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Tachas 466 • Corre Alana, corre Julie • Fernando Cuevas

Fernando Cuevas

Licorice Pizza (2021)
Licorice Pizza (2021)
Tachas 466 • Corre Alana, corre Julie • Fernando Cuevas


Dos jóvenes mujeres en sus veintes, una saliendo y la otra alrededor de la mitad. Corren hacia su destino, a veces sin saberlo, otras con alguna noción: el universo se pasma y espera, se presionan por expectativas ajenas más las que ellas mismas se han impuesto. No terminan de encajar en el mundo adulto, parecen desempeñar trabajos siempre provisionales y mientras una de ellas establece un vínculo entre platónico y laboral con un precoz y seguro quinceañero, al tiempo que convive con otros hombres mayores, la otra se va a vivir con un novelista gráfico cuarentón, sin que se disipen las interrogantes sobre lo que realmente anhela, como cuando conoce a un barista de café.

En el Valle de San Fernando durante los años setenta o en Oslo cincuenta años después: son Alana y Julie, de una familia judía con ciertos rituales, la primera, y con padres separados a quienes visita de vez en vez, la segunda. Cuando voltean a ver su próxima adultez reflejada en quienes los rodean, se encuentran con personajes convertidos casi en caricaturas de sí mismos o desempeñando roles con toda la amargura del caso, como si la juventud los hubiera abandonado sin avisarles y sin dejarles algún manual de instrucciones: ellas dos, mientras tanto, van y vienen por un presente que no se decide en definitiva a lanzarse rumbo a un destino incierto.

Correr para descubrir el destino

Paul Thomas Anderson (Sydney: juego, prostitución y muerte, 1994; Junun, 2015), uno de los directores esenciales de la actualidad, rememora el contexto de su infancia en Licorice Pizza (EU, 2021), nombre de una cadena de tiendas de discos, volviendo al tema de las relaciones de pareja con su habitual mirada oblicua, como lo hiciera vía las contrastantes Embriagado de amor (2002) y El hilo fantasma (2007). Transcurrida en tiempos de cierta ingenuidad en los que el espíritu emprendedor encontraba varias oportunidades inesperadas, como el hecho de que un grupo de menores liderados por un muy pagado de sí mismo joven de quince años, podía emprender negocios, por más aventureros que pudieran sonar, contando con el apoyo de una veinteañera que, por su parte, buscaba también su lugar en este microcosmos de horizontes abiertos.

Pero también son tiempos de crisis petrolera en los que resuenan los ecos de la guerra de Vietnam, abusos de distinta índole y una homofobia manifiesta. Para redondear la recreación del espíritu de aquellos años, suenan los pausados acordes nostálgicos de Johnny Greenwood, bien cobijados por evocativas cuerdas, junto a sonidos en clave de rock, soul y R&B, cortesía de Nina Simone, The Doors, Bing Crosby, Sonny & Cher, Wings, Seals & Crofts, Donovan, Suzi Quatro Taj Mahal y Blood, Sweat & Tears, entre otros, porque como lo pregunta Bowie, ¿habrá vida en Marte? Quizá sí, y se parezca a la que puebla el Valle de San Fernando en 1973, con toda su diversidad aún por manifestarse.

Los vestuarios y el cuidado con los objetos referenciales de aquella época, así como las locaciones, incluyendo el recurrente bar Tail o’ The Cock y los diversos interiores de casas y negocios, terminan por sumergirnos en aquellos tiempos de guerra fría y relaciones cándidas, de asesinos seriales o peligrosos líderes sectarios, a la conservación de ciertas tradiciones religiosas y familiares y la ruptura de los moldes impuestos por las expectativas sociales: recreaciones que recuerdan a Boogie Nights (1997), Petróleo sangriento (2007) y Vicio propio (2014), no solo desde el componente visual, sino también del ideológico, desplegado desde un entorno particular que explica racionalidades culturales.

