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CRÍTICA

Tachas 554 • Xóchitl Gálvez y la crisis del relato • Alejandro Badillo

Alejandro Badillo

Xóchitl Gálvez
Xóchitl Gálvez. Foto: @XochitlGalvez
Tachas 554 • Xóchitl Gálvez y la crisis del relato • Alejandro Badillo

Cuando en junio del año pasado la entonces senadora Xóchitl Gálvez llegó a Palacio Nacional para tocar la puerta y, así, tratar de ejercer su derecho de réplica durante la conferencia matutina diaria del presidente López Obrador, se empezó a gestar una epopeya en las mentes de los líderes de la oposición. Hasta ese entonces, el frente conformado por el PAN-PRI-PRD había buscado, sin éxito, una figura que pudiera contrarrestar la popularidad del presidente. Algunos analistas vaticinaban que algún político del PAN –en vista del descrédito del PRI– empezaría a construir una candidatura que pudiera funcionar para las elecciones del 2024. Sin embargo, los electores estaban dando la espalda a los partidos tradicionales y, sobre todo, a personajes como Ricardo Anaya o José Antonio Meade –excandidatos presidenciales en el 2018– pues son miembros de la élite política y económica que pierde, cada vez más, legitimidad en el país.

Xóchitl Gálvez no es, en absoluto, una política “outsider” al estilo de los personajes radicales que ganan popularidad en varias naciones. Ella apareció en escena en el sexenio de Vicente Fox (2000-2006) para hacerse cargo del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas desde el 2003 hasta el fin de ese periodo presidencial. Más allá de su labor en ese organismo, conviene recordar que el gobierno de Fox –el primero de oposición en el país– llegó con la narrativa del llamado “emprendedurismo” y la visión empresarial como guía para la administración pública. La misma Gálvez es empresaria, y no de cualquier industria. Ella, a través de su empresa High Tech Services, se dedica al ramo de “edificios inteligentes": automatización, aire acondicionado, telecomunicaciones, entre otras áreas. El papel de Gálvez, como empresaria hecha a sí misma y conocedora de la tecnología, encajó a la perfección en la primera década del siglo XXI, cuando internet estaba en un crecimiento exponencial y las redes sociales estaban a punto de nacer. 

Esta historia seguramente les pareció oro puro a los asesores de Xóchitl Gálvez cuando comenzó a diseñarse su candidatura a la presidencia. En lugar del político perteneciente a la élite tradicional que ha dominado al país por décadas, tenían a una mujer –autonombrada como indígena para mejorar aún más el producto– que había logrado el sueño de la meritocracia, es decir, llegó a la cúspide por sus propias habilidades y esfuerzo. Lo único que se necesita es contagiar ese ánimo y deseos de superación a los votantes para crear una figura popular. Si el gobierno actual ha basado parte de su éxito en pensiones, becas, aumento al salario, entre otras cosas, la respuesta de sus enemigos políticos ha sido: te están menospreciando, tú puedes obtener una mejor calidad de vida por ti mismo. Con base en eso –más allá de que Gálvez haya asegurado, tímidamente, que las ayudas sociales no van a desaparecer en su hipotético sexenio– se ha construido un discurso mediático que no sólo no hace que suban los bonos de la candidata, sino que disminuye su preferencia electoral, como se puede comprobar en las encuestas de los meses recientes.

¿Cuál es el problema de la candidata opositora? Uno de los más importantes es que su campaña parece sacada de la década de los 90, cuando la propaganda política estaba volcada a la construcción de relatos que inspiraran a los electores. Uno de los investigadores que se ha aproximado al auge y decadencia del llamado “storytelling” es el francés Christian Salmon, miembro del Centro de Investigaciones sobre las Artes y el Lenguaje (CNRS). En un par de libros: Storytelling. La máquina de fabricar historias y formatear las mentes (2007) y La era del enfrentamiento. Del storytelling a la ausencia del relato (2019) describe cómo los electores y la población en general pasaron del encantamiento de las historias que, en el papel, debían servir como modelos de vida para el ciudadano, a un escepticismo que fue territorio fértil para el resentimiento. La tecnología de la información, por otro lado, jugó un papel fundamental al fragmentar los discursos y, por supuesto, erosionar los medios tradicionales que, rápidamente, perdieron credibilidad. Por otro lado, las promesas incumplidas de los políticos que impulsaron el liberalismo económico en sus países, contribuyeron a desprestigiar su relato de éxito personal. En Estados Unidos Barack Obama y, anteriormente Bill Clinton, son el mejor ejemplo de esto.

La campaña de Xóchitl Gálvez juega, justamente, a crear un personaje que pudo aprovechar las ventajas de la globalización, la tecnología y el ascenso social que otorga la educación. El problema es que esa realidad es inalcanzable para la mayor parte de los mexicanos por más esfuerzos que hagan ya que enfrentan desventajas sistémicas. A pesar de eso, todos los días la candidata construye una historia que pretende inspirar a una población que vive en carne propia los estragos de la desigualdad social. Al contrario de los políticos que usaron el storytelling –particularmente Barack Obama–, que tenían conocimiento de la oratoria y bases suficientes de retórica política –Gálvez apenas puede repetir algunas consignas sacadas del repertorio de la superación personal, algunas promesas vagas, chistes y acusar al gobierno con frases extraídas de los columnistas enemigos del gobierno-. Pero eso no es lo peor, el discurso meritocrático de la candidata, además de no crear un personaje al menos creíble, parece ahondar la herida de las víctimas del capitalismo del siglo XXI necesitadas de reconocimiento, empatía y, sobre todo, restitución de derechos sociales y humanos. Un comercial de la candidata es suficiente para ejemplificar esto. En noviembre del año pasado publicó en sus redes sociales la historia de una mujer trabajadora que se levanta a las 4 de la mañana para estar en su trabajo a las 8. La leyenda que acompaña a la imagen es: “Así como Patricia, miles de mujeres salen desde temprano a chambear para llevar un plato de comida a su casa. Debemos sentirnos orgullosas de #LasVerdaderasMañaneras. #FuerteComoTú”. En lugar de prometer una legislación para reducir la jornada laboral, lo que idealiza Gálvez es la cultura del esfuerzo que, en el caso de Patricia, no redundará en una recompensa justa, pues a pesar de lo “fuerte” que sea, seguirá teniendo el mismo salario y la misma jornada inhumana. Esto es, sencillamente, romantización de la pobreza, y así fue percibido por un buen sector de usuarios en las redes sociales. 

La campaña de Xóchitl Gálvez que, previsiblemente, continuará en el mismo tenor con resultados cada vez más desastrosos, es una buena muestra de cómo los estrategas de las campañas políticas, generalmente pertenecientes a la élite educada en las mejores universidades del país y del extranjero, no sólo no han comprendido la dinámica de la comunicación del siglo XXI, las desventajas de la narrativa meritocrática, sino que miran al electorado con una mezcla de paternalismo y desconocimiento absoluto de la realidad que vive un mexicano de a pie. Es, a final de cuentas, una campaña para convencer a los ya convencidos, no para darle vuelta a una elección que está muy lejos de ser competida.  




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Alejandro Badillo (CDMX, 1977) es narrador, ha publicado tres libros de cuentos: Ella sigue dormida (Fondo Editorial Tierra Adentro/ Conaculta), Tolvaneras (Secretaría de Cultura de Puebla) y Vidas volátiles (Universidad Autónoma de Puebla); y la novela La mujer de los macacos (Libros Magenta, 2013).
 

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