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Écfrasis y experiencia estética. El tiempo derretido de 'Persistencia de la memoria' en 'Nubosidad variable' de Carmen Martín Gaite

Arlett Cancino

Tachas 11
Tachas 11
Écfrasis y experiencia estética. El tiempo derretido de 'Persistencia de la memoria' en 'Nubosidad variable' de Carmen Martín Gaite


quién somos como sujetos autoconscientes, capaces de dar un sentido a nuestras vidas y a lo que nos pasa, no está más allá, entonces, de un juego de interpretaciones: lo que somos no es otra cosa que el modo como nos comprendemos; el modo como nos comprendemos es análogo al modo como construimos textos sobre nosotros mismos; y cómo son esos textos depende de su relación con otros textos y de los dispositivos sociales en los que se realiza la producción y la interpretación de los textos de identidad.
Jorge Larrosa

La vida del hombre está plagada de una infinidad de textos a los que puede recurrir para una mejor comprensión de sí mismo. Como creaciones humanas, la pintura, la literatura, y demás disciplinas, pueden convivir y hacerse préstamos unas a otras, siempre en búsqueda de una mejor exploración del ser. En la actualidad la definición del yo depende del palimpsesto de relaciones que se entablan, de la relación con el mundo y sus textos, y las experiencias que estos provocan. De tal modo que el artista crea a partir de la red de relaciones humanas y culturales que a lo largo de su vida ha ido acumulando. En definitiva, el arte, en todas sus manifestaciones, es el lugar donde converge nuestra interpretación del mundo.

En la narrativa española actual la presencia de intertextos culturales es un recurso muy empleado para la configuración de los mundos narrativos. De manera particular, Carmen Martín Gaite crea personajes inmersos en cuestionamientos interiores que resuelven, en muchos de los casos, por medio de la experiencia estética que sufren ante un objeto de arte.

La escritora se apropia de la plástica para narrativizarla o hacerla parte del contexto de una obra, se sirve de pinturas para explicar un aspecto importante en la vida de sus protagonistas. Así pasa, por ejemplo, en La Reina de las Nieves (1994), Casilda Iriarte, personaje principal, se configura, “enmarcada por aquel paisaje bravío, sola y ensimismada”,[1] como El caminante sobre el mar de nubes de Friedrich. De esta manera, a través de novelas, ensayos filosóficos, canciones, etc., Gaite recrea la disparidad identitaria del ser humano, con ellos da prioridad a la hermenéutica del sí a través de la experiencia estética y de su interpretación.

En su artículo “Écfrasis y lecturas iconotextuales”, Luz Aurora Piementel menciona que con la écfrasis el novelista selecciona, reorganiza y jerarquiza el sentido de la obra representada, así lo convierte en un texto verbal. Éste último ofrece nuevas significaciones a la obra plástica, significaciones que son parte del contexto en el que se incluye la descripción ecfrástica. De modo que la pintura termina asemejándose más al contexto verbal en el que se encuentra que al objeto que busca representar: “la ecfrasis misma, en tanto que lectura/escritura del texto visual modifica nuestra percepción del objeto plástico, reorganiza nuestra mirada y la jerarquiza de acuerdo con los valores establecidos por el texto verbal”.[2]

Esta misma autora en El espacio en la ficción menciona que en la écfrasis la pintura se somete a tres mediaciones. La primera es el lenguaje mismo, donde se traslada la imagen a la palabra. La segunda es el escritor, quien tiende los puentes entre su descripción y el objeto del que habla. Y la tercera mediación es la que corresponde al lector, que recontextualiza la obra pictórica después de pasar por los otros dos medios.[3] En otras palabras, el escritor interpreta la pintura con la clara intención de que le sea funcional en su texto, y el lector la reinterpreta por medio de la descripción del escritor y en la totalidad de la novela.

Lo anterior funciona para los textos ecfrásticos de Gaite, estos siempre tienen una fuerte relación con la historia novelada, son indicios en el proceso de interiorización en el que se encuentran los protagonistas y sirven para la posterior interpretación del lector. Esta autora crea personajes que construyen su identidad por medio de la lectura de textos culturales, es a través de su interpretación que se concibe la pintura, y esa compresión es de suma importancia para el entendimiento de la obra. Gaite resalta los aspectos que la pintura ofrece y hace una interpretación de la imagen en pos de una intención narrativa.   

