Es lo Cotidiano

NARRATIVA

Tachas 659 • Calles de ensueños, pies de arcilla • Robert Sheckley

Imagen generada con IA de Adobe Firefly
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Tachas 659 • Calles de ensueños, pies de arcilla • Robert Sheckley

I

Carmody no había planeado nunca abandonar Nueva York. El hecho que lo hiciera resulta inexplicable. Nacido en la ciudad, se había acostumbrado paulatinamente a los pequeños inconvenientes de la vida metropolitana. Su cómodo apartamento, situado en el piso 290 de las Torres Levitfrack, en la Calle Noventa y Nueve Oeste, se hallaba acondicionado con los habituales elementos «Nave espacial». Las ventanas de doble panel estaban protegidas con plexiglás indestructible, y los conductos de ventilación funcionaban a través de un sistema de filtración que se cerraba automáticamente cuando el índice de Polución de Atmósfera Combinada alcanzaba la cifra de 999,8 de la escala de Con Ed. Ciertamente, su sistema de recirculación de aire oxígeno-nitrógeno era antiguo, pero digno de confianza. Sus células de purificación del agua eran también antiguas, y además ineficaces; pero esto carecía de importancia, ya que nadie bebía agua.

El ruido era una molestia continua, de la que no se podía escapar. Pero Carmody sabía que no existía ningún remedio para el problema, puesto que se había perdido el antiguo arte de la construcción a prueba de ruidos. El buen ciudadano estaba obligado a escuchar las discusiones, la música y los gargarismos de sus vecinos. Y siempre le quedaba la posibilidad de aliviar su tortura produciendo por su cuenta ruidos similares.

Acudir al trabajo todos los días entrañaba ciertos peligros; pero éstos eran más aparentes que reales. Los protestones de siempre disparaban parapetados en los tejados de los edificios, y de cuando en cuando se cargaban a un imprudente pueblerino. Pero, por regla general, su puntería era detestable. Además, la aceptación por casi todo el mundo de la armadura personal ligera había reducido al mínimo los riesgos, y la rígida ley estatal prohibiendo la tenencia de cañones había ayudado a arreglar las cosas.

De modo que no puede aducirse ningún motivo de peso que justifique la repentina decisión de Carmody de abandonar la que estaba considerada como la aglomeración megapolitana más excitante del mundo. Se atribuye a un impulso vagabundo, a una fantasía pastoril o a una extraña perversión. El hecho incontrovertible es que, un buen día, Carmody abrió su ejemplar del Daily Times-News y vio el anuncio de una ciudad modelo en Nueva Jersey.

«Venga a vivir a Bellwether, la ciudad ideal», proclamaba el anuncio. Y seguía una lista de utópicas pretensiones que no es necesario reproducir aquí.

—¡Huh! —murmuró Carmody, y continuó leyendo.

Bellwether se encontraba a una distancia razonable. Sólo había que cruzar el túnel Ulysses S. Grant en la calle 43, enfilar la subcarretera Hoboken Shunt hasta el cruce de la Interestatal Palisades, continuar durante 3,2 millas por el ramal que conducía a la General n.° 5, seguirla durante 6,1 millas hasta la carretera de acceso al Garden State (provisional), hasta salir a la Salida 1731A, y luego recorrer otro par de millas.

—Esto está hecho —dijo Carmody—. Tengo que ir allí.

Y fue.

II

La carretera de King's Highbridge Gate terminaba en una planicie limpia y cuidada. A media milla de distancia vio una pequeña ciudad. Un pequeño cartel indicador la identificaba como Bellwether. Carmody se bajó de su automóvil y miró a su alrededor.

Aquella ciudad no estaba construida al modo tradicional de las ciudades norteamericanas, con adherencias de estaciones de servicio, tentáculos de puestos de hot-dogs, orlas de moteles y un caparazón protector de montones de desperdicios; se erguía bruscamente, al estilo de algunas ciudades italianas montadas sobre una colina, sin preámbulo físico: el cuerpo principal del pueblo se presentaba a sí mismo inmediatamente y sin previo aviso.

