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Imaginación y travesura en Flor Bosco

Francisco Rangel

Imaginación y travesura en Flor Bosco


Las piezas de Flor Bosco siempre están llenas de retazos de recuerdos, de assemblage con imaginerías trastocadas y de vida. Por ello es fácil caer en referencias como el surrealismo, barroco o narrativas fantásticas. Nada más fuera de la realidad: Las piezas de Flor siempre son comunicación dura y directa; no proscribe ni intenta ser discreta.

Lo complejo es la manera en que trata un tema cotidiano para ella: la sacralidad. Nos plantea lo sagrado en los actos cotidianos de la existencia, casi vacuos. La importancia de esos actos es su ritual. Ese rito repetido hasta la saciedad que ahoga y no libera: ir al templo, tenderse en la cama, vivir recuerdos infantiles, sufrimientos y dolores. Cada uno de ellos le da el sustrato a la pieza. Puede suceder que no entendamos a primera vista el mensaje completo, pero están construidas para que comprendamos en su totalidad lo que dice. Es una compresión residual, guardada en algún lugar de nuestra mente, en el recuerdo de una experiencia, en la certeza de que así fue. Pero nuestra racionalidad nos impide ver con claridad eso… en el fondo ni queremos saberlo.

Esto la emparenta directamente con la tradición de Joshep Cornell y Severo Sarduy. Hacen uso de estrategias previas como las del surrealismo o el barroco, pero tampoco están allí, no son eso. Sólo usaron esas tácticas y sus recursos para llenarlos de nuevo contenido. Y en el caso que nos ocupa es lo consagrado o el culto que la vida cotidiana tiene. Esos assemblage son marcos visuales que nos dan la pauta para el diálogo. Su belleza es oscura y con malicia absoluta nos lleva por parajes de ternura y tortura.

Pero esto sólo es una percepción. Los invitamos a ver las piezas que acompañan a este Tachas 134.

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