Martes. 15.10.2019
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Los inicios de Ramón | Hortera Files (XIII)

Ricardo García

Los inicios de Ramón | Hortera Files (XIII)

Sin imaginarse que iba a ser policía de academia, Ramón comenzó a interesarse por las intrigas y en resolver cuanto enigma le ocurría al vecindario. Llegó a ser fanático de la serie televisiva de Magnum P.I., donde observaba las técnicas de investigación que Tom Selleck hacía lucir de la mejor manera. Se consiguió un par de perros que bautizó como Zeus y Apolo, y participó en varios sorteos llenando cupones para ganarse un viaje a Honolulu; en cierta ocasión que se cortaba el pelo robó una revista de Condorito donde anunciaban un curso por correspondencia para graduarse de investigador privado. Dejó de dormir las ocho horas, tiempo que dedicaría a estudiar y a conseguir literatura policiaca. A punto de secársele el cerebro, Ramón advirtió que los mejores investigadores privados habían militado en las corporaciones policíacas; Magnum, Hammer, Williams, Hércules Poirot, Bond, Holmes, hombres que despertaron su astucia dentro de una carrera policiaca, hombres que se habían desengañado del aparato opresor del gobierno, hombres que luchaban por la justicia en el más puro estilo caballeresco... Hombres de honor.

Desde entonces Ramón deseaba entregarse como paladín de la justicia, a costa de cualquier precio. Desde entonces Ramón comenzó a tener una ensoñación, primero, y luego una terrible pesadilla.

Llegaba allá por las cuatro de la mañana, cuando algún gallo cantaba entre cortadamente y lo acompañaba por unos minutos en ese desvelo para luego fundirse con los ladridos de los perros. En su pesadilla era perseguido por un hombre de grandes bigotes y voz turbia.

—¡Estás acabado! —Ramón sacaba de su sobaquera un revolver .38, le apuntaba a la cabeza, tiraba del gatillo. El revólver se ablandaba entre sus manos, derritiéndose como cera caliente. Ni una bala, ni un estruendo, sólo la risa del hombre que le devanaba la cabeza con un instrumento que no podía reconocer. El negro más sórdido lo amordazaba en la modorra, y demoraba en despertar. Luego el sudor le recordaba que era un sueño.

La noche después de festejar la graduación de policía, Ramón volvió a soñar la pesadilla. Era para entonces una situación clónica, reiterada y fiel a las otras pesadillas. Ramón sabía que tenía que despertar. Como si fuese atropellado por una locomotora, Ramón se levantó de un salto. Del sueño sólo le quedó una idea firme; a puño limpio. La neta, a madrazos. Decidió usar sus manos como armas.

Al amanecer, los labios de Ramón estaban resecos, el corazón latía lento y una ráfaga de luz le surcaba la cara. Ya despierto, en un compás religioso, Ramón se preparó para ir hasta barandilla, ponerse las órdenes del comandante y lanzarse a la aventura.

Los claroscuros de la comisaría le recordaban la película Seven, entre las lluvias neoyorquinas y el frío norteamericano. Por supuesto que no llovía ni helaba; sólo había la sordidez de un cuchitril polvoriento. Atravesó el pasillo mirando todas las oficinas alrededor. Frente a sus ojos encontró la comandancia principal y detrás de un escritorio un personaje de caricatura, de amplios bigotes, barriga grosera y lentes oscuros. – Bienvenido Hortera, éste va ha ser tu nuevo hogar y nosotros tu familia—. Ramón asintió con una felicidad indescriptible. Pensó de inmediato en D´Artagñan, los tres mosqueteros y en su nueva familia. Aunque se desilusionó porque su jefe no era nada parecido a Higgins, con su aire flemático, inglés de pura cepa; al contrario, era un judicial viejo y de rostro cicatrizado.

