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RESEÑA

Tachas 569 • Las entrañas de Santa, de Javier Ibarra • Joserra Ortiz

Joserra Ortiz

Las entrañas de Santa, de Javier Ibarra
Las entrañas de Santa, de Javier Ibarra
Tachas 569 • Las entrañas de Santa, de Javier Ibarra • Joserra Ortiz

Las entrañas de Santa, el segundo libro de Javier Ibarra, es realismo alucín: realismo de apariencias. En sus anécdotas lejanas y autobiográficas se escribe sucio y directo sobre un pasado inmediato y personal, sin la ambición de mostrar las cosas como realmente fueron, aunque señalando los eventos tal y como ocurrían. Esta característica no es una contradicción, más bien es un valor, porque la buena literatura permite estas ingeniosas paradojas. Este libro, publicado por la regiomontana Oficio Ediciones del mítico Arnulfo Vigil, es una colección de ocho relatos y un epílogo sobre la juventud urbana y trivial, que cuentan la tribalidad auténtica que condiciona a toda persona en cierta edad, y que el autor desarrolla como lecturas de lo trascendente que hay en las cosas comunes. Es evidente, por su escritura y sentido ideológico, que Javier Ibarra se desenvuelve como un artista punk, pues a pesar de sus temas no se arrima a las fórmulas de moda, ni a los discursos acordados por los escritores establecidos, mucho menos a los intereses ideológicos de las masas contemporáneas, muy puntualmente de las que escriben sobre espacios al norte del país y sus aconteceres actuales.

A lo largo del libro Javier Ibarra habla del narco, es verdad, uno de los grandes temas del relato mexicano en el siglo XXI. Sin embargo, es notorio y él mismo advierte, con justicia y con razón, que lo suyo “no es ni será narconarrativa, sino que se trata de [sus] recuerdos de aquel lugar donde [vivió] durante diez largos años”. Las entrañas de Santa no es un libro de la narcocultura, tampoco un ejercicio de narcoficciones; prefiero llamarle realismo alucín, porque en él leo los diversos sentidos que hoy tiene esta categoría estética en México. Primero, porque como estilo literario, lo que sucede en Las entrañas de Santa se desenvuelve en un estado eufórico que trueca lo real y verdadero hacia lo imaginario, confundiéndolos. De hecho, así es como surge el topónimo “Las entrañas de Santa”, una ciudad que existe sólo en el recuerdo de su autor y que, aunque es una transmutación del municipio de Santa Catarina, en Nuevo León, es sobre todo un espacio alucinado tal y como se dibuja en la ilustración que Paco Ramírez hizo para el libro. Segundo, porque en su forma se trata de textos aparentes: no son lo que dicen ser, se disfrazan. ¿Estos relatos son crónicas o cuentos? ¿Son un elogio del Monterrey que se fue o una crítica descarnada y sarcástica? Finalmente, y más importante, porque aunque contextualmente surge del narco, ya que cuenta hechos sucedidos en Monterrey en una etapa signada por la violencia de alto impacto, consecuente de los cárteles de las drogas, nada de lo que se narra, ni las formas en que se hace, pertenece discursivamente ni a la cultura ni a la ideología narca. Son más bien historias engarzadas por los mismos personajes, que giran en torno a la música y que ocurren en el contexto de una ciudad recientemente destruida por la hiperviolencia y el paso del Huracán Alex de 2010. 

No es muy común literatura de esta calidad e idiosincrasia en nuestro país actualmente. En este sentido, los cuentos crónicos de Javier Ibarra van a interesar y a gustar a quienes también tienen otras aficiones artísticas, además de la literatura. Los relatos se sostienen en retratos de espacios, ambientes y personas comúnmente desagradables, así como sustentan su andamiaje en la influencia musical: por un lado están las epígrafes sacadas de la ecléctica pero muy regiomontana discoteca del autor, por otro la anécdota de que los protagonistas son músicos de hardcore, pero sobre todo en la constancia de que la focalización temática de Javier Ibarra, así como la cadencia eufórica y directa de su gramática no dan tregua. Esto, sin duda, es punk y estéticamente, la mirada del punk obliga a lo sublime, que es decir a buscar la belleza en lo execrable y desechado por la sociedad. En la misma línea, pero metafísicamente, el punk entiende al ser como un ente alienado por las circunstancias, al que éticamente se le debe liberar obligándolo al contacto con la espontaneidad. 