A Carmody, el detalle le pareció atractivo. Avanzó hacia la ciudad.

Bellwether tenía un aspecto cálido y abierto. Sus calles se extendían generosamente, y los amplios ventanales de las fachadas de sus almacenes daban una impresión de franqueza. A medida que se adentraba en el corazón de la ciudad, Carmody encontró otros motivos de deleite. De pronto se halló en una plaza, semejante a una plaza romana, aunque más pequeña; y en el centro de la plaza había una fuente, con la estatua de un muchacho que sostenía un delfín entre sus brazos; de la boca del delfín brotaba un chorro de agua clara.

—Espero que le guste —dijo una voz, por detrás del hombro izquierdo de Carmody.

—Es bonita —dijo Carmody.

—La construí y la puse ahí yo mismo —dijo la voz—. Me pareció que una fuente, a pesar de la antigüedad de su concepto, resulta estéticamente funcional. Y esta plaza, con sus bancos y sus umbrosos castaños, está copiada de un modelo boloñés. Repito que no me acompleja el temor de parecer anticuado. El verdadero artista utiliza lo que es necesario, lo mismo si tiene un millar de años que si tiene un solo segundo de vida.

—Estoy de acuerdo con usted —dijo Carmody—. Permítame que me presente a mí mismo. Soy Edward Carmody.

Se volvió, sonriendo.

Pero no había nadie detrás de su hombro izquierdo, ni tampoco de su hombro derecho. No había nadie en la plaza, absolutamente nadie a la vista.

—Perdóneme —dijo la voz—. No pretendía sobresaltarle. Creí que lo sabía usted.

—¿Qué es lo que tenía que saber? —inquirió Carmody. —Acerca de mí.

—Bueno, no sé nada —dijo Carmody—. ¿Quién es usted, y desde dónde está hablando?

—Soy la voz de la ciudad —dijo la voz—. O, para decirlo de otro modo, soy la propia ciudad, Bellwether, la ciudad real y verdadera, hablándole a usted.

—¿Es eso un hecho? —dijo Carmody sardónicamente—. Sí —se respondió a sí mismo—, supongo que es un hecho. De acuerdo, es usted una ciudad. ¡Encantado!

Carmody se apartó de la fuente y echó a andar a través de la plaza como un hombre que ha conversado con ciudades todos los días de su vida y al que la cosa resulta un poco aburrida. Ascendió a lo largo de varias calles y paseó a lo largo de algunas avenidas. Miró los escaparates de las tiendas y observó las casas.

—¿Y bien? —inquirió la ciudad de Bellwether al cabo de unos instantes.

—Y bien, ¿qué? —respondió Carmody inmediatamente.

—¿Qué opina usted de mí?

—No está mal —dijo Carmody.

—¿No estoy mal? ¿Es eso lo único que se le ha podido ocurrir?

—Mire —dijo Carmody—, una ciudad es una ciudad. Cuando se ha visto una, puede decirse que se han visto todas.

—¡No es cierto! —replicó la ciudad, con una sombra de resentimiento —. Yo soy completamente distinta de las otras ciudades. Yo soy única.

—¿De veras? —inquirió Carmody en tono burlón—. A mis ojos, es usted un conglomerado de partes mal encajadas. Tiene una plaza italiana, un par de edificios de tipo griego, una hilera de casas estilo Tudor, un grupo de viviendas de viejo estilo neoyorquino, una salchichería californiana decorada como un remolcador y sabe Dios qué otras cosas. ¿Qué hay de único en todo eso?

—La combinación de esas formas en una entidad significativa es única —dijo la ciudad—. Esas formas antiguas no son anacronismos, ¿comprende? Son estilos representativos de modos de vivir, y como tales resultan adecuados en una máquina para vivir bien construida. ¿Tomaría usted un poco de café? ¿Tal vez un bocadillo o alguna fruta del tiempo?