—Yo soy Rendón, tu jefe y casi tu padre, desde ahora estarás bajo mis órdenes, Horterita, así que ve acostumbrándote a mirarme con respeto y seré benevolente. Para que te vayas acostumbrando a nuestra manera de trabajar, te tengo desde ahora un trabajito. Eres afortunado, porque no a todos los recién egresados de nuestra academia los asigno de inmediato, pero me han recomendado tu trabajo de investigador. Así que te vas desde ahorita con el Macizo a un encarguito que tienen que hacer. Un difunto allá por el rumbo de Calderones. Él te pondrá al tanto.

El Macizo entró y le extendió la mano. Llevaba gafas oscuras y le brotaba una barriga mediana, que rascaba con indiferencia. Le hizo un movimiento de cabeza y Ramón lo siguió. Dentro del carro olía a marihuana. Estaba claro el apodo. El Macizo no dijo palabra alguna y el aire caliente fraguó un sudor acaramelado. Parecía broma, dejaron el auto a un lado de la carretera, y la pendiente que va hasta la Bufa se alzó imponente, dolorosa para el par de botas nuevas que usaba Ramón. El Macizo se arremangó la camisa, echó en la parte de atrás el saco y abrochó la sobaquera por encima de su barriga. De la cajuela el viejo judicial sustrajo un par de zapatos deportivos. –Vamos hasta la punta del cerro. —habló de repente. Ramón sospechó una novatada. Revólver al cinto, los dos judiciales emprendieron camino en una brecha que parecía conocer muy bien el Macizo. El sol clavaba como puntas de alfiler los rayos en las huizacheras, y el disco amarillento lanzaba sus ondas de calor. Después de veinte minutos de un cerro de gran alzada, los pies de Ramón comenzaron a ampollarse. Ramón imaginaba unas llagas a todo lo largo del tobillo, pero no perdía la concentración.

Al llegar a la cima se encontraron con Braulio, un hombre al que le caían los años en unas arrugas como surcos en su piel negruzca. De sombrero de paja y saludar amable, los recibió. —Lo encontramos allá abajo, donde se tienden esas piedras, detrás del ojo de agua —dijo y levantó el dedo índice unas rocas brillantes que expedían el resplandor del calor de muchos siglos. El Macizo miró a Ramón y con un gesto lo mandó a que revisara el lugar del crimen.

Ramón llegó de inmediato hasta las rocas, mientras el Macizo hablaba con Braulio. Un olor a desperdicio orgánico invadía las fosas nasales del recién egresado de policía. No había sangre, ni golpes ni restos de pelea alguna; sólo un difunto tendido al sol, un difunto joven, de complexión robusta y cara redonda, sólo un hombre tirado sin respuestas y cargando muchas preguntas. Ramón tomó de su bolsillo una grabadora y cuando iba a iniciar las observaciones el Macizo de un grito le ordenó que lo moviera. Ramón no había tenido contacto con muertos, a lo sumo las imágenes de Quincy, el forense investigador. Pero directamente, con un despojo humano y podrido, jamás. Se inclinó hasta el cuello, lo tomó de hombro para jalarlo, cuando sintió en su mano una materia gelatinosa, unos líquidos que se pegaban a la palma derecha. Perdió el control y el cuerpo cayó sobre Ramón. Aterrorizado, sintió unos labios besarle la frente. El Macizo corrió en su auxilio, con unas carcajadas estentóreas, correlonas, que iban y venían en el eco de la cañada.

Ramón imaginó en un momento que el muerto quería decirle algo y de un salto había querido abrazarlo. Tenía ese presentimiento, esa corazonada, ese hecho extraordinario y sofocado donde lo ordinario cambia el rumbo y lo podrido, busca salidas, vías de comunicación. El muerto se llamó Esiquio y para Braulio era una muerte merecida; la justicia obra de formas terroríficas, y lo realizado por Esiquio tenía nombre y apellidos. El Macizo le retiró el cadáver de encima mientras la sangre coagulada formaba hilitos entre la tierra. El hedor no tardó en recorrer el cielo y espantar a los tres espectadores de esa escena macabra. La espalda del muerto había sido devorada por alguna termita gigante, las mordidas recortaban la piel y formaban una estrella de seis picos, como si la piel tuviera la consistencia del cartón.

