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19:54h. Viernes, 21 de Julio de 2017

Cien películas para una vida [Fin]

Rafael Cisneros

 

Es imposible hacer una buena película sin una cámara
que sea como un ojo en el corazón de un poeta.

Orson Welles

 

Si puede ser escrito o pensado, puede ser filmado.
Stanley Kubrick

 

El cine crea y destruye, porque es el ‘dios’ de las supersticiones y leyendas. Es la gran manifestación identitaria donde cualquier posibilidad logra tomar la forma de una historia motriz. El cine es la interminable variación de la realidad que exige el ser humano para confirmar, no solamente la existencia de casos ajenos y de sí mismos, sino la vulnerabilidad y disposición ante las variaciones que ofrece la vida que hemos creado para nosotros, ya sea por superviviencia, placer o azar.

Aquí concluyen mis recomendaciones, con toda disposición y cariño. No existe tal cosa como una ‘Mejor Película’ generalizada y obligatoria, pero lo puede haber para el individuo, así como un padre, un amigo o una pareja que elegimos para el resto de nuestras vidas. El individuo es capaz de elegir los clásicos que definirán su existencia y su cultura, sus hábitos y hasta sus modismos, sus formas de contemplación y apreciación, así como su sentido de vida. Los dejo con la última parte de mis Cien Películas para Una Vida. Espero hayan disfrutado la lectura tanto como yo disfruté hablar de cada una de estas bendiciones. Disculparán los excesos de emoción que transcribí en cada una de ellas, pero también entenderán que se trata de algo que, como he dicho antes, definen mi existencia por completo. He aquí, mis 5 películas favoritas de todos los tiempos.

05. WITHNAIL & I (1987) de Bruce Robinson

Afamada y amadísima película de culto, me confirma una realidad que me reconforta: los británicos son los mejores para hacerte reír, carcajearte en realidad, al tiempo que son capaces de contar historias profundamente tristes con ejemplar sutileza narrativa. Los ingleses, sabemos de sobra, son una maldita maravilla. Tienen la mejor música (la verdaderamente invasora), las mejores comedias, muchos de los más grandes autores (¡Dickens! ¡Presto! ¡Dicho y hecho!) y the greatest wines available to humanity. No es de extrañarse que su cine contenga tal cantidad de joyas de culto que, por sí mismas, llegan a ser pioneras de este género predilecto por las contraculturas. Y qué mejor cultura que la de un par de desempleados buscando pasarla, no bien, sino tranquilamente al tiempo que pasan por las más deplorables crisis personales.

Es 1969 en Camden Town, Londres. El final de la mejor década de la humanidad se acerca, como se afirma en la cinta. Un exasperado ‘I’ (Paul McGann) no puede con el peso de su mundo. Su amistad con Withnail (Richard E. Grant), un alcohólico, maldito cobarde, hablador ególatra, y un individuo totalmente carismático y comprensible para nosotros, no le hace la vida más fácil. Ambos son actores desempleados que yacen en espera ansiosa de una oferta de trabajo (algún comercial de cigarros, alguna película, ¡alguna jodida obra de teatro, maldición!), pasando el rato entre la podredumbre de su descuidado apartamento, los pubs más cercanos (por peligrosos que estos sean) y a colocarse junto a uno de los drogotas predilectos del cine, Danny (Ralph Brown). Mientras la oportunidad llama a la puerta, deciden seguir la línea narrativa que hayamos en las típicas historias de terror: pasar una linda semana en la amplitud del campo en una cabañada amablemente prestada por el tío de Withnail, Monty (Richard Griffiths), sin saber que estarán a punto de meterse en una pesadilla. Y es de verdad terrorífica para ellos, ya que ambos rozan en la absoluta inutilidad (o al menos en intentos fallidos por su neurótica torpeza) y no son capaces ni de encender un horno o desplumar a una gallina. Viéndose rodeados de campiranos que no son tan amables como en las novelas clásicas (drinking cider, discussing butter), y en su momento por el raving homosexual del tío Monty que se la siente con ‘I’, ambos se aventuran en vacaciones accidentales que después de todo no necesitaban, menos si la buena intención de relajarse iba a resultar peor que la dura cotidianidad.

