Es Lo Cotidiano

Trozos de azul

Édgard Cardoza Bravo

Trozos de azul

Un trozo azul tiene mayor intensidad que todo el cielo.

Alfonso Cortés

 

 

 

UNO

Soy este sentencioso Jesucristo, viajando de una cena de amigos al centro de mi muerte. Una luna fatal mueve sus hilos y me ha instalado tímido en esta nave estrecha de milagros.

Desde aquí ya se observa la agonía –el fuego rojoblanco y su ansioso crepitar- del cuerpo que seré sin Dios, muerto de olvido.

Adivino a lo lejos: cruces por demás familiares oteando las culebras que rondan allá abajo y empantanan las huellas del incurso que soy, dolido ya en la sangre y el veneno que deben mis sicarios regar por todo Gólgota.

‘Si la luz muere la pasión resucita’, piensa la hembra que me llevó en su entraña y hoy se siente llevar por el desierto.   

Lávense en mí, la frente los sin nombre, y beban del espejo de mi cuerpo el bautismal chubasco que así empieza: Pilatos, ¡resucítalo!

DOS

Y aquí, señoras y señores, vemos a un Cristo maltrecho y taciturno, con la cabeza baja, quizá mirando el mundo adentro de sí mismo. Las manos se hallan atornilladas al inminente paso que después de tres lunas convertirá la muerte en viva epifanía.

Pero hay algo –doctores en la ley de hacer escarnio, lamentables testigos de este ultraje- que quizá no han notado todavía: la cara del maestro ya no existe, con su látigo sordo la han borrado.

TRES

Los personajes se liman las heridas con rudas escofinas, se sacuden del cuerpo los vívidos colores del trajín cotidiano, y se integran a un río de oro viejo. Primero son los ojos que rondan la tiniebla y derraman misterio por todos los rincones. Después la desmesura, el afilado trazo como aguja en el tiempo. Y unas enormes manos que lo acaparan todo. Y esos pasos tan lentos en viaje a la semilla.

Siento que estoy entrando a un sutil cementerio de instantes oxidados.

CUATRO

Apoltronado en su balcón de adioses, el tiempo imagina al Lot bíblico huyendo de su carnalidad hacia el vacío y a su mujer convertida en estatua de sal por voltear hacia el mundo indiscernible. El señor tiempo advierte que Lot es tan sólo la encarnación del limbo precristiano, y que el único tiempo que tuvo alguna vez, fue su mujer que en el último instante se da cuenta de la ausencia hiperbólica de espacio, y decide regresar. Al volver la vista al mundo pecaminoso, imperfecto, la señora Lot hace coincidir por vez primera, en lo humano, el tiempo y el espacio.

En tal gesto de lealtad a lo humano (y su consecuente desenlace), esta mujer ya prefigura el advenimiento de Cristo: ambos fueron mártires del azufre del mundo. Sal y Cruz significan lo mismo: vértice en lo humano posible, del tiempo y el espacio.

CINCO

El cielo es muchas cosas. Es el lugar de ascenso del alma prisionera de un cuerpo corruptible a su liberación definitiva. Es la enorme burbuja de intangible presencia que rodea a la gota de vida que es el mundo. Es el amor ideal apenas bosquejado de certezas por cumplirse, previo al grito de desesperación de sus ofrendas en derrumbe al vacío. El crepúsculo, el amanecer, de pronto se revelan como un cielo. Es, a veces, un instrumento de fingida armonía para hacer coincidir trozos de abismo.

Un trozo azul tiene mayor intensidad que todo el cielo, dijo el poeta Alfonso Cortés, antes de que el infierno entrara en él.

SEIS

De pronto intento alzarme

con furia de Dios ciego

de estos pies para siempre clavados

en la tierra.

 

Y mis manos reniegan

de cualquier cruz posible.

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