En Nubosidad variable, publicada en 1992, uno de los temas centrales es la memoria y su conformación fragmentaria. Existe una clara oposición entre el tiempo lineal, el que rige la rutina del hombre; y el subjetivo, característico de los recuerdos, los sueños y la fantasía. Las protagonistas, Sofía Montalvo y Mariana León, se someten a una reflexión interior a través de la nostalgia y de la escritura. Por medio de ellas la autora da prioridad a la subjetividad del ser humano.

Son muchos los textos que definen la identidad de estos dos personajes: novelas como Ana Karenina, de Tolstoi; textos filosóficos como El erotismo, de Bataille; y pinturas como Persistencia de la memoria, de Salvador Dalí. Por medio de ésta última, Gaite hace una especie de sumario de las ideas centrales de la novela, específicamente de la historia de Sofía. Aparece en el último capítulo, este personaje sueña que se desdobla en su madre muerta quien observa la pintura. Por medio de este desdoblamiento reconoce que la mayor parte de su vida, sobre todo su matrimonio, ha sido un boicot para lo que realmente es trascendental para sí misma.

En su sueño, Sofía, convertida en su madre, describe la obra de Dalí:

Bueno, según lo miro, me va pareciendo extravagante más que feo, y un poco sobrecogedor también. Pero lo cierto es que se me van los ojos y no logro apartarlos de esa escena, si escena puede llamarse, más bien naturaleza muerta, aunque tampoco. Al fondo hay una especie de montaña o acantilado cubista y en primer término, sobre fondo oscuro, una serie de relojes como derritiéndose, doblados y puestos a secar, uno en las ramas desnudas de un árbol, otro en el borde de una especie de mesa, otro encima de una caracola gigante, parecen moluscos, sólo hay uno más normal, con la tapa cerrada, ¿pero qué digo normal?, si después de que te fijas bien resulta que lo que parecían incrustaciones de pedrería adornando la tapa son hormigas, qué horror, es rarísimo. Me quedo un rato mirándolo y me inquieta tanto que me pongo de pie para verlo mejor.[4]

La descripción configura verbalmente la pintura y proporciona una imagen fiel de lo plasmado en ella, pero al mismo tiempo ofrece una percepción subjetiva, es concebida como la representación de una naturaleza muerta inquietante que obliga a ir más allá del extrañamiento inicial del que se es víctima. Extrañamiento que puede ser considerado como la experiencia estética del personaje ante la obra, misma que se resignifica de acuerdo a su ángulo vital. 

De tal manera que la interpretación posterior es ya una respuesta a la serie de cuestionamientos que Sofía se hace en la novela, es la culminación de las reflexiones de la protagonista a lo largo de su proceso de interiorización. Dicha interpretación tiene que ver con la idea de la temporalidad que rige en la existencia del hombre, idea en la que la vida es regida por una serie de actividades insignificantes que poco valor tienen para una más acertada conformación del yo, ya que sólo miden el tiempo obligatorio y lineal de la existencia.

Me pregunto si será esa memoria tan anormal la que va a persistir, Sofía, ¿no se te ha ocurrido pensarlo?, ya no es la mía, ni la tuya siquiera, un invento loco de Dalí, pero que algo querría decir con eso, tal vez que los relojes son un engaño, que no sirven para nada, sólo para medir el tiempo obligatorio y trivial de las gripes y las visitas y las comidas del domingo y la declaración de la renta, mi tiempo de dar órdenes, de esperar a que oscurezca para encender la luz, de planchar las sábanas que tú arrugabas y quejarme porque ha caído una mancha en la moqueta y de llamar al tapicero, pero que no tiene nada que ver con el tiempo de aquella tarde de verano en que murió la abuela Carmen; su transcurso, como el de esta noche, se rige sin duda por otras leyes; tal vez eso explica que se derritan los relojes.[5]

Los relojes derretidos sintetizan las reflexiones de Sofía, son la concepción de una memoria resbalosa, escurridiza, sin márgenes o límites. Al contraponer el tiempo plasmado en Persistencia de la memoria con el tiempo al que se aferra en el mundo real, reconoce la vacuidad de éste último, puesto que para ella los recuerdos no tienen un acomodo específico y las historias personales no se cuentan siguiendo una línea temporal rígida. En otras palabras, la vida del hombre se narra con un tiempo distinto del convencional, con el tiempo interior del recuerdo. Este fragmento se convierte en su defensa explícita, la memoria derretida de Dalí es la imagen adecuada para la subjetividad y la fantasía.