Con el guionazo de Bruce Robinson y actuaciones que rebasan la perfección naturalista (sonará extraño, pero ningún personaje se siente fuera de lugar u ostentoso, sino con un equilibrio que hace amar cada uno de sus defectos; ¡y ellos son puro defecto!), Withnail & I rompe las barreras del tiempo y el espacio para convertirse en una cinta para la eternidad de las contraculturas, de esos círculos donde el patetismo es inevitable y debe exprimirse algo de ello, donde el revolcarnos en nuestra propia vergüenza puede funcionarnos como la mejor de nuestras armas.

Lo que realmente fascina de Withnail & I es su auténtica seriedad en materia detrás de cámaras. Bruce Robinson dirigió a los actores como si se tratara de un drama. Cuando vemos frustración por parte de los personajes, es porque realmente se le indicó al actor que pasaba por una crisis real, seria, consternante. He ahí la magnífica estrategia que, creo yo, sintetiza el sentido de la comedia: muchas veces las situaciones reales son risibles al punto de lo absurdo, lo que desencadena las consecuencias cómicas que caracterizan al patetismo humano. En este caso, los protagonistas salen constamente lastimados, y esas consecuencias sirven todo el tiempo de aporte para desarrollar la parte risible de la situación, así como la personalidades, inquebrantables, que no inamovibles, ya que son tan capaces de cambiar al final de la cinta como mantener al tiempo la química que tanto les celebramos.

Withnail & I es, en profunda y humilde opinión, the greatest comedy available to humanity, no porque sea la cinta más citable del planeta, no porque cada escena es memorable, no por las actuaciones y el mentado guionazo. Digo, sí es por todo lo anterior, pero porque también entiende perfectamente de lo que está hecha la carcajada: desesperación.

04. FIGHT CLUB (1999) de David Fincher

Es casi un cliché colocar a Fight Club como predilecta en las más estricta actualidad, ya que no solamente forma parte de la cultura aspiracional del millenial y su cult-following ha rebasado lo mainstream, sino porque sus planteamientos de adicción al consumo y liberación del establishment es tan sonado como un meme. Pero el hecho de que una película sea tan accesible (o mejor dicho, tan vista) no significa que presente una deficiencia en su contenido, o que su simbología luzca obvia para los más exigentes, pues experimentar la catársis que manifiesta en cada una de sus escenas es siempre una novedad para quien la descubre y un ascenso anímico para quien la vuelve a vivir. Digo, The Beatles son la banda más comercial de la historia de la humanidad y esto no les quita una sola miga de mérito musical. Son la banda más vendida porque, en efecto, son la mejor banda que ha existido. El motivo por el que Fight Club le hable a tanta gente es, creo yo, porque forma parte de las aspiraciones más difíciles de llevar a cabo: la liberación catártica y la convicción sagrada del individuo que trasciende a sí mismo y hace de su anarquía una realidad, librandose al fin de las prisiones cotidanas que él mismo se forjó para su mentado bienestar. ¡Vaya, sé que Bill Hicks abría amado esta cinta!

Fight Club salió en un año clave: 1999, fin de siglo, inicio de una década ahogada en absolutamente todo lo que plantea la cinta, toda esa profundidad que se ha explorado hasta el cansancio; mas no hasta el agotamiento. La cinta es interminable en ejemplificación y aplicación de toda vía hipermoderna que pueda estudiarse.

Basada en la novela homónima de Chuck Palahniuk, narra la historia de un insomne tratando de resguardarse en las comodidades de un vida ejemplar atestada de gratos productos caseros. Al hallarse perdido en una insaciable rutina, encuentra alivio y sustento en una adicción particularmente extraña: idas a grupos de rehabilitación para personas con enfermedades crónicas que varían desde parásitos en el cerebro hasta cáncer en los testículos. Abruptamente topa con Marla Singer, una adicta a los medicamentos y el cigarro con tendencias suicidas. A partir de aquí, su mundo se desborda a un nuevo insomnio que solamente le guiará al encuentro de su “amigo” más cercano: Tyler Durden, un misterioso ambulante que se gana la vida vendiendo y fabricando jabones con grasa humana, un “hombre libre” con ideologías radicales sobre las debilidades del consumidor. Ambos crean un círculo terapéutico bastante provechoso que titulan “El club de la pelea”, en el que los miembros deben confrontarse en una pelea limpia para desahogar las devastadoras rutinas y encontrarse a sí mismos bajo ciertas reglas enunciadas por Tyler (reglas que ya son una especie de proverbio occidental). Cuando las cosas comienzan a salirse de control y Tyler arma su propio ejército antes de desaparecer de la faz de la tierra, el insomne trata de averiguar el origen de la formación del fenómeno que se ha incrementado en todo el país. Una vez en el confuso viaje, se encuentra “literalmente” consigo mismo: dobles personalidad debido a sueños frustrados. El encuentro se da, y el resultado es uno de los más grandes desenlaces de la historia del cine: la conquista de la personalidad devastada, la liberación del caos y la destrucción masiva de la propiedad privada.

