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Tachas 487 • vers🍁C/L • Nicolás Gonzáles

Nicolás Gonzáles

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Tachas 487
Tachas 487 • vers🍁C/L • Nicolás Gonzáles

Inhalo profundo y el aire que ingresa lastima mi tórax adormecido, que se expande y llena con dificultad. Dentro de mí todo se cae, como cuando te tropiezas antes de conciliar el sueño, en un espasmo, espejismo de caída, recostado en cama casi dormido. Siento el corazón latir entre mis oídos. Alguien dígale al hijo de puta que baje. Se siente vacío aquí. Mis ojos siguen cerrados, me quedo inmóvil. Cada vez es más fácil perder la noción de mí mismo, o sea, de quién soy yo. Creo que se dice… desdoblarse. Mi cuerpo se siente extraño, mi habitación se siente extraña y el aire se siente extraño. Es como si se profundizara la distancia entre mi conciencia y la superficie de mi piel; como si las cosas perdieran algo que era mío y a la vez adquirieran algo más suyo, un realismo fatal, una crudeza tan afilada que no hiere por lo cotidiana y corriente que es, por lo endurecidos que están estos muñones callosos de intentar sostenerla. Me dijiste que esa sensación se llama estado alfa o beta o algo así. Siempre sabes algo de todo tú. Pero ni en este estado he podido tranquilizarme, la verdad.

El frío de la madrugada se percola por los agujeros de las bolsas negras y se disuelve bajo los pálidos rayos de invierno que pasan entre los edificios. Yo lo respiro y siento cómo ahonda mi sensación de vacío en el diafragma. A veces, pienso que es como un agujero negro. Se supone que crean vacío, ¿no? Seguro tú sabes, pero, puta, se siente horrible. Me consuela haber dejado de sentir náuseas, por lo menos. Los rayos solares son retenidos por mis cortinas negras. Hasta el sol es un hijo de puta. Intento volver a dormir, aún no abrí los ojos. Me muevo solo en la cama. Respiro, intentando liberar esta presión en el pecho y comienzan a caer en mi consciencia los pensamientos, como gotas heladas. Tengo que vender esa hierba, necesito plata. Tú estás lejos, con otras personas. Yo tendría que salir a pagar algunas facturas, acabar mis tareas e ir al médico. Pero no me quiero mover. El hijo de puta al fin volvió a su lugar, aunque todavía baila una taquicardia entre mis costillas. Odio el invierno por ese gélido lengüetazo atmosférico que me desnuda del calor mullido de la cama. Abro los ojos y me estiro lo suficiente hasta alcanzar la latita con hierba que está bajo la cama. Tomo el celular y observo las 9:32 am. ¡Puta mañana que no duras ni mierda! Por suerte la hierba está buena y pegadora. Mierda, siento que hasta las manos me tiemblan, que feo. Veo la colilla que dejamos anoche. La enciendo, inhalo profundo y retengo el aire. Exhalo mirando el humo y sé que estaré mejor al sentir ese sabor a quemado y verdoso. Entre mis dedos la cosecha se hace polvo, es cara, no tiene pepas. Cuando pensaba en la crudeza, pensaba en la realidad, en lo que nos rodea: la basura repartida en las esquinas heladas; los egoístas llenando mercados, consumiendo basura en empaques brillantes, ignorando el sufrimiento ajeno… la misma monotonía que nos atrapa en lo cotidiano; arreglar la cañería, pagar las cuentas, ir al chequeo médico, todo sobre el mismo fondo ruidoso y polvoriento de este pueblo que todavía tiene ganas de ser más. Entre todo eso me distingo a mí, con mi sombra, con mi muerte cargada sobre los hombros y sin dinero. Mis yemas están impregnadas de polvillo verde, entonces ya no importa, intento llenar lo mejor posible el lillo. Siento como si no fuera yo. Si pudiera saldría corriendo de aquí, pero soy parte de todo y vivo en medio de esta mierda y del smog. Acabo de enrolarlo, lo taqueo y lo enciendo. 

