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Efraín Huerta: Cien años y los que vengan

Carlos Ulises Mata

Anna Pavlova and Mikhail Fokine
Anna Pavlova y Mikhail Fokine
Efraín Huerta: Cien años y los que vengan

Como quizá era previsible, la conmemoración de los centenarios natales de tres grandes escritores mexicanos —Octavio Paz, Efraín Huerta y José Revueltas— y de otras figuras de la cultura internacional —Cortazar, Bioy Casares, Nicanor Parra, Dylan Thomas— en el transcurso del aún no demasiado lejano 2014, trajo consigo una cauda celebratoria lo suficientemente abrumadora y desigual como para desalentar a quien sea que quiera elaborar, ya no se diga un balance, sino una simple reseña.

Las conmemoraciones respectivas reunieron, sin mucho orden ni concierto, actividades significativas y deleznables; acontecimientos perdurables y otros prescindibles desde un par de horas después de haber ocurrido; “eventos” iluminados por un auténtico sentido de homenaje, al lado de otros animados por la obligación burocrática y el tedio. En el recuerdo cruzan congresos multitudinarios, develaciones de placas y de estatuas dudosas, programas televisivos y documentales transmitidos entre las 11 de la noche y las 2 de la mañana (la cultura entendida como pornografía), inscripción alborozada y alborotada de nombres con letras de oro en palacios y cabildos, jornadas inagotables de recitación rutinaria bajo el sol en escuelas primarias y secundarias, exposiciones fastuosas en Bellas Artes, renombramiento de calles, aparición oportunista de anécdotas vividas al lado del maestro en remotas cantinas, bailables, ferias del libro y, last but not least, libros.

En medio de ese maremágnum conmemorativo, la parte en verdad significativa vinieron a ocuparla, sí, los libros, puntualmente las reediciones de títulos importantes de los autores de la tríada, las ediciones aumentadas de ciertas obras y, sobre todo (y sobre todo en el caso de Huerta), las compilaciones de textos poco conocidos o de plano olvidados. Veamos.

De Paz y sobre él, el FCE reeditó los 15 tomos de sus Obras completas en una edición de 8 con papel más fino y delgado y tamaño más manejable (mas no más accesibles: hay que desembolsar 4 mil pesos para adquirirlos), además de editar un nuevo epistolario (con José Luis Martínez) y media docena de libros sobre tópicos diversos, escritos todos por autores cercanos a la órbita de la revista Vuelta (Julio Hubard, Aurelio Asiain, Fabienne Bradu, Ricardo Cayuela, Alberto Ruy Sánchez y etc.), a los que debe añadirse la discutida biografía de Christopher Domínguez, publicada por Gallimard, en Francia, y por Aguilar, en México.

De Revueltas, con más sensatez, ERA rearticuló la vieja edición en 26 tomos de sus Obras completas en una propuesta de Obras reunidas de sólo 7 que incluye todo lo importante y es incomparablemente más legible y manejable (mayor tipografía, papel que no brilla ni se pone amarillo a la primer asoleada, portadas plastificadas), y lanzó cuatro títulos imperdibles en formato de bolsillo (Los errores, Los muros de agua, Dios en la tierra y El luto humano). Sumado a eso, el FCE reeditó actualizados los ensayos clásicos de Philippe Cheron y de Evodio Escalante, imprimió una preciosa Iconografía, rescató el único libro de poemas del duranguense y reunió dos libros con ensayos críticos, buena parte de todo eso gracias al trabajo ejemplar de José Manuel Mateo.

