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Cabalgar hacia lo incierto

Fernando Cuevas de la Garza

 

 

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The Rider (EU, 2017)
Cabalgar hacia lo incierto

 

Un par de películas en las que sus protagonistas se enfrentan a condiciones y situaciones más allá de su control, que los llevan a redefinir sus vidas siempre con la referencia de sus compañeros equinos: las realidades parecen bifurcarse en enigmáticos caminos que acaso para los demás sean difíciles de comprender, si bien se presentan como rutas por donde se pueda cabalgar hacia destinos por descubrir. Disponibles en cinépolisklic y Netflix, respectivamente.

La entera dedicación a una actividad en la vida, respondiendo primero al ámbito familiar y social y después a intereses propios, se puede convertir en el sentido principal de la existencia y toda una forma de ser, con la consecuente construcción de la identidad: paulatinamente, todo empieza a girar alrededor de aquello que se eligió como motivación principal y la ruptura existencial se presenta cuando por alguna razón ya no se puede seguir llevando a cabo. Como en el caso del rodeo, por ejemplo, vuelto hábitat natural de crecimiento y desenvolvimiento hasta que un accidente aparece como una triste advertencia: o se aleja de cualquier acción relacionada con el mundo de los caballos y el jineteo o el riesgo de morir se incrementa notablemente. Y aquí surge la decisión: inventar otra vida o permanecer en la que se está con todo el peligro inherente.

Escrita y dirigida por la realizadora china Chloé Zhao con una tesitura documentalista y una sutil sensibilidad, expresada en el acercamiento a los personajes y a una íntima y al mismo tiempo evocativa fotografía que remite a los clásicos westernscrepusculares, The Rider (EU, 2017) sigue a un joven vaquero de cierto reconocimiento local (Brady Jandreau) que sufre una grave fractura en la cabeza, provocándole afectaciones motores en la mano derecha y convulsiones, frágilmente sanada con una placa metálica que lo coloca en una peligrosa situación, en caso de seguir en el ruedo. En este irrupción a su habitual vida lo acompaña su efusiva hermana con autismo (Lili Jandreau) y su padre (Tim Jandreau), por momentos dominado por la preocupación acerca del futuro inmediato de su hijo, quien no deja de visitar a su amiga en silla de ruedas (Lane Scott, interpretándose a ella misma).

La cabalgata se verá interrumpida de momento pero no la pasión por el rodeo o el afecto por los equinos, así como el saberse una referencia en el medio: el desafío empieza por saberse redefinir en cuanto a vaquero, trabajando con las expectativas generadas,y saberse parte de una familia, así como por lo que corresponde a la concepción de la masculinidad y a la imagen que como tal se ha ido construyendo en el contexto de los vínculos entre seres humanos y equinos, como se veía en Apóyate en mí (Haigh, 2017), y en el de las relaciones filiales, ya explorado por la directora en Songs My Brothers Thauhgt Me (2015), su anterior filme, también adentrándose en la América profunda donde saber montar adquiere un significado especial en términos de reconocimiento social.

La cámara se acerca a los expresivos rostros de los personajes y a los propios caballos, al parecer también involucrados emocionalmente con los sucesos de sus dueños, mientras suena un score enfatizando los momentos de introspección frente a los grandes parajes de Dakota del Sur que se abren ante la mirada de unos y otros. A la autenticidad de la historia contribuye que los intérpretes en realidad se dediquen a dichas actividades y que sean familia, tal como se desempeñan en la “ficción”; sin ser un docudrama como tal, estamos ante un relato que destila verosimilitud y permite generar empatía con las decisiones y acciones de los distintos personajes, en particular con quienes se encuentran en el trance de renovarse o morir. Las profundas heridas provocadas por la búsqueda de la libertad no siempre deben llevar a la muerte: existe un pequeño margen para la reconstrucción.

Una solitaria joven que trabaja en una tienda de telas, pasa su tiempo viendo una serie televisiva, asistiendo a sus clases de zumba y visitando una caballeriza en donde se encuentra con un caballo y su evasiva dueña; eventualmente visita a una amiga de la infancia que sufrió un accidente y platica brevemente con su compañera de departamento y su novio, quienes el día de su cumpleaños le presentan a un amigo con el que establece una incipiente relación. Pero algunos disruptivos sucesos en su mente van apareciendo de manera cada vez más notoria: ausencias temporales, sonambulismo, actos involuntarios y olvidos acerca de sus objetos. Su comportamiento se va trastocando de manera errática y poco a poco se convence de que está envuelta en contextos sobrenaturales que involucran reencarnaciones y raptos extraterrestres.

Dirigida por Jeff Baena (Joshy, 2016; Lujuria en el convento, 2017), jugando una vez más con los dobleces de la realidad como en Life After Beth (2014), La chica que amaba a los caballos (Horse Girl, EU, 2020), explora cómo la noción de realidad se rompe para instalarnos en la confusión de qué es lo que sucede en el mundo tangible y lo que pasa en la cabeza de la protagonista, al grado de ya no saber si estamos frente a un relato sobrenatural o un planteamiento acerca de la locura. La actuación de Alison Brie, quien también contribuye con el guion, apuntala esta confusión que va adquiriendo matices impredecibles, así como una puesta en escena que nos traslada por distintas situaciones que mezclan personajes de la televisión, el pasado escapándose de la fotografía de la abuela y un convencimiento cada vez más rotundo acerca del destino que se debe tomar sobre el querido caballo.

 

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