Abro la persiana hasta la mitad para que el sol ingrese y me queme un poco la piel. Observo, por esa mitad, los tejados metálicos que hieren las retinas con su fulgor insípido. Pesadas columnas plomas y blancas de humo se abren camino hacia el cielo. Exhalo, el humo rebota en el vidrio y se devuelve enredándose con el aire. Fuerzo a que la hierba llene el hoyo en mi diafragma, ese que se sobrepone a mi cuerpo y puta… todavía lo siento. Trago saliva amarga y pienso que tú estás lejos, distraído en tu escritorio, respondiendo correos o coordinando reuniones virtuales, ¿no? Tomo, como una pastilla, el celular ansiolítico. Notificaciones de instagram, twitter, grindr, scruff, clash y en whatsapp solo mensajes de los grupos. Le escribo hola amiga a Nani y luego le pregunto qué tal a Omar. Solo se oye el fuego consumiendo la hierba estrujada en el OCB no blanqueado. Exhalo anhelos de paz mezclados con mi aliento. Tengo que aplacar esta ansiedad que ahora sabe a porro. Me quedo mirando el extremo de tu cuerda, la que trajiste porque viste un tutorial de… ¿cómo se llama eso de amarrar a alguien? Bueno, tú sabes eso y querías usarla conmigo. Lo mencionaste y luego la olvidaste bajo la cama. Yo me quedé pensando. La levanto y la siento entre las manos. Es áspera. La acerco a mi cuello y la froto un poco. Sí, bastante áspera, seguro deja marca. Me cuesta respirar con normalidad. 

Me fijo los perfiles de grindr y para variar, la misma mierda: siluetas grises de varones que temen mostrarse ðŸ‘¤, pero creen que serían capaces de follar en la ciclovía. Fotos viejas, amañadas, que escudan la misma lujuria fugitiva S/L, la pasión ciega que se consume en amorcitos de dos semanas o dos meses, la homosensualidad auto-fóbica de los masc4masc. Si ser activo no es ser tan gay. Sigo fumando, me quemo la tráquea hasta que comienzo a sentir el THC actuar en mis neuronas, o donde sea que actúe, estoy seguro que tú si sabes. Les escribo, como acto reflejo, un par de holas a “Activo33” y a “tríoHOY”. Luego entro a twitter para seguir aplacando esta sensación con la profundidad del scroll. Me entero que en lo que va del año se asesinaron a siete + siete + cinco + cuatro + tres + tres + dos mujeres a lo largo y ancho del territorio nacional, con esta ciudad liderando el infeliz empate. Casi me fumo el filtro, pero valió la pena el haberme quemado un poco. Toso, toso mucho y las contracciones abdominales y el acto reflejo que produce la tos, me ocasionan arcadas.

Envuelto en una frazada, voy a la cocina, caminando sobre nubes de porcelanato, con ligeros espasmos musculares que poco a poco apaciguan mis sentidos, pero la mente mareada se hace un nudo ciego en mi nuca. Tensión, puta madre. Tal vez es la tensión que piensas que hago en mis mandíbulas al dormir, ¿cómo se llamaba? Ni idea. A veces creo que te podrías inventar la mitad de las cosas que dices. Me sirvo un vaso de agua y cuando lo bebo, siento como si echara este chorro de agua sobre una piedra dentro de una caverna vacía. Estoy drogado. Inclino la cabeza a los lados para aflojar este malestar en el cuello, cómo me enseñaste. ¿Será porque estoy en la cocina que comienzo a sentir hambre? Comienza como una leve sensación de apetito y en menos de lo que puedo abrir el refrigerador un retortijón me lastima el estómago. Todo lo que veo me causa rechazo. Sobre la mesa dejaste café pasado, me da asco. Hay pan, pero no me apetece. ¡Ya no sé si esto es hambre o qué! Duele demasiado. Me rindo y me siento sobre el mesón. Tengo que quitarme esta mierda de adentro. Iré a comprar algo para calmarme. Primero decido prepararme un té, es lo único que puedo tolerar. Mientras caliento el agua, quiero pensar que Nani no ha despertado, todavía no responde. ¿Seré muy pesado? En cambio, los del trío ya mandaron un corto y explícito catálogo de sus cuerpos. activo33 dice buenos días. Mi estómago suena, se revuelve y no sé si quiero vomitar, cagar o si me quiero morir. Un tal, “BuscoPareja” me saluda, me pregunta si vendo, que por qué tengo las ðŸ en el perfil. Pues sí, vendo. La verdad, creo que tú lo sabes, pero prefieres hacerte al loco. ¿Crees que no lo percibo? Cómo si te diera lástima que venda droga. Me juzgas, pero tú te fumas mi material. Al final, es un negocio pasajero. Le ofrezco a 100 bs y quiere. Me acabo el té en dos sorbos, con lo que me pagará ya me alcanza para darme una vuelta por donde el Manchas. Después de vestirme y fumarme un poco de sus 100, salgo volando del depto. Literal ðŸš€. 

