Viernes. 06.12.2019
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Aquí se habla de algo parecido a la orfandad

Alejandro García

Tachas 08
Tachas 08
Aquí se habla de algo parecido a la orfandad


I

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Empecemos:

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La semana pasada, ya con ese sabor navideño de que se impregna el ambiente, ya con ese frío que cala los huesos y patentiza ausencias y soledades, ya con esa caudal de grandes esperanzas en que se envuelve el fin de año: morir para renacer o (con un tinte más pesimista) negarnos para sobrevivirnos, me tocó enfrentarme a un espejo recurrente: un niño (enano ante las mercancías acumuladas en estantes y pasillos de Soriana) prometía a su madre que cuando él fuera grande iba a ver todas las cosas que le iba a comprar: perfumes y pinturas, vestidos de vivos colores (y señalaba mallas fosforescentes, leotardos, blusas de intrincados escotes, prendas audaces que seguramente para cuando el destino los alcance, si es que esto sucede, serán un agresivo cuestionamiento al cuerpo agobiado por los años); que le daría mucha lana para que se comprara lo que quisiera y que su papá ya no los iba a molestar porque él sería tan fuerte como Máscara sagrada y Rayo de Jalisco juntos. Y les juro que oí mi voz por las calles de mi querido León con toda la vida por delante, con todas las buenas intenciones en mi corazoncito. Y les juro también que me vi ahora y no pude reconocerme. ¿Dónde se jodió la esperanza?

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Me precio de tener por lo menos una docena de amigos que son unas reverendas sabanitas bien orinadas. Hombres duros, de ésos que Norman Mailer asegura que no bailan. Uno de ellos, varón de pelo en pecho, macho (aduce que todavía no ha nacido quien le gane a una mujer), crítico temido (no es albur) de lo que (él) considere melodrama, fue descubierto en una fiesta jugando a la roña y a la matatena. Y ya con la punta de la madeja en la mano, la hebra se hizo larga: llora con las canciones de Juan Gabriel, llama bomboncito a su mujer, colecciona las estampas de Kellogg's y Sabritas y se pone al día de las violencias del mundo contemporánea con Tele-Guía y Eres. Y me cuestiono: ¿Ah, es que alguno de nosotros escapa al melodrama?

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Hace tiempo que me persigue una pesadilla: estoy en una central de autobuses, la gente se aglomera para conseguir un boleto. Empujo, peleo, vocifero y consigo uno, el último. Subo al camión, viajo muchas horas, me siento culpable por algo y no sé por qué: ¿lastimé a la gente? ¿cometí algún crimen antes de emprender el viaje? Por fin llegamos, pero oh sorpresa, es el mismo lugar del que partí. Repito la hazaña, me desespero, aumenta el malestar, subo a otro vehículo; sin embargo, la historia se repite: culpa y retorno.

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Paralelamente a lo anterior, no puedo negar el cambio: pelo que se cae o encanece, vientres que se abultan, seres queridos que muerden el polvo, espacios que se extrañan y desaparecen. El mundo cambia, la vida se torna ágil, inaprehensible. Pareciera que el cambio es lo importante, no tanto el hombre que se desplaza en el tiempo y en el espacio. La obsolescencia impera: lo nuevo se torna viejo, la moda erige paradigmas, los exprime y los desecha. Y el ser humano se escinde entre sus dudas, entre sus balbuceos, entre sus volver a empezar y un mundo que se transforma, un mundo que lo cruza de lado a lado como a res en canal, una criatura que ha llegado a dominar a su creador. El cambio y la obsolescencia se tornan sujeto; el hombre, objeto, fetiche.

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El resultado es lamentable: esperanzas que se truncan y mediocridades que imperan; sentimientos que se esconden y pasiones que se mercantilizan; culpas heredadas y eternos retornos; cambios imposibles de detener en su fluir biológico y obsolescencia que nos arroja al mundo de la competencia.

Para los defensores del progreso sólo se trata de que el hombre está por fin en libertad, dueño de su destino, ajeno a los atavismos que lo sumieron en edades oscuras.

Para mí, cruza de zopilote y hiena, es el golem que la emprende contra el rabino, es —cierto— el desplazamiento del dogma judeo cristiano por el irracional dogma racional cientificista. Y es, después de todo, una nueva caída del hombre entre porras y algarabías por el progreso.

