que un día pudiera dejar de existir, pasaba la noche en alguna granja, preguntando si había algún trabajo que él pudiera hacer, y le decían que cortara un poco de leña o que recogiera las hojas secas. Le daban una hoz o un hacha, se quitaba la chaqueta y se ponía a trabajar. La leña caía a tierra con ruidos sordos, las virutas saltaban por doquier, olía bien y, aunque era invierno y él estaba en mangas de camisa, no sentía frío. Luego le daban unas cuantas monedas y se marchaba de allí, el mundo era hermoso y grande.
Cuando pasaba la noche en un henil se dormía de inmediato. Siempre le había gustado dormir, la vida era tan honesta que estaba dividida en tercios; una hora de un feliz no hacer nada por cada dos horas de trabajos pesados y malentendidos, no era un mal trato. Por la mañana, cuando andaba de viaje, se levantaba muy temprano, incluso más temprano que ahora: durante algún tiempo la oscuridad prolongaba esa nada feliz, después se levantaba La hierba estaba congelada, todavía estando en el umbral de la puerta se bebía un huevo fresco, luego se echaba su chaqueta a la espalda y se marchaba. Le volvían a la mente las canciones de los afiladores y de los zapateros remendones de Moravia. Canciones alemanas, los alemanes sabían obedecer y cantar, que era lo mismo, decir que sí.
Más tarde había sido difícil no dar órdenes, cuando había adquirido y después hecho crecer el negocio de la ferretería, la compañía constructora o la de transportes, abierto filiales y nombrado jefes de oficina y directores, invertido cada vez más dinero en iniciativas cada vez más grandes. Pero incluso allí, con un poco de astucia, se las había arreglado. Al principio se sirvió de un asesor bancario, permitiendo que él lo aconsejara sobre qué títulos comprar o vender, en dónde valía la pena especular y haciéndolo creer que él ya había tomado sus decisiones, que tan sólo necesitaba de alguna información complementaria; lo mismo, pero a mayor escala, le sucedió después con los administradores y los consejeros de sus compañías. Había sido suficiente con un poco de astucia, a fin de que no se percataran de que eran ellos los que decidían, es decir, los que ordenaban. Y ellos no se habían dado cuenta de eso, todos rebosantes de respeto y deferencia —casi de aprensión, a juzgar por sus caras tensas—, esperando que él recibiera y ejecutara sus órdenes.
Una regla, si era válida, valía para siempre. La vida no sabía de excepciones, sus leyes eran iguales para todos, como la ley de gravedad. También con su matrimonio había sido así. En casa siempre había sido Anna la que lo decidía todo y él había sido feliz. Anna era hermosa, con sus ojos negros y sus hombros bronceados, y cuando se volvía hacia él y levantaba la boca para darle un beso, no había nada que discutir. Él siempre había dicho que sí, tanto en. la mesa como en la cama; incluso ciertos juegos los había inventado e impuesto ella, pero no se había dado cuenta, devota como era, y había continuado tiranizándolo y estableciendo, despótica e ignorante, las mudanzas, las vacaciones, el colegio de los hijos, siempre convencida de secundar su voluntad. Hacía mucho tiempo que Anna ya no estaba, y desde entonces todo se había vuelto opaco; se acordaba muy bien del amor, también de pequeños detalles, pero como si fuese algo impersonal que podía de igual manera haberle sucedido a otro. Y cada vez, con mayor frecuencia, se descubría en la cara esa sonrisa que le dejaba entrever los dientes, que casi era un tic.
Dobló la esquina de la antigua Vía Teresiana, ya estaba cerca. Un perro levantaba la pata contra el muro, el hilo del líquido descendía serpentino y se desvanecía entre las piedras, el color amarillento le resultaba agradable. Después de la muerte de Anna tuvo que ajustar cuentas con órdenes y prohibiciones explícitas. A Chiara, por ejemplo, no Le gustaba que Mitzi Matzi trepara sobre los sillones, porque dejaba pelos por todos lados, y hacer la vista gorda con esa disposición había requerido de una táctica compleja, elaborada cautelosamente durante largo tiempo, finalmente coronada por el éxito pero siempre con la necesidad de ser vigilada. En la familia lo amaban, y él también los amaba, El beso de Chiara en su mejilla le recordaba ciertas mañanas en los bosques de Moravia, con el sol puro recién nacido y el viento ligero sobre el rostro. Marco, su hijo, se quedaba con gusto a conversar con él, también Paola, su hija que vivía en Zúrich, lo llamaba por teléfono y le escribía con frecuencia, sus dos nietos le preguntaban muchas cosas.