En la calle, las sombras proyectadas por el concreto de los departamentos amontonados uno sobre otro, mantienen el aire frío y pesado; al contrario del sol, que brilla palideciendo el cielo, pero se limita a calentar la superficie. Llego a su ubicación y le escribo. Se demora, el pelotudo, pero al final, sale embarbijado. No me gusta. Le pongo la hierba en el bolsillo de la chamarra, me paga, asustado, confundido, un poco obvio. Giro y desaparezco. Hasta dealear con estos maricones inseguros es incómodo. Le escribo al Manchas, que estoy de ida. Vuelvo a chequear a los del trío, me gustan. Uno de ellos me dijo que quiere ver cómo me follo a su novio ðŸ˜ˆ. Les pregunto cuál es el pasivo. Activo33 me pidió una foto, que mande una él primero. El aire me refresca los pulmones, pero mis intestinos todavía se retuercen. Camino sin contar las cuadras que dejo detrás. Cuando llego a la esquina que debo torcer, compro dos pesos de Derby. ¿Sueltito tienes case? Doblo la esquina y cuando llego frente al portón metálico, lo empujo y por detrás aparece una niña que me grita a quién busco. No me inmuto, la esquivo y atravieso el pasillo. Realmente Manchas, sos un caso. No sé cómo aguantas vivir en este lugar, con tanto griterío y wawa correteando por los pasillos. Subo un piso, mientras paso la vista por las puertas disparejas de inquilinos desconocidos aglutinados uno a lado del otro. Los pisos son similares entre sí pero nunca iguales y desde el tercero o cuarto ya no hay barandas. Observo algunos viejos carteles comerciales del exterior, que ahora le dan un aspecto retro al centro de la ciudad. Llego al último piso, atravieso un par de sábanas colgadas y le doy un manotazo a tu puerta para anunciar mi llegada. 

Te saludo y me cago de risa, pero estás asustado y te emputas. Luego te abuenas y me saludas. Me siento mientras hacemos un par de bromas. Bro, tengo para una bala, te digo. Te enserias. ¿Con qué huevada me vas a salir ahora, Manchas? ¿Que no tienes?! ¿Cómo? O sea, ¿por qué? Me dice que subió. Carajo, qué a la verga. Te cuento que vendí toda la hierba y que me alcanzaba para comprar un poco. Repites que no tienes. Nada raro que me estés mamando. Me dices que me lleve más hierba. Claro, pero hoy vine sin mochila Manchitas y está difícil que la pueda llevar ahora. Enciendo un pucho y te ofrezco otro. Quiero sentir el amargo escurrirse por mi garganta, por mi faringe y hundirse en la oscuridad incrustada detrás de mi esternón. Me dices que crees que el peor de todos tus vicios es el pucho. Yo me río. ¡Ay Manchas! En serio, aseguras que puedes estar días, semanas, hasta meses sin consumir nada. Mientes y lo sabemos, pero, puta, sin pucho, imposible. Completo tu oración ¿Cuál será el peor de mis vicios?

Saco el celular, Nani respondió hace rato, que buenos días, que cómo estoy. Omar me dijo hola bebé. Cojudo, cómo me va a decir bebé, ni que fuera tú. Entro a tu conversación y te mando un ðŸ˜˜, te pregunto cómo va tu día. Recibidos. Bueno, Manchitas, la verdad es que tengo que volver a atender unos temas de la u, pero apenas consigas un poco, me avisas y me doy una vueltita, aunque esté más caro. Adiós amigo. Malditos dealers, vuelvo por donde vine.