El carácter destructivo de Tyler Durden podría ser comparado con un anarquismo llevado a la violencia extrema con grandes aires a las ideas de Walter Benjamin: el carácter destructivo se define por su bondad, que es el hacer espacio, el desechar lo que no sirve o lo que no hace falta (sea objeto o humano), descartar lo obsoleto sin desviarse a crueles principios pero sí a severos ámbitos de la realidad social, política, espiritual y artística. En la película, esta aptitud se toma muy literalmente (que es de lo que más fascina al espectador), y Tyler Durden bombardea los centros de comunicación acaudalada y ataca los íconos cotidianos con violencia organizada, él mismo transformándose en ícono de su propia religión, en latido de su propia violencia. Tyler no presta importancia a los productos comerciales y puede hacer lo que le plazca, transformando a capitalistas en individuos que siguen una liberación anímica y cultural, y que más tarde se convierte en un ejército antisocial con reglas estrictas de supervivencia (la contradicción del ser humano siempre al tanto de las circunstancias; hasta el caos tiene sus reglas y estrategias). Se crea para luego destruir y tener excusas para amplificar la creación: el circuito por el que la humanidad procede en sus quehaceres. Tyler Durden demuestra que, en efecto, creamos dependencias para probar nuestra dignidad y verdadera valía (muy a pesar de que nadie somos especiales), ¿cómo?, virando en contra de ellas, saciándonos de contemporaneidad para luego oponerse a sus limitantes y encontrarnos a nosotros mismos en el otro extremo. No es de extrañarse que la insatisfacción y la búsqueda sean fuertes y activos instintos humanos, deseando estar un lugar diferente al que se está, y una vez estando en ese lugar supuestamente predilecto, optar por otra cosa. Insaciables intermimentes, nostálgicos melancólicos, consumidores desesperados por amor e identidad, individuos ensimismados, creadores difundiendo exterminación, entidades que añoran la inmortalidad o reclusos que en realidad no lo son y se deciden por la secrecía y la intimidad absolutas. Tyler Durden es el gran héroe de todos porque, como resulta en la cinta, él es todo lo que quisieramos ser. Y a fin de cuentas qué es Tyler a los ojos convencionales y cotidianos: un criminal. Los criminales, acorde a sus niveles, siempre serán nuestras más profundas aspiraciones.

En fin, podremos escribir libros enteros (ya se han hecho) respecto a todo lo que esta cinta significa para la cultura hipermoderna. Yo tuve la fortuna de vivir Fight Club en sus épocas donde era fascinante pero no del todo tolerable en materia mainstream, en ese I saw it before it was cool. Eso no me hace especial en absoluto. Tampoco a quienes la vieron después. Nosotros no somos especiales, ni únicos, ni siquiera pertenecemos a nostros mismos. La película sí lo es, y se ha ofrecido a pertenecernos como el mal necesario que hace temblar a nuestras aspiraciones o nos define como pertenecientes a la cultura de la necesidad. La película ES el gran tótem cinematográfico de este siglo que inicia, ¡y cómo se agradece eso!

03. MAGNOLIA (1999) de Paul Thomas Anderson

Es difícil describir una cinta en la que sucede todo. TODO. En donde todos los sentimientos posibles se alinean con tal fuerza que sobrepasan lo bíblico en la obra maestra de Paul Thomas Anderson. Él mismo la refirió como la mejor película que hará en su vida, para bien o para mal.

La primera vez que vi Magnolia es, en realidad, cada que la retomo. Tengo los mismos espasmos y la misma cantidad de adrenalina cada que vuelvo a visitarla.

