ENSAYO
Tachas 642 • Hermenéutica del acápite • José Pablo Feinmann
José Pablo Feinmann
Opinión, la de Moreno, sin duda discutible, pero eficaz y —a lo largo de los años— visionaria. Nadie podrá decir que ese hombre fogoso y solemnemente bautizado como padre del periodismo argentino no sabía lo que decía o no lo pensaba cuidadosamente antes de decirlo. Este libro no está dedicado a fundamentar el pensamiento de Moreno, sino al análisis totalizador del poder mediático como poder constituyente o colonizador de las conciencias de los receptores de la globalización capitalista. Su consigna —en tanto punto de partida— es: Hizo más Bill Gates que Descartes por la centralización del sujeto. Hasta donde yo sé, nadie ha formulado esa frase cognitiva. Casi me animaría a decir que se trata de un enfoque nuevo. (Si algo así todavía puede existir). Un sujeto que, al ser un sujeto globalizado, bien cerca está o directamente es el sujeto absoluto hegeliano expresándose en el siglo XXI por medio del imperio bélico norteamericano y sus ramificaciones a lo largo y a lo ancho de este mundo. Es más amable, en apariencia, que el Big Brother orwelliano. Pero más peligroso. Además, no lo aplica el comunismo —como pretendía Orwell—, sino el capitalismo, que (una vez derrotada la Unión Soviética) es el que se arroja sobre el mundo con sus ideas-cosa y su inteligente utilización del entertainment idiotizante pero gozoso. «Serán nuestros entre jubilosas carcajadas de placer». Son —además— temibles porque es temible el concepto de «guerra preventiva», que abre las puertas para cualquier intrusión bélica en cualquier país que se vuelva meramente incómodo. O el apoyo constante a los grupos de trabajo que erosionan sin cesar a los gobiernos de esos países. En este mundo vivimos. Hay que añadirle, como elemento casi terrorífico que nos transforma en sujetos-cosa vigilables, controlables, por medio del poder de Internet, otro elemento de sumisión. Saben y sabrán lo que hacemos. Un medio en el que se creyó como herramienta de liberación y se ha transformado en un Super Big Brother, controlado desde los centros más remotos e inaccesibles de un poder panóptico que incesantemente nos ve sin que lo veamos.
Esta situación preapocalíptica narra este libro. En ella, el poder mediático es privativo, es vanguardia. Destruye e invade las subjetividades. No se trata, sin embargo, de postular una indefensión total de la conciencia del receptor. Todo poder tiene sus zonas de no-poder. Hay zonas del sujeto que la emisión unilateral e incesante del emisor no llega a erosionar por completo. Al ser su arma predilecta la repetición, puede ser víctima del efecto paradojal de ese procedimiento. La ultracélebre frase de Goebbels sobre la verdad como resultado de las repeticiones (mil, es la cifra que puso como para apropiarse del codiciado fruto de la verdad, que suele caer siempre en manos del más poderoso) ha tenido ya muchas refutaciones fácticas. El receptor accede a un estado de asco o de náusea cuando las repeticiones lo abruman y advierte que están tratando de manipularlo. O — fatigado— quiere escuchar otra voz. Esa voz puede existir o no. La tarea constante del poder mediático es eliminar las frases disidentes, las que no se someten a la unicidad de su mensaje. Casi siempre triunfa. El poder es el poder. Y la frase de Foucault (donde hay poder hay resistencia) nunca ha sido verificada y pareciera —lo que sería un descuido serio en el pensamiento de este autor— una frase dialéctica. Cada vez que algo engendra su antagónico, estamos en el corazón de la dialéctica, esa maldecida de nuestro tiempo. Es lo mismo que les ocurre a Hardt y Negri cuando dicen que el imperio engendra a la multitud que habrá de destruirlo. Si eso no es dialéctica, sólo puede ser dialéctica. La resistencia al poder en Foucault y la multitud en Hardt y Negri cumplen el papel de sujetos sustanciales que surgen a la vida especulativa de las entrañas de sus antagónicos, a los que negarán. Pura dialéctica. Una dialéctica sin aufheben, una dialéctica negativa, o una dialéctica en constante des totalización. Esa dialéctica todavía vive porque la historia sólo puede ser pensada como conflicto, antagonismo. Sin conciliación de los contrarios.
Sin embargo (volviendo a Moreno), su frase tiene una vigencia impiadosa. Si no, sería fatigoso e inútil tratar de inteligir semejante lucha en el mundo para transformar a la comunicación en monopolios de información. Monopolizar la información es la utopía de todo poder mediático. Y esto ya ha sido hecho. La revolución comunicacional capitalista (la única verdadera revolución de la modernidad desde 1789, la única que triunfó en la consecución de sus objetivos) ha logrado monopolizar la información. Las voces alternativas son pequeñas y, por fin, superadas por el emisor hegemónico, quien las llevará a la quiebra o las incorporará al grupo monopólico.