Mediodía, este sol de altiplano no calienta, quema. Por lo menos te gusta cómo me queda la piel tostada por el sol. En lo que retorno al depto. me fijo cuál había sido el pasivo. Rubiecito, lindo cuerpo, ojitos color miel. Qué ganitas. Tú me respondiste, me mandaste un ðŸ˜š y me dijiste que todo anda normal en la ofi. Normal. Puta mierda y yo, cómo putas voy a saber lo que es normal para vos pregunta. Le respondo a Nani que todo bien, y le pregunto qué hará hoy. Es tan feo el invierno, miro las ramas de los árboles, secas, amarillas, viejas. Una mierda. Por algún motivo me hacen pensar en mis manos. Dejé de tomar la pastilla hace unos días y por lo menos las náuseas cesaron. Siento mi corazón latir acelerado, quisiera saber qué le pasa. Llego al depto y tengo hambre. No me dan ganas de comer nada de lo que hay, pero no me alcanza para comprar otra cosa. A ti te respondo que me alegro, que hace frío en casa y que creo saldré a estudiar. ¿Qué día es hoy? Creo que tenía clases a esta hora. Quiero revisar mis horarios, pero antes, de manera automática, vuelvo a repasar las fotos de la pareja. Se llaman José y Ricardo. Definitivamente me encantaría. ¿Por qué no? Les digo que me animo, que dónde nos vemos. Selecciono los ingredientes de mi almuerzo entre sobras refrigeradas. Puta, no vi mis horarios todavía. Tendría que estar en clase. Intento ponerme al día, mientras armo unito. José y Ricardo me dicen que no son de aquí, que no tienen lugar. Yo froto con suavidad los dedos pringados de lo último de kif que quedaba, para soltarlo sobre el lillo. A través de la laptop escucho sobre lo que se entiende por episiotomía. Evita el desgarro perineal, previene el prolapso genital y la incontinencia urinaria, además de acortar el periodo expulsivo y disminuir la mortalidad fetal. Creo que tendrían que venir, o sea, no me dejarán entrar a su hotel ni en pedo y tú no vas a llegar hasta después de las 5, o más. Acomodo el papel hasta formar un cilindro y lo lamo. Tengo poca saliva, vuelvo a lamer y queda. Lo pongo entre mis labios y lo enciendo con una mano, mientras el doc sigue hablando de cómo, para la episiotomía, se adormece el tejido con anestesia local y que los riesgos son la infección y la dispareunia en meses posteriores al parto. Con la otra les escribo que en cuánto pueden venir, que tengo lugar por unas horas no más. La fuerza de la costumbre me hace retener el humo. Me dijiste que pega igual. La habitación humea y el doctor sigue hablando de que existen hasta siete tipos de incisiones para realizarla, siendo la más común la medio-lateral, seguida de la medial o vertical y en menor proporción, la lateral dependiendo la naturaleza del canal de parto de la madre, mientras ingiero trocitos de animal condimentado y arroz recalentados. Me saben a mierda, pero trago lo más que puedo, este cuerpito no vive de aire. Apenas acabo, el doctor se despide y termina la clase. Sumerjo los trastes en agua con detergente, qué asco me provoca la entropía. Los chicos confirman que vendrán en 45 minutos. 

Estoy temblando. Tomo una ducha caliente y en eso me llega tu mensaje, dices que, si sigo estudiando, me recogerás al terminar tu entrenamiento. Salgo y te digo que perfecto ðŸ’ª. Ordeno el cuarto porque a nadie le gusta meterse a una cama sin tender. Guardo la lata de hierba bajo la cama y prefiero que tu cuerda no esté cerca para que no la encuentren, así que la levanto. Pensar que uno se puede matar con esto, ¿no? La meto en la gaveta del baño. Les digo que si vienen antes, mejor.

