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17:18h. Lunes, 11 de Diciembre de 2017

NOVELAS POR ENTREGAS

Aspectos de Hortera | Hortera Files (II)

Ricardo García

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La noche era una boca de lobo, o mejor dicho el culo del infierno. No había más que lluvia con callejones desastrosos, llenos de un lodo viejo de la primavera que caían hasta la calle Juárez como chapopote caliente. La ciudad de Guanajuato, horas antes, por la tarde no alteraba la esencia: sentía odio. Mi pierna derecha tenía calambres y una lengua escaldada. Las neuronas estaban tiradas en plena hueva pensando en el próximo juego de futbol. De la nada apareció el mitote. Una mujer de mediana edad, con una cicatriz vieja en el rostro, llegó abrazada de una niña. Estaba el Lic, del ministerio público. En la ráfaga de ruidos me levanté para acercarle una silla. Mientras la mujer se calmaba, la niña, que no rebasaba los diecisiete años tenía una mirada comatosa, de ebria a punto de la congestión. Los ojos no podían quedarse en un punto fijo y la cabeza daba vueltas de campana.

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Principios de Ramón

—Oiga Hortera, tráigame unas campechanas y se prepara para lo mejor me dijo, aquella mañana en que empezó mi historia, el jefe de la policía, un cabrón al que no se le podía seguir pista de nada, porque saneaba todo lo que veía podrido y al que agarraba parejo entre víctimas y victimarios. No había testigos, o por lo menos testigos vivos que le echaran en cara la deshonestidad. No era lo que se dice una blanca paloma, pero tenía lo suyo. Uno empieza en esta vida por accidente. Días después uno lo agradece, porque me obligó a verle al sufrimiento una claridad poco socorrida. Los chingadazos. La tortura y la verdad no son un oficio, se ofician sin más, en un púlpito invisible.

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Llamaron al médico legista de turno que estaba bebiendo café en un pasillo del edificio. Mis puños comenzaron a apretarse. Lo que vendría no era buenas noticias, ni cosa alguna que se le pareciera, ya se sabe que quien visita el ministerio público no va precisamente de día de campo, pero quería saber el final de la historia que es donde comienza la de un policía.

Entre mocos y babas, la madre de la niña sólo pudo narrar la historia que conocía: unos amigos la llevaron a casa en estado de conmoción. Noqueada. Ella no había logrado decir una palabra. Llegó el médico y decidió trasladar a la niña a una clínica para practicarle análisis y conseguir una declaración de la víctima. Todos los síntomas que se presentaban eran los de una yonqui de tercera clase. Novata, inexperta, congestionada. La noche ya estaba vestida de sus peores galas.

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Currículum y credo

Estudié en al centro de capacitación de ciencias periciales para graduarme de técnico en criminalística en los años en que los profesores hablaban de la tortura como un sistema de lavado de cerebro, y los maestros eran herederos de la legión del Negro Durazo. Años oscuros en que la única vinculación posible a la palabra libertad era la palabra te jodes. Eran tiempos sin derechos humanos, ni aguafiestas profesionales que le cuidaran el culo al hijo de puta que acababa de asesinar a una familia entera.

Soy Ramón Hortera y creo en la justicia de la calle, la de los callejones sin salida. Creo en un solo Dios verdadero. Creo en los amaneceres tibios. Y reconozco una sola religión: la de los muertos y su mundo futuro.

Tengo cuarenta años, (me digo) y escucho la ciudad desde el piso tres del callejón de Mulas y me hago la ilusión de que apenas voy a comenzar, que apenas estoy en esa calle de la Alhóndiga, una mañana gris, dispuesto, o al menos así lo creo, a enrolarme con la policía y entonces decido comprar un bote de frutas y seguir mi camino con mis ilusiones. Sobrevolando el serpenteo de los callejones, me digo que trabajo por una justicia. Es mi ciudad y la quiero. Veo, en vuelo regular, los cerros verdes que hacen la muralla de la mancha urbana.

Tengo un teatro en casa, de 5.1 de lujo, doscientos discos de música variada, pero con tendencia jazziana. Un disco duro hasta el copete con mp3 de colecciones de música de orquesta. Soy un barroco y un budista. Me gusta la salsa, pero prefiero el new age para bailar. Así me las gasto cuando invito a una chica a mi casa. Creo en las princesas y en las damas desvalidas, pero nunca he leído al Quijote. Me pasa el culero de Taibo II y el ojete de Francisco Hinojosa. A veces le echo un pial al Oliverio Girondo. (Tenía que leer poesía, no sé por qué). Algo es algo. En la cocina tengo un cuadro de la última cena marcado con un círculo rojo donde señalo al Judas, para acordarme de los culeros cuando comen en mi mesa.