El Macizo tomó el radio para confirmar el hecho y traer al Ministerio Público. Ramón miró a Braulio y comenzó a preguntar: —¿Qué relación tenía con el occiso?

El hombre rascó su nuca empujando el sombrero hacia la frente.

—Era mi yerno.

Ramón se interesó mientras que su mente diseñaba posibles conclusiones.

—¿Qué cree que le pasó?

Ramón le buscó la mirada, buscando una respuesta en sus actitudes.

—Mire, trabajaba en la mina y era bien borracho. Luego lo corrieron y anduvo amuinado un tiempo. Hasta que un día llegó retecontento porque una señora lo había empleado en algo, no sé, decía que iba a encontrar un dinero, allá por el rumbo de la Bufa, quesque debía, no sé, estaba enfermo porque dijo que nomás era encaminar a la señora.

–Ramón lo interrumpió para preguntarle cuál señora. Braulio, con el ceño enrevesado, siguió el relato.

–Le digo que estaba enfermo, ya hasta las calenturas lo levantaban de la cama y nomás decía que miraba una culebra. Se fue una noche, la luna estaba llena y alumbraba mejor el camino. Hay quien lo miró perderse por una de las cuevas y ya, nomás lo hallamos aquí, con la espalda cuarteada.

El Macizo llegó abruptamente cercenando el interrogatorio, y dio la orden para concluir la revisión del cuerpo. Le extendió la mano al viejo apretándola con fuerza, añadiendo a esa brusquedad una advertencia, más que una despedida.

–Vamos a estar cerca, viejo. Que no se me largue ningún cabrón a Estados Unidos, que no se me enferme porque este muertito no se queda así. A ver quién chingaos les cree el tema de la leyenda de la Bufa. Las historias no matan. ¡Cabrones!

A lo lejos iban apareciendo los miembros del Ministerio Público. Cinco peritos formados en fila inda que se cubrían de los rayos solares con unas hojas de papel. El Macizo atrajo hasta donde estaba parado a Ramón, que no detenía la mano, realizando apuntes mientras miraba al cadáver.

—Pa´ mí que este buey lo mató, nomás que se hace pendejo. No hay qué dejarlo que se confíe.

Ramón asintió y guardó la libreta. El Macizo controlaba libremente las relaciones con el Ministerio Público. Media hora después ya estaban de regreso en el auto y el Macizo prendía un cigarro de mota.

—Dicen que es mejor un toque que una chaqueta en ayunas. Vamos a desayunar.

Esa noche volvió a soñar la escena de la riña, donde la pistola se disolvía entre sus manos y un hombre con la cara arrugada, como Braulio, le partía la yugular en dos. Ya despierto, entre el sudor amargo del espanto, Ramón se levantó a beber agua, a buscar tranquilizar el corazón con los ojos abiertos.

– A chingazos, nada más a chingazos.

No logró dormir y decidió leer a Poe.

Llegó antes que el Macizo a la comandancia; los policías de turno bebían café encimados en el escritorio mientras leían los titulares del periódico (“Matan a hombre en la Bufa”) y debajo un cintillo que completaba la información (“Se cree que buscaba desencantar a la ciudad”).

Una fotografía atravesaba la mitad del periódico con el cuerpo tasajeado de Esiquio. Ramón tomó otro ejemplar que estaba en un escritorio y leyó toda la información. Nada nuevo; las pistas que daban los reporteros hablaban de una mujer con la que se le vio a Esiquio por última vez.

—¡Pendejadas! —gritó el Macizo, al tiempo de arrebatar el diario de las manos de Ramón. Le extendió a cambio del periódico un reporte que había hecho el día anterior.

El Macizo concluía el crimen por un lío familiar, donde el asesino era Braulio y el móvil un arranque de ira. Nada nuevo.

—Vamos por ese pinche viejo matón —Ramón alzó su vista y la puso en el reflejo de los lentes oscuros del Macizo. —Dame chance, déjame ver otra hipótesis. Esto es muy evidente para que sea cierto. –El Macizo lo pensó un momento y aceptó. –Órale, pero nomás en una la riegas y nos vamos por la mía.

