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CUENTO

Compás de espera • Leticia Ávila

Leticia Ávila

Marie Howe
Tachas 380
Compás de espera • Leticia Ávila

—¡No hay silencio más ensordecedor que el tuyo cuando me besas! —gritó Marcia, con más dolor que furia.

Samuel asintió y en su habitual mutismo pensó, ella tiene razón; hasta mi compañero de atril me lo dice, simplemente no sueno.

—Perdóname, debo recordar que te incomodan las ruidosas demostraciones de amor —razonó ella en voz muy baja, como para sí.

A Samuel le extrañó la reacción, pues ella no lograba hilar un pensamiento sin producir algún sonido. No es que Marcia fuera estridente, sino que su deseo era olvidar las restricciones del internado donde creció, lugar lleno de prohibiciones y estatutos que obligaban a la obediencia sin chistar, casi sin pensar; por ello intentaba a cada instante hacer lo opuesto a su enseñanza.

Continuaron caminando sumidos en el más absoluto de los silencios. Al cabo de unos minutos él insistió en tomarla de la mano diciéndole frases cariñosas. Ella le regresó el gesto con una muda y fría sonrisa. 

Samuel sintió una desesperación enorme. Miró al cielo buscando las palabras exactas para decirle que estaba perdidamente enamorado de sus ruidos; fueran graves, agudos o disonantes, con sus ligaduras y acentos; aún más que de su cuerpo o su mirada.

En un movimiento como de “tempo vivo”, Samuel comenzó a escuchar en su interior la sinfonía 59 de Haydn, que vibraba en sus entrañas desde que la conoció; el primer movimiento “presto” se extendió como un fuego devorador desde su vientre hasta su garganta, inundándolo de sonidos ansiosos de convertirse en palabras.

Un grito parecido a la palabra “detente” salió de la garganta de Samuel, y aunque deseaba hacerla entender que en su cuerpo, sus manos, sus ojos y sobre todo en su música, no había más que sonidos agudos de deseo por ella, que era tan sonoramente perfecta, sólo atinó a decir —hemos olvidado comprar el pan.

Ella le miró atónita, sorprendida por el breve grito que había surgido en él. Volvió sus pasos, lo miró con un silencio cortante, aplastante, y en su habitual gesto dramático de bailarina lo tomó de la mano, lo acercó a su cuerpo como en una danza y lo besó como la primera vez que hicieron el amor. Casi corrieron a casa, sin dejar de tocarse y besarse.

Ya en casa, él le mostró la escala cromática de cada parte de su propio cuerpo, ella sonreía, lo besaba y lo acariciaba en un silencio casi ritual, mientras él sonaba tan grave como su violoncello. 

No se sabe cuánto duró la danza sinfónica de aquel encuentro, pero fue tal su sonoridad y silencios que ambos se quedaron dormidos; ella despertó después de un tiempo, se levantó sigilosa de la cama y se dirigió a la cocina. Sus ojos brillaban, parecían acariciar un punto lejano. Una a una comenzaron a llegarle las imágenes de sus primeros encuentros, todas sin sonidos, envueltas en un pacífico silencio que apagaban las sonoridades de sus monstruosos recuerdos que tanto la agobiaban.

Tomó un poco de agua y preparó café como sabía que a él le gustaba: amargo, con canela, con clavo de olor y muy caliente. Esperó paciente a que estuviera listo y lo llevó a la recámara. Lo dejó en la mesilla de noche, se aceró a Samuel y le llenó el cuerpo de besos, sin caricias, como en un ritual eterno e insuperablemente aprendido.

En el instante justo en que él lograba despabilarse, ella levantó las manos con un sutil y elaborado ademán, dejando ver un brillante cuchillo.

Sin producir el menor sonido, Marcia movía sus manos como en una danza, con precisión, belleza y ritmo.

Detuvo su baile sólo para susurrar:

—No debiste hacer tanto ruido.



 


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