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La niña fue a una fiesta, según dijo su madre. Una reunión en una casa en Marfil. La madre me consiguió los datos del lugar luego de dos llamadas a unas señoras. La niña ya estaba dentro de una ambulancia que la llevó al hospital. La fiesta, con ese regüeldo, tendría que haber acabado, así que tomé la orden del licenciado y a dos cuicos que estaban afuera del edificio. Nos trepamos a la patrulla y bordeamos la ciudad hasta dar con la dirección. 

Como había esperado, la fiesta ya estaba jodida. Quedaban tres parejas de mugrosos disertando filosofía barata en medio del aguacero, bajo un techo de lámina que guarnecía a un asador de carne. Uno de ellos, con jorongo de Santa Martha, sentado en una pila de cajas de cerveza parecía dar una cátedra a un público pinchemente adormilado. Abrí el portón de herrería y caminé entre la rodada de piedra para el coche. En el camino pateé unas botellas de ron y bachichas de cigarro. Cuando me vieron, pensaron que era un pinche maestro marxista. Pues les vengo a platicar en síntesis, culeros. Y me agarré al del jorongo, porque era el más viejo, el más hocicón y el primer sospechoso que me latió, los demás estaban muy atarantados. De cerca era un hombre maduro que apestaba a marihuana y a alcohol. Los demás eran estudiantes pránganas en el inicio de la cruda. Uno de ellos, al percatarse de la injusticia que estaba cometiendo una mano larga de la ley, quiso ponerse a hablar de los derechos humanos, de los complejos de los policías violentos, de la propiedad privada y no sé que otras pendejadas que callé con una bofetada. Me miraron admirados por la respuesta capitalista y el uso de la violencia. Nadie más quiso hacerse el mártir de sus ideas y se quedaron disertando acerca de los golpes en el hocico en la historia de la literatura.

Cuando subí al del jorongo en el auto quiso preguntar algo. No le quise contestar y le canté un tiro. “Te suelto de las esposas y nos damos en la madre, nomás porque me parece que eres un pervertido hijo de tu chingada madre”. El silencio nos acompañó hasta el edificio del ministerio público.

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Aspecto fúnebre

La muerte dura cinco segundos, no es tan gacha como pensamos. Yo soy huérfano de Abuela y sé lo que estoy diciendo. La abuela me crió como pudo porque mi madre, que la tengo, se fugó para el norte con otro señor que no era mi papá. De mi papá sólo recuerdo unas pinches barbas que me picaban la cara cuando me pedía un beso. Soy huérfano de abuela desde los 19 años y cuando comprendí que en esto de la muerte es una despedida de mierda, comprendí que lo gacho, lo verdaderamente gacho, es volver a la casa después del velorio. Lo demás se puede resolver. El pinche sol sale como siempre y nada, me cai, nada se detiene. Entonces al otro día, si tienes hambre vas a ir a resolverlo. Ni pedo. Me confieso indolente.

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Después de tres horas esperando el diagnóstico de la pequeña, el hombre del jorongo ya había sido socorrido por un abogado de un bufete carísimo que no me lo dejó a solas ni un momento. El licenciado del ministerio público regresó con una declaración de la niña y los resultados clínicos y legistas del hospital. La niña fue a una fiesta privada de la facultad de literatura y le invitaron unos tragos. Ella al negarse a beber porque si tomaba iba a evidenciar su estado etílico frente a su madre, decidió, aconsejada por sus amigas, embriagarse usando lo que le llamaban el submarino; que consiste en utilizar un tampón bañado de vodka para que lo introdujera por la vagina y así, de súbito, el alcohol entraba a la sangre y obviaba los aromas a borracho y se iba directamente y sin escalas a los trastornos de la bebida.

Para esas alturas, la madre de aquella niña estaba conmocionada. Narrar lo que narró no era fácil. El miedo, el odio, las culpas habían dejado que saliera el coraje para decir lo que dijo e imaginar lo que se imaginó.

Una vez que la niña identificara a ese hombre, todo quedaba para el privado donde habría que sacarle una confesión. Quitarle la prepotencia. Joderle la vida un poquito. Hacerle un trauma del tamaño del que había realizado para que se ejerciera la justicia. Pero todo acabó en el escritorio. Una llamada, un boicot, una bomba molotov cambiaron el destino del hombre del jorongo. Su decencia me daba asco. Peor aún, la niña nunca delató a los pervertidos.