Los dos judiciales salieron de la comandancia para subir al Super Bee. En un instante llegaron hasta la casa del viejo que los atendió sin sobresalto. Le preguntaron quien era esa persona que lo había visto por última vez y con quien iba. La respuesta no demoró. Braulio los mandó con doña Isabel, una mujer sesentona, de cabellos largos y piel arrugada; ella vivía en la última casa de Calderones, cerca de La Bufa.

Al llegar hasta la construcción fabricada con láminas y trozos de madera apolillados, unos perros quisieron alcanzar el tobillo del Macizo, que los repelió a pedradas. No había nadie. –Ya ves cabrón, no hay nada. Ya te jodiste con mi informe —dijo el Macizo, que abría su bragueta y comenzaba a orinar en un montículo de piedras verdes. —Si quieres, vienes solo en la noche, ¿qué no ves que esta gente trabaja a estas horas? —Ramón accedió. —Pero nomás te digo, que si para mañana a las seis no hay nada, tejones porque no hay liebres.

Ramón volvió entrada la noche a la casa de doña Isabel. A lo lejos alcanzó a mirar una lucecilla de hoguera ondulando entre la oscuridad. Al llegar ningún perro advirtió sus pisadas y pudo ver entre las ventanas de la casa a doña Isabel lavando sus pies en una tinaja grande. –Pásele, pásele, no tenga miedo. —Ramón sintió un golpetazo de adrenalina correr entre sus piernas hasta mezclarse con los fluidos del cerebro. Obedeció mecánicamente, atravesó la pequeña puerta desvencijada y fue a pararse en la esquina de la hoguera.

—Señora, tengo unas preguntas qué hacerle —recordó la paciencia de Mágnum al interrogar a los testigos. Debía dejar fluir la plática. Muchas veces entre líneas las personas desahogan libremente el decir, los miedos más profundos, las pistas fundamentales que dan en el acierto de las indagaciones. Pocas preguntas y mucha plática, como los adivinos, que en cualquier pestañeo inquieren la orientación de las respuestas. Las manos sudaban a pesar del viento refrescante de las noches de primavera. —¿Qué sabe del asesinato de Esiquio? —la mujer echó la cabeza hacia atrás y disparó la primera respuesta. —Mire niño, yo fui quien miró a Esiquio con una mujer, la Doña, pero yo no sé quién lo mató

—¿Qué mujer, dónde la encuentro? —recuperó la atención de la anciana. —Si se apura la puede encontrar todavía en el camino real, el que va para Guanajuato —dijo con la naturalidad de los viejos cuando hacen un atrevimiento y sin claudicar disparan una moraleja. –Aquí quien mata nomás es el hambre, la desesperanza, la sed, la ignorancia, la desolación. Aquí en la cañada no se mata, se muere de cualquier cosa.

Ramón recordó una escena de la serie de Mágnum P.I, donde sabe que el informante es un espejo de la realidad, o un anticipo de lo venidero, de un destino casi revuelto y sucio, donde lo más evidente es apenas una leyenda, una serie de informaciones mal distribuidas. Tomas Magnum decide irse por la corazonada, por la increpación que hace el corazón de sus propias deducciones, y tomar el camino más absurdo en una encrucijada. Ramón supo en ese fragmento de minuto que la presa estaba cerca, que el móvil del crimen no era el argumento diseñado por el Macizo, sino otra verdad más compleja, más turbia, absurda para más señas.

La vieja lo miró tensamente, en una arremetida de suspenso donde no cabía el temblor en las manos que comenzaba a resultar en Ramón.

—Dicen muchas cosas.

Estalló el silencio entre esas venas de la voz que invadieron los conductos auditivos de Ramón. Las fibras opacas de la vieja lo devolvieron al presente lleno de polvo, hoguera y anciana.