En estos escenarios, Gary es un adolescente (Cooper Hoffman, portando la herencia interpretativa de su padre con orgullo) que se ha desempeñado como actor en obras teatrales y comerciales, apoyado por su madre, y se mueve por la vida con una envidiable autoconfianza emprendedora, demostrada desde que se mira en el espejo y cuando conoce a Alana, una asistente de fotografía diez años mayor (Alana Haim, del trío musical nombrado como su apellido), quien todavía vive con sus padres y hermanas (las de vida real y con quienes comparte escenario sonoro) y no parece estar satisfecha con su situación, si bien se mantiene en pie de lucha con buen sentido del humor y un estilo desparpajado y efusivo.

A pesar de la diferencia de edades, empiezan a establecer un vínculo especial entre la distancia y el apoyo mutuo, los celos y la comprensión, la tensión sexual y ese terreno extraño en el que los deseos no siempre coinciden en tiempo y forma, pero permanecen vivos. Se vuelven cómplices en las oportunidades de negocio que detecta Gary, ya sea de máquinas pinball o camas de agua, novedades en aquellos años, mientras se acompañan a entrevistas o audiciones para continuar o entrar al mundo del espectáculo: sus manos se acercan sobre una superficie luminosa y corren para rescatarse, perseguirse, juguetear, reencontrarse o darle salida a emociones inexplicables que se acumulan en el palpitante corazón.

La relación que establecen es el eje por el que el guion transcurre, incorporando personajes-viñeta que refieren a miembros del showbiz de aquel tiempo o de la política y que funcionan para presentar un mosaico desquiciado del mundo adulto con el que entran en contacto, sobre todo Alana: Sean Penn es un actor que se resiste al paso de los años, mientras que desde las fumarolas del averno surge Tom Waits, organizando suertes en moto; está la reclutadora de actrices y actores (Harriet Sansom Harris, breve y al borde), así como un Bradley Cooper frenético en el papel de galán de Barbra Streisand, Christine Ebersole en plan de explosiva teatrera y el candidato homosexual (el director Bennie Safdie), víctima de un paparazzi, con quien trabaja la protagonista como para experimentar el significado de un empleo.

Con enfáticos y firmes travellings se acompaña la estrategia resolutiva de emprender la carrera perpetua a través de caminos por construir, frente a los distintos eventos en los que se ven envueltos los dos jóvenes, entre tonalidades amarillas y verdes e iluminaciones basadas en lámparas que resaltan entre los espacios oscuros, incorporando un juego constante de las perspectivas que tienen una sobre el otro y viceversa, en particular cuando están con otras personas y se miran a la distancia, entre reflejos y ventanas o en forma directa, desatando sentimientos encontrados y de paso, generando más confusión y cercanía, paradójicamente, entre ambos. Un relato vital, efusivo y de ánimos contagiantes.

Correr mientras el mundo se paraliza

Una joven terminando su tercera década de vida busca su lugar en el mundo. De espíritu diletante, estudió medicina y se cambió a psicología, se empezó a dedicar a la fotografía y luego iba cambiando según las circunstancias, escribiendo incluso un artículo feminista de cierta repercusión. Mientras tanto, como muchos jóvenes en sus primeros ingresos laborales, trabaja en una librería al tiempo que revisa otras posibilidades. De ser pareja de un modelo cuando se desempeñaba como fotógrafa, se fue a vivir con un sensible cuarentón dedicado a escribir novelas gráficas subversivas (Anders Danielsen Lie, lacónico), para después probar suerte con un desenfadado y sencillo hombre que atiende una cafetería (Herbert Nordrum, accesible), quien era pareja de una mujer con lances esotéricos (Maria Grazia Di Meo).

Dirigida por Joachim Trier (Más fuerte que las bombas, 2015) como la película final de su trilogía de Oslo habitada por jóvenes en pleno proceso de definiciones (Reprise, 2006; Oslo, 31 de agosto, 2011), La peor persona del mundo (Noruega, 2021) es una mirada que se posa justamente en las juventudes dentro de las sociedades desarrolladas a medio camino entre la comedia, el drama y la reflexión social, a partir de una muestra individual: así seguimos a Julie, rondando la treintena, durante cuatro años (Renate Reinsve, encarnando convicciones e inseguridades con efusividad), si bien con algunos flashbacks conocemos sus antecedentes, sobre todo como avezada estudiante, tal como era La maldición de Thelma (2017) aunque sin esos extraños poderes que parecen atraer calamidades para la gente que la rodea.

