ENSAYO
Tachas 642 • La Evolución Del Cerebro • Roger Bartra
Roger Bartra
La masa encefálica que, extendida en mi escritorio como el pañuelo imaginario que podría revelar los secretos de la mente, ocupa, estrujada, entre 1200 y 1500 centímetros cúbicos dentro del cráneo de los humanos anatómicamente modernos. El ancestro del Homo sapiens, el Homo erectus que apareció hace aproximadamente un millón y medio de años, tenía entre 850 y 1100 cc de masa encefálica. Y, mucho antes, el cerebro del Homo habilis, que apareció hace unos dos millones y medio de años, ocupaba solamente entre 510 y 750 cc. Este proceso evolutivo se inició hace unos seis millones de años, cuando un grupo de grandes simios se diferenció y dio origen a diversas especies de bípedos: los australopitécidos. Para algunos científicos este periodo de seis millones de años es demasiado corto en términos evolutivos para dar lugar al surgimiento de las capacidades intelectuales y cognitivas propias del Homo sapiens. Se argumenta que el único mecanismo que puede explicar el rápido proceso evolutivo tiene un carácter cultural y social. Michael Tomasello sostiene que no ha habido tiempo suficiente para que se trate de un proceso normal de evolución biológica, el cual implica que la variación genética y la selección natural han creado una por una las habilidades cognitivas capaces de inventar y desarrollar complejas tecnologías y herramientas, formas sofisticadas de representación y comunicación simbólica y estructuras sociales elaboradas que cristalizan en instituciones culturales[1].
Aunque estoy convencido de la enorme importancia de los circuitos culturales en la formación de la conciencia individual, creo que no debemos verlos como la varita mágica que resuelve los misterios del origen del cerebro anatómicamente moderno. Tomasello rechaza la idea de que una mutación haya creado el lenguaje. Para él la clave radica en que en los humanos evolucionó biológicamente una nueva manera intencional de identificarse y de entenderse con miembros de la misma especie[2]. La continuación del proceso, a partir de esta única adaptación cognitiva que permite reconocer a los otros como seres intencionales, habría tenido un carácter enteramente cultural y produjo el desarrollo de formas simbólicas de comunicación. Este desarrollo, sostiene Tomasello, transcurre a una velocidad que ningún proceso de evolución biológica puede igualar. Stephen Jay Gould ha afirmado, por el contrario, que sí hay tiempo suficiente para un cambio en el nivel biológico. Gould comienza por advertir contra la peligrosa trampa que supone definir la evolución como un flujo continuo. El cambio ocurre mediante la transformación puntuada de subgrupos aislados en especies, y no a través de un cambio anagénico, a un lento ritmo geológico, de la totalidad del grupo[3]. Gould demuestra que es una falacia creer que el crecimiento de la capacidad craneana que ocurre durante el periodo que separa al Homo erectus del Homo sapiens representa un ejemplo de velocidad evolutiva extraordinaria, algo tan raro que sólo se explicaría por las maravillosas capacidades de adaptación y de retroalimentación de la conciencia humana. Es decir, que la velocidad del cambio sólo se explicaría por la intervención de procesos culturales. En realidad no se trata de un ritmo de cambio extraordinario, sino que es perfectamente normal que la masa encefálica haya doblado su tamaño en 100 000 años (unas tres mil generaciones)[4]. Gould explica que el cambio de Homo erectus a Homo sapiens fue un proceso rápido de surgimiento de una especie que probablemente ocurrió en África entre 250 000 y 100 000 años atrás[5].
No debemos centrarnos únicamente en el crecimiento (absoluto y relativo) de la capacidad craneana. Un estudio ha señalado la importancia de observar también la forma que adopta el cerebro, y ha descubierto la existencia de dos tendencias en la evolución de la forma del cerebro del género Homo. Los dos procesos llegan a un tamaño similar de la capacidad craneana, en un caso el hombre de Neandertal y en el otro el humano moderno. El primer patrón de desarrollo de la configuración craneana muestra que en la medida en que aumenta el tamaño decrece la distancia interparietal. Este patrón se observa en la evolución que va de los especímenes más arcaicos hasta los neandertales. Pero el proceso de cambio que desemboca en los cráneos humanos modernos muestra un salto evolutivo que se aparta del patrón señalado, e inaugura una nueva trayectoria. La nueva tendencia produce, con la ampliación de la capacidad craneana, una mayor expansión parietal, lo que da como resultado una configuración más esférica (braquicéfala) del cerebro. Esto parece indicar que las capacidades cognitivas de los humanos modernos no son una mera expansión de las habilidades arcaicas sino la adquisición de nuevas aptitudes. Los neandertales y los hombres modernos representan dos trayectorias evolutivas distintas e independientes[6].