Todo en orden. Pongo cualquier playlist y deschabo un poco más. Suena el timbre, les abro y en pocos minutos tocan la puerta. Los recibo con sandalias y sin polera. Entran, nos saludamos, les ofrezco agua y les digo que se pueden quitar los zapatos. Vuelvo con un vaso para cada uno y José me besa. Es bajito, es casi tan lindo como en sus fotos. Acerca a mí su cuerpo. Su ropa se estruja contra mi piel. Ricardo nos mira fijo. Es guapo, más alto. Lo beso a él, pero José no me suelta, se pega aún más. Saben a lo que vinieron. Entre los besos de uno y del otro, me hacen sentar en lo primero que encontramos. Caen las sandalias y sus lenguas me hacen cosquillas entre los deditos. Me frotan con su barba, me ponen durísimo. José sabe dulce y Ricardo sabe a pucho. Los dos son muy guapos. ¿Por qué Ricardo querrá que me coja a su chico? ¿Morbo? Parece que no se le para, pero, ¡Uy! Josecito, machito delicioso. No me gustan los rubios, pero él… Sus lunares repartidos por el lienzo elástico de su espalda y esas líneas de sombras sutiles que delinean sus músculos, me guían a ese culo redondito. Ellos no se cansan de explorarme. Le digo que se ponga de rodillas sobre el sillón y lo miro de reojo. Ya se le paró. Me voy a divertir. Les digo que se besen mientras la meto. Obedecen. Me emociono y en una embestida, el sillón golpea y marca la pared. Siempre la cago. Me da rabia. Les digo que vayamos al cuarto, así evito destruir algo  más. Nada tuyo a la vista. No perdemos tiempo. No sé si sigue sonando mi música, la de ellos o si es de la vecina, pero antes de distinguirlo ya estamos sobre la cama. Están disfrutándolo. Yo no podría. Imaginarte a mi lado mientras alguien me coge, o besándote mientras… Pff, imposible. Pensarte me distrae, me la baja. Ellos lo notan y vuelven a recorrerme a lengüetazos. Ricardo ya sabe que me excito cuando me besa las orejas y se aprovecha. José se dedica, devoto, a mi verga. Que rico machito. Le pregunto si la quiere otra vez, solo para verlo decir que sí, mientras se muerde el labio. Me pone loco. Miro a Ricardo y sin preguntar nada, me dice que de ladito ¿Qué les pasa? ¿Me pueden adoptar? ðŸ˜‚ No necesitamos hablar, ni siquiera necesitamos mirarnos a los ojos. Nos comunicamos por la piel y, ¡Vaya! Nos entendemos de maravilla. Si acá falta lubricar, tú pones saliva. Te muerdo, el me aprieta y los tres sudamos ¿Te falta? Escupo con tal puntería y no paro de mover las caderas, hasta que nos apaguemos este ardor. La tarea adquiere un ritmo que se marca solo, a suspiros. Me gusta que gimas en mi boca. Me gusta saber que él está ahí mientras te tengo clavada la mirada en los ojos. Exhalo y me alcanzas con tu boquita José, que lindo eres. Me vas a hacer venir. Me vas a hacer venir, te digo. No sé cómo haces, pero me aprietas más todavía. No puedo parar ya. Y… aaah… me desinflo mientras permito que los espasmos electricen mis músculos. Cierro los ojos. Tú, Josecito, ¿también te viniste? Me besas el sudor de la frente. Las gotas perladas brotan y caen sobre las sábanas o sobre un cuerpo.

