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CUENTO

Tiempo muerto

Ricardo Trinidad Velázquez

Tachas 367
Tachas 367
Tiempo muerto


Mis abuelos miran el reloj constantemente, resguardados en un mausoleo de fotografías. Habitan una casa de silencios y de recuerdos polvorientos.

Se murmuran imprecaciones uno al otro, como maldiciones y contrahechizos, recorriendo un solenoide de dolor que atrae la amargura y magnetiza la desesperanza. Giro a giro gravita en un campo de odio y condensa el rencor.

Esperan un no sé qué que llegará no sé cuándo. Atisban la carrera del segundero, aguardando la cita del minutero con los instantes exactos. Arrastran la paciencia hora a hora, pasitos a pasitos, torpes, dados con calzados cómodos a medio concretar.

Se escudan en aguardar la hora de las pastillas, la hora de la comida, la hora de dormir, la hora de despertar; pero no es lo que esperan. Ciclo continuo de constante frustración: la espera, la hora que llega, la hora que se va, la demora.

En la cocina el reloj y su tic, tic, tic, tic en maratón infinita, busca un tac que no cae, cronometra su propio eco. Tic, tic, tic, tic responden las baldosas vacías en donde martillean los segundos muertos. Soldados suicidas, cartuchos de balas quemadas.

Buscan con la mirada perdida los días perdidos del almanaque. Su memoria salta de jornada en jornada callando la secuencia siempre repetida: hoy es martes, entonces mañana será sábado. Ayer fue 9, hoy es 20, mañana será 3. Estamos en junio, en seguida septiembre, la siguiente semana será mayo. Dislocación calendárica. Hipérbaton del tiempo y la memoria.

Es el reino de la vejez, del olvido y de lo perdido: muñecas viejas en las repisas. Piezas, metales y alambres que ya no saben de dónde vienen o qué hacían. Espejos rotos, cristales sucios. Cajas y frascos de contenido indistinguible. Adornos dejados a su suerte. Fantasmas de tela doblados en infinitas cajas, como cuerpos en su ataúd y el ataúd en su nicho.

El tiempo es un laberinto que mide apenas unos cuantos instantes. La demencia es la repetición perpetua de los mismos hubiera. En la cercanía de la muerte el presente deviene una asíntota de la eternidad.

La paulatina lentitud del cuerpo permite que se vaya amigando con los insectos que lo devolverán a la tierra. Ellos se dan cuenta, ellos lo perciben, saben que nunca llegará el manotazo o el pisotón letal, ya no hay ni la fuerza ni la premura. Esta casa del sueño continuo antecede a aquella del descanso eterno.

Desde mi celda monacal de celador imagino los pasos de sus pequeñas patitas conquistando la cima de los cuerpos dormidos. Imagino lo que sucederá cuando ya no sientan el aliento, el latido, la calidez. Imagino que se abrirán paso por los recovecos de las cavidades. Imagino su imperio total en la tumba.

La única forma de salir de aquí será con los pies por delante.


 


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Ricardo Trinidad Velázquez es egresado de la Licenciatura en Letras Españolas por la Universidad de Guanajuato. Interesado en la crónica de la vida diaria, personal o comunitaria, la cultura pop y los acontecimientos pretendidamente simples. Interés en la lectura y estudio de la literatura de horror, la ciencia ficción, el género autorreflexivo y autobiográfico.

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