Es Lo Cotidiano

Una calculadora con sentido del humor

Federico Urtaza

10171114_10203460560936112_8534499200695816564_n
Una calculadora con sentido del humor

En el mundo del cine los géneros son cómodos, restrictivos a veces hasta el aburrimiento o, tal vez por esto, inspiración para salir huyendo; pero ¡ojo!: si quieres fugarte, debes conocer al dedillo eso de lo que vas a intentar escapar.

Al menos en el planeta Tierra, el nuestro, los animales con cerebro o por lo menos con un sistema nervioso, conectados a sensores que a su vez son conectores con el mundo externo al cuerpo, somos afectos a los patrones y los ritmos constantes. Así, prácticamente somos detectores de movimiento.

¿Ah, sí? Pues qué bien. Pues sí, porque los patrones y el movimiento nos permiten contrastar lo habitual y lo inusitado, bien sea para decir ¡Hola! o para salir despavoridos.

Por eso los géneros son cómodos y hasta tranquilizadores; ayudan a no saber a qué atenernos.

Para un productor es vital que quien le plantea entusiasta una idea de película, le diga en una frase de qué se trata y si es western, musical, bio-pic, etcétera. Igual sucede con el público y, en general, con la legión que hace posible que una película sea realizada y vista.

Eso explica por qué sólo unos cuantos genios se dan el lujo de sacarnos de la comodidad pantuflera del género reconocible sin mayor esfuerzo (que de tan fácil nos encamina al prejuicio), para ofrecernos mezclas exóticas y hasta inquietantemente seductoras.

Así, cada género tiene sus convenciones; piense el lector en tres comedias románticas y es probable que pronto detecte lo que tienen en común.

Pero resulta que hay un género que se da el lujo de aprovechar sus convenciones para jugar con algunas ideas y motivaciones con mayor libertad que otros; me refiero, por supuesto, al cine de ciencia-ficción que, dicho sea de paso, es mi más favorito (permítaseme el barbarismo, pero no tengo género fílmico aborrecido). 

La c-f, como todo género que se respete, tiene sus subgéneros. Ahora me ocuparé de uno en particular, el de los robots/inteligencia artificial, que en tiempos recientes vuelve a ofrecer películas de todo nivel.

Por sí solo, la idea de "robot" es asociada más bien a la máquina pura, al mecanicismo riguroso. RUR, la obra de Karel Capek, le da un giro a "robotnik", palabra checa que significa trabajador. Así, en un artificio verbal el trabajador se transforma en una máquina, si no es que en sólo una pieza de un sistema mecanizado.

La película que mejor ilustra la idea es Metrópolis, de Fritz Lang (austriaco que en La mujer en la luna, de 1929, se anticipa como un visionario de lo que serían los viajes espaciales). En Metrópolis vemos una distopía en la que los trabajadores ya han adoptado un modo de moverse que sugiere el de un robot torpe. Y sucede que hay una mujer encantadora que lleva consuelo y aliento a esos desgraciados, lo que la convierte no sólo en amenaza para el Gran Patrón, sino en conejillo de indias para un malvado científico a su servicio, quien la convierte en un robot/femme fatal y, lógico, despiadada, insensible, pero en modo alguno carente de inteligencia.

Años después, en los 70, el genial Stanley Kubrick estrena una película que, como prácticamente todas las suyas, es un hito en la historia del cine: 2001 Odisea del espacio, de gran complejidad temática, que se alinea en la cuestión de si la del hombre es la única inteligencia en el universo (ámbito que ya está resultando de plano provinciano).

Cuando la aparatosa computadora HAL parece tener una capacidad abrumadora para actuar por cuenta propia, nos damos cuenta de que, enfrentada al hombre, no es sino la herramienta de otros hombres y, como éstos, puede ser direccionada en un solo sentido con un propósito único, diríase que maníaco. Si bien HAL puede aprender, su horizonte no es más extenso que el de su fabricante.

Es importante decir que desde el inicio de la exploración informática, el espíritu de los ludditas del siglo XIX que luchaban contra el maquinismo derivado de la Revolución Industrial encontró voceros, incluso entre científicos como uno de los padres de la cibernética, Norbert Wiener, quien escribió un interesantísimo artículo, Dios y Gólem, S.A., en el que aclara conceptos y abre la puerta a reflexiones sobre la inteligencia artificial.