Él estaba contento, aunque habría preferido escuchar más que hablar; cuando le preguntaban de la Moravia anterior a la Gran Guerra le parecía que tenía muchas cosas que decir, pero luego se le morían en la boca y entonces fingía que había perdido el hilo de la conversación, a su edad tenía todo el derecho a hacerlo, así lo dejaban en paz. Amaba a sus pequeños nietos, pero Hansdorf, con su aserradero oloroso a madera y resina y el burcák, el vino nuevo recién vendimiado que llegaba de los viñedos del sur, le resultaba mucho más cercano. De todas maneras, la casa era grande; se podía estar a solas y dejar solos a los demás, su hijo, su nuera, sus nietos, sin constituir una carga.
También ellos lo dejaban en paz, no Lo agobiaban con esas exageradas limitaciones que hacen de casi todo anciano un prisionero. Nadie le había preguntado por qué, desde hacía unas semanas, salía tan temprano y permanecía fuera de casa tanto tiempo. Quizá pensaban que, al igual que muchos viejos, él también era madrugador. Ni siquiera cuando no regresaba a la hora de la comida aunque habría podido hacerlo, contaba con dos horas de descanso, los sindicatos habían hecho progresos y los llamaba por teléfono, tartamudeando, y les decía que tenía un compromiso o una invitación, sin que ellos lo cuestionaran lo más mínimo. Cierto, quizá ellos ya lo sabían todo, era posible, probable, y fingían no saber nada. Mejor así. Y mejor darse prisa si es que ya lo habían descubierto, para arreglarlo de modo conveniente.
Trató de pensar en las maneras más oportunas de averiguar, sin comprometerse, si estaban al tanto de algo. Si se percataba de que lo habían descubierto todo y habían decidido no hacer nada al respecto, aprovecharía para quedarse fuera de casa también por las noches, excepto los sábados y los domingos, tampoco había que exagerar. La habitación contigua a la portería era pequeña, pero era más que suficiente. Debía de ser muy hermoso despertarse allí dentro, solo, con los inquilinos aún dormidos en sus apartamentos y el portón cerrado, y escuchar, provenientes de la calle, los primeros ruidos de la mañana, que en su casa no podían subir hasta donde él se encontraba, en su habitación situada en el cuarto piso que daba a un patio interior, casi siempre vacío.
Apretó el paso, porque casi iba retrasado y los inquilinos, con mucha razón, habrían protestado si encontraban que la portería y el portón de la entrada no estaban abiertos conforme al horario. Pero ya había llegado, y a tiempo. El edificio de cinco pisos, mortecino y abandonado, debía de ser de los años cuarenta. Cuando lo compró, ya no se ocupaba personalmente de su pequeña compañía inmobiliaria. El administrador actual se llamaba Repetti. Trató en vano de visualizar su cara, ni siquiera recordaba haberse reunido con él.
Abrió el portón, volvió a meterse la llave en su chaqueta, sacó otra para abrir la portería. «Buenos días, ingeniero», le dijo al hombre que salía y que le respondió distraídamente. Dentro de un rato bajaría la señora Weber con sus dos perros: tenía que estar atento para que no los dejara correr por las escaleras y hacer sus necesidades en el rellano, si no, los demás le volverían a reclamar a él. Era realmente maleducada y apenas se dignaba a devolverle el saludo a un simple portero. Además, tenía que llevarle el paquete al abogado del tercer piso, el correo lo habían Llevado la tarde anterior, cuando el despacho ya estaba cerrado, y se lo habían dejado a él, que también había firmado el recibo.
No estaba entre sus deberes contractuales, pero dado que en el buzón del correo la placa de los Nigri colgaba mal puesta, ladeada, cogió un destornillador y la atornilló con paciencia, hasta que nuevamente la vio firme en su sitio. Llegó un vendedor ambulante, un negro que vendía gafas y encendedores; le compró un par de gafas de sol, le preguntó de dónde era y luego le inquirió algo sobre el Senegal, pero no le permitió subir las escálelas, porque el reglamento lo prohibía.
La puerta del ascensor estaba toda descascarada, realmente indecorosa No estaba muy seguro de estar autorizado, pero decidió escribirle a la administración solicitando que la volvieran a pintar y aprovechó para comentar que los inquilinos del segundo piso habían vuelto a quejarse del alboroto que habían armado por la noche los del apartamento de encima del suyo, con otra de esas fiestas con música a todo volumen.