Siguiendo lo que menciona Pimentel, Gaite jerarquiza entre los aspectos más sobresalientes de esta pintura, el inicial extrañamiento deviene en una interpretación adecuada para el proceso de interiorización en el que se encuentra el personaje. Al final corresponde al lector comprender cómo el tiempo de Dalí es fundamental en Nubosidad variable y cómo guarda una fuerte relación con los demás elementos que integran esta novela. Su importancia radica en la configuración ecfrástica que la autora hace de ella, tal configuración se concibe como una experiencia estética del personaje, en este caso, Sofía, ante Persistencia de la memoria.

E. F. Carritt define la experiencia estética como la percepción sensible que se consigue ante un objeto bello, debido a que despierta significados importantes para la existencia del observador, “una cosa bella es aquella que nos causa placer al verla u oírla; placer, sin embargo, que posee una cualidad muy diferente a la satisfacción de un apetito o a la mera titilación pasiva. Dicha cualidad, por otra parte, es la que ha sido descrita como ‘significación’ o ‘sentido’”.[6]

De acuerdo con esa idea, en el mundo narrativo de la novela, la pintura de Dalí posee un sentido trascendental para la etapa existencial por el que pasa Sofía y que finalmente resuelve a través de un fuerte proceso reflexivo y autocrítico. Con ella descubre que la memoria derretida del recuerdo construye una ética con base en la subjetividad personal, ética más acertada porque se enriquece con las anécdotas vitales del ser humano y abandona la objetividad del discurso racional, algo por lo que abogan autores como Henry Giroux, Paul Ricoeur y Jorge Larrosa.[7]

Cada una de las obras a las que hace referencia Gaite dentro de esta novela implican una identificación de sentidos que permite una transformación positiva, cada una representa una explosión catártica o purificación interior. Al final la rememoración del pasado, a lado de las experiencias estéticas que se padecen con estos textos culturales, conduce a una revaloración de la subjetividad para la construcción de una identidad más sincera.

La mayor parte de la producción narrativa de Carmen Martín Gaite apela a estas ideas. Responde a la contemporaneidad cuando construye personajes que confrontan su existencia a través de las interpretaciones que hacen de la textualidad cultural. Para ella la identidad se configura con las lecturas del mundo, el ser humano debe apelar a su bagaje para comprenderse y definir su realidad. El arte se convierte, de esta manera, en el vehículo adecuado para interpretación del yo.

 

[1] Carmen Martín Gaite, La Reina de las Nieves, Anagrama, Barcelona, 1997, p. 227.

[2] Luz Aurora Pimentel, “Ecfrasis y lecturas iconotextuales”, en Poligrafías. Revista de literatura comparada, 2003, núm. 4, pp. 209-210.

[3] Luz Aurora Pimentel, El espacio en la ficción, Siglo XXI, México, 2001, p. 114.

[4] Carmen Martín Gaite, Nubosidad variable, Anagrama, Barcelona, 1996, p. 357.

[5] Ibid., p. 357.

[6] E. F. Carrit, Introducción a la estética, FCE, México, 2011, p. 27.

[7] En Pedagogía y política de la esperanza (Amorrortu, Buenos Aires, 2003), Sí mismo como otro (Siglo XXI, México, 1996) y Experiencia de la lectura, (FCE, México, 2003), respectivamente, estos tres autores apelan por la aceptación del discurso subjetivo para la salvación del hombre posmoderno, ya que es patente que los macrodiscursos de la modernidad son asimilados como la falsedad del siglo XX y la mayoría de los individuos los emplea pero no cree en ellos.

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