El guion del propio director coescrito por Eskil Vogt está estructurado en 12 episodios e incluye un narrador en off que nos brinda algunos detalles puntuales de la protagonista, sin estorbar o plantear subrayados innecesarios –como cuando explica la situación en la que se encontraban a esa edad su madre, abuela, bisabuela, tatarabuela y demás- para entender con mayor amplitud el contexto actual en el que se desarrolla la adolescente tardía, incluyendo las presiones propias y de quienes tienen un vínculo con ella en cuanto a la consolidación de la pareja, a la maternidad, a la estabilización profesional y en suma a una especie de idea socialmente construida sobre la madurez, hoy puesta en cuestionamiento por los propios treintañeros y por las complejas condiciones socioeconómicas prevalecientes, sobre todo en cuanto a que los hijos de las clases medias puedan “independizarse”.

Claro que de pronto hace falta que todo el mundo se detenga, sobre todo cuando se deben tomar esas decisiones que implican la imposibilidad de dar marcha atrás: mejor emprender la carrera rumbo a un destino incierto, mientras todo se mantiene en pausa, para salir de una situación que no termina de ser lo que se espera, aún a sabiendas de que esa condición idealizada de la vida en general y de pareja en particular, nunca va a ser alcanzada: así se observa en la chantajista figura paterna y su nueva pareja, en la propia madre de estoicismo manifiesto y en las amistades del novio, lidiando con hijos desobedientes y con las propias frustraciones expuestas al calor de la reunión.

La música vaporosa del cómplice Ola Fløttum se cuela entre los encuadres que atrapan a los personajes viendo hacia un horizonte imposible, desplazándose sin rumbo predefinido o conversando a la distancia, iluminados por alguna lámpara que se atreve a romper la oscuridad circundante: en particular enfoca a Julie, alérgica a los compromisos pero finalmente entregada, ya sea fumando y compartiendo el humo u observando comportamientos que ella pareciera rehuir, acaso con el temor de terminar como quienes la circundan: esa sensación de no pertenecer a los lugares donde te desenvuelves y al mismo tiempo darte cuenta que al final, la soledad está presente de manera constante. Pero por lo pronto, parece expresar Julie, a sacarle el tuétano a la vida.

Si como mujer no se cumple con las expectativas familiares, sociales y de las personas que te rodean, cambiando constantemente de actividad u opinión, y de paso se rompe algún corazón en aras de la honestidad afectiva o se resiste a definirse como madre o pareja estable, pudiera ser la peor persona del mundo, aunque se tengan buenas intenciones: así parece ceñirse sobre las jóvenes, sobre todo, este juicio moral que se les impone sin los cuestionamientos necesarios y sin detenerse a revisar la posibilidad de tomar las propias decisiones y responder a los impulsos personales, más que a los dictados provenientes de ideas anquilosadas y que dominan el deber ser, particularmente en sociedades donde predominan estructuras vinculadas al patriarcado, por más avanzadas que estas sean.

A pesar de sentirse un poco apresurado o simplista el desenlace para alguno de los personajes, el filme mantiene un notable equilibrio narrativo entre los momentos de mayor desenfado y los que implican un mayor drama, llevándonos con realismo a los espacios agridulces que habita Julie, protagonista sólidamente construida y con cuyas búsquedas resulta fácil identificarse, desde las amorosas – contrastando a los dos hombres con los que se vincula de ambientes muy distintos (esa reflexión contrastante sobre la importancia de los objetos, de clara referencia generacional)- hasta las profesionales, sobre todo para ir pavimentando una vida que la convierta en la mejor persona del mundo.

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