Cogió el papel y comenzó a escribir. Seria Repetti quien leyera la carta. Quién sabe hasta cuándo seguiría sin darse cuenta o fingiendo no darse cuenta de nada, sin asociar su nombre con el del invisible propietario de la compañía inmobiliaria. La única que todavía le pertenecía; las otras, de diversos tipos, ya las había liquidado. Ésa, y por tanto el edificio que formaba parte de ella, le pertenecían a él. A Giuseppe, más bien, a Joseph Bella Quercia, antaño Eichholzer, hijo de Kart, que en Hansdorf herraba caballos, nieto de no se sabía quién, expresidente de varias cosas, aunque no sabía decir bien de cuáles.
Quizá también Repetti, al igual que su hijo y su nuera, lo sabía todo, lo cual no era grave. Puede que hasta lo hubieran empleado solamente porque se habían dado cuenta de inmediato de que se trataba de él, cuando dos o tres meses antes, por casualidad, había escuchado que en ese edificio había un puesto vacante como portero y que no podían encontrar a nadie par a cubrirlo, envió su solicitud, se presentó en la oficina del administrador y, tras una breve entrevista, fue contratado. En efecto, no era demasiado viejo, era listo y, en resumen, terna buena salud; ya no se podía encontrar a nadie, y mucho menos a un joven dispuesto a trabajar como portero y, por lo tanto, no resultaba extraño contratar a alguien ya anciano. Incluso si lo habían contratado porque se habían dado cuenta de que se trataba de él cosa que no resultaba fácil, considerando las distancias que mediaban entre las oficinas que se ocupaban de los pequeños asuntos cotidianos y la sala del consejo de administración, mucho mejor. Él mismo, además, había decidido que si lo rechazaban, de alguna manera habría hecho valer su autoridad; los habría obligado a darle ese trabajo, con sus funciones y prestaciones.
Terminó de escribir la carta y fue a meterla en el buzón que estaba justamente frente al edificio, al otro lado de la acera. Quién sabe quién decidiría personalmente si había que repintar o no, y cuándo, la puerta; se trataba de un gasto modesto, que no necesitaba de autorizaciones de alto nivel. De todas maneras, una vez más no sería él quien lo decidiera, incluso si el dinero, finalmente, lo pondría él. Pero con aquel fulano allí, a él no le quedaba nada que hacer, y cada vez hacía menos. Cada día se iba alejando más de ese individuo, de ese abstracto sí mismo que a veces le parecía un simple homónimo y que seguía, cada tanto, en su despacho, firmando mecánicamente las actas sólo las de una cierta importancia que le ponían enfrente; se lo quitaba de encima lentamente, como si se despojara de un traje de ceremonia y lo colgara dentro del armario. ¿Era eso envejecer? En realidad le parecía que el que envejecía era el otro, echándose cada vez más años y cosas sobre las espaldas, como un perchero que cada vez está más cargado, y que en cambio él se volvía cada vez más ligero, más ágil.
Desde que ya no era necesario dar órdenes, todo se había hecho más fácil y liviano. Durante mucho tiempo, en cambio, había sido muy pesado; años y años trabajosos e interminables, quizá desde el primer momento en el que había llegado a la dudad, dejando atrás y para siempre Moravia y sus bosques. Luego, de golpe, esa necesidad había desaparecido y el mundo se había transformado en un globo de colores, que no pesaba y que uno podía dejar que se alejara por su cuenta en cualquier momento. Había sucedido hacía poco, hacía unos meses, quizá hacía un año o más; resultaba difícil decir desde cuándo, pero no tenía importancia. Ya había dejado de calcular el tiempo, a veces confundía los meses con las semanas, igual que ciertas mañanas, después de pasar una noche casi insomne, ya no sabia si había dormido unos minutos o un par de horas.
No habría podido decir con exactitud cuándo, pero lo sabía porque esa necesidad de ordenar, de ganar dinero, de triunfar había llegado a su fin. En Hansdorf, cuando en determinadas noches el cielo se alejaba, las sombras morían entre la hierba silenciosa y el mundo, de repente, era inmenso y gélido, podía llorar con el rostro escondido contra la espalda de su madre. En la ciudad, entre los edificios decorosos y los barcos que entraban en el puerto, no podía llorar, y para echar fuera ese nudo que sentía en la garganta, ese extravío del niño perdido en la hostilidad de las cosas y de los hombres igualmente dispuestos a herir, no podía hacer otra cosa que levantar imperiosamente la voz, hablar más fuerte y más alto que los otros, subirse a los coches de choque de la feria, que las primeras veces daban miedo, y plantarse ante el volante, propinarles unos buenos golpes y echar fuera de la pista a los que lo quisieran embestir. Ese extravío, en el fondo del corazón, siempre estaba presente, pero la chequera era una buena coraza y hasta el esmoquin, el distintivo en el ojal y el rango honorable que otorgaba el trabajo eran una tranquilizante pero pesada coraza.