Todo —desde luego— es más complejo. Y penetrar la red de esa complejidad es el objetivo de este ensayo. También lo es exhibir la mecánica de la creación de los monopolios mediáticos, lo que buscan y los recursos innumerables a los que apelan para conseguirlo. Y, desde luego, cómo luchar por la libertad de las conciencias, por su autonomía, por su no sometimiento a la colonización mediática. No habrá fórmulas y todo optimismo —si, voluntariosamente, surge— será cauteloso. Cautela que provendrá, como siempre debe provenir, de una rigurosa evaluación de las fuerzas a las que nos enfrentamos.
También hay un ensayo autónomo y sorpresivo, que, presumo —por qué no—, deleitará a nuestros lectores. Consideramos al trasero (eufemismo que se usa para no decir «culo», palabra franca, sincera, que utilizaremos sin pudor) la imagen hegemónica de la modernidad informática. El culoidiotizante le es esencial al espíritu de dominación del capitalismo siglo XXI, el de los mass media desbocados. Volveremos abundantemente sobre este tema en el tal vez explosivo «Sobre la culocracia. El Big Brother Panóptico y el culo como imagen hegemónica de la modernidad informática».
En este largo ensayo apelo varias veces al humor. Lo considero una fuerte herramienta del trabajo cognitivo. También a la literatura, porque lo escribo yo y soy un novelista y un cuentista. Ya es hora de que la ficción (a la que amo por sobre todas las cosas; o no tanto, porque también amo los ensayos) penetre jubilosamente en mis textos teóricos. Todo esto, supongo, le otorga a este libro cierta originalidad. Siempre —en todo lo que escribo en el campo de la ensayística— tengo presente el paradigma de Facundo. ¿O la escena de Facundo en el árbol y asediado por el tigre o la historia de Severa Villafañe no son literatura? ¿Es verdad eso o pertenece a la febril imaginación y pluma del genio sarmientino? Como fuere, son admirables recursos. En uno de los cuentos tiendo una malévola trampa al lector de la que nada diré aquí.
El texto recoge algunos de los primeros fascículos de un proyecto que abandoné. La Crítica de la razón imperial. Acababa de escribir 130 fascículos sobre Peronismo, filosofía política de una persistencia argentina, que luego se editó en dos tomos revisados y ampliados, como suele decirse. He incorporado algunas de mis contratapas de Página/12. No muchas y las retoqué y adapté al texto central de este libro. Pero tenían que estar aquí. La de Ricardo Muti y Verdi contra Berlusconi, por ejemplo. Nadie escribió sobre mis contratapas mejor que Rita de Grandis, en un libro que frecuentemente no me es favorable. El texto se llama: El arte de la nota. Cito: «Un gran rasgo de la enunciación de Feinmann, el humor, el chiste, la ironía, la autoparodia, se encuentra también en las notas (…). El arte de las notas de Feinmann, verdadero cajón de sastre, se caracteriza por usurpar o valerse de muchos otros géneros y no tiende a la belleza ni a la novedad sino a la eficacia comunicativa, a la búsqueda de simpatías y a la intervención social que emana de un diseño que combina técnicas y prácticas tomadas de la acción política, la filosofía, la historia y la literatura. No se aleja del estereotipo sino que, más bien, como Manuel Puig y Roberto Arlt, hace uso de él, se define desde él o con él (…). En las notas el columnista-escritor es un yo y ese yo no es él, es una máscara, la presencia de una imagen, de un talante, que es fundamental como principio retórico para comprender la clave de las notas. Esta máscara o ethos llega a convertirse en caricatura del propio autor. Son precisamente estas modalidades de ficcionalización del yo las que le permiten hasta parodiarse a sí mismo. Las notas impertinentes de Feinmann —como sus antecesoras, las aguafuertes de Roberto Arlt— captan una sensibilidad singular (…). Feinmann, el cronista, se percibe como narrador en el sentido benjaminiano de historias alternativas y adscribe un peso importante al rol simbólico del escritor como intelectual que da testimonio de la experiencia de un país, confiriendo con ello a esa experiencia una identidad pública inscripta para siempre en la agenda discursiva global»[1]. Es posible que —al final de este libro— me refiera otra vez al ensayo de Rita de Grandis. Sólo en las partes en que me trata con benevolencia. Con las otras no estoy de acuerdo. O tal vez un poco. Recuerdo siempre una frase de Albert Camus sobre la condición del vanidoso: «Es bueno que hablen de uno aunque uno esté en el banquillo de los acusados». O también la del sinuoso Satanás que hace Al Pacino en El abogado del Diablo: «Vanidad… mi pecado favorito». Sólo un camino nos queda —y es sólido— para huir de la vanidad que siempre nos deja en ridículo o en manos del Diablo: la autoironía, esa capacidad maravillosa de reírse de uno mismo porque sabemos que —vanidosos o no — todos somos caminantes de un camino que lleva a un mismo, inevitable lugar.
Lateralidad: Un par de palabras sobre la filosofía política
Las definiciones paralizan. ¿Es necesario decir qué es la filosofía política? Desde Platón hasta Hobbes, Locke, Montesquieu, Rousseau, Hegel y Marx se ha hecho filosofía política. Ahí donde la filosofía se adosa rigurosamente a la política y desentraña sus mecanismos internos, ahí donde propone salidas, soluciones, utopías. Cuando Nietzsche se enfurece contra las estructuras del Estado que sofocan el vuelo libre de la aves de rapiña, de la bestia rubia, del hombre que es una flecha lanzada hacia el superhombre, hace filosofía política. Cuando Marx dice que las relaciones de producción expresan políticas de sometimiento a las que hay que derrocar por la violencia. Cuando denuncia la plusvalía —no como un mero y puro elemento de las estructuras de producción, sino como el despojo que el sujeto capitalista ejerce sobre el sujeto proletario—, hace filosofía y economía política. Cuando Alfredo Zaiat escribe —con clara contundencia —: «La economía es política. Ambas caminan juntas en el análisis y comprensión de los procesos históricos y sociales. Por eso la economía es economía política»[2]. Y, a continuación, Zaiat dice mucho, no todo, porque el libro es largo, pero duro, sin concesiones: «La debacle argentina de 2001, y años más tarde la profunda crisis de Estados Unidos y Europa sin un horizonte cercano de resolución, ha puesto bajo cuestionamiento a la economía ortodoxa y ha abierto una ventana para empezar a revelar sus postulados, en la teoría y en la práctica. Ofrece a la academia y también a gobiernos la opción de caminar a contramano del saber convencional, que no puede explicar por qué se desarrollan las crisis y no conoce soluciones sin agudizar la desigualdad. El derrumbe y posterior recuperación de la economía argentina, el apasionante proceso político que se desarrolla en Latinoamérica, y la crisis de las potencias mundiales han puesto en jaque a la economía ortodoxa. Estos sucesos exhiben en toda su dimensión el matrimonio existente entre economía y política»[3].
¿Cómo no habría el poder mediático (e Internet) de afinar todos sus poderes de colonización de las conciencias, de idiotización por medio del entretenimiento y de espionaje extremo, obsceno por Internet? Vivimos tiempos sorpresivos. El gigante comunicacional se ha transformado en un campo de batalla. Y la batalla parece inclinarse para el lado de quienes poseen el poder en ese terreno. La filosofía política tiene que ir más allá de lo fáctico y penetrar en el campo de la hermenéutica, que es el de la interpretación. ¿Pueden la historia, la economía, la política territorial y la estamental pensarse a sí mismas? Sólo parcialmente. Sólo en el modo de la inmediatez. El campo de la reflexión es el de la filosofía. Que viene después. Es un pensamiento mediado por la temporalidad densa de las ideas, del pensamiento, no por la rapidez insustancial del periodismo. Tal vez por eso este libro no abunde en cifras, estadísticas, rayas para arriba, rayas para abajo, explicaciones de la inflación, de los mecanismos de las crisis. Es un libro de filosofía política. Tiene la misión de establecer la totalidad —sincrónica y diacrónica— y pensarla, trazar las conexiones, las persistencias, las simetrías y luego des totalizar la totalidad. Concebimos a la historia como conflicto. Toda diferencia es alteridad pero establece un conflicto. La política puede licuarlo o ponerlo al rojo vivo. El mundo no es la danza del caleidoscopio de las diferencias, la feliz armonía y la convivencia de los dialectos. El mundo es oposición y antagonismo. También alianzas, estratégicas o tácticas. Pero todos los sujetos históricos persiguen algo. A veces es lo mismo y ahí late el antagonismo y hasta la guerra y la sangre. La filosofía debe pensar la beligerancia de Dios. Ya que todos lo reclaman como cruzado de su causa. Pero no es más que un estandarte, una excusa con el prestigio de lo sagrado. Dios no nos mira. Hoy, el dios que nos vigila es Internet. Todo esto debe pensar la filosofía política y su tarea es comprenderlo. Por incomprensible que sea.
Texto cedido para promoción por los editores del libro Filosofía política del poder mediático. José Pablo Feinmann. Editorial Planeta. 2019, Buenos Aires.
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José Pablo Feinmann (Argentina. 1943-2021) fue un destacado intelectual argentino, reconocido por su labor como filósofo, ensayista, novelista, guionista y conductor de radio y televisión. Fundó el Centro de Estudios del Pensamiento Latinoamericano en la UBA y se hizo famoso por popularizar la filosofía a través de su programa "Filosofía aquí y ahora", además de ser un prolífico autor de libros sobre filosofía, política y cine.