Es Lo Cotidiano

La madre negada

Sergio Inestrosa

La madre negada

A Héctor Gómez Vargas

Sara Hernández tiene ahora un poco más de ochenta años y ha sido muy generosa al abrirme las puertas de su casa y de su vida.  He tocado a su puerta y le he explicado que soy profesor de la Universidad de Colima y que estamos haciendo un trabajo nacional sobre la historia de vida de la gente sencilla de la región y a mí me asignaron este pueblo modesto que todo mundo confunde con el Comala de Pedro Páramo. Mi única condición fue que si ella aceptaba contarme su vida, tendría que ser lo más honesta posible a mis preguntas y con sus recuerdos.  Ella accedió a serlo, su única condición fue que no editara ninguna de sus respuestas, por duras que parecieran. 

Hoy es sábado, el día acordado para celebrar la entrevista. Tengo conmigo mi Iphone con el que grabaré sus  palabras para no perder detalle alguno. De esta forma podré concentrarme más en sus gestos, en ese lenguaje corporal que muchas veces dice más que las palabras.

Estamos en el patio de su casa; es un patio amplio y lleno de flores. Es de tarde y aunque hace calor, es el mes de mayo, de cuando en cuando una leve brisa fresca nos toca al bajar del volcán de Fuego rumbo a Colima.  Antes de empezar me ha traído una taza de café y después se ha ido al baño.

Ella acaba de contestar a mi primera pregunta diciendo que en verdad nunca amó a ninguno de los hombres que tuvo en su vida y que ahora ya está muy vieja para el amor. Que el ardor amoroso es algo que debe ocurrir durante la juventud, pero ya de vieja sería una estupidez. Inmediatamente me dice que reconoce que cometió en su vida muchos errores y que el peor de todos fue, sin duda, el haberse ido a los Estados Unidos dejando a sus hijos pequeños, pues pese a que ella les ayudó desde el primer cheque recibido, ellos jamás le perdonaron su ausencia, esa sensación de abandono con la que crecieron y que los ha distanciado de ella casi por completo ahora que ha regresado a Comala. 

Sara me explica sin ninguna duda que dos motivos fundamentales la obligaron a marcharse en 1974, el primero fue la urgencia económica. Vivían una situación muy precaria pese a que ella trabajaba en una fábrica de ropa, pero ganaba apenas el sueldo mínimo, que no ajustaba para completar los gastos de los pagos de la casa, la comida y el tener a los hijos en la escuela. “Hijo que estudia sale caro y además no ingresa dinero a la casa”, me dijo con toda tranquilidad. La segunda razón fue la creciente desafección que sentía por el que en aquel momento era su marido. “Pese a ser un hombre bueno, a mí se me fue muriendo todo desde adentro y un día me encontré que aquella vida era intolerable, a pesar de que por esos días mantenía una relación con otra persona sabiendo que lo arriesgaba todo, tal vez incluso la vida”. 

¿Un amante?, la increpé. “Si lo quiere llamar así”, me contestó secamente. “Yo lo llamaría un respiro”, añadió.

Ni el recuerdo de aquel amante transitorio, ni la reacción violenta de su marido (ahora muerto) al enterarse que ella había rehecho su vida en los Estados Unidos, ni las habladurías de la gente la mortificaban. Sin embargo me confesó que le dolía mucho el rechazo de sus hijos, esa sensación de condena que sentía cuando venían a verla o, peor aún, cuando no venían por largos periodos. Esas ausencias tan prolongadas decían más que mil palabras. “Se pueden pasar meses sin venir e incluso sin siquiera llamarme”, me dijo con desconsuelo, “pero allá ellos”, añadió resignada. Y continuó como hablando para ella misma “Sólo vienen cuando necesitan dinero, todos ellos piensan que tengo mucho dinero ahorrado en el banco y desean echarle mano para despilfarrarlo como despilfarraron lo que les dejó su padre al morir.  Sólo están esperando a que me muera para rematar la casa que con tanto esfuerzo he construido”.  

Después de un rato, Sara me ofreció una coca cola que sacó del refrigerador y me la puso en una mesita donde todavía quedaban restos de un café frío; desapareció por unos minutos y después regresó con una bolsa de plástico en la que guardaba muchas fotos; en una de ella estaba ella cuando tenía trece años, vestida de india para celebrar la fiesta de Corpus Christi; me mostró otras de su madre, fotos de ella en los Estados Unidos, algunas con quien fuera su marido en aquellas tierras; fotos de ella con sus hijas en Los Ángeles o en Las Vegas. 

A mi pregunta respondió: “algunas de mis hijas parece que al fin me han perdonado o al menos lo fingen más o menos bien; pero no todas. Lo que más me duele es el rechazo de la más pequeña que piensa, que dice, que yo las abandoné y que por ello no me puede ni ver, pues siente repulsión al verme. Y a lo mejor tiene razón, pero lo que ella no entiende es que tenía que hacerlo, qué no había de otra, que si no me hubiera ido habríamos perdido la casa y que el hogar de todas formas se habría disuelto porque yo ya no aguantaba más al que era mi marido; mi vida en aquellos años no era más que trabajar y parir hijos, hijos que aunque me duela decirlo, eran fruto del desamor”.

Después de un rato de un profundo silencio como si pasara por su mente la película entera de su vida, Sara añadió. “sabe usted una cosa, señor, tanto la pobreza como la falta de amor son insoportables”, y dio por terminada la entrevista.  

Antes de despedirme le prometí que le pasaría a dejar una copia de la misma para que ella supiera lo que pensaba publicar.  “No se moleste, a lo mejor para ese entonces ya no estaré viva; sólo recuerde su promesa de ser fiel a lo dicho, no me vaya a censurar, no me parecería justo”, añadió tendiéndome la mano.  Después me acompañó a la puerta de salida, que cerró detrás de mí.

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