La sacas. Echados en la cama, recobramos el aliento. Les ofrezco hierba. Ricardo niega con la cabeza y tú, ¿tampoco? Dices que no. La dejo a un lado. Voy al baño y luego por mi ropa. Miro la hora… uf, prefiero que se vayan nomás, es mejor prevenir. Les ofrezco el baño y luego los despacho, aunque me quedo mirando el culo de José hasta que desaparece en el ascensor. Bueno, ya está hecho. ¿Feliz? Voy al cuarto, me siento en la cama y abro la persiana a la mitad mientras miro por la ventana, luego enciendo un cigarro. Observo los mismos tejados metálicos de siempre, ahora apagados, camuflados en los tonos mostazas y rojizos opacos que se pierden en lo profundo de la humareda. Suelto el humo y se escapa jaloneado por el viento del exterior. Puta, ¿cómo he traído a esos tipos aquí? Mi amorcito eres tú. Ya de nada sirve la culpa, ya lo sé. El humo se enreda con el aire y con mis entrañas. Trago saliva amarga y pienso que seguro tú estás entrenando. Siento mi corazón inquieto, latiendo fuerte en el pecho ¿Será que vuelve? Bajo la mirada hacia mi torso ¿Cómo aquí adentro se puede sentir tan terrible? No voy a dejar que vuelva. Me recuesto y cierro los ojos. Dijiste que si me concentro, puedo volver a ese estado alfa o lo que sea. Sigues latiendo en mi cabeza, hijo de puta. Intento respirar lento, seguro que puedo calmarme, ¿no? Suena el pestillo. Me levanto tan rápido que me mareo. Carajo. Meto el condón en mi bolsillo y apareces en la puerta. Me dices hola amor y me preguntas qué hago. Yo parado acá te digo que nada, que justo me iba entrar a la ducha y te esquivo. Me preguntas por el estudio donde la Nani... Entonces respondo que por qué no estás en el gimnasio. Mierda, la sigo cagando. Te me quedas mirando y digo que Nani tuvo que salir a comprar algo. Te das la vuelta y vuelves a la cocina, aprovecho de sacar las sábanas de la cama. Te estas sirviendo un vaso de agua y me preguntas qué comí. Te digo que sobras. Menciono que ya toca lavar las sábanas y me encierro con ellas en el baño. ¡Carajo! Por poquito. 

Abro la ducha y espero a que el agua entibie. me salvé por poquísimo. Tenías que estar entrenando. Toco el agua, ya calentó. Yo estoy frío por los nervios, con estos putos espasmos otra vez. Entro de golpe y siento que mis pies se queman, pero es una ilusión por la diferencia de temperaturas, me lo explicaste tú, mi sabelotodo. Busco el jabón, el shampoo. Intento relajarme, debí poner músiquita. Carajo ðŸ˜± Â¡Mi celular! Siento que voy a vomitar. Puto corazón, ¡dejá de latir así! Sin darme cuenta estoy con las manos en la frente, mientras el agua caliente cae sobre mi nuca, mi espalda, intentando recordar dónde lo dejé y si lo bloqueé. Mejor me enjuago rápido y… Golpeas la puerta con torpeza. ¡Ay no! Cagué. Me gritas del otro lado. Me dices que mejor me apure ¡Ay Dios mío, ay Dios mío! Me encojo sollozando. Me vas a matar. Me vas a botar de tu casa. Me vas a dejar sin nada, por un puto polvo. Carajo, me doy cuenta que no has dicho nada más. ¿Salgo? Abro la puerta corrediza de la ducha. Miro el inodoro, quiero vomitar. ¿Será que, si me pongo mal, me perdonas? Miro nuestros cepillos de dientes sobre el lavamanos y se me empañan los ojos como el espejo. El agua se hace vapor al caer sobre el piso de la ducha. Vuelves a golpear y salto del arrebato. Gritas, que salga carajo. Puta mierda, puta mierda. Quisiera dejar de ser yo, me cago, hundirme en este puto hoyo negro. Recuerdo la gaveta… Mojado todavía, abro el cajón y saco tu cuerda. Sigues gritando y comienzas a patear la puerta. Ay mierda, me vas a matar. La cagué, la cagué mal. Ojalá te pudieras calmar. Veo la cuerda en mis manos, siento su aspereza. Ya no gritas ni golpeas. Parado detrás de la puerta, sigues revisando mi celular. Ni cagando me perdonas, me vas a matar vos. ¿También lloras, amor? Sigo mirando la cuerda y luego miro la estructura de aluminio que sostiene la puerta corrediza de la ducha. También vas a llorar. 

***

Nicolás Gonzáles (Cochabamba, 1994). Ingeniero ambiental, sicólogo y narrador. Ha publicado Señor de gloria (Editorial Electrodependiente, 2022)


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