Escenarios • Mientras tanto, una compañía crecía • Paola Arenas
“Mientras los intérpretes atravesaban distintos estados físicos y emocionales, ese pequeño resplandor permanecía inmóvil, insistente, esperando ser visto. Como tantas cosas que habitan nuestro entorno y pasan inadvertidas hasta que algo nos obliga a prestar atención…”
A veces los cambios más importantes ocurren antes de que inicie la función.
En el vestíbulo del Teatro Aurora del Instituto Oviedo, los intérpretes de la Compañía de Danza Cultura Sor Juana esperaban en silencio. Vestidos completamente de negro, comenzaron a caminar hacia la sala. El público los siguió. Sin anuncios, sin explicaciones, sin una frontera clara entre espectadores y escena.
Mientras tanto, algo estaba pasando…
Al ingresar al teatro, la sensación continuaba. El escenario aparecía desnudo. Sin piernas, sin bambalinas, sin telón de boca. Las varas permanecían a medio vuelo, revelando una parte del teatro que habitualmente se oculta. Los intérpretes entraban y salían del espacio mientras el público tomaba asiento. No parecía que una función estuviera por comenzar; parecía que ya había comenzado antes de que llegáramos.
Hubo una imagen que me acompañó durante toda la función.
Debajo de uno de los letreros de salida de emergencia permanecía visible un pequeño resquicio de luz verde. De esos que, normalmente, cualquier diseñador escénico intentaría ocultar porque "ensucian" la composición visual. Durante buena parte de la obra pensé justamente eso: qué lástima que esa luz esté ahí.
Pero al final comprendí que también estaba mirando la pieza desde el lugar equivocado.
Mientras los intérpretes atravesaban distintos estados físicos y emocionales, ese pequeño resplandor permanecía inmóvil, insistente, esperando ser visto. Como tantas cosas que habitan nuestro entorno y pasan inadvertidas hasta que algo nos obliga a prestar atención.
De pronto, la luz dejó de ser un error visual y se convirtió en una metáfora involuntaria —o quizá no tanto— de la propia obra.
También permanecía en escena un maniquí vestido igual que los intérpretes. Siempre presente. Siempre silencioso.
Al principio parecía un elemento más del espacio. Un objeto que simplemente estaba ahí.
Pero conforme avanzaba la función comenzó a adquirir otro peso. Mientras los cuerpos vivos corrían, buscaban, chocaban, se ignoraban y luchaban consigo mismos, esa figura inmóvil observaba todo desde la periferia.
Los bailarines parecían enfrentarse constantemente a sus propias urgencias. Había encuentros, pero pocas veces comunicación. Cercanía física, pero no necesariamente conexión. Cada uno atravesaba sus propios conflictos mientras los demás continuaban orbitando alrededor.
Y entonces el maniquí cayó.
Un gesto sencillo que transformó retrospectivamente toda la imagen anterior.
Porque aquello que había permanecido invisible durante toda la función finalmente reclamó nuestra atención.
Quizá Mientras tanto... algo estaba pasando no habla únicamente de las cosas que ocurren a nuestro alrededor mientras vivimos nuestras propias vidas. Quizá habla también de todo aquello que dejamos de mirar: las personas, los conflictos, los afectos, los silencios y las ausencias que permanecen ahí, frente a nosotros, esperando ser reconocidos. Como una pequeña luz verde debajo de una puerta. Como un maniquí inmóvil en medio de la escena. Como alguien que lleva tiempo pidiendo ser visto.
La propuesta, dirigida por Pryska Vargas y Alejandro Lira, logra algo que pocas veces sucede en los procesos formativos: una conceptualización clara y consistente de principio a fin. Cada decisión estética dialoga con la premisa que plantea la obra: reflexionar sobre la atención, el reconocimiento y la experiencia de habitar un mundo que nunca se detiene.
¿Cuántas cosas ocurren alrededor de nosotros mientras estamos ocupados viviendo nuestra propia vida?
La pieza no busca contar una historia lineal. En su lugar, propone una sucesión de estados, encuentros, búsquedas y transformaciones que aparecen y desaparecen frente a nuestros ojos. Hay algo profundamente contemporáneo en esa estructura. Los cuerpos entran y salen. Coinciden. Se ignoran. Se encuentran. Habitan un mismo espacio sin necesariamente compartir una misma realidad.
Y aunque la propuesta habla de la necesidad humana de ser vistos y reconocidos, para mí la función también terminó hablando de otra cosa: del tiempo.
Del tiempo que requiere construir una compañía.
La Compañía de Danza Cultura Sor Juana representa uno de los esfuerzos de formación artística más constantes que existen actualmente en León. A lo largo de los años, Cultura Sor Juana ha apostado por crear espacios donde las y los estudiantes no solamente reciban clases, sino que puedan experimentar procesos cercanos a los de una compañía profesional.
Ese trabajo sostenido ha permitido que distintas generaciones encuentren en la escena un lugar de pertenencia y crecimiento. Lo hemos visto en teatro, donde la agrupación logró reconocimiento incluso dentro del Festival Internacional de Teatro Universitario de la UNAM. Y también en danza, donde la compañía ha construido una trayectoria propia participando en festivales, encuentros y proyectos de creación constante.
Se percibe en la disciplina de quienes llevan años entrenando juntos. Se percibe en la precisión técnica de los intérpretes. Se percibe en el compromiso con el que habitan la escena. Pero, sobre todo, se percibe en la capacidad de asumir riesgos.
Porque Mientras tanto... algo estaba pasando se siente distinta a otros trabajos que hemos visto de la compañía. Más abstracta. Más abierta a la interpretación. Más interesada en construir preguntas que en ofrecer respuestas.
Eso habla de crecimiento; habla de una agrupación que ya no necesita demostrar únicamente que puede ejecutar una coreografía con solvencia técnica, sino que también puede construir una voz propia y sostener una propuesta conceptual compleja.
Quizá por eso la función dejó una sensación tan particular al terminar.
Mientras observábamos cuerpos atravesando estados de caos, urgencia, juego y transformación, también estábamos viendo otra cosa: el resultado de años de trabajo silencioso.
A veces los procesos más importantes son así: no hacen tanto ruido ni son fortuitos, mucho menos inmediatos. Simplemente suceden mientras estamos mirando hacia otro lado.
Y cuando finalmente los vemos, descubrimos que, mientras tanto, algo importante ya estaba pasando.