El problema es si uno se la cree o no se la cree. Y yo era uno de esos tipos que creen en las víctimas, el pedo es que ya no me la estaba creyendo. No podía creer que las niñas no quisieran ser princesas. No creía en las historias chafas de la madre abnegada que deja suelta a la hija para no perder el cariño. El pedo era que no se podía hacer justicia si el objeto de la justicia es un ojete. Osea, encariñarse con la víctima y quieres hacer justicia cuando te llega un caso cerrado, concreto y entonces el miedo lo paraliza todo. El miedo al abogado repeinado, a que venga de parte de no sé quien a cerrar las cosas, a tapar la boca y decir, “pídale perdón”. Y todo esto viene a colación porque me fui a mi casa, puse una rolita de la romanza andaluza, opus 22. Cuando chillaba más fuerte el violín, y la lluvia había cedido a una tormenta eléctrica, me llegó una revelación como cuando cae un rayo en el descampado. Zas. Una cara, un rostro, una mueca que parecía haber estado siempre conmigo.

Entonces le marqué al Macizo. Corroboré la dirección. Tomé una bebida energetizante para reponerme a la mitad de la noche. Iba por una revelación que no me dejaba dormir. Era como una cara conocida, como unos ojos antes mirados, como una boca que me pasaba por las pesadillas y me decía vuelve. Cuando llegué a la plaza de San Francisquito unos perros me ladraron desde una casa donde había un letrero de un salón de belleza me indicaron la dirección. En la ventana había luz. A pesar de la imprudencia de la hora, nada era prudente. Yo no soy un tipo con prudencia, menos aun con tolerancia.

Toqué la puerta. Me abrió un niño. Pregunté por la señora. Me dijo que era su tía pero que estaba indispuesta. Le saqué la placa. Enseguida salió como si hubiera estado dormida, vestida con una bata de ositos que le trasparentaba una tanga azul. Le dije que estaba allí siguiendo los latidos de una investigación. Que no podía dejar pasar así las cosas y que le entregaba una tarjeta con mis datos de contacto. Ella pareció satisfecha porque yo fui sincero. Me invitó a pasar. Entonces conocí a Marlene.

***

El amor de Hortera

Marlene, rubia oxigenada, mesera de rompe y rasga, uñas pintadas con margaritas y boca de fresa, nació en León de los Aldama, una noche de San Arcadio, justo en la cabañuela de invierno.

Según decía su padre, nació con el corazón frío y las manos calientes. Su madre murió cuando ella cumplió su séptimo aniversario a pesar de haber peregrinado hasta el Tlacote para beber agua milagrosa, pero el cáncer fue implacable. Desde entonces no cree en brujas, ni en limpias, ni en hechiceros. Es atea ortodoxa. Cree en el dinero rápido y fácil. Es directa y dura, sin complicaciones. Lo bueno es lo bueno.

Ramón apenas tocó sus manos ardientes supo que su suerte estaba echada.  Marlene… y sucumbió a la poesía que robó de un poeta muerto.

tus pupilas caóticas y hurañas
destellan cuando escuchan el suspiro
que sale desgarrando las entrañas
y mientras yo agonizo, tú sedienta,
finges un negro y pertinaz vampiro
que de mi sangre ardiente se sustenta

Aunque de amor, luego hablamos.

***

[Encuentra aquí Hortera Files I]
[Encuentra aquí Hortera Files III]

Ricardo García Muñoz (León,1973) Escritor. Su formación profesional es de licenciado en Comunicación por la Universidad Iberoamericana; tiene estudios de Maestría en comunicación y educación por la Universidad Autónoma de Barcelona. Doctorando en Artes por la Universidad de Guanajuato. Ha publicado varios libros de cuento y participado en diversas antologías: “Con tan poquita fe, Horterada, Ficcionalia infantil, 1973, Alevosía, Aleja de mí tú espada, Autorretratos al portador.” Para el año de 2007 gana el Premio Nacional de Periodismo cultural Fernando Benítez (radio), con un trabajo titulado “el arte en muletas”. En 2010 se alza con el Premio Nacional de Literatura “Efrén Hernández” con el libro “Aleja de mí tu espada” (Editorial la rana, Gobierno del Estado de Guanajuato). En 2013 es finalista del Premio de novela FENAL- NORMA. En este año aparece su primera novela Mateo, bajo el sello de ediciones la Rana. Dirige la editorial 4 gatos y coordina la revista de cuento Ficcionalia. Es catedrático en la maestría de Investigación Histórica de la UG y en el programa de Doctorado en Artes. Realiza Guiones para la serie Historias de Vida y Letras en la Diplomacia del Canal Once TV del Politécnico Nacional.

www.ricardogarciamz.com