Luego, una mañana, al levantarse, ese extravío taciturno había desaparecido, se había ido de la misma manera en la que se aleja, de un tupido y oscuro follaje, un pájaro. Quizá había ido a posarse en el hombro del otro, de aquel que todavía firmaba decisiones importantes, aunque entendiéndolas cada vez menos. Él, de repente, se sentía libre, curioso, y había dejado de sentirse fastidiado por las cosas; sentía que había sacado de sus bolsillos las piedras que había recogido durante tantos años y que ya podía correr por los prados, al igual que en Hansdorf, sin miedo y sin necesidad de nada, ahora el mundo era un perro que ya no podía morderlo, y que se ponía a correr y a jugar con él.
Volvió a cruzar el portón. El asfalto ya quemaba, sería un día bochornoso, pero en el portón se sentía una frescura recóndita. Traspasarlo era como atravesar una cascada, pasarse al otro laido; el silencio de las escaleras era el fragor incesante de una gran agua que caía y envolvía los ruidos del mundo allá afuera, hasta que poco a poco ya no se escuchaba ni siquiera aquel estrépito, porque el oído se había habituado. También las voces de su hijo, de su nuera, incluso las de sus nietos se alejaban, se desvanecían.
Un enorme ficus le proporcionaba sombra a los escalones, oscura selva resplandeciente en la sombra. Un gato patinó por los escalones, ¡a saber cómo había entrado!, y él lo empujó hacia fuera con delicadeza, porque el reglamento de la casa no permitía animales callejeros. Un geranio ardía en la ventana, encendido por el sol que lanzaba dardos en el patio. También las placas de los buzones del correo brillaban. Dentro de poco llegaría el cartero y, como siempre, se quejaría de que su cuñado se le había metido en casa y ya no quería marcharse. Metió un libro en un cajón, y de otro sacó una fotografía del día de su boda y dos tarjetas postales de Hansdorf y se quedó mirándolas durante un rato. El cartero había llegado y él fue a su encuentro. El sol había cambiado de posición, ya no fustigaba el geranio sino el vidrio de la ventana, la franja brillante se reflejaba en el muro y lo cortaba como con un golpe de sable. Cuando un poco de aire movía la ventana entrecerrada, la franja se batía en duelo sobre el muro con mandobles fulmíneos.
«Va a llover esta noche», dijo el cartero, «mire qué neblina cada vez más oscura, qué bochorno tan sofocante, pero del mar se está levantando un gran viento que se lo llevará todo, ya hacía falta». Él sonrió, levantando un poco el labio, dejándole entrever la dentadura.
Fragmento del libro El Conde Y Otros Relatos. Claudio Magris. Sexto Piso. 2014. Traducción de María Teresa Meneses. Publicado con autorización de sus editores.
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Claudio Magris (Italia, 1939) prestigiosísimo germanista, ensayista y traductor de Ibsen, Kleist y Schnitzler, entre otros, es una de las figuras mayores de la literatura italiana contemporánea. En español se han publicado sus obras narrativas Conjeturas sobre un sable, El Danubio (Premio Internacional Antico Fattore y Premio Bagutta), Otro mar (Premio Europeo Agrigento, Premio Palazzo al Bosco y Premio Pannunzio), Microcosmos (Premio Strega), A ciegas (Premio Tomasi di Lampedusa), Así que Usted comprenderá, No ha lugar a proceder, Cruz del Sur, el libro de textos breves Instantáneas, la pieza teatral La exposición y los ensayos recogidos en Utopía y desencanto, El infinito viajar, La historia no ha terminado, Alfabetos, La literatura es mi venganza (coescrito con Mario Vargas Llosa) y El secreto y no.
Claudio Magris ha recibido numerosos premios, entre los cuales están el Premio Erasmus en 2001, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2004, el Premio de la Paz de los Libreros Alemanes en 2009 y el Premio de la FIL de Guadalajara en 2014.