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CRÓNICA

Tachas 554 • Cuetes • Karla Gasca

Karla Gasca

Imagen generada con IA
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Tachas 554 • Cuetes • Karla Gasca

Era Nochebuena e intentaba conciliar el sueño. Generalmente logro dormir a los pocos minutos de poner la cabeza sobre la almohada con ganas de dar fin a mi día, pero esa noche no pude. Los cuetes resonaban en todas direcciones con su peculiar chiflido alargado y su estallido ensordecedor. 

Poco antes de que los cuetes me robaran el sueño, veía una película como hago cada Nochebuena desde hace algunos años. Sin novedad en el frente fue la elegida. Pensé que exageraba, que los cuetes no eran el problema, que mi inquietud se debía al desfile de imágenes terribles de la Primera Guerra Mundial. Consideraba esto cuando un cuete tronó muy cerca de mi ventana. El cristal vibró y mi perra la Negra que es vieja, ciega y casi sorda, dio un brinco sobre su cama. Mi corazón se aceleró como si existiera una amenaza real y respiré hondo para recuperar la calma. Comprendí entonces que la noche sería larga y tendría que buscar otra película (una menos bélica) para pasar el rato. Por desgracia, la naturaleza de mi pensamiento obsesivo me llevó a dar vueltas alrededor del tema de la pirotecnia durante otro buen rato. 

Si un solo cuete me causó tal impresión, ¿cómo habrá sido el estruendo de la explosión del mercado de fuegos artificiales de Tultepec en el año 2016?, me pregunté. 60 heridos y 30 muertos decían en las noticias. Recuerdo haber visto un video del accidente en Twitter, cuando esta red social aún se llamaba así. Alguien grabó con su celular desde la carretera, adentro de un coche, a kilómetros del mercado y captó una nube negra que oscurecía el cielo junto a cientos de estrellas que brillaban de día: fuegos artificiales interminables de todos colores, como si hubieran quemado cientos de castillos en honor a todas las vírgenes y todos los santos habidos y por haber; un espectáculo terrible y fascinante a la vez. Y es que muchísimos mexicanos (incluyendo a mis vecinos) sienten una enorme atracción por lo terrible y fascinante, por todo lo que active la adrenalina sin tener que ejercitarse en un gimnasio o una cancha de futbol, como prender un cuete y sostenerlo en la mano hasta poco antes de que salga volando. Si el truco sale bien la persona se convierte en un valiente, en un domador de pólvora frente a los ojos de su familia; si sale mal, pierde algunos dedos. 

Lo realmente terrible de los cuetes no tiene que ver con amputaciones o con el estruendo. Lo realmente terrible es que cualquiera los puede comprar y utilizar sin temor o vergüenza. Un hombre me los ofreció hace poco en el mercado “para poner ambiente a la fiesta” sin importarle mi estado psicológico o emocional. Se les regala a los niños como si fueran dulces y ellos encuentran maneras muy creativas de utilizarlos, como colocarlos dentro del hocico de un perro o amarrarlos a la cola de un gato. Incapaces de desistir al poderío de un cuete, se rinden a sus fantasías más oscuras (que en la infancia suelen ser especialmente torcidas) y no dudan en devastar una vida que les parece poca cosa, sin imaginar que la noticia de su crueldad se hará viral en las redes sociales y muchas personas querrán hacerles lo mismo a ellos.  

Navidad la pasé peleada con los cuetes. No hubo recalentado porque no hubo cena, tampoco hubo regalos, pero los cuetes no faltaron, ni la enorme nube de smog que todo lo rodea con una densa capa gris. Por la tarde-noche apagué la luz, más cansada de mis pensamientos que del estruendo, y no logré conciliar el sueño. Lo intenté, pero al cerrar los ojos me invadió el temor de quedar atrapada en una trinchera a la espera de un ataque de las tropas francesas. ¿Estoy mal de los nervios? Un poco, sí, aunque más bien le temo a las pesadillas sonorizadas. Odio cuando los ruidos del mundo se filtran en el sueño dejándome aprisionada en la Fase 1 sin posibilidad de desconectarme de mi entorno. 

Año Nuevo fue más amable y lo pasé acompañada. Caminaba junto a Jime e Isaac por un callejón empinado de Guanajuato, uno especialmente empinado, cuando dieron las doce de la noche y los fuegos artificiales explotaron en todas las direcciones. Por suerte había frente a nosotros un terreno baldío que nos permitía ver todo el paisaje. La pirotecnia salía de la universidad y de cada uno de los cerros estrellándose en la oscuridad del cielo. Estoy segura de que presencié el espectáculo con la boca abierta, como cuando era niña y mi abuelo me llevaba a la Feria a ver desde el auto el extinto show de pirotecnia. La lejanía con el sitio de donde brotaban las estrellas artificiales era significativa, por lo que pude contemplarlas sin miedo. Disfruté de cada explosión y de cada imagen pintada fugazmente en el cielo de un recién nacido 2024. Observé las estrellas blancas y brillantes, las chispas y el color rojo del carbonato de estroncio hasta el final, y decidí que anunciaban buena fortuna para todos. Isaac cantó un fragmento de Magic Moments de Perry Como y el coro se incrustó en mi cabeza. Levantamos las latas de cerveza, nos abrazamos y brindamos dispuestos a la dicha y a la sorpresa. Yo estaba agradecida y contenta de estar ahí, en ese preciso momento de entre todos los momentos, tan lejos del estruendo y tan cerca de luces brillantes. 




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Karla E. Gasca (León, Guanajuato, 1988). Autora del libro de relatos breves: Turismo de Casas Imposibles (Los Otros Libros, 2023), (Ediciones Liliputienses, 2023). Algunos de sus cuentos figuran en las antologías: Para leerlos todos(2009), Poquito porque es bendito (2012), y Presencial, memoria del encuentro entre colectivos literarios del Seminario Amparán (2021). Becaria del PECDA Guanajuato (2022) en la categoría Jóvenes Creadores, dentro de la disciplina de Crónica. Becaria del programa Impulso a la Producción y Desarrollo Artístico y Cultural del ICL (2023) en la categoría de Literatura con el libro de crónicas: Nemi. Historias de una ciudad. Obtuvo el primer lugar en el Tercer Certamen de Cuento Corto de la Casa de la Cultura Efrén Hernández. Finalista del Premio Latex 2023 de microficción urbana (Editorial MOHO). 

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