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Lovecraft country • Oscar Luviano

Oscar Luviano

Lovecraft Country (HBO, 2020)
Lovecraft Country (HBO, 2020)
Lovecraft country • Oscar Luviano


Jordan Peele, actor y director afroamericano, se ha convertido en uno de lo nombres de cajón del cine y de las series de género fantástico, pero a diferencia de otros autores (como Zack Snyder o el mamonsísimo Ari Aster) lo hace fuera del cliché del comentario irónico. Para Peele, los subgéneros están para mezclarlos con la crítica social y la reivindicación de clase.

Bajo esa idea, escribe, dirige, produce y actúa en piezas de terror con mensaje. Y ese mensaje es el horror de vivir bajo la amenaza incesante e implacable del racismo.

Aunque nuestros actores y youtubers acaban de descubrirlo, el racismo no es un fenómeno nuevo y tampoco es uno viejo: se trata de un basamento siempre presente en nuestros sistemas ideológicos. El señalamiento de los elegidos y de los condenados considerando al fenotipo como destino y la sumisión de las castas inferiores es un argumento religioso, político, económico y social: no puedes huir de tu color de piel.

Get out (2017) y Us (2019) colocaron a Peel como la avanzada de la reinvención del llamado Black Horror. Este subgénero hunde sus raíces en el comentario racial que muchos encuentran en The night of the living dead (George Romero, 1968), con la muerte del último sobreviviente de ataque zombie, Ben (Duane Jones) a mano de una cuadrilla de red necks. Abarca piezas tan disimiles como Blacula (Willian Crain, 1972), blaxploitation pura con un conde afroamericano, o Candyman (Bernard Rose, 1992),  sobre la creación de las leyendas urbanas y donde el alma de una víctima de linchamiento asola a los habitantes de una urbanización marginal.

En todos los casos, el objetivo del Black Horror es claro: cambiar la representación de la comunidad afroamericana en la pantalla.

El Black Horror de Peel ha ido un paso más allá (no siempre con buenos resultados) y ha pasado de visibilizar la subyugación afroamericana a discutir temas raciales a través de sus relatos: Get out era una aterradora metáfora sobre la falsa tolerancia que subyace en la aparente aceptación de los afroamericanos en los altos estratos de la sociedad norteamericana, con ese club de jubilados que trasladaban sus mentes a cuerpos jóvenes y negros. Us, de manera menos afortunada, retrataba la culpa de una clase negra pudiente, al hacer enfrentar a una familia de ensueño a sus siniestros doppelgangers salidos de una pesadilla esclavista.

En resumen, Peel se ha puesto militante, lo que se agradece cuando los grandes ejemplos de la discusión sobre la pigmentocracia provienen de productos como Green book (Farrelly, 2018) y Roma (Cuarón, 2018), que romantizan la relación entre opresores y oprimidos racializados, como si esa cuestión fuera un mero desacuerdo emocional.

Al parecer, Peel ha decidido llevar este enfoque ideológico a las series televisivas (donde conoció la fama como parte del equipo de guionistas y elenco de Mad TV), y su primer intento es el motivo de esta reseña: Lovecraft Country (HBO, 2020).

Con la participación de J. J. Abrahams (el creador de Lost), la serie tiene toda la impronta de Peel. Es una adaptación libre de la novela de Matt Ruf, Territorio Lovecraft, y presenta una realidad alternativa en donde la literatura de ciencia ficción y el horror cósmico moldean al mundo. Ahí, en la década de los sesenta, Atticus (Jonathan Majors), un veterano de la guerra, tras recibir una carta misteriosa, se lanza a buscar a su padre en compañía de su tío George (Courtney B. Vance) y Letitia (Jurnee Smollett), un cliché en toda regla de la femme fatale morena pero con corazón e inteligencia. Juntos deben internarse en el Territorio Lovecraft del título, una zona controlada por supremacistas blancos adoradores de (guiño) un culto pagano, y hasta la comunidad de (guiño) Ardham. Ahí deberán enfrentarse a policías que tratan de lincharlos a toda costa y espantosas (guiño) criaturas parecidas a sabuesos plagadas de ojos. Al parecer, Atticus es una pieza esencial en el plan del culto para devolver a la humanidad al Edén (solo poblado por blancos).

Hay que decir que, en esta ocasión, el experimento de Peel no es del todo exitoso: la narración es farragosa y con un aire posmo involuntario que no le permite integrar sus elementos sociales y sobrenaturales, de modo que todo corre por dos carriles. Por un lado, la serie nos presenta las prácticas racistas de la policía blanca de aquel entonces: desde la segregación en espacios públicos hasta la incesante persecución policial de los negros “que no están en su lugar” y que siempre terminaba en linchamientos. El mérito en este caso es de la guionista afroamericana Misha Green, elegida por Peel debido a su participación en otra serie sobre historia alternativa de la negritud: Underground (2016), sobre una sociedad subterránea que en los tiempos previos al abolicionismo ayudaba a esclavos negros a escapar de las crueles plantaciones del sur.

Por el otro carril, la serie trata de desarrollar una trama lovecraftiana con grandes efectos, que no termina de ser interesante y que sabe a viejo. Y es que el retrato que hace de los racistas sesentas es tan impecable y demoledor que deja a los Shogots como cachorritos en comparación con el odio racista.

Lo que es una lástima, pues esta serie significaba una magnífica oportunidad de revisitar y discutir la obra del ermitaño de Providence, que inspira y permea buena parte de los productos del género fantástico: Lovecraft era un falso aristócrata que creía en la eugenesia y en las ideas frenológicas que ligaban aspectos “simiescos” de la fisonomía con una impureza de la raza. Lo que inevitablemente se refleja en toda su obra, donde los blancos deben salvar al mundo del mestizaje cósmico.

Lovecraft Country se queda a medio camino de lo que la secuela Watchmen (HBO, 2019) consigue: revertir el discurso blanco de un clásico de la cultura popular, mostrar sus grietas y revertirlo en un valiente discurso antirracista.




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Óscar Luviano (Ciudad de México, 1968). Narrador y poeta. Cuentos suyos se incluyen en Nuevas voces de la narrativa mexicana (Planeta, 2003) y en Así se acaba el mundo (SM, 2012). Colabora en diversos medios y publicaciones.

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