En este contexto es posible insertar la hipótesis sobre el funcionamiento de la conciencia. Un subgrupo de homínidos en África, hace un cuarto de millón de años, relativamente aislado y geográficamente localizado, sufrió rápidos cambios en la estructura, configuración y tamaño de su sistema nervioso central. Estos cambios se sumaron a las transformaciones, seguramente muy anteriores, del aparato vocal que permite la articulación del habla tal como hoy la conocemos. Podemos suponer que las mutaciones en estos homínidos arcaicos afectaron las funciones, la forma y el tamaño de la corteza cerebral, pero además ocasionaron transformaciones en los sistemas sensoriales que les dificultaron su adaptación al medio, como podrían ser cambios en la receptividad olfativa y, acaso, modificaciones en la capacidad de localizar las fuentes de los sonidos, así como alteraciones de las memorias olfativas y auditivas. Sus circuitos neuronales serían insuficientes y las reacciones estereotipadas ante los retos acostumbrados dejarían de funcionar bien. Acaso podríamos agregar el hecho de que grandes cambios climáticos y migraciones forzadas los enfrentaron a crecientes dificultades, por lo que quedaron en desventaja frente a otros homínidos que, mejor adaptados al medio, respondían con mayor rapidez a los retos cotidianos.
El primigenio Homo sapiens deja de reconocer una parte de las señales procedentes de su entorno. Ante un medio extraño, este hombre sufre, tiene dificultades para reconocer los caminos, los objetos y los lugares. Para sobrevivir utiliza nuevos recursos que se hallan en su cerebro: se ve obligado a marcar o señalar los objetos, los espacios, las encrucijadas y los instrumentos rudimentarios que usa. Estas marcas o señales son voces, colores o figuras, verdaderos suplementos artificiales o prótesis semánticas que le permiten completar las tareas mentales que tanto se le dificultan. Así, va creando un sistema simbólico externo de sustitución de los circuitos cerebrales atrofiados o ausentes, aprovechando las nuevas capacidades adquiridas durante el proceso de encefalización y braquicefalia que los ha separado de sus congéneres neandertales. Surge un exocerebro que garantiza una gran capacidad de adaptación. Se podría decir que el exocerebro sustituye el desorden de la confrontación con una diversidad de nichos ecológicos por el orden generado por un nicho simbólico estable.
Esta interpretación se enfrenta a un problema: hay un lapso de tiempo borroso que separa el surgimiento en el proceso evolutivo de los humanos anatómicamente modernos y el momento en que tenemos registros arqueológicos de una actividad cultural basada en formas de comunicación simbólica aprendidas. Adam Kuper ha observado que los humanos claramente modernos aparecen por lo menos unos 60 000 años antes de la presencia de una cultura desarrollada. Por lo tanto, supone, la cultura entró en escena muy tardíamente, pero en cuanto lo hizo la evolución cultural avanzó a una velocidad mucho mayor que la impuesta por las lentas mutaciones de la evolución biológica[7]. Estos cambios ocurrieron durante la transición del Paleolítico medio al superior, cuando la industria lítica musteriense de los neandertales, probablemente incapaces de pensamiento simbólico, fue sustituida por la lítica auriñaciense de los modernos cromañones, hombres dotados de lenguaje, agrupados socialmente, practicantes de rituales y con una economía recolectora y cazadora organizada.
