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Amores y odios en la lengua

Enrique R. Soriano Valencia

Amores y odios en la lengua

 

La lengua también está llena de amores y odios. No solo se manifiestan en las palabras usadas para ofender o para halagar (curiosamente hay más palabras para provocar ira, que para manifestar filiación; pero en compensación, hay más vocablos con carga positiva que negativa). Igual, los sinsabores se presentan en la evolución del idioma. Por una parte están los defensores acérrimos del estatismo y por la otra quienes incorporan voces y modalidades sin el menor recato o reflexión.

Los odios y amores en el idioma tienen múltiples facetas. Ahí están los que odian la ortografía y la gramática («¿Para qué estudiarlos, si de todos modos me entienden?», suelen argumentar); enfrentados a los academicistas («Imposible dominar el idioma sin las ciencias que le estudian», me han manifestado cuando imparto el curso de Redacción sin gramática).

Asimismo, están los que se escandalizan por las nuevas incorporaciones al Diccionario de la Real Academia de la Lengua (como ‘chido’, ‘güey’, ‘abusado’, ‘normatividad’, ‘escrache’, ‘checar’, etc.) contra los que se dan vuelo con formas extremadamente singulares o extranjerismos.

Las Academias de la Lengua tienen múltiples detractores (como los del sitio elcastellano.org) y partidarios (como los sitios Fundéu y Centro Virtual Cervantes). El español, entonces, tiene y ha tenido una larga historia de simpatizantes y detractores.

Desde el latín inicia esta constante lucha por evitar modificaciones al idioma. Ahí está el Appendix Probi del gramático Marcus Valerios Probus, escrito entre el siglo iii o iv de nuestra era.   Al ver el deterioro del latín, Valerios formuló un larguísimo listado de «así, no así». Por supuesto que la forma incorrecta fue la que prevaleció y la adecuada quedó en desuso (el latín ya nadie lo tiene por lengua materna). Su lucha fue inútil, a pesar de su intenso amor por su lengua materna. Esos vocablos incorrectos, fueron derivando a lo que hoy son las distintas lenguas romances (español, francés, italiano, portugués, catalán, gallego, etc.).

Al desarrollarse el castellano –base de lo que hoy llamamos español– la gente culta no lo usaba para comunicarse. Para ello recurría al latín. El castellano era la lengua del vulgo. Fue hasta Alfonso X, el Sabio (1221-1284), que decidió dar vigencia al idioma de su pueblo y obligó a su corte a adoptar el castellano para escribir poemas, literatura, legislación, historia y ciencia. La medida no fue tomada con mucho agrado. El latín no solo era el idioma culto, también era la lengua usada para comunicarse con el Ser Supremo, primer preocupación de la Edad Media (el concepto perduró por siglos pues hasta los muy recientes años 60 del siglo anterior se dejó de rezar en latín).

Doscientos años después, Antonio de Nebrija también contó con una fuerte oposición a su gramática. Llegar hasta los Reyes Católicos le costó ‘Dios y ayuda’ (como dicen en España para referirse a un enorme esfuerzo). Solo mediante la intercesión del obispo de Sevilla logró ser atendido.  Su Gramática (publicada en 1492) fue muy criticada, particularmente por el reformista Juan de Valdés. A este le parecía un abuso la incorporación de voces andaluzas que consideraba impuras e incorrectas (lo que refleja que siembre ha habido detractores de las voces novedosas). No obstante, coincidió con Nebrija en el principio básico de la ortografía: el rasgo fonético al escribirlo.

Nebrija, con visión futurista, consideró al idioma como el instrumento ideal para la unificación del vasto territorio que ahora con los Reyes Católicos integraban las Españas (así llamado el conjunto de reinos de la Península anexados, más los territorios americanos).[

En todos los lugares bajo dominio español el idioma enfrentó una nueva batalla de odios y amores. No es difícil imaginar cómo la identidad local puntualizada con el idioma (que aún sigue vigente en España) hubo de librar batallas. En algunos sitios el español, como idioma, perdió la batalla (en Italia, por ejemplo); en otros hubo de convivir con otra lengua local (como en el País Vasco y Cataluña), pero en otros, se impuso y ha venido extinguiendo otras lenguas (como en América).

Con la emancipación de las colonias, el idioma fue nuevo objeto de amores y odios. A pesar de contar con una mayoría poblacional con lenguas indígenas, el español terminó por imponerse en la mentalidad de todos los independentistas. Ello debido a que escasos de ellos tenían como lengua materna los idiomas nativos de América. Entonces, los criollos –descendientes de españoles– decidieron adoptar en los nuevos gobiernos, el idioma y la religión de sus padres.

En este contexto la normativa dictada para el idioma (la Academia española fue fundada en 1713) perdió fuerza en las colonias y empezó un nuevo camino para el idioma. En las colonias surgieron lingüistas destacados que empezaron a dar giros distintivos al idioma, con el malestar y beneplácito de locales y peninsulares. Andrés Bello (1781-1865, venezolano) y Rufino José Cuervo (1844-1911, colombiano) son muestra inequívoca.

Por su parte, en España aún se mantenía el concepto de que las academias de la Lengua debían fijar el idioma para fortalecer su belleza y esplendor. Las primeras Gramáticas y Ortografías académicas fueron mal recibidas y ello originó que las segundas fueron para aventuradas y diferenciadoras de otras (como la Francesa, contra la que siempre se comparó a la Española).

No obstante, el empuje de las academias correspondientes de América terminó por equilibrar el concepto centrista para adoptar un trabajo más descriptivo y abierto a todas las manifestaciones del español en cada rincón del enorme territorio hispanohablante.

Hoy las academias ya no fijan, para molestia de algunos; ahora describen la evolución del idioma. Por ello, causa escozor que veamos nuevas palabras en el Diccionario de Autoridades y nuevas formas expresivas, aceptadas (¡¡¡Qué chido!!!). 

El idioma evoluciona y no dejará de hacerlo. Revisada la historia, las formas populares son las que han prevalecido (por ser las de uso cotidiano de los hablantes) por encima de las formas cultas. Es suficiente con identificar que el idioma procede del latín vulgar, no del culto. Rufino José Cuervo ya se sorprendía de exclamaciones como ‘caray’ por ser un eufemismo de ‘carajo’ (pene). Hoy la primera palabra es tan inocente que pasaría por loco o deschavetado quien se escandalice o censure a un niño por exclamarla.

Los amores y odios por el uso del idioma no tienen cabida en su evolución. Seguirá su curso a pesar de las pasiones a favor o en contra de quienes defiendan su estatismo o promuevan su evolución. Los hablantes, como conjunto, seguirán marcando la pauta. Los amores y odios solo quedarán en la lengua para ofender o para amar individualmente a sus protragonistas, pero ni un sentimiento ni otro marcarán su rumbo.  

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