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01:53h. Lunes, 26 de Junio de 2017

Working Class Zero

Andrés Baldíos

Fue al trabajo muy temprano. Llevaba más de diez años en aquella fábrica: el arquetípico empleado viviendo a la merced de su jefazo y sus horarios, estropeado de manos y espalda por hacer el trabajo de las máquinas. No se le permitía llegar tarde al trabajo (¡nunca!), pasara lo que pasara, o su salario se vería en riesgo de ser reducido a pizcas insuficientes para la supervivencia. (Pero a él y sólo a él en específico; siempre existe el empleado electo para la satisfacción tiránica del dominante). El jefazo siempre se le acercaba en casi cualquier momento para estropearle la vida con la exaltación de su poder, como si esa fuese la verdadera labor de las cabecillas empresariales; siempre al tanto de sus detalles para infringirle amenazas extraídas de su maldita manga. Sus tonos de asechanza eran de una cordialidad aterradora, como tratando de tranquilizarlo con el hecho de que debía configurar su existir bajo la dependencia hacia los débitos.

Así fue como el desdichado trabajador (el jijo menesteroso de su fregada madre), inmiscuido en la rutina totalitaria de su trabajo y atosigado por su perpetua falta de actitud y autosuficiencia, falleció un día a causa –simple y sencillamente– de la restricción.

En su funeral, la mayoría de sus seres queridos habían faltado por causas de trabajo. Ante los pocos presentes, el sacerdote hizo una pregunta a modo de apertura para el doliente discurso: ¿Qué hizo este hombre en su vida, damas y caballeros? Pero el jefazo del difunto, quien había asistido sin falta, se puso de pie y resaltó ante todos con el engreimiento de los superiores (sin nada más por hacer que exaltarse ante los necesitados): trabajó para mí.

Lo siguiente fue un silencio que se mofó de los demás presentes.

 

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