–Hay muchos cuentos, díceres de por aquí: que cuando hay luna llena y uno baja por estas pendientes de Dios. Una mujer, una diosa, se llamaba Alba y quesque era hija del curandero, brujo también, fue castigada por su marido celoso cuando iba a llegar a su casa. Éste la encerró en una cueva, la amordazó y con eso que hace que los hombres sean hombres, la hacía suya sin desamarrarla. Se crecieron los chismes, la gente miraba que Alba ya no salía ni al río a lavar, ni a la vendimia de los sábados, ni a misa los domingos. No se le miraba. Fue una vez, cuando un pastor se perdió en el cerro por un chubasco que caía, los truenos, los rayos, la ventisca no le dejaron otro camino que arrimarse a la cueva. Ya dentro oyó los lamentos de la mujer, y espantado, algo lo llevó hasta donde se hacía el ruido. La sorpresa fue cuando encontró a Alba desnuda y amarrada a unas piedras. Ella le suplicó que la desatara y a cambio de eso le llevaría hasta donde su marido guardaba el oro. El hombre se apiadó de ella y la muina contra el marido fue más pesada que la avaricia. La desató y lo llevó hasta donde estaba el oro, el marido llegaba a tientas a la cueva donde se encontraba con Alba para hacerle cosas sucias y cuando descubrió el fraude, entre los dos lo mataron. Dicen que si llegaras a ver a Alba en una noche de luna y le ayudas con un encargo, te cumple los deseos pero alguien muere.

La vieja se santiguó y dijo que a Esiquio lo mató la avaricia. Que no buscara más porque allá se lo hallaba.

La noche descendía, se estrechaba, era una visión de belleza casi insoportable, un remolino atravesando el valle; en caída libre un aturdimiento precipitaba a Ramón con un leve mareo a salir de allí. Los golpes de la sangre le causaban un fino dolor entre las sienes. Lo inmediato se había volcado a una carretera de grandes pendientes y curvas cerradas, reflejos de miradas, centellas caídas del cielo, los toques de marihuana habían cedido y se prolongaba un estado comatoso, un lodazal donde su mente se vaciaba hasta el miedo. Sin creerlo, las palabras se acunaban en una realidad altamente corrosiva. Era cierto: la doña, la mujer de blanco, la que iba a cumplirle todas sus fantasías a Ramón, se asomaba en ese anochecer iluminado. Los destinos a veces se cumplen, y el destino de Ramón era el de policía; su sueño se aventuraba a convertirse en investigador privado. Una leyenda era casi el acierto de lo que no somos. Ramón comenzó a odiar las palabras, palabras que se extinguen, palabras que acarician, palabras en la cartelera del cine. Palabras como racimos de uvas, vinos de palabras, siglos y siglos de palabras, mares de palabras, y la suma de palabras lo llevaba hasta la leyenda que había susurrado la vieja unos segundos antes. Trastornos de la senilidad —se consoló—. Palabras agotadas en la historia de la historia.

Las palabras eran mitos hechos nudo. Esparcimiento de palabras donde la mutación se clavaba con la punta de la flecha envenenada de imaginación para dar en el centro del hombre. La herida mortal de las palabras.

En un acto de reverencia Ramón agradeció a la mujer ese relato tan absurdo, esa fábula sin moraleja. Salió de la pequeña casa todavía abrumado por la información. Al voltear la vista al valle, en un gesto asustadizo, desabotonó el seguro de la pistola, la puso firme en su mano derecha, acariciando la cacha de nácar. Este caso estaba perdido y tenía que llegar a firmar el reporte hecho por el Macizo.

Nadie puede entender la sensación de sentirse perseguido hasta que es presa de la persecución. Los perseguidores no dan tregua ni descansan, ni comen, ni sueñan, sólo persiguen, observan desde los escondites más rabiosos todos los pasos que damos. Ramón había sido perseguido, puesto en marcha para considerarse una presa llena de miedo, de sin sentido, de desolación. Había qué pensar en lo elemental que Holmes había dicho desde siempre, lo elemental que muchas veces suena a la precipitación de las corazonadas. Ramón caminaba en la campiña sintiéndose perseguido. Una presa que reptaba por un campo desconocido, un campo lleno de ruidos y de siluetas. Un terremoto de nervios lo llevó a desenfundar su .38 especial, a tomarla ligeramente con el seguro activado. Ramón acariciaba el gatillo mientras descendía el camino real.

