Viernes. 21.02.2020
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Fúmate un cigarro

Armando Gutiérrez
Tachas 347
Tachas 347
Fúmate un cigarro

Cuando fumábamos mota cerca de su casa ella salía y se ponía a barrer la banqueta y me miraba de reojo y decía entre dientes: No sé por qué no van a fumar su chingadera a sus casas, y yo me hacía pendejo y ella le atizaba con ganas a su cigarro y echaba la tierra hacía donde estábamos nosotros y yo mejor me iba con mi cerveza a la esquina y ella se recargaba en la puerta y se me quedaba viendo hasta que se consumía su cigarro y luego tiraba la bachicha y arriscaba la nariz y se metía, y yo aplastaba la chora y me iba y cuando ya casi llegaba a mi casa me hacía voltear el chirrido de unas llantas y veía que una patrulla se paraba en la esquina y todos mis amigos corrían hacia distintos lados y yo corría a mi casa y lo último que veía antes de entrar era a la señora parada de nuevo en la puerta, encendiendo otro cigarro.

No sé por qué la caía tan gordo, yo no gritaba y no era peleonero y no me orinaba en su barda como los otros, y sin embargo cada vez que pasaba cerca de ella murmuraba cosas y aventaba la colilla del cigarro con rencor, y por eso me iba a otras calles pero ella inexorablemente aparecía donde yo estuviera y fruncía su boca bajo un bigotito lacio y tupido y se tapaba la nariz ganchuda con sus dedos amarillos. ¡Qué pestilencia!, chillaba como arpía y me daba una rápida ojeada y con el dedo índice tiraba la ceniza de su cigarro y yo me largaba de ahí como perro apaleado, con la cola entra las patas.

Muchas veces quise que se tropezara o que un perro la mordiera, pero nunca deseé su muerte, y por eso cuando una mañana nos dijeron que había muerto me sentí un poco confundido. Sus familiares decían que la había matado el cigarro, yo estaba seguro que la había matado de un coraje. El día anterior a su fallecimiento se paró frente a nosotros y se puso a recoger unas ramas secas junto a un árbol grande bajo cuya sombra tomábamos y fumábamos a nuestras anchas, y entonces me miró de reojo y dijo entre dientes que ya la teníamos harta y también dijo algo de llamar a la policía, y yo no sé de donde me vino el valor y le contesté que se callara la boca pinche bigotona, y ella me miró de frente con sus ojos grandes y grises, sin poder creer que yo le estuviere gritando, y antes de que reaccionara la mandé chingar a su madre y me largué de ahí dejándola con un palmo de narices y todavía cuando llegué a la esquina volteé y le mostré el dedo medio bien extendido.

Pensé que al ya no estar la señora me sentiría aliviado, satisfecho, incluso feliz, pero no fue así. Me seguía juntando cerca de su casa y fumaba mota bien relajado a un lado de la ventana, pero a veces tenía la impresión de que la puerta se abriría y ella aparecía con su escoba, moviendo la boca como una sanguijuela y encendiendo un cigarro, y se recargaría en la puerta de su casa mientras amenazaba al aire con llamar a la policía, y yo me iba aturdido como si en realidad ella estuviera ahí y cuando volteaba a mirar la ventana cerrada sentía un vacío casi doloroso en mi estómago.

Con el tiempo dejé de andar de vago y me dediqué a pasar más tiempo en mi casa. Aquí transcurren mis días tranquilamente, y cuando miro televisión en la sala y me llega algún olor característico o alguna peladez, salgo al jardín y simulo checar que esté bien cerrada la puerta del barandal mientras digo para mí, en voz alta, como hablando para todos pero mirando de reojo a un mozalbete que de manera particular me cae gordo, que cómo no se largan a sus casas a fumar su chingadera, y al momento de dar la vuelta para regresar alcanzo a ver la sonrisa cínica del mozalbete que permanece en el mismo lugar y entonces amenazo al aire con llamar a la policía y él me mira de una manera tan desafiante que, intimidado, me recluyo en mi casa lleno de congoja, sabiendo que ese pelafustán vendrá mañana y todos los días a fumar su porquería y a gritar sus improperios frente a mi casa y yo tendré que cruzarme de brazos y tragarme esta situación una y otra vez hasta que un día ese mozalbete termine por matarme de un coraje.



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Armando Gutiérrez Méndez (León, Guanajuato, 1971. Es autor de los libros Apilados cráneos de mamut de piedra (Ediciones La Rana, 2006), y El rehilete (Ficticia Editorial, 2011). Premio Nacional de Cuento “Efrén Hernández” 2005 y Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2010. Ha participado en varias antologías.

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