Hay una explicación para este hiato entre la adquisición de rasgos físicos modernos y el desarrollo de una cultura simbólica. Ian Tattersall encuentra la clave en la llamada exaptación[8]. A diferencia de la adaptación, aquí se trata de innovaciones espontáneas que carecen de función o que juegan un papel muy diferente al que finalmente tienen. El ejemplo más conocido son las plumas, que mucho antes de ser útiles para volar funcionaron como una capa para mantener el calor del cuerpo. Tattersall cree que los mecanismos periféricos del habla no fueron una adaptación sino una mutación que ocurrió varios cientos de miles de años antes de que quedaran circunscritos por la función de articular sonidos. Y posiblemente, según este científico, las capacidades cognitivas de que nos jactamos también fueron una transformación ocurrida hace 100 000 o 150 000 años que no fue aprovechada (exaptada) sino hasta hace 60 000 o 70 000 años cuando ocurrió una innovación cultural que activó en algunos humanos arcaicos el potencial para realizar los procesos cognitivos simbólicos que residían en el cerebro sin ser empleados[9]. Según Tattersall el detonador de este proceso cultural fue la invención del lenguaje. Aquí introduce una hipótesis que parece dudosa: supone que la habilidad lingüística tenía ya un cableado neuronal inscrito en el cerebro y que sólo faltaba el estímulo externo para ponerlo a funcionar. El disparador pudo haber sido algo tan sencillo como una invención realizada por un grupo de niños durante sus juegos. Una vez hecha esta maravillosa invención el conjunto de la sociedad debió de adoptarla y difundirla a otros grupos[10].
No queda claro el motivo por el cual los hombres tardaron varias decenas de miles de años en descubrir las potencialidades dormidas de su cerebro. ¿Fue el producto del mero azar? No parece una explicación adecuada. Creo que debemos aceptar que la transformación neuronal comenzó a tener consecuencias desde el momento en que un subgrupo de homínidos tuvo que enfrentarse a retos que superaban los recursos normalmente usados. No fue el azar de un juego de niños el que descubrió la habilidad de dotar a los objetos de un nombre. Lo importante en un proceso de exaptación es la refuncionalización de las modificaciones no adaptantes llamadas spandrels por Gould, que toma un término de la arquitectura: esos espacios triangulares que no tienen ninguna función y que quedan después de inscribir un arco en un cuadrado (tímpano, enjuta) o el anillo de una cúpula sobre los arcos torales en que se apoya (pechina). Las pechinas cerebrales podrían haber sido circuitos neuronales abiertos a funciones inexistentes, a memorias inútiles o a señales externas que no llegan, o bien a mecanismos no relacionados con procesos cognitivos. Gould explica que el número de pechinas aumenta considerablemente con la complejidad del organismo: son pocas las que hay en el espacio cilíndrico umbilical de un gasterópodo, comparadas con la gran cantidad que alberga un cerebro humano, pechinas que sobrepasan considerablemente el número de cambios adaptantes que ocurren con la expansión de la masa encefálica[11].
Mi hipótesis sobre el exocerebro, como he explicado más arriba, implica una situación en la cual el individuo está sometido a un sufrimiento ante las dificultades para sobrevivir en condiciones hostiles. Al respecto quiero traer en ayuda de mi argumento las reflexiones de Antonio Damasio, quien se preguntó por el disparador que pudo impulsar las formas complejas de comportamiento social. Supone, me parece que acertadamente, que las estrategias sociales y culturales evolucionaron como una manera de enfrentar el sufrimiento en individuos dotados de notables capacidades memorativas y predictivas. La clave de la interpretación de Damasio radica en que este sufrimiento es algo más que el dolor que siente el individuo como una señal somatosensorial provocada por una herida, un golpe o una quemadura. Al dolor sigue un estado emocional que se experimenta como sufrimiento. El dolor es una palanca para el despliegue adecuado de impulsos e instintos, explica Damasio. De la misma manera el organismo despliega los dispositivos emocionales del sufrimiento para impulsar medios que lo evitan o lo amortiguan. Algo similar ocurre con el placer, una sensación que genera estados emocionales adicionales[12].
Habría que dar un paso más: buscar las posibles consecuencias neuronales del sufrimiento en condiciones para las cuales el individuo no encuentra los medios orgánicos para evadirlo. A fin de cuentas el sufrimiento es el resultado de una carencia, una ausencia, una privación. En estas condiciones el organismo siente la necesidad de sustituir los recursos que le faltan: no sólo agrega un estado emocional propicio, sino que además acude a los mecanismos simbólicos y cognitivos que residen en su cerebro como pechinas y enjutas alojadas sobre los arcos de su arquitectura neuronal. Esto puede implicar desde luego el uso de armas y herramientas, pero sobre todo la asignación de voces a los objetos y a las mismas emociones o a las personas, la aplicación de signos en los caminos o en las fuentes de recursos, la ejecución de ritmos y movimientos rituales para simbolizar la identidad y la cohesión de los grupos familiares o tribales, y el uso de técnicas de clasificación como memorias artificiales.