II

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Volvamos a empezar:

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Grandes esperanzas (1860-61), de Charles Dickens (1812-1870) es, como su nombre lo indica, una novela donde se habla de las esperanzas de su protagonista: Pip, huérfano de padre y madre, criado "a mano" (desde la lactancia) por su hermana, verdadera versión femenina del porro universitario, quien se apoya en "cosquillas" para disciplinar al niño y de paso le da mantenimiento al marido, Joe, herrero bonachón. Las esperanzas de Pip se plantean a manera de dilema y se despliegan a lo largo del texto hasta llegar a desarraigarlo:

Esperanzas:

1. Alejarse de los golpes de la hermana, pero esto conlleva el alejarse de sus lugares de ocio, pues sólo a través de su buena conducta, cercanía, podrá no recibir más castigos. Extraña, paradójica relación entre cercanía y alejamiento. Poro otro lado, se identifica con Joe, pero está sometido, al igual que él.

2. La oportunidad aparece cuando es llamado a la casa de la señorita Havisham. Se retira de la hermana; sin embargo, también lo hace de Joe y entra a un mundo en donde está Estella, quien lo desprecia. Pip se olvida de su casa, aparece otra esperanza. Sufre los desdenes.

3. Al convertirse en heredero, no le queda otra alternativa que ir a Londres. En el interior se debate entre la inercia por quedarse o convertirse en otro. Se avergüenza de Joe, de sus pocos alcances, de sus modestas luces. Se decide por ser caballero y ser digno de Estella.

4. Creía que la señorita Havisham preparaba a Estella y a Pip para el matrimonio. Ella se casa con otro y su esperanza de ser caballero se cumple: caballero sin dama.

5. Se entera de que nunca fue la esperanza de la señorita Havisham. Su protector es el preso que, siendo pequeño, fue ayudado por él (en los marjales) con alimentos. Se avergüenza de su protector.

6. Sus esperanzas fueron las del preso: ser Pip lo que el prófugo no pudo ser. Sin Estella, sin el status que representaba la señorita Havisham y sin dinero. Pip debe empezar su propia vida. De cualquier modo, pese a la vergüenza, termina atendiendo al preso, que muere un poco antes de ser ejecutado. ¿Dónde se jodió la esperanza? ¿principio o fin de la esperanza?

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Podemos mencionar tres elementos para el melodrama en esta novela de Dickens:

1. El pobre huérfano maltratado, temeroso, que sin embargo encuentra siempre una mano tendida para levantarse desde su primitivo estado.

2. El desamado, el que no puede alcanzar a la mujer porque primero se encuentra muy alta dentro de la escala social y porque una vez que él ha subido esos peldaños, ella se encuentra casada.

3. Su transformación en caballero y el olvido en que sume a los suyos. Y no sólo esto, sino la conciencia de que lo que fue y de que lo que tuvo es digno de vergüenza.

No obstante, Grandes esperanzas no es una novela triunfalista, melosa, es una historia sombría, donde Dickens engaña al lector, donde disemina claves falsas que nos llevan a un final amargo: Estella y Pip se encuentran, vacíos, y ya qué importa si se pueden unir o no. El melodrama se torna cuestionamiento al lector, al arrebatarle el final feliz.

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Y es que en la novela, ninguna esperanza está libre de dolor. La culpa reaparece, como si el camión siempre retornara al mismo andén:

1. Pip se siente culpable porque no responde a las expectativas que su hermana ha puesto en él.

2. Pip se siente culpable porque roba alimentos y una lima para ayudar al preso (esto no es voluntario, ya que éste le ha infundido miedo).

3. Pip se siente culpable porque atrapan al preso, ya que él pudiera pensar que lo denunció.

4. Pip se siente culpable de alejarse de Joe y del lugar en que vivió.

5. Pip se siente culpable por no ser capaz de estar a la altura de Estella.

6. Pip se siente culpable por no poder ayudar al ignorante Joe.

7. Pip se siente culpable por no poder atrapar a Estella.

8. Pip se siente culpable por tener que encubrir al preso que retorna a ver cómo se formó el caballero (Pip).

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Además, un rasgo muy importante de la novela radica en las mutaciones de los personajes:

1. La hermana de Pip es agredida y se torna en una especie de vegetal. De su actividad no queda nada. De matriarca, pasa a dependiente total.