—Acepto el café —dijo Carmody.

Dejó que Bellwether le guiara hasta un café al aire libre. Se llamaba O You Kid, y era una réplica de un saloon típico del siglo XIX. Con sus lámparas de Tiffany, los candelabros de cristal tallado y la pianola. Al igual que todo lo que Carmody había visto en la ciudad, el local estaba inmaculadamente limpio, pero sin gente.

—Una atmósfera agradable, ¿no cree? —inquirió Bellwether.

—Muy camp —respondió Carmody—. Si le gusta este tipo de cosas…

Una humeante taza de café descendía hasta su mesa sobre una bandeja de acero inoxidable. Carmody sorbió.

—¿Está bueno? —preguntó Bellwether.

—Sí, muy bueno.

—Estoy muy orgullosa de mi café —dijo la ciudad—. Y de mi cocina. ¿De veras no le apetece alguna cosa? ¿Una tortilla, quizás, o un soufflé?

—Nada —dijo Carmody, en tono firme. Se arrellanó en su asiento y añadió—: De modo que es usted una ciudad modelo, ¿eh?

—Sí, eso es lo que tengo el honor de ser —dijo Bellwether—. Soy la más reciente de todas las ciudades modelo; y, en mi opinión, la más satisfactoria. Fui concebida por un grupo de estudio de las Universidades de Yale y de Chicago, que estaban trabajando con una beca de Rockefeller. La mayoría de mis detalles prácticos fueron diseñados por el MIT, aunque algunas secciones especiales proceden de Princeton y de la Corporación RAND. Mi construcción fue un proyecto de la General Electric, y el dinero fue aportado por las Fundaciones Gord y Carnegie, así como por otras varias instituciones que no estoy autorizado a mencionar.

—Una historia muy interesante —dijo Carmody, con un odioso desinterés—. Eso que hay al otro lado de la calle es una catedral gótica, ¿no es cierto?

—Románico modificado —dijo la ciudad—. Está abierta a todos los credos, y tiene capacidad para trescientas personas, todas sentadas.

—No parecen muchas personas para un edificio de ese tamaño.

—Desde luego que no. Está ideado a propósito. Tenga usted en cuenta que mi idea fue la de combinar el pavor con la comodidad.

—¿Dónde están los habitantes de esta ciudad? —preguntó súbitamente Carmody.

—Se han marchado —dijo Bellwether melancólicamente—. Se han marchado todos.

—¿Por qué?

La ciudad permaneció silenciosa unos instantes y luego dijo:

—Se produjo una ruptura en las relaciones ciudad-comunidad. Un malentendido, en realidad. O tal vez debería decir una desdichada serie de malentendidos. Sospecho que los agitadores profesionales tuvieron algo que ver en el asunto.

—Pero, ¿qué ocurrió, exactamente?

—No lo sé —dijo la ciudad—. De veras que no lo sé. Un día se marcharon todos, sencillamente. Pero estoy convencida que volverán.

—Me extraña —dijo Carmody.

—Estoy convencida de ello —insistió la ciudad—. Pero, hablando de otra cosa, ¿por qué no se queda usted aquí, Mr. Carmody?

—En realidad, no he tenido tiempo de pensar en ello —respondió Carmody.

—¿Dónde podría encontrar otra ocasión como ésta? —dijo la ciudad—. ¡La ciudad más moderna del mundo a su entera disposición!

—La idea parece interesante —contestó Carmody.

—Por probar no perdería nada —insistió la ciudad.

—De acuerdo, creo que seguiré su consejo —dijo Carmody.

Estaba intrigado por la ciudad de Bellwether. Pero era también aprensivo. Deseaba saber exactamente por qué se habían marchado los anteriores habitantes de la ciudad.