En cuanto a Huerta, la cosecha fue también generosa. El FCE reeditó la Poesía completa (ligeramente corregida y aumentada, en otra colección, mas conservando el valioso prólogo de David Huerta), reimprimió la antología de Carlos Montemayor, lanzó en su colección para niños un libro de 30 poemínimos ilustrados por el Dr. Alderete, sacó en Tezontle una hermosa Iconografía elaborada por Emiliano Delgadillo y, al fin, publicó El otro Efraín. Antología prosística de Huerta, con 176 textos que a pesar de haber sido recogidos hasta en dos ocasiones previas (en ediciones remotas o no venales o mal distribuidas) eran inaccesibles y prácticamente desconocidos. Desde otras editoriales, Raquel Huerta-Nava contribuyó en serio a la tarea: en Guanajuato compiló Canción del alba (Universidad de Guanajuato–Ediciones La Rana), con 111 textos en prosa; en Joaquín Mortiz entregó Efraín Huerta en El Gallo Ilustrado. Antología de Libros y antilibros (1975-1982), con 70 textos de la famosa columna pergeñada por Huerta en sus últimos años de vida; y al fin hizo aparecer Cine y anticine. Las cuarenta y nueve entregas (CUEC–Dirección General de Publicaciones) en la UNAM, los tres títulos en 2014.

Sin oportunidad de entrar al detalle sobre cada publicación, una cosa puede afirmarse sobre los libros de homenaje dedicados a estos tres “hijos de la Revolución Mexicana” (el atinado mote se los dio José Emilio Pacheco): aunque el número de títulos y la cifra de centímetros lineales que ocupan en los libreros sea semejante, Efraín Huerta es quien con los suyos vio modificado su perfil intelectual y la consideración de su obra de forma más significativa. En otras palabras: concluidas las fiestas centenarias, Huerta es entre los tres a quien hoy vemos y leemos no sólo mejor, sino de otro modo, dotado de rasgos en los que antes no habíamos reparado o de plano ignorábamos. Además —y eso es fundamental—, es sobre quien ahora nos damos cuenta que desconocemos más cosas, y sobre quien descubrimos que resta más trabajo —editorial, de investigación, de crítica— por hacer y, claro, más obra oculta o preterida por localizar, exhumar, leer y, si es el caso, por divulgar como se merece en libros, revistas y suplementos culturales.

Son muchos los argumentos de convicción que podrían aportarse para sostener tales asertos, pero acaso el central (o cuando menos uno del que se desprenden los demás) es éste: ya no podemos pensar en Efraín Huerta, ni tampoco leerlo, como si sólo hubiera escrito poemas, como si sólo fuera un poeta, el gran poeta que a estas alturas ya nadie discute que fue (si bien abundan quienes se conforman con leer los poemínimos y algunos de los poemas más socorridos, sin animarse a gozar de los placeres más densos y exigentes de otros escritos).

Así las cosas, gracias a los nuevos libros arriba anotados, hoy sabemos que el poeta Huerta fue también un extraordinario y caudaloso periodista; que fue también un apasionado y riguroso crítico de cine en todas sus categorías problemáticas; que fue también un lector de alcances vastísimos (en cuatro idiomas) y un comentador muy original de libros y asuntos literarios; que fue un diarista y un escritor de cartas apasionado y muy original; y, al fin, que fue también un activo polemista que promovió y defendió por escrito sus creencias políticas y sus convicciones éticas en artículos periodísticos, en ensayos unitarios, en proclamas circunstanciales y en mítines. Y sabemos también que cada uno de los “otros” Huerta nos ayuda a leer mejor al original.

Dicho todo lo anterior, no parece impropio participar en el festejo por la aparición del centésimo primer número del suplemento Tachas entregando a sus lectores una pequeña primicia extraída de los centenares de artículos, crónicas y columnas de Efraín Huerta sobre literatura, política, artes plásticas, libros y cine que siguen reposando en las hemerotecas en espera de ser leídos. El propósito es claro: aportar un botón de muestra de esa caudalosa y aún oculta aventura escritural por medio de un escrito breve y gozoso dedicado al cine, cuyos asuntos —actores, productores, sindicatos, modos y mañas de dirigirlo, verlo y comentarlo— constituyen una de sus franjas más nutridas (se han republicado menos de 200 de un universo que ronda el millar).