Desde estas directrices, en cualquier sentido lo punk es aquello que se construye a sí mismo con y desde lo que se tiene, consiguiendo una comprensión de la realidad muy impresionista que produce objetos artísticos a la vez impresionados. Es decir, una obra no es punk si tiene a la trascendencia en su horizonte de expectativas; antes bien, es punk si quiere fijar en la memoria colectiva la constancia de que existe lo que se ha ignorado y no tiene futuro. La filosofía del punk le da valor y dignidad a lo poco memorable, y como cuestión artística tiende a los recursos poco elevados y contrastantes, como el ruido, el pastiche, el collage y el pegote del DIY—Do It Yourself. En el sentido complejo de todo esto, lo alucín es punk y el punk es alucín, porque tanto el uno como el otro lo que desean es ser vistos y respetados, a pesar de no pertenecer al mainstream de ninguno de los discursos de donde provienen. Ambos son modelos contestatarios porque proponen la brevedad de su aparición como una disrupción al sistema de los grandes discursos. Así, ante un mercado editorial que se desgasta en miles de páginas dedicadas a sesudos análisis y críticas afectadas y sobrepensadas de la narcoguerra y su narcorealidad en México, Javier Ibarra ofrece textos veloces y pequeños en donde lo criminal es ya el sistema y el ser antisistema significa hacer una vida normal en las circunstancias extremas ineludibles. 

¿Cómo se lee esto en Las entrañas de Santa? Atendiendo a la técnica de su autor que se mueve, sobre todo, en tres ejes cardinales que consignan su estilo alucinado y diferenciado. En primer lugar, en sus relatos los lectores atienden a un lenguaje creativo y contencioso; en segundo, a una dinámica textual que convierte una anécdota en algo íntimo; y tercero, en una ética desencantada que desnuda todo hecho de cualquier maravilla. En general, lo que en este libro se confirma es que la literatura de Javier Ibarra es una escritura de los hechos posibles, y que así lo son porque realmente han ocurrido, pero además no tiene la intención exquisita de volverlos plausibles: no hay nada especial en la vida corriente donde todo es común y cada evento es contingente. En la literatura, donde esta estética ha tomado diversas formas, Javier Ibarra opta por fundir dos clases de textos considerados menores por los estetas convencionales: la crónica y el cuento. La primera es la forma del relato autobiográfico pero ahistórico, considerada propia de periodistas excéntricos, mientras que el segundo es, para muchos, el terreno de ensayo de las capacidades que no podrán llevarse al largo aliento. El resultado en Las entrañas de Santa es enfático: en dosis pequeñas Ibarra logra reconstruir un lugar que ya no es más, el Monterrey de los días más cruentos e irreales de la Guerra contra el narco y el paso catastrófico de Alex. 

Como todo evento de la memoria, indudablemente, con su ejercicio escritural el autor también se reconstruye a sí mismo y viaja en el tiempo a una edad y un lugar que ya no van a existir más. Ibarra busca lo más sencillo e inmediato: hacer una literatura que resulte muy personal al tiempo que comunique de forma exacta las sensaciones ya idas. Así describe eventos lejanos como lo que son realmente: recuerdos pasados por el cernidor del desencanto, que no el de la nostalgia. De esto ya hay, siempre ha existido, Javier Ibarra no inventó nada y no presume haberlo hecho. La credencial de su genialidad literaria y verbal es la honestidad con la que no finge hacer nada nuevo, sino dedicarse a esto con pasión y con destreza. También lo hace con una visión muy concreta de las posibilidades expresivas que quiere alcanzar, y cuida mucho cómo dice lo que está contando. Sus textos coordinan tan finamente el fondo con la forma, que consigue que se tome por real y natural la falsa oralidad que él inventa. Por este tipo de distinciones, el también autor del libro de crónicas Una tragedia en tres acordes (Producciones el Salario del miedo, 2019) se ha ganado notoriedad y éxito entre lectores de publicaciones establecidas, como de fanzines marginales en los que escribe historias reales sobre gente que es especial precisamente por no serlo. No me imagino nada más punk ni más alucín que esto. 






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Joserra Ortiz lee libros en San Luis Potosí.

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