Ante la insistencia de Bellwether, Carmody durmió aquella noche en la suite nupcial del Hotel King George V. Bellwether le sirvió el desayuno en la terraza e interpretó un brillante cuarteto de Haydn mientras Carmody comía. El aire matinal era delicioso. Si Bellwether no se lo hubiese dicho, Carmody no hubiera sospechado nunca que se trataba de aire reconstituido.

Cuando terminó, Carmody se arrellanó en su asiento y disfrutó de la vista del barrio occidental de Bellwether: una agradable mescolanza de pagodas chinas, pasarelas venecianas, canales japoneses, una verde colina birmana, un templo corintio, un estacionamiento californiano, una torre normanda y otras muchas rarezas.

—Desde aquí se divisa un espléndido panorama —le dijo a la ciudad.

—Me alegro mucho que lo aprecie —replicó Bellwether—. El problema del estilo fue discutido desde el día de mi principio. Un grupo era partidario de la consistencia: un conjunto armónico de formas… Pero hay muy pocas ciudades modelo que sean así. Resultan demasiado uniformes, entidades artificiales creadas por un hombre o por un comité, al revés de lo que ocurre con las verdaderas ciudades.

—Usted también es algo artificial, ¿no es cierto? —inquirió Carmody.

—¡Desde luego! Pero no pretendo ser otra cosa. No soy una «ciudad del futuro» falsificada, ni un burdo remedo de una ciudad florentina. Soy una verdadera «aglutinación». Se supone que resulto interesante y estimulante además de funcional y práctica.

—Bellwether, me gusta su aspecto —dijo Carmody, con repentina cordialidad—. ¿Todas las ciudades modelo hablan como usted?

—Desde luego que no. La mayoría de las ciudades, modelos o no modelos, no pronuncian nunca una palabra. Pero a sus habitantes no les gusta eso. Hace que la ciudad parezca demasiado enorme, demasiado dominante, demasiado implacable, demasiado impersonal. Por eso yo fui creada con una voz y con una conciencia artificial para guiarla.

—Comprendo —dijo Carmody.

—El caso es que mi conciencia artificial me personaliza, lo cual resulta muy importante en una época de despersonalización. Me capacita para poder contestar sinceramente. Me permite ser constructiva al atender las peticiones de mis ocupantes. Mis habitantes pueden razonar conmigo, y yo con ellos. Y, sobre la base de este diálogo continuo y sensato, podemos ayudarnos unos a otros a establecer un contorno urbano dinámico, flexible y realmente viable. Podemos modificarnos unos a otros sin ninguna pérdida significativa de individualidad.

—No está mal —dijo Carmody—. Exceptuando, desde luego, que no tiene usted a nadie aquí para dialogar.

—Este es el único fallo del esquema —admitió la ciudad—. Pero, de momento, le tengo a usted.

—Sí, me tiene a mí —dijo Carmody, y se preguntó por qué las palabras resonaban desagradablemente en sus oídos.

—Y, naturalmente, usted me tiene a mí —dijo la ciudad—. Es una relación recíproca, la única que vale la pena tener. Pero ahora, mi querido Carmody, creo que será mejor que le muestre cómo soy. A continuación podremos instalarle y normalizarle.

—¿Cómo dice?

—Creo que no me he expresado correctamente —se apresuró a decir la ciudad—. Ha sido una desafortunada expresión científica. Pero estoy segura que se hace usted cargo que en una relación recíproca se requiere el cumplimiento de unas obligaciones por parte de las dos entidades involucradas. De otro modo, las cosas no podrían marchar como es debido, ¿verdad?

—No, a menos que se tratara de una relación tipo laissez-faire.

