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CUENTO

Purificación del Fuego

Alfredo Carrera
Tachas 347
Tachas 347
Purificación del Fuego

Veo tras bambalinas a una mujer que a su vez no deja de observarme. No parpadea. No descubro si me ve por morbo o por asco. Se lo he dicho a mi madre y me dice que no me ve a mí, sino a la fotografía proyectada en el escenario. Es el niño que fui antes del incendio.

No debería existir o en su defecto tendría que estar enmarcada en uno de esos anuncios con los que buscan a las personas que se han extraviado, a los que han secuestrado o a aquellas víctimas de desapariciones forzadas. El único que llega al espejo en la noche buscándolo soy yo.

Entro al escenario porque mi madre me obligó a decir que sí, no puedo deshacerme

de ella. Están explicando el motivo de la cena y concierto de beneficencia, hablan un poco de accidentes, de la vida tan frágil para romperles las sonrisas, para que donen. Ven el antes y el ahora. Se fue la mujer que me veía. La maestra de ceremonias continua su discurso sobre los accidentes, el fuego, las quemaduras. Mi foto cambia por una gráfica. Ella dice mi nombre y se acerca para abrazarme. Las personas entonces me relacionan con la fotografía que estaba proyectada. Me pusieron un traje que sólo deja ver los restos de mi cara. En la comparación ella dice que yo soy un luchador que enfrenta la vida, que enfrenta a su propio rostro. Mi cuerpo es peor.

Son unos juguetes como me lo habían mencionado: las personas vestidas de etiqueta

se ponen de pie para aplaudirme, pero no soportan verme. Logro distinguir con dificultad, por la luz directa, a varias personas que me señalan, después a la fotografía, para explicar a los distraídos de qué va el asunto. Las fábricas de extinguidores y detectores de humo están en deuda conmigo, afuera podrían haber puesto stands de información. Giro la cabeza para ver a mi madre tras bambalinas, está tan emocionada que llora. Tengo ganas de gritar y explicarles que la culpa es de la mujer oculta, que salga a recibir esos mismos aplausos.

Me convertí en la mascota de mi madre y de una asociación que me toma como una

botarga. Hasta este momento me pregunto si acaso eso significa que no donarán una parte del dinero recaudado para alguna de mis operaciones pendientes. ¿Para qué lo harían si soy el que les sirve para causar lástima, la muestra de la estupidez humana?

Empieza la intervención de la orquesta de cámara, tienen un programa que cumplir. Bajo por el frente del escenario. Me siento en una mesa de la orilla para que hablen conmigo los curiosos y aumentar las donaciones. Yo sólo puedo pensar en la intensidad del dolor cuando mi cuerpo era de fuego, no veía nada, al apagarme, cuando me quedaba poca piel, la intensidad aumentó hasta que caí inconsciente. Dijeron “consiguiéramos”, aunque los cheques no los hacen a mi nombre. Las operaciones son demasiado caras, hay que ir a uno de los pocos hospitales en el mundo que las pueden hacer y luego esperar a que alguno de los pocos doctores que saben del tema tenga tiempo de ir a atender a un pobre pendejo como yo, sin contar que son impagables.

El fuego lo provocó mi madre porque la casa no estaba arreglada. Mi hermano salió, yo me había quedado a trabajar solo. Al llegar vio que no había terminado, aventó cosas sin mediar palabra. El alcohol me cayó encima después una vela. Ella tardó en reaccionar, tenía un librero sobre mí. Lo quitó y me hizo ir a la regadera. Si hay alguien que merece lo que me ha pasado es ella. Quemarla viva. Llego a la mesa y ya está mi madre. Nos toman fotos para el periódico. La mujer que estaba encantada conmigo regresa a su mesa y voy por ella. Las personas me detienen para decirme las mismas cosas que tanto he escuchando, lo admirable que soy. Un quemado. Un despojo. Me harto, a una señora le explico que mi madre me incendió por no terminar de reparar unos muebles. Queda sin palabras y continúo mi camino.

La mesa está sola. Me siento a su lado. “Eres un especialista en causar lástima, ¿no?”.

Es más de lo que esperaba. “Imagino que tú crees que me hice esto a propósito”. En su cara no encuentro reacción, como si no me hubiera escuchado; en mi cara es muy difícil encontrar gestos. Me cuenta de su hermano, de un incendio en sus vacaciones y cómo los bomberos la rescataron a ella, pero no a su hermano. No esperaba tener la culpa de que ella estuviera viva, además del cliché en que me diría que prefería a su hermano vivo aunque fuera como yo. Con facilidad le podría decir que yo tomaría el lugar de su hermano, si se pudiera me gustaría más estar muerto. Lo anticipa, me dice lo que pienso y revira, le digo que sí, pero yo pienso en ser su hermano quemado para estar con ella, no con la mujer que me incendió. Algo despierta en sus ojos la conversación sobre mi familia, sobre la desaparición de mi hermano desde ese día y la locura de mi madre. Toma mi mano y salimos del lugar sin que a nadie parezca importarle. Siento que por fin he recuperado mi cara, que soy normal.

Me cubre la cara con su abrigo. Abre la puerta trasera de su carro para que entre.

Enciende el coche y nos vamos. Conduce despacio y pienso en mi madre, en la reacción que tendrá al terminar la noche y que yo no aparezca por ningún lado. Mi fotografía del periódico, un quemado en traje, saldrá en la televisión, enmarcada en el “Se busca”, “Desaparecido”, no así la primera fotografía. La imagen de ese niño la tengo yo nada más, nadie la puede encontrar.

Llegamos a su casa, me explica que vamos a mi habitación, sin importarle nada me

dice: “Carlos, éste es tu cuarto, te había extrañado mucho”. Adentró hay un portarretrato en el que está ella más joven y él que imagino era su hermano. Me acuesto en la cama. Entra sin avisar, trae dos pijamas de ella. Me ayuda a cambiarme, me observa sin morbo el cuerpo. Sale y me avisa antes que en media hora merendamos. La pijama es un conjunto de saco y pantalón que me quedó perfecto. Bajo, escucho que canta, tiene puesta una pijama igual a la mía, pero a ella le quedaba muy holgada. Pone dos platos de cereal en la mesa y nos sentamos. Le pregunto su nombre, se molesta un poco. Me dice “Claudia, acuérdate, ¿el fuego también te quemó el cerebro, tontito?”. El tono me sorprende. Termino el cereal en silencio. Uso el mismo cepillo dental que ella y me arropa como si fuera un niño pequeño. Pienso otra vez en mi madre, maldita sea, las diferencias obvias de mi casa a esta nueva casa tan reluciente, tan limpia.

Suena el despertador, todavía es de noche. Hay humo y hace demasiado calor. Salgo de la casa, pero Claudia no. No puedo dejar de oler mis dedos con aroma a gasolina.



***
Alfredo Carrera (Morelia, 1984). Ha publicado los libros de cuento “Urbanodontes” (Pictographia/INBA, 2013) y “Amniótico” (Paraíso Perdido, 2016); el cuento infantil de terror “Los últimos días” (Colibritos, 2010) y la novela juvenil “Vida extra” (Pearson, 2016). Ha sido becario del programa Jóvenes Creadores del FONCA en dos ocasiones. Obtuvo el IX Premio Nacional de Poesía Desiderio Macías en 2017.

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