No es seguro que haya habido un vacío de unos 60 000 años, un extraño intervalo de transición durante el cual los hombres ya anatómicamente modernos, dotados de un cerebro como el nuestro, habrían vivido sin desarrollar las capacidades simbólicas de los seres que hace más de 30 000 años crearon las figuras en marfil halladas en la cueva Hohle Fels, en el Jura suabo, y las pinturas de la cueva Chauvet en el sur de Francia. Es muy posible que sea en gran parte un vacío de información que descubrimientos venideros podrían llenar. De hecho, ya tenemos huellas de estos nuevos descubrimientos en las excavaciones de la cueva de Blombos, en África del Sur, donde es posible que haya indicios de actividad simbólica humana de hace 75 000 años[13]. Por otro lado, seguramente una parte de las huellas tempranas de las actividades cognitivas más rudimentarias, realizadas con materiales perecederos, no ha sobrevivido. Los restos más antiguos de seres humanos modernos, asociados a lítica propia del Paleolítico medio han sido hallados en el sur de África. Según la teoría más aceptada fue en ese continente donde se originó el Homo sapiens. Probablemente llegó a Europa en la época en que el último periodo glacial alcanzaba las más bajas temperaturas, hace más de 45 000 años. Durante ese periodo debió de expandirse el exocerebro humano, un conjunto de procesos culturales estrechamente conectados al sistema nervioso central. A partir de estos y otros indicios, Tomasello ha dicho que «la conclusión ineluctable es que los seres humanos individuales poseen una capacidad biológicamente heredada para vivir culturalmente»[14]. Yo más bien creo que adolecen de una incapacidad genéticamente heredada para vivir natural, biológicamente. Esto nos lleva a la búsqueda de esos circuitos neuronales que se caracterizan por su carácter incompleto y que requieren de un suplemento extrasomático.
Texto cedido para promoción por los editores del libro Antropología del cerebro. Roger Bartra. Grano de Sal. 2024, CDMX.
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Roger Bartra (CDMX. 1942) Antropólogo por la ENAH y doctor en sociología por la Universidad de París, es miembro del Instituto de Investigaciones Sociales, de la UNAM. Ha estudiado el mundo agrario de nuestro país, las redes imaginarias y reales— del poder político, la melancolía —lo mismo en el metafórico axolote que en el Siglo de Oro español— y el ambiguo mito del salvaje, entre otros muchos asuntos. Es autor de una veintena de libros y, a lo largo de medio siglo, una presencia constante en la prensa nacional. Dirigió El Machete, la fugaz revista cultural del Partido Comunista Mexicano, y La Jornada Semanal; es cofundador del sello editorial La Jaula Abierta. En 1996 obtuvo el Premio Universidad Nacional y desde 2014 es miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.
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[1] Michael Tomasello, The cultural origins of human cognition, pp. 2-4.
[2] Ibid., p. 204
[3] Stephen Jay Gould, The structure of evolutionary theory, p. 913.
[4] Ibid., pp. 851 y ss. y 915.
[5] Ibid., p. 916.
[6] Emiliano Bruner, Giorgio Manzi y Juan Luis Arsuaga, «Encephalization and allometric trajectories in the genus Homo: evidence from Neanderthal and modern lineages».
[7] Adam Kuper, The chosen primate. Human nature and cultural diversity, cap. 4.
[8] Ian Tattersall, The monkey in the mirror. Essays on the science of what makes us human, pp. 51 y ss. Véase la primera formulación del concepto en Stephen Jay Gould y S. Vrba, «Exaptation — a missing term in the science of form».
[9] Ian Tattersall, The monkey in the mirror, pp. 153 y 182.
[10] Ibid., pp. 160-163.
[11] Stephen Jay Gould, The structure of evolutionary theory, p. 87.
[12] Antonio R. Damasio, Descartes’ error. Emotion, reason, and the human brain, «Post scriptum».
[13] Christopher S. Henshilwood et al., «Emergence of modern human behavior: Middle Stone Age engravings in South Africa». Véase también Kate Wong, «The morning of the modern mind»
[14] Michael Tomasello, The cultural origins of human cognition, p. 53.