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10:27h. Jueves, 17 de Agosto de 2017

A mi padre (La última lección)

Enrique R. Soriano Valencia

Foto: Tomada de Facebook
Foto: Tomada de Facebook

El propósito de la vida es la única fortuna que vale la pena encontrar.
Robert L. Stevenson

 

Mi padre era una persona de tez muy morena, de nariz muy bien delineada, bigote delgado, cejas pobladas, sienes totalmente plateadas... y de una serenidad como no he conocido otra. Su actitud hacia la vida –esa eterna actitud contemplativa, como quien se encuentra por encima de ella– le permitía gozar lo que otros no podemos. Estoy seguro que no era apatía. Tengo la seguridad que los golpes del destino sinceramente le afectaban. Pero, definitivamente, no era aquél que tratase de amoldar la realidad a sus necesidades –condición para frustrarse–. Era como aquel que no lucha contra la corriente y busca usar su mismo impulso para llegar a la orilla, antes de verse despeñado en una catarata.

Recuerdo cuando era yo aún adolescente una ocasión en que le hice padecer un fuerte disgusto y no fue capaz de lastimarme en lo más mínimo –ni con su voz o con su mano–:

—Papá ¿por qué ves el box? –pregunté con toda malicia, preparado para su respuesta.

—Pues, porque es un interesante deporte –respondió sin percatarse de mis intenciones y sin dejar de ver la pelea.

—Pues yo creo –respondí de inmediato, seguro de mi triunfo– que será deporte para los que ahí se encuentran... y eso fuera del cuadrilátero, cuando saltan la cuerda o corren; pero a los golpes, no les veo mucho deporte...

Papá apartó su vista del televisor para plantarla sobre mí. Su gesto demostraba desagrado por verse cuestionado por un mocoso que pretenciosamente sentía comprender ya muy bien la vida.

—Bueno, es cierto que sobre el cuadrilátero es más técnica y astucia, pero son personas que gracias a su preparación física ganan mucho dinero –exclamó en un intento final por salvar la situación–. Son personas que toda su vida han soñado con riqueza y finalmente lo logran a través del boxeo.

—Pues porque hay gente como tú, que paga por verlos o que los ve mediante la televisión, y el patrocinio también se paga. A ver, ¡dame diez pesos y te pego en la cara!

Papá no dijo más. La prudencia –su gran prudencia– no llevó más allá la enorme ofensa que acababa de hacerle. Sólo se limitó a apagar el televisor y se retiró a su lectura nocturna, únicamente más temprano en aquella ocasión.

Yo, por mi parte, creí haber tenido una contundente victoria (¡pírrico asunto!). Lo pretencioso no me dejó ver en ese momento que mi padre me estaba dando una lección de prudencia, de capacidad de comprensión hacia un hijo irreverente.

Hábilmente, sabía evitar el golpe de frente –como la clásica respuesta de cualquiera de responder igual–, para, poco a poco ir aprovechando ese ímpetu y encauzarlo hacia mejores lares. Esta crónica es muestra, prueba contundente, de que la lección cumplió su cometido: hizo que nunca se me olvidara esa desafortunada ocasión y me generó una profunda reflexión. Sí, efectivamente, mi padre me supo escuchar y encaminar mansamente...

Su muerte fue súbita, sin el dolor para la familia de una prolongada agonía. Por la mañana de ese mismo día, aún salió a hacer algunas compras. Muchos vecinos lo saludaron y por la noche no daban crédito a la noticia de su fallecimiento. Hasta en su muerte supo conducirse. Evitó lo más posible el rudo golpe de debatirse por largo tiempo entre la vida y la muerte. Simplemente permitió que lo inevitable –la muerte misma– hiciera su labor. Posiblemente fue su única despeñada.

Días antes de su fallecimiento me dijo algo que en su momento me disgustó, pero después de su muerte comprendí que fue su última enseñanza.

—Papá ¿ya te tomaste tu medicina? –pregunté con el ceño fruncido, como quien llama la atención a un hijo, pero de forma amable.

—No, hijo –admitió, fingiendo arrepentimiento–. Perdona, se me ha olvidado.

Papá tenía algunas semanas bajando de peso y todos suponíamos que era a causa de la diabetes, padecimiento que arrastraba hacía años.

—Pues debes hacerlo, papá. Recuerda cuando yo era pequeño y tú me insistías que para crecer sano y fuerte debía ser puntual con mi medicina  –recalqué todavía con la ufanía de quien cree que puede enseñar algo a quien lleva mucho camino recorrido.

Los instantes que siguieron a aquella frase están muy hondamente registrados en mi alma. Me clavó su mirada –dulce, serena, limpia, tranquilizadora– y me dijo algo que ha dado un sentido más intenso a la vida (mi hermano Carlos supone que aquella respuesta fue una especie de despedida. Yo no lo siento así. Creo que se trató de esa personalidad muy suya y que ahora admiro más. No pienso que haya sabido que iba a morir, sino que prudente como siempre, supo dar mejor sentido a la situación):

—Cuando yo te decía eso –me explicó serenamente, con una sonrisa de padre que explica a su pequeño hijo algo– era porque aún te faltaba mucho por recorrer. No estabas completo, te faltaba cristalizar tus objetivos, alcanzar, por fin, una mañana como la habías soñado. Yo, en cambio, ya he tenido esas mañanas. Tengo una esposa que me hace muy feliz. Los hijos que tengo, son gente de bien; comienzan a formar sus respectivas familias y observo que a sus hijos también los conducen por caminos positivos, de provecho. Son felices a su manera y a su estilo, porque cada uno ha hecho lo que mejor ha creído, lo más prudente, desde su propio punto de vista. Todos han desarrollado su personalidad dentro de lo que siempre esperamos de ustedes tu madre y yo. Esas fueron mis mañanas soñadas de niño.

»Lo que viva más allá de esto, será extra. Soy feliz, estoy feliz y eso nadie me lo puede quitar...

Su respuesta en el momento me disgustó. La creí una falta de deseo por vivir. ¡Qué cosa más absurda! ¡Me faltaban unas horas para entenderlo!

Cuando murió aquella noche, al verlo tranquilamente recostado, sus palabras resonaban dentro de mí. Fue entonces cuando entendí su lección –mi papá seguía charlando conmigo, seguía aleccionándome–. Hasta ese momento supe que el objetivo de la vida es ser feliz, no sólo estar vivo. Existir no basta, hay que darle contenido... y eso es cumplir consigo mismo.  

Cuántos no habrán pasado por la vida sin llegar a conocer la felicidad. Cuántos no habrá que jamás vivirán una mañana como las soñadas.

Son unos cuantos los privilegiados que logran lo deseado. Sólo unos pocos son los que alcanzan lo que siempre esperaron. La mayoría, absurdamente, nos peleamos con el mundo, esperando se haga lo que nos gustaría, sin ver que a nuestro derredor hay tantas cosas que nos ofrecen felicidad... ese es, precisamente, el único tesoro, la única fortuna, que vale la pena encontrar.

Papá lo logró, a su manera, incomprendido por muchos de nosotros, pero él tuvo lo que quiso... y además, nos lo dio a sus hijos.

Adiós papá,

tu hijo Enrique,

…a siete meses de tu muerte física, porque no morirás mientras alguien te recuerde... y yo charlo siempre contigo en mi corazón.

 

 

(Diciembre de 1986)

 

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