“Carta de Emma Bovary a Jennifer Jones” fue publicado en la Revista Mexicana de Cultura, suplemento dominical del periódico El Nacional, el 28 de enero de 1951, y es un escrito peculiar: apareció sin la firma de Huerta, por la obvia razón de fingir ser una carta escrita por la protagonista femenina de la inmortal novela homónima de Gustave Flaubert, lo cual hizo pensar a más de uno que se trataba de una colaboración invitada… En realidad, el texto formaba parte de la sección “Close-up de nuestro cine”, que en el dicho suplemento dirigió Huerta entre abril de 1947 y agosto de 1952. “Close up de nuestro cine” constaba de una página entera (casi siempre la p. 15) y en ella Huerta publicaba reseñas, noticias, chismes y entrevistas; redactaba perfiles de actores, directores y musas fílmicas; divulgaba ensayos que él mismo traducía de revistas norteamericanas, francesas e inglesas, y antes que nada, opinaba y criticaba con humor y gran puntería irónica desde una columna de aparición intermitente llamada “Guiones”, haciendo todo ello con la actitud notoria de un señor para quien nada del mundo fílmico es ajeno.

En sus voluminosos escritos de cine para El Nacional y otras publicaciones (se ha detectado su presencia en una decena, a veces con seudónimo), Huerta despliega una gran variedad de registros, según sea la coloración de su humor (siempre excelente) y el alcance de su intención. A veces, da consejos: “A los directores de cine que especulan con esta mina de alfalfa que es el cine: que no se pierdan por ningún motivo Ladrones de bicicletas (…) realizada por Vittorio de Sica. Por lo menos, que hagan algún día un aprendizaje forzoso”.

En otras, cuenta chistes inventados al calor del tecleo de su Remington (“Su mamá, le pregunta a Tongolele: —Querida, ¿estás segura que no vas adquiriendo el hábito de exagerar?”), o al mismo hilo hace explotar su indignación: “Nuestras películas son a veces tan pasmosamente mediocres, que uno las ve y es como si le golpearan el sentido común con un martillo para clavar tachuelas”; “Nuestro cine es el arte del escamoteo científico de la belleza”.

En algunas más, se le va a la yugular a determinados elementos del cine nacional, siendo sus víctimas favoritas los productores: “Unos productores se tiran a matar por la peligrosa línea curva de la corrupción, y otros prefieren agonizar por la aburrida recta de la honestidad”; “¿Ya sabía usted el cuento del productor cinematográfico que creía que Sintaxis era una marca de automóvil?”; “Hay productores sumamente entendidos en cuestiones de arte, literatura y lavada y planchado de ropa”.

Y al fin, y con religiosa frecuencia, se divierte, ya imaginando condiciones gozosas (“Mi ideal, en cine italiano, sería una actriz que se llamase Silvana Magnani”), ya ensayando frases que más tarde podrían volverse poemínimos (“Nada extraño será que al rato se inaugure una casa de cítaras”; “Las películas de Cantinflas se rompen por lo más Delgado”, dirigido al nefasto guionista Miguel Delgado) o, mejor, pensando en “la belleza atómica” de Irasema Dillian o en los “perfectos muslos de pollita descarriada” de Lilia Prado.

En cuanto a la carta, es obvio que puede leerse de dos maneras: como una reseña oblicua de la adaptación de “Madame Bovary” hecha en 1949 por Vincente Minelli, con Jennifer Jones, James Mason, Van Helfin, Louis Jourdan (por rara coincidencia fallecido hace exactamente tres meses) y Gene Lockhart, entre otros; y como una declaración también oblicua de la inmensa admiración que Huerta tuvo por uno de los tantos autores franceses cuya obra íntegra leyó en su lengua original (Flaubert; sus otros favoritos fueron Stendhal, Proust y Paul Éluard). Hace 64 años se publicó la carta y aún hoy nos emociona; hace ya 101 nació Efraín (y hace 101 números hizo lo propio Tachas).

¡Flaubert, toma tu fusil! (Carta de Emma Bovary a Jennifer Jones)

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