El caso es que el cine siguió firme en su interés por historias de robots ultra listos, aunque parecía entrampado en el optimismo humanista traducible a: "Después de todo, una máquina es sólo eso.", como pudimos ver en la saga Terminator con su "Hasta la vista, baby". Digo esto porque las máquinas en guerra con el hombre se reproducen y hasta parece que piensan, pero no aparentan inteligencia (como muchos humanos), siguiendo el modelo de HAL.

Quiero creer que si nada memorable nos dio el cine entre los 80 y el arranque del siglo XXI, es porque en el campo de la cibernética el interés se enfocaba a lo estrictamente utilitario de las computadoras personales, la web y la telefonía celular.

Es Steven Spielberg quien retoma el asunto con su película AI, en la que reflexiona con más emotividad que profundidad en qué pasaría si una máquina no sólo aprende, sino comienza a tener sentimientos –y con éstos, pasiones; y con éstas, acciones indeseables-. Claro, aquí la culpa no es de la máquina sino de quien le da vida (y ahora que lo pienso, esto se parece al reproche que se le hace a Dios por permitir, por ejemplo, el asesinato de niños). En fin.

El caso es que no es sino hasta fechas recientes cuando el cine le entra con ganas al tema de la inteligencia robótica y la inteligencia artificial.

Abro un paréntesis: recuerdo haber visto una película europea, creo que Piso 13, que trataba de un "edificio inteligente" que enloquecía en un frenesí homicida, aunque me parece que esto va más por el lado de lo sobrenatural, etc. Bueno, gracias.

Con la película  Wall-E volvemos, no a la inteligencia sino a la emotividad en un robot; su chica, por así decir, no sólo sale de su instinto maquinal sino evoluciona afectivamente al experimentar algo como amor. Aquí el asunto es más un Deus Ex Machina argumental que una reflexión sobre la inteligencia artificial.

Es con Yo, robot donde empezamos a meternos en materia; a partir de una novela del científico y gran escritor Isaac Asimov, en esta película de proverbial acción hollywoodense ya se alcanza a percibir una intención más consciente respecto a explorar qué sucede cuando un robot "evoluciona"; sin embargo, de nuevo me quedo con la sensación de que el tema de fondo, con independencia de si es robot o no, es que alguien es acusado de un crimen que no cometió.

Prácticamente ayer vimos Her, que a partir de la soledad por aislamiento funcional, deriva en una historia medio hipster de alguien que se enamora de una app/novia que se "enamora" del sujeto y de ¡mil más! Ooootra vez, no es la inteligencia artificial el eje de esta película, sino la soledad del hombre y la mujer.

Pero no todo son "peros". Hay dos películas que sí le entran con más ganas al asunto de la inteligencia artificial: Ex Machina y Chappie.

En la primera hay, literalmente, un juego de espejos directamente relacionado con el tema carrolliano de Alice, ya que a lo largo de la película se juega con el reflejo, planteándonos el enigma de qué hay del otro lado, atrás de nuestro reflejo.

En este juego especular/especulativo se plantea la pregunta directa de qué sucede cuando la inteligencia artificial se limita a ser inteligencia.

Como en las mejores películas del género c-f, en ésta se juega con varios temas, sin apartarse de la tarea de tratar de responder qué onda con la inteligencia artificial y la pretendida hegemonía del ser humano en materia de conciencia de sí.

En cuanto a Chappie, ésta es una película emotiva y emocionante en la que tenemos una especie de Robocop sin componente humano alguno, al que su programador implanta un programa de absoluta inteligencia artificial. Aquí vemos que el ex poli robótico se reinicia-renace como un niño expuesto a la influencia del medio ambiente en su proceso de formación-educación. El cuestionamiento va más allá de si es factible la inteligencia artificial, si ésta pone en peligro a la especie humana o si es un salto evolutivo. Plantea el dilema siguiente: ¿qué da más miedo, que las máquinas se vuelvan más inteligentes o que los humanos nos volvamos más estúpidos?

Llama la atención que Stephen Hawking (el físico, no el personaje de una película), junto con otros científicos, haga un llamado público a ir con cuidado en la investigación de la inteligencia artificial. No sé, acaso le asusta que nuestra creciente dependencia de adminículos y apps nos haga menos listos que una impresora multimodal.

En cuanto a mí, declaro que estoy hasta el gorro de que un programa escriba por mí lo que le viene en gana.

Comentarios