El bullicio de las luces en la ciudad reflejaba una capa de nata al en el cielo. Algunos cláxones perdidos por los ecos de la montaña llegaban a sus oídos como voces salvadoras. Ramón Hortera volteó la vista a la casa de doña Isabel y sólo había negrura, olvido. La muerte estaba esperando a cualquiera sin móvil, ni crimen, ni mujer de Blanco. Ramón parecía haber perdido la paciencia. Perdía su primer caso y aprendía que lo evidente era lo evidente. Braulio tenía tantos motivos para matar a Esiquio como hambre en lunes.

Al llegar a la ciudad, Ramón Hortera abrió las compuertas del fracaso y se metió al bar del Infierno, un tugurio maloliente donde se encontraría con el Macizo. En la barra le sirvieron una cerveza y un plato de botana cacahuatera. Se miró por los espejos de la contrabarra como quien mira su decepción. No era el hambre, ni la miseria, ni esas caras del mal las que podrían el ambiente; era la cara de Esiquio bebiendo en una cantina después de no encontrar, era el rostro de Braulio sumiendo la pica en la piedra mientras los gases de una mina lo llenaban de cáncer, era la cara de los niños panzones, con el dorso desnudo y la risa hundida en quién sabe qué parte; era la muerte, la que mata de hambre. Ya por la tercera cerveza llegó el Macizo a frotar su espalda en tono de consuelo y a decirle: mañana le damos una calentada a ese cabrón, no te preocupes.

Ramón bebió y fumó marihuana hasta que los sesos le estallaron. Las escenas de Hunter, cuando cabizbajo se retraía hasta el fondo de la botella de escocés, desmantelaban la capa de los abatidos. Ese flash back donde van apilándose las tristezas, los litigios suaves del amanecer, la negra cara de la puta que despierta a las tres de la mañana. Por alguna extraña razón pensó en los Ángeles de Charly, una serie feminista que no había sido nunca de su agrado, pero que hablaba también de las penas para ser investigador privado. El sistema ya lo estaba hartando, a pesar de ser un recién ingresado. Bastaba admirar el temple de Jimmy Popeye Doyle, cuando desenmascara al contacto francés del narcotráfico, en un revire único, a pesar de estar drogado, vuelve a cumplir con el deber y aguata el bajón del LSD. Harry el sucio era otro policía para admirarse. Ya no quería ser policía, quería ser investigador privado. Y los sueños en la dormilona de la droga se hacen realidad, como arropado a su cuerpo, Ramón comenzó a sentir una presencia ardiendo a sus espaldas. La contrabarra todavía reflejaba en movimientos retardados las imágenes del Macizo y de su propia cara. Pasaban de las tres de la mañana y el Infierno iba repletándose de los trasnochados y de los borrachines que no saben a dónde ir. En el Infierno se halla de todo. Ramón agitó su cabeza y le dio un sorbo a la cerveza adulterada. El olor de una mujer de blanco suavizaba los sudores hediondos de los mineros y las putas. El vestido resaltaba su blancura como si fuera un color que incendiaba la pupila. Los efectos de la droga iban poniéndose a cien. Una ventana se abría hacia los abismos de la posibilidad, de la fe, del encuentro con alguien maravilloso. Ramón se paró del asiento para alcanzar a esa mujer con vestido blanco y lentejuelas amarillas. En la orilla de la minifalda se alcanzaba a mirar la punta de los ligueros puestos en unas piernas de cuarenta años. Era la Jamis, una puta asidua al Infierno, donde siempre se encontraba con Víctor Tomás, el padrote más conocido del rumbo. Decían que una vez Víctor y la Jamis estuvieron casados y representaban escenas de celos entre ellos para asaltar a los clientes del Infierno.