La historia de Stanley Spector, Jimmy Gator, Rose Gator, Frank T. J. Mackey, Phil Parma, Linda Partridge, Donnie Smith, Jim Kurring, Earl Partridge, y demás personajes que interactúan en un día de sus vidas, donde todas las sensaciones colisionan a tales grados que la unificación de historias crean un fenómeno natural y emocional que les cambiará la vida. Desde segundas oportunidades a fuertes confesiones (cartas sobre la mesa), de revelaciones anímicas a rebeliones personales, Magnolia es por excelencia la mejor película que existe sobre historias cruzadas. Esto se logra gracias a que su narrativa fluye dentro de tres elementos que construyen nuestras vidas: la casualidad, la suerte y el azar, y ahondando en los vínculos familiares, el hecho de que todo sucede por algo, a pesar de esta tríada de elementos. Magnolia denota que, contrario a algunas creencias teológicas, no estaremos unificados como una sola energía vibrante, pero sí como un efecto que llega directa e indirectamente a vidas cercanas y lejanas a nosotros.

Su lenguaje técnico llega a tales grados de impecabilidad que a pesar de tener más de diez protagonistas, no hay un instante de flaqueza o sobra, nada gratuito, nada fuera de lugar, y cada historia mantiene su respectiva esencia que permite fortificar la trama. No parecieramos brincar de una escena a otra, más bien retomamos instantes en la desesperación de cada personaje que fluye acorde al momento de otro, complementándose inquietantemente bien.

Con Magnolia confirmé que nuestro azar es nuestra auténtica unidad, y que estando todos conectados en los misterios de una vida donde cualquier cosa es posible y plausible, podemos formar parte de una sola historia, sólida y memorable.

Recordaré siempre las palabras del pobre Donnie Smith, ensangrentado de boca luego de una terrible caída: “Tengo mucho amor para dar, sólo que no sé dónde ponerlo”. El amor que pueda contener yace, precisamente, en todo cuanto puedan dar cada unos de los personajes que hacen de Magnolia la tercer gran película de mi vida.

02. AMADEUS (1984) de Milos Forman

A partir del minuto 3:30 del video que sigue este párrafo (justo a partir de ahí, cuando los enfermeros entran por unas puertas enormes, cargando en camilla al demente protagonista de la cinta, y la cámara los sigue hasta elevarse y mostrarnos el manicomio mientras de fondo escuchamos la Sinfonía No. 25 en G Menor de W. A. Mozart, al final de su primer ciclo), supe inmediatamente que mi vida tendría un antes y un después.

Recuerdo haberla visto a los 13 años. Mi hermano y yo teníamos como punto de referencia un cartel que se incluyó en un número de la revista CinePremiere. En el cartel se exponían todas las películas ganadoras del Oscar por Mejor Película de 1928 hasta esa fecha (1999) con un poster incluído para cada una. El nombre de la cinta que yacía en la posición del año ’84 me resultó fascinante y misterioso, además de que su poster ayudó bastante en darle preferencia. Recuerdo que dibujaba la imagen una y otra vez, y pasaría un tiempo antes de poderla ver y darme cuenta que la figura misteriosa del poster era el padre fantasmal de Mozart, representado en su afamada obra Don Giovanni, parte fundamental de la historia. A partir de mi primera vista, me volví profundamente adicto a la cinta. Hubo una ocasión en donde la vi durante el desayuno sólo para volverle a dar un repaso en la comida y la cena. Hubo otra ocasión donde la vi todos los días durante 2 semanas, sin falta, 14 días de sólo Amadeus. Como obsesivo del cine, no miento al compartirles la locura de que, desde mis 13 años hasta la fecha, fácilmente he visto la película cerca de 120 veces, muchas de ellas confirmadas por registros que yo mismo hice o por testigos directos (mi hermano, mis padres, mis amigos). Es la película que más veces he visto en mi vida.

El gran equipo fílmico de Milos Forman, Peter Shaffer, Saul Zaents, Sir Neville Marriner, Miroslav Ondricek, Patrizia Von Brandenstein, Theodor Pistek, Twyla Tharp y compañía, así como junto al inmortal elenco cimentado por F. Murray Abraham, Tom Hulce, Elizabeth Berridge, Simon Callow, Roy Dotrice, Jeffrey Jones, Christine Ebersole, Charles Kay y compañía, construyen la historia definitiva de Wolfgang Amadeus Mozart, en la película que nadie ha podido o siquiera se ha atrevido a superar. Diría el Nostalgia Critic: hay bastantes adaptaciones de la vida de Beethoven, pero sólo hay una de Mozart, la ficticia, la interpretación de Peter Shaffer, que ha hecho lo que considero como el guión más perfecto jamás concebido, donde sus descripciones musicales llegan al nivel de la literatura que aspiraron grandes clásicos y autores contemporáneos. Nadie como un apasionado como Shaffer para componer tan extraordinarias palabras.

Antonio Salieri, un viejo compositor de la corte, a plena vejez y olvido, aún carga con la pena de haber asesinado (supuestamente) a Mozart. Luego de un intento de suicidio, es internado en un manicomio (a la vieja usanza) y tiene la oportunidad de la gran confesión de su vida. Así, nos cuenta la historia de su unísona y profunda admiración y envidia hacia ‘the creature’, un Mozart que desde siempre lo imaginaba como un vocero de dios y, conociendo a fondo su excéntrica personalidad, lo transformó mental y anímicamente en su peor enemigo. Quienes han visto la cinta conocen sus grandes escenas: el estreno de Don Giovanni, del Ave del Seraglio, la Flauta Mágica, y Mozart delante dirigiendo la orquesta; o el famoso dictado entre un Mozart moribundo y un Saliere insaciable, o el primer encuentro entre ambos cuando Mozart humilla descaradamente a Salieri frente al rey de Austria, o cuando Salieri aprovecha una oportunidad fúnebre para atormentar a Mozart e iniciar la composición del Réquiem o... ¡toda la jodida película!

Aunque en vida real Salieri estaba en buenos términos con Mozart y no hubo en realidad conflicto alguno, la libertades narrativas de la cinta (y primero de la obra teatro), forjaron el gran biopic musical de todos los tiempos. Probablemente cuando terminen de leer esto, yo ya me encuentre sentado en casa, viéndola una vez más, y así hasta el fin de mi vida.

01. BARRY LYNDON (1975) de Stanley Kubrick

Aunque 2001: A Space Odyssey es el tótem por excelencia del cine (una cinta entreflotanto a cada cinéfilo como un ojo que todo lo ve y un infinito fijo en su rumbo como una gran verdad universal), Barry Lyndon es, sin titubeo alguno, la película de mi vida.

Lo primero que viene a la mente a quienes conocen la cinta, inevitablemente, es su afamada fotografía, realizada gracias a la tecnología de los lentes Zeiss de 50mm, con una impresionante apertura de 0.7 en diafragma que permitió hacer tomas a la luz de las velas, sin requerir de luces artificiales (de hecho, fue durante el día cuando las luces podían manipularse a través de las ventanas, las noches fueron casi exclusivas del fuego). Pero aunque la técnica innovadora de la cinta es su elemento más notable, lo que me fascina es su línea narrativa objetiva, casi a modo de documental, donde se exploran los rasgos y capacidades de un muchacho ordinario, oportunista y con aspiraciones cambiantes acorde a su situación, que son en realidad los rasgos generales de la Raza Humana.

Con los cambios habituales en las adapataciones de Kubrick, la historia del irlandés Redmond Barry, originalmente explorada de modo subjetivo en la novela de William Makepeace Thackery, se convierte en el auténtico documento cinematográfico que sintetiza el comportamiento social universal, mostrándonos a Barry como un personaje totalmente acorde a cada una de nuestras posibles etapas, planteadas acorde a posibles decisiones que tomamos a lo largo de nuestra vida. La historia de toda una vida de ficción (o al menos hasta donde nos lo permite el incidente que da cierre a la película, donde Barry pierde uno de sus miembros para luego emprenderuna vida lejos de nuestras vistas de audiencia) fluye como la vida misma. Redmond Barry llega a amarse, compadecerse, admirarse, odiarse y comprenderse, ya que no se trata de ningún superhombre, ningún antihéroe, ni siquiera un héroe digno de sus circunstancias, sino el humano aspiriacional cotidiano, que a lo largo de su vida emprende viajes y etapas con el riesgo, esperanza y suerte de convertirse en algo temporal o permanente.

La película más visualmente hermosa de la Historia, el mejor complemento de (quizás) el relato ficticio más objetivo que jamás se haya filmado, Barry Lyndon es mi más querido tótem, mi más arduo ejemplo, mi más conemplativa predilección, mi materia más estudiada, mi temática más explorada, y mi más amada película de la historia de mi vida, al menos hasta donde hoy se me ha permitido llegar. De todas las cintas existentes en este mundo, ésta es la que mandaría al espacio, en caso de que alguien o algo allá arriba tenga curiosidad de conocer a la Raza Humana.

Y porque me faltaron muchas de las que espero hablar en alguna ocasión, he aquí algunas menciones honoríficas, una buena docena de postre, ya para irnos todos a ver una película tras otra:

COME AND SEE (1985) de Elem Klimov: Historia de guerra que no parece provenir de la visión cinematográfica, sino de una auténtica pesadilla onírica, manifestada a modo de película. Horrendamente espantosa: una joya requerida para la humanidad. Me arrepiento tanto de no haber hablado de ella, una cinta que perfectamente cabe entre las 20 mejores que jamás he visto (digamos que yace invisible en el top). ¡Se me fue por tarugo!, pero espero hallar otra ocasión para hablar de ella, aunque lo más probable es que ya todo esté dicho sobre esta majestad.

DR. STRANGELOVE (1964) de Stanley Kubrick: La gran comedia entre el desenfreno y la crítica social, innegable en el acervo de aquel que desea explorar la época de la Guerra Fría y divertirse como nunca de sus percances.

A HOMETOWN IN HEART (1949) de Yong-Kyu Yoon: La tristísima pero vibrante y tierna historia de un pequeño niño budista que ansía el amor maternal, el cual encuentra en una dama de alta categoría, ansiando ofrecer amor maternal.

THE NIGHT OF THE HUNTER (1955) de Charles Laughton: Thriller psicológico de impecable fotografía y de actuaciones memorables, nos deja con algunas de las escenas de mayor suspenso del Cine así como uno de sus grandes villanos.

PICNIC AT HANGING ROCK (1975) de Peter Weir: Más pareciera un picnic en algún triángulo de las Bermudas terrenal, con desapariciones e interacciones que alcanzan extraordinarios niveles narrativos. Misteriosa como niebla.

LILITH (1964) de Robert Rossen: Esquizofrenia y romance, química y obsesión,  una cinta que tiene la desgracia de no ser muy vista, pero profundamente valorada por quienes la hemos hallado. Demencia romántica: otra joya.

THE PIANO TEACHER (2001) de Michael Haneke: Basada en la novela de una de mis diosas, Elfriede Jelinek, la historia de Erika Kohurt y su obsesión por satisfacción carnal es de las historias más apocalípticas que pueden ver.

CHIMES AT MIDNIGHT (1966) de Orson Welles: La mejor cinta shakespeariana de toda la Historia, Orson Welles hace de Jack Falstaff uno de los personajes más amados y entrañables, como un mejor amigo buscando nuestra sonrisa.

THE EARRINGS OF MADAME DE... (1953) de Max Öphuls: La película europea más perfecta que existe, con la narrativa tan detalladamente estructurada de los cuentistas clásicos como Chéjov o Maupassant, todo un doctorado en cine.

MARAT/SADE (1967) de Peter Brook: La mejor ejemplificación del teatro unido con cinematografía, la sublime historia del Marqués de Sade dirigiendo a sus colegas de manicomio en una vívida representación del legendario Marat.

BARON PRAŠIL (1961) de Karel Zeman: La mejor ejemplificación de la animación unida con cinematografía, y para mí la mejor versión del Barón Munchausen y sus aventuras por la cosmogonía del montaje a mano.

THE BLUES BROTHERS (1980) de John Landis: Ni Saul Bellow ni The Dark Knight hacen de Chicago tan chingón como lo hicieron el equipo de John Landis, John Belushi y Dan Aykroyd a principios de los 80’s. ¡Oda musical al desmadre!

 

FIN
THE END
FINE
KONEC

 

 

 

 

 

 

***
Rafael Cisneros
(León, Guanajuato, 1988) es escritor y cinéfilo. Ha producido, dirigido y editado numerosos videos para publicidad, grupos pop y cortometrajes artísticos. Ha publicado, bajo varios seudónimos, numerosos cuentos.

 

 

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