Es Lo Cotidiano

Hogueras devastadas

Herminio Martínez

Hogueras devastadas

1

Hoy no tengo palabras que decir,
sólo este lenguaje
que se me hinchó con la lluvia de anoche.
¿Anhelas una música maltrecha?
Entonces ven a oírme;
estrújame hasta empaparte de agujeros.
¿Quién no conoce aquí
que lloro hasta mancharme la ropa de tristeza?
¿Quién no sabe que busco
la gruta donde vaciar mi corazón
igual que un cántaro de escombros
allí donde se engendra la humedad
y la germinación
también es una criatura demacrada?
Una noche los árboles y los fantasmas
me gritaban bajo las ondulaciones de la nube caída;
un rechinar de hojas era el viento,
subía hacia la superficie como una piel de púas arropándome.
Toda la tierra me pareció entonces una serpiente deslizándose
en tanta migración que iba bebiendo gotas de mi mano.
Y al amanecer, cuando por fin aparecieron las primeras personas,
aún llevaba la pesantez como una corona de gusanos,
los pájaros no salían de su recogimiento;
yo tampoco hubiera querido abandonar el mío,
sólo que en ese instante, al correr la persiana,
sentí bajar al fondo del espanto.

2

No sé si acabo de venir
o si ya estaba aquí a la hora de tu parto
que me dolió igual que un picotón de buitre.
Tampoco supe a qué hora se me dobló la vida,
ni en qué momento un ojo se me hizo casi oscuro
y el derecho lloró también ceniza.
El color de la tarde ha alcanzado su mayoría de edad
como para tomarme un té lleno de noche.
Los dos nos desangramos en las goteras del crepúsculo
pero lo tuyo a mí me duele más que mi propia llaga.
Hijo de una flor amarilla y un suspiro
caes como yo a una materia sin límites ni nombre.
¿Será que alguien no sabe cómo empezar una plegaria?
El hecho es que la oscuridad se sienta entre nosotros.
Poco a poco crecí
contando entre paredes;
hijo de pobres, junto a los alcatraces concurridos
por la blancura y el aroma que podaba el olfato.
Tuve hijos, a los que de tanto leerles el porvenir
vine a quedarme ciego.
¿Quién me hubiera tendido 
una mano para albergar mis heredades?
El olvido era la planta
que más se cultivaba en mis jardines;
peor que una rama que se quedó sin hojas,
y ruinas tan desoladas como cualquier otoño.
Por eso, a tantos días de no mirar
más que las hendiduras de mi cuarto,
salgo al campo a pregonar este propósito:
morirme yo también,
al fin que de todos modos al amanecer
tanto tú como yo seremos hogueras devastadas.

Tú sales del día como de un antro
donde la luz boquea en su lecho de muerta
y yo de esta casa a la que la ceniza
hizo zona de nadie.
Tú recoges la claridad de entre los muros
y mientras agoniza va tiñendo tus nubes
como si fuera un horno crematorio.
A mí me vuelve a atrapar este cansancio,
en su puño me lleva
y me suelta a vagar entre los sueños.

(Tomado de Eldígoras)

 

 

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