Ramón llegó con dificultad hasta donde se hallaba la Jamis y en un tirabuzón le dijo:Tú eres la mujer de blanco

La prostituta asintió lanzando una sonrisa.

Balbuceante reiteró su afirmación: Tú eres la mujer de blanco.

Jamis reviró doblando una pierna y dejando ver la punta de los calzones: Soy lo que tú quieras, papacito

Un huracán empezaba a violentarse en la mente de Ramón, allí donde los crímenes se resuelven, donde las mentiras parecen verdad, donde en la comisura de las tres de la mañana las cosas destilan una certidumbre apenas perceptible. Ramón se animó a ser la carnada y a atrapar a ese móvil del crimen.

—¿Es cierto que tu marido te amarra a la cama, que te encierra, que te desnuda?

La mujer interrumpió el interrogatorio.

—Te gusta hacer cochinadas, ¿verdad? Yo puedo cumplirte todos tus sueños y mi marido ni se enterará, claro, sólo si me llevas...

Ramón ató los cabos, interrumpió a la mujer de blanco que era la viva encarnación de las palabras de Chabela.

—Sí, espera —buscó con la mirada al Macizo, pero podía avisarle, a quien a esas horas ya dormía la mona en una mesa.

La Jamis siguió con su negocio.

—Si tú me llevas a un lugar lindo, privado, donde nos quitemos a todos estos mugrosos, yo te cumplo lo que quieras, mi rey.

A Ramón le comenzaba a pesar la mandíbula y los brazos parecían tener lastres de plomo. No podía articular palabra. Sin embargo la lluvia de ideas le revolvía el cerebro. En la entrada del tugurio apareció Víctor Tomás, que al chasquido de los dedos recibió una copa. Miró todos los cuerpos hasta identificar a su mujer toqueteando a Ramón. Con movimientos pasivos se acercó hasta la Jamis para hacerle una seña. La mujer no tardó en animar a Ramón para que la sacara de allí.

—Papacito, vamos, no quiero que llegue mi marido y nos encuentre aquí.

Ramón encendió de nueva cuenta los motores, sacó energía para convertirse de plano en la carnada, que le pusieran las manos en la masa, atrapar a la asesina, la mujer de blanco. Tardó en componer el plan, la sacó de allí.

—Dime que me vas a llevar al cerro.

La mujer, sorprendida, le dijo que era muy difícil. Mejor un hotel, contestó, mientras demoraba su paso para que Víctor Tomás le cuidara las espaldas.

—Pídeme lo que quieras, esta noche soy tu reina, mañana quien sabe.

Ramón llevó su mano a las esposas, les quitó el seguro y la tomó de la mano. En el callejón fue arrinconándola.

—Tú fuiste, tú mataste a ese hombre en el cerro.

Las imágenes que había rescatado con Chabela eran definitivas. La doña estaba contoneándose por los rincones de ese lugar de mala muerte. Hortera se empecinó en creer en las corazonadas. Dio por sentado que esa sospechosa era la culpable. La droga lo clavaba en una idea fija. Ramón quiso tomarla de la mano para arrestarla pero un rudo movimiento de la mujer hizo que cayeran de bruces. Sin aliento, Ramón trató de levantarse, pero Víctor Tomás estaba amenazando con el cuchillo cebollero en la médula espinal. El pasmo ocasionado por el peligro lo detuvo. La Jamis se incorporó a un lado de Tomás. El olor hiriente de la calle quedó atrás. Un mundo adormilado comenzó a darle la espalda a Hortera. Visiones, pensamientos, ladrillos, confusión. Eran las marcas esenciales de su estancia en ese minuto en la tierra. Miró el par de figuras frente a él que discutían el paso siguiente, el destino de Ramón. En un momento de lucidez entendió que estaba frente a una bronca matrimonial que no tenía fin. La tierra a sus pies iba derritiéndose. Cada vez estaban más lejos, más altos. En un embate desesperado, Ramón descontó a la mujer de un derechazo y Tomás acabó asesinado con ráfagas de golpes letales como balas.

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