2. Pumblechook es más voluble: atormenta a Pip nos números y operaciones aritméticas, luego se convierte en servil y explota su supuesta participación para que el huérfano heredara. Al final, le echa en cara su fracaso, deslinda su papel: él hizo lo propio, el error fue de Pip.

3. Joe es más reposado. Con sabiduría recibe la noticia del cambio de suerte de Pip, lo deja ir, lo busca cuando es necesario. De faldillón con su mujer, termina como seductor de Biddy, se casa con ella y lo hace en el momento en que Pip, desesperado, la busca con pretensiones amorosas: se le cierra el paso al retorno. Joe crece dentro de la novela.

4. Havisham es un personaje memorable. Anciana ya, viste los andrajos de su vestido de novia, con el que se quedó esperando a su príncipe feliz el día de la boda, mientras el muy tuno se burlaba en complicidad con el hermano de ella. Havisham es un mundo en ruinas y es un símbolo dentro de la novela. Pip lo cree su soporte, la pasarela desde la cual desfilará y accederá al gran mundo. Havisham odia a los hombres, infunde esto en Estella, pero ella es tan soberbia que se volverá contra su engendradora (metáfora). Y Havisham se dobla al final, se conduele con Pip. Se queda sola.

5. El preso es el otro lado del símbolo. Al margen de la sociedad: deportado de por vida, tuvo la gentileza de proporcionar dinero para ayudar al niño que una vez lo ayudó a escapar (de momento) y sobrevivir. Y monta en él sus sueños. Pero no consigue domar sus impulsos por volver, por hacerse público en su apoyo. Frente a Havisham que es un mundo que muere, Provis es un mundo que se levanta desde los márgenes de la sociedad e incide en ella. Sin embargo, los dos símbolos fracasan en su intento, se convierten en tuercas de un mecanismo ciego que los devora a ellos y a sus criaturas.

Ahora bien, tanto Estella como Pip han vivido vidas prestadas, han resultado proyectos de ajenas esperanzas. Pero esos mundos mueren: sea en la persona de la vieja nunca casada, sea en los estertores del preso que pierde su fortuna, su criatura y su vida. El final puede presumirnos una unión pero ¿qué imagen nos devuelve el espejo? ¿es el inicio o el final de las vidas?

Un último comentario sobre el cambio: la existencia se torna paradójica, el poder cambia de manos, los represores se ponen de pechito para ser ajusticiados. Así, la hermana se convierte en un vegetal, Pumblechook agacha las orejas ante Pip, aunque luego le regresa el punto; los mismos Havisham y Provis pasan sus últimos días pidiendo el socorro de Estella y Pip. Estella no se ablanda, Pip se llega a identificar con el preso. De esta manera, los liberadores se tornan carga, peso, brumoso sacrificio para los protagonistas.

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Queda algo parecido a la orfandad recurrente: Pip y Estella huérfanos reales (él de padre y madre, ella al parecer sólo de padre) se levantan con sus esperanzas (que después sabemos no son de ellos), vencen el melodrama que los rodea (habrá que preguntarse cuánto tiene de melodrama el que le den a alguno de nosotros unos cuantos azotes o el que se crezca con el odio a los hombres imbuidos por la benefactora), se estancan en la culpa y son metidos a un mundo que cambia y los cambia.

Pero al final llegan a la misma central, cambian los vehículos, la gente, los mecanismos de transporte y ellos no alcanzan a ver el tamaño de su cambio. ¿Se trata de un cambio real? ¿es una vuelta al mismo lugar? ¿es una vuelta al mismo espacio visto desde distinta altura?

III

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Volvamos a empezar:

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¿Queda hoy lugar para las grandes esperanzas?

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¿Somos amigos o enemigos del melodrama?

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Les juro que yo no tengo la culpa.

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¿Ya sabe quién ha diseñado su vida de acuerdo a sus (los del bastidor, los del gran dedo) esperanzas?

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¿Ya diseñó la vida de otros de acuerdo a las esperanzas rotas?

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Menos me considero responsable, lo reconozco y lo afirmo.

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Cosas de la vida: hace tiempo me tocó darle clases(?) a un maestro de mi escuela secundaria. Es incómodo el cambio, lo reconozco.

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Abro los ojos ¿estoy en el lugar de dónde partí y con la sensación de culpa?

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Y me pregunto: tanta pregunta, tanto buscarle tres patas al gato, ¿no nos deja con cierta sensación de orfandad, no nos deja un vacío imposible de llenar?

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