—Nosotros estamos tratando de acabar con todo eso —dijo Bellwether —. El laissez-faire acaba por convertirse en una doctrina de las emociones, y conduce indefectiblemente a la anomia. Si tiene usted la amabilidad de seguirme…

III

Carmody siguió a Bellwether y pudo comprobar las excelencias de la ciudad. Visitó la fábrica de energía, el centro de filtración de agua, el parque industrial y la sección de industrias ligeras. Vio el parque infantil y la residencia para ancianos. Paseó a través de un museo y de una galería de arte, una sala de conciertos y un teatro, un campo de golf, una sala de billares y un cinematógrafo. Se sintió cansado y deseó reposar. Pero la ciudad deseaba mostrársele en todos sus aspectos, y Carmody tuvo que contemplar el edificio de cinco pisos del American Express, la sinagoga portuguesa, la estatua de Buckminster Fuller, la estación de servicio Greyhound y otras varias atracciones.

Todo tiene un final. Y Carmody llegó a la conclusión que la belleza estaba en los ojos del que la contempla, a excepción de una pequeña parte que estaba en sus pies.

—¿Le apetece almorzar ahora? —preguntó la ciudad.

—Con mucho gusto —asintió Carmody.

Fue guiado hasta un elegante Café Rochambeau, donde empezó con un potage au petit pois y terminó con petits fours.

—¿Qué me dice de un buen Brie para terminar? —preguntó la ciudad.

—No, gracias —dijo Carmody—. Estoy harto. Demasiado harto, en realidad.

—Pero el queso no carga el estómago. ¿Un poco de Camembert?

—No podría con él.

—Tal vez un poco de fruta escogida. Es muy refrescante para el paladar.

—Lo que necesita refrescarse no es mi paladar, precisamente —dijo Carmody. —Al menos una manzana, una pera y un racimo de uva.

—No, gracias.

—¿Un par de cerezas?

—¡No, no, no!

—Una comida no resulta completa sin un poco de fruta —insistió la ciudad.

—La mía lo ha sido.

—Hay vitaminas muy importantes que sólo se encuentran en la fruta fresca.

—La tendré que pasar sin ellas.

—Tal vez media naranja… ¿Quiere que se la monde? Los cítricos sólo tienen pulpa.

—No podría con ella.

—¿Ni siquiera la cuarta parte de una naranja? Yo misma le quitaré las pepitas.

—Decididamente, no.

—Me sentiría mucho mejor si comiera algo de fruta —dijo la ciudad—. Una comida no resulta completa sin un poco de fruta.

—¡No! ¡No! ¡No!

—De acuerdo, no se excite —dijo la ciudad—. Si no le gusta la clase de comida que sirvo, es cuenta suya.

—¡No he dicho que no me guste!

—Entonces, si le gusta, ¿por qué no come un poco de fruta?

—¡Basta! —exclamó Carmody—. Deme un par de granos de uva.

—Que conste que no le obligo a comer a la fuerza.

—No, no me obliga usted. Deme un par de granos de uva, por favor.

—¿Está usted completamente seguro que los quiere?

—¡Démelos! —gritó Carmody.

—Siendo así… —dijo la ciudad, y sacó un espléndido racimo de uva moscatel.

Carmody se comió todas las uvas. Estaban muy buenas.

—Perdone —dijo la ciudad—. ¿Qué está usted haciendo?

Carmody se incorporó y abrió los ojos.

—Estaba haciendo una pequeña siesta —dijo—. ¿Hay algo de malo en ello?

—¿Qué puede haber de malo en una cosa tan natural como ésa? —dijo la ciudad.

—Gracias —dijo Carmody, y volvió a cerrar los ojos.

—Pero, ¿por qué una siesta en una silla? —inquirió la ciudad. —Porque estoy en una silla, y me he quedado medio dormido.

—Va usted a pillar una tortícolis —le advirtió la ciudad.

—No importa —murmuró Carmody, sin abrir los ojos.

—¿Por qué no duerme la siesta en un lugar apropiado? ¿En un sofá, por ejemplo? —Estoy muy cómodo aquí.

—No está usted realmente cómodo —puntualizó la ciudad—. La anatomía humana no está diseñada para dormir sentado.

—Para mi anatomía, eso no es ningún inconveniente —dijo Carmody.

—Tiene que serlo. ¿Por qué no prueba el sofá? —La silla está bien.

—Pero el sofá está mejor. Pruébelo, Carmody, por favor. ¿Carmody?

—¿Eh? ¿Qué pasa? —inquirió Carmody, abriendo los ojos.

—El sofá. Yo opino que debería usted descansar en el sofá.

—¡De acuerdo! —dijo Carmody, poniéndose trabajosamente en pie—. ¿Dónde está el sofá?

Bellwether le guió fuera del restaurante, doblaron la esquina de la calle y entraron en un edificio en cuya fachada había un gran letrero: La Buena Siesta. En la tienda había media docena de sofás. Carmody se dirigió al más próximo.

—No, ése no —dijo la ciudad—. Sus muelles no son buenos.

—No importa —dijo Carmody—. Dormiré encogido.

—Y le entrarán calambres.

—¡Diablos! —exclamó Carmody, poniéndose en pie—. ¿Qué sofá me recomienda usted?

—El que está a la derecha de usted —dijo la ciudad—. Es realmente regio, el mejor de todos. Ha sido diseñado científicamente. Los muelles…

—De acuerdo, de acuerdo —dijo Carmody, tumbándose en el sofá en cuestión.

—¿Quiere oír un poco de música sedante?

—No se moleste.

—Como quiera. Apagaré las luces.

—Estupendo.

—¿Quiere una manta? Yo controlo la temperatura del local, desde luego, pero los durmientes padecen a menudo una sensación subjetiva de frío.

—¡No importa! ¡Déjeme en paz!

—De acuerdo —dijo la ciudad—. No estoy haciendo todo esto por mí, ¿sabe? Personalmente, nunca duermo.

—De acuerdo, lo siento —dijo Carmody.

Se produjo un largo silencio. Luego, Carmody se incorporó.

—¿Qué pasa? —preguntó la ciudad.

—Ahora no puedo dormir —dijo Carmody.

—Trate de cerrar los ojos y de relajar conscientemente todos los músculos de su cuerpo, empezando por el dedo pulgar del pie y subiendo paulatinamente…

—¡No puedo dormir! —gritó Carmody.

—Tal vez no estaba usted demasiado soñoliento —sugirió la ciudad—. Pero al menos podría cerrar los ojos y procurarse un ligero descanso. ¿Quiere hacerlo por mí?

—¡No! —replicó Carmody—. No tengo sueño y no necesito descansar.

—¡Testarudo! —dijo la ciudad—. Haga lo que quiera. Puesto que no quiere aceptar mi consejo…

Carmody se puso en pie y salió rápidamente de La Buena Siesta.

IV

Carmody se apoyó sobre el pretil de un pequeño puente y contempló las azules aguas de un lago.

—Esto es una copia del puente Rialto, de Venecia —dijo la ciudad—. A escala reducida, desde luego.

—Lo sé —dijo Carmody—. He leído el letrero.

—Resulta encantador, ¿verdad?

—Sí, es muy bonito —dijo Carmody, encendiendo un cigarrillo.

—Fuma usted mucho —sugirió la ciudad.

—Lo sé. Me gusta fumar.

—En mi calidad de asesor médico, debo advertirle que se ha demostrado de un modo concluyente que existe una estrecha relación entre el fumar y el cáncer de pulmón.

—Lo sé.

—Si fumara usted en pipa, el riesgo sería mucho menor.

—No me gustan las pipas.

—¿Qué me dice de los puros?

—No me gustan los puros.

Carmody encendió otro cigarrillo.

—Es su tercer cigarrillo en cinco minutos —dijo la ciudad.

—¡Maldita sea! ¡Fumo cuanto quiero y tan a menudo como me place! —gritó Carmody.

—Desde luego, desde luego —dijo la ciudad—. Me limitaba a advertirle por su propio bien. ¿Pretende que permanezca a su lado sin pronunciar una sola palabra mientras usted se autodestruye?

—Sí —dijo Carmody.

—No puedo creer que piense de veras lo que dice. En este asunto está involucrado un imperativo ético. El hombre puede actuar en contra de sus mejores intereses; pero a una máquina no le está permitido ese grado de perversión.

—¡Deje de seguirme! —dijo Carmody en tono sombrío—. Deje de empujarme de un lado para otro.

—¿Empujarle yo a usted? Mi querido Carmody, ¿he ejercido acaso alguna coacción sobre usted? ¿He hecho algo más que aconsejarle?

—Tal vez no. Pero habla usted demasiado.

—Quizás no hablo lo suficiente —dijo la ciudad—, a juzgar por las respuestas que obtengo.

—Habla usted demasiado —dijo Carmody, y encendió otro cigarrillo.

—Es su cuarto cigarrillo en cinco minutos.

Carmody abrió la boca para aullar un insulto. Luego cambió de idea y echó a andar.

—¿Qué es esto? —inquirió Carmody.

—Una máquina expendedora de caramelos —respondió la ciudad.

—No lo parece.

—Pero lo es. El diseño es la modificación del diseño de un silo asirio. Lo he miniaturizado, desde luego, y…

—No parece una máquina expendedora de caramelos. ¿Cómo funciona?

—Es muy fácil. Hay que apretar el botón rojo. Ahora, hay que apretar una de esas palancas de la Fila A. Luego, hay que apretar el botón verde. ¡Ya está! Una barrita de Baby Ruth se deslizó hasta la mano de Carmody.

—¡Hum! —murmuró Carmody. Quitó la envoltura de papel y mordió la barrita—. ¿Es una verdadera barrita de Baby Ruth, o una simple imitación? —preguntó.

—Es una barrita auténtica. Tuve que subarrendar la concesión de la venta de caramelos debido al exceso de trabajo.

—¡Hum! —gruñó Carmody, dejando caer de entre sus dedos la envoltura de papel.

—Eso —dijo la ciudad— es un ejemplo de la clase de descuido con la que siempre tropiezo.

—No es más que un trozo de papel —dijo Carmody, volviéndose y contemplando la envoltura del caramelo sobre el impoluto suelo de la calle.

—Desde luego que no es más que un trozo de papel —dijo la ciudad—. Pero, multiplíquelo por cien mil habitantes, y, ¿qué obtendrá usted?

—Cien mil envolturas de Baby Ruth —respondió rápidamente Carmody.

—No creo que sea un motivo de broma —dijo la ciudad—. A usted no le gustaría vivir en medio de todos esos papeles, puedo asegurárselo. Usted sería el primero en quejarse si esta calle estuviera llena de desperdicios. Pero, ¿hace usted lo que le corresponde? ¿Se preocupa siquiera por no ensuciarla? Desde luego que no. Tengo que limpiarla yo, a pesar que también debo ocuparme de todas las otras tareas de la ciudad, noche y día, laborables y festivos.

Carmody se inclinó a recoger la envoltura del caramelo. Pero antes que sus dedos pudieran acercarse a ella, surgió un brazo metálico de la boca de alcantarilla más próxima, recogió el papel con las dos pinzas que tenía por dedos y desapareció como por arte de magia.

—Estoy acostumbrada a ir limpiando detrás de la gente —dijo la ciudad —. Lo hago continuamente.

—¡Hum! —gruñó Carmody.

—Y no espero ninguna gratitud por ello.

—¡Yo soy agradecido! —protestó Carmody.

—No, no lo es —dijo Bellwether.

—Bueno, tal vez no lo sea. ¿Qué quiere usted que diga?

—No quiero que diga nada —replicó la ciudad—. Demos por zanjado el incidente.

—¿Ha quedado satisfecho? —inquirió la ciudad, después de la cena.

—Del todo —dijo Carmody.

—No ha comido usted mucho.

—He comido lo suficiente. Todo era excelente.

—Si era tan bueno, ¿por qué no ha comido más?

—Porque estaba más que satisfecho.

—Si no hubiera llenado su estómago con aquella barrita de caramelo…

—¡Aquella barrita de caramelo no me ha llenado el estómago! Sólo…

—Está usted encendiendo un cigarrillo —dijo la ciudad.

—Sí —asintió Carmody.

—¿No podría esperar un poco más?

—Un momento —dijo Carmody—. ¿Qué diablos cree usted…?

—Pero tenemos algo más importante de lo que hablar —se apresuró a decir la ciudad—. ¿Ha pensado ya en lo que va a hacer para ganarse la vida?

—En realidad, no he tenido mucho tiempo para pensar en ello.

—Bueno, yo he estado pensando en ello. No estaría mal que se convirtiera usted en médico.

—¿Yo? Tendría que asistir a cursillos especiales, graduarme en la Facultad de Medicina, etcétera.

—Yo puedo arreglar todo eso —dijo la ciudad.

—No me interesa la Medicina.

—Bueno… ¿Qué me dice de la carrera de Derecho?

—Ni hablar.

—La profesión de ingeniero es muy interesante.

—No para mí.

—¿Y la contabilidad?

—No me interesa.

—¿Qué quiere usted ser?

—Piloto de un jet —dijo Carmody impulsivamente.

—¡Oh, vamos…!

—Hablo en serio.

—Aquí ni siquiera disponemos de un campo de aviación.

—En tal caso, seré piloto en alguna otra parte.

—Dice eso sólo para fastidiarme.

—En absoluto —replicó Carmody—. Quiero ser piloto, de veras. ¡Siempre he deseado ser piloto! ¡Palabra de honor!

Se produjo un largo silencio. Finalmente, la ciudad dijo:

—La elección depende por entero de usted.

Bellwether pronunció aquellas palabras con una voz tan fría como la muerte.

—¿Dónde va usted ahora?

—A dar un paseo —dijo Carmody.

—¿A las nueve y media de la noche?

—Desde luego. ¿Por qué no?

—Creí que estaba usted cansado.

—De eso hace ya mucho rato.

—Comprendo. Y pensé también que podía usted quedarse sentado aquí y charlar un poco conmigo.

—¿Qué le parece si dejamos la charla para más tarde? —sugirió Carmody.

—No, no tiene importancia —dijo— la ciudad.

—Lo que no tiene importancia es el paseo —dijo Carmody, volviendo a sentarse—. Vamos a hablar.

—Ya no tengo ganas de hablar —dijo la ciudad—. Por favor, vaya a dar su paseo.

V

—Buenas noches —dijo Carmody.

—¿Cómo dice?

—He dicho «buenas noches».

—¿Va usted a acostarse?

—Desde luego. Es muy tarde y estoy cansado.

—¿Va usted a acostarse ahora mismo?

—Desde luego. ¿Por qué no?

—Por nada —dijo la ciudad—, exceptuando que se ha olvidado usted de lavarse.

—¡Oh! Acostumbro lavarme por la mañana.

—¿Cuánto hace que no ha tomado un baño?

—Mucho tiempo. No me he bañado desde esta mañana.

—¿No se sentiría mucho mejor si tomara un baño ahora?

—No.

—¿Ni siquiera si yo le preparo el baño?

—¡No! ¡Maldita sea, no! ¡Quiero dormir!

—Haga lo que le plazca —dijo la ciudad—. No se lave, no estudie, no siga una dieta equilibrada. Pero no me venga luego con reproches.

—¿Con reproches? ¿A usted? ¿Por qué?

—Por lo que le parezca —dijo la ciudad.

—¿A qué se refiere usted, específicamente?

—No tiene importancia.

—Entonces, ¿por qué ha hablado de ello?

—Sólo pensaba en usted —dijo la ciudad.

—Ya me he dado cuenta.

—Comprenda que a mí no me beneficia el hecho que usted se lave o deje de lavarse.

—Lo comprendo perfectamente.

—Cuando alguien se preocupