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07:45h. Miércoles, 26 de Julio de 2017

La habitación perforada

Andrés Baldíos

Foto: Tomada de Facebook
Foto: Tomada de Facebook

A Karen Luna, quien vivió para contarlo,
con cariño y admiración.

 

 

Eran pasadas las siete de la mañana. Había logrado dormir las ocho horas que tanto había anhelado desde hacía varios años, pues ya eran dos los que llevaba muerta de miedo, deseando jamás tener qué volver a dormir. Un deseo que fue tornándose en necesidad a favor de su exhausta condición mental. Lo último que quería del entero día era llegar a su apartamento a dormir, porque sabía que si dormía, se vería en la trágica necesidad de soñarse en las peores circunstancias. Si dormía, mejor no despertar. Todo, menos abrir los ojos para verlo de nuevo.

El día traspasaba la cortina de su ventana e iluminaba perfectamente la habitación. Todos los rincones clarísimos: la tranquila luminosidad alcanzaba hasta las esquinas bajas; esa tenue iluminación mañanera en donde cualquiera se siente a salvo.

Pero apenas había abierto los ojos… lo vio.

Aquello era (a falta de expresiones o balbuceos tratando de atinar a las más escabrosas referencias del horror) el detalle más imponente de la consternación, la aberración más gráfica posible, el horror del horror en su estado más puramente incomparable, la manifestación absoluta de todos los males, el dominio de la más imperceptible malignidad vibratoria con una espantosa forma específica que a su vez no significaba nada. Era quizá la peor parte, el hecho de que contemplara aquello, que no era nada, sintiendo un pavor que de nada servía, que nada significaba.

(Parecía más un agujero negro de contorno espantosamente perfecto, un círculo llano coloreado con el negro más imposible fuera de cualquier percepción humana: el negro en sus más graves compresiones. Ya se han descrito todos los negros, pero aquel círculo retrataba más allá de una idea incompleta de la oscuridad absoluta).

Permaneció tendida en su cama mirando fijamente la cosa que flotaba tan inerte como nada en este mundo justo en la esquina superior izquierda de la habitación. Aquí convendría no seguir describiendo nada, sólo que ya era segura y definitiva la despedida del sueño, del descanso.

En efecto, no volvería a dormir jamás de los jamases. Es más, parece que nunca regresó al mundo después de haber visto lo que pocos han visto del finito.

Probablemente vive pero ya no puede contarle nada a nadie.

 

 

***
Andrés Baldíos
es escritor. Los primeros peldaños son peligrosos, su hasta ahora primer libro de cuentos, fue editado en 2012 por San Roque.

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