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CUENTO

El sueño de Kurt Vonnegut

Óscar Luviano

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El sueño de Kurt Vonnegut

Kilgore Trout, en traje de astronauta, desciende en Biafra en 1979, en los días de la hambruna. No había razones para el aterrizaje, pero el momento había sido diseñado de esa manera.

Después de evaluar los alrededores a través del visor de su casco, Kilgore Trout tiene una teoría para explicar la falta de alimento que asola a la pequeña república centroafricana: alienígenas.

Por doquier encuentra chozas llenas de extraterrestres malignos… Si bien lucen tan cansados y llenos de moscas y la desolación que han provocado, se dice el viejo escritor de ciencia ficción devenido en astronauta, eso debe ser fruto de la telequinesis o de algún artilugio de avanzada e intangible tecnología.

Se trata de seres con vientres como globos y costillares de perro muerto. Sus rostros parecen confeccionados por alguna deidad que no tuviera el mínimo sentido de la decencia. En su diseño se ha dejado la piel por dentro y los cráneos por fuera. Contemplan con ojos que, lejos de mirar, escupen justo en el centro del alma.

Al notar el desprecio de Kilgore Trout por estas criaturas, un soldado con el cargador de su rifle vacío deja su puesto de guardia en los trigales reducidos a ceniza, y encara al astronauta: “No son seres de otra galaxia; son nuestros niños. Lo son aunque las moscas entren y salgan de sus bocas; a pesar de su espanto, sabemos que son nuestros niños: reconocemos su llanto. Escúchales, y también te darás cuenta”.

"¡Que lloren!", demanda Kilgore Trout, quien ha escuchado como quien da la hora las estridencias más viles del cosmos. El astronauta se quita el casco y escucha el llanto de los niños hambrientos de Biafra.

Tras unos segundos es como si el tiempo no pudiera volver a andar, como si el mundo pendiera sobre relojes herrumbrosos. El llanto estremece a Trout como si las rocas mismas lo masticaran. No son gritos, no hay lágrimas: sólo el débil rumor de algo que se desvanece. Se siente tan miserable que no tiene fuerza para tomar en sus brazos y mecer al más pequeño de los niños hambrientos de Biafra, y pide perdón.

El soldado le dice que no hace falta pedir perdón, no a un biafrano. "En Biafra, si tropiezas en la calle con las madres que agonizan con los pechos secos como piedras, o con el misionero que reparte los escasos puñados de arroz, serán ellos quienes te dirán 'Usted disculpe', pues aquí entendemos que la vida es un daño que no se debería infringir a ningún animal, ni siquiera a los ángeles".

“¿Qué podemos hacer para que dejen de llorar?”, pregunta el astronauta. El soldado sin munición le dice adiós, y se va a seguir con su guardia inútil entre los campos arrasados por el fuego de las tropas de Eritrea, bajo los círculos que trazan los buitres a la espera de los despojos.

“¿Para qué recargar el arma, astronauta? No se puede disparar al hambre, no se puede evitar su deleite con los huesos triturados, pero montaremos guardia, astronauta; hasta el último de nosotros montará guardia. Anda y vuélvete a las estrellas, astronauta, y diles que no saben nada de nosotros, que no imaginan hasta dónde, que nunca sabrán hasta cuándo”.

Pero Kilgore Trout no regresa a su cohete ni a las estrellas: quiere que los niños dejen de llorar.

“Si tuviese un traje de astronauta para cada uno”, se dice, “Si pudiera darles el agua destilada en los blancos laboratorios de la NASA, si pudiera compartir con ellos mis tubos de carne deshidratada”.

Las provisiones del astronauta no alcanzan para todos los niños. Se desvanecen como vapor. Cuanto resta a Trout es tender sus manos vacías hacia los niños de Etiopía, para que comprueben que nada queda.

Entonces, uno de los niños se acerca y toma uno de los dedos enguantados del astronauta, y deja de llorar. Y otro niño toma el dedo siguiente, y deja de llorar. Y otro, y otro, y otro; y dejan de llorar. A Kilgore Trout le parece que le han salido tantos dedos como a las anémonas, pues cientos, miles de niños cuelgan silenciosos de sus manos.

Aturdido, no acierta a moverse, pero ve algo en esos ojos que le mueve a la acción, a cualquiera. Y con una estela de niños hambrientos y silenciosos, el astronauta cruza la tierra quebrada, primero hacia el sur de Biafra, después hacía el norte de Biafra, como un árbol sin nombre que busca sus raíces en los páramos de la luna.




***
Óscar Luviano (Ciudad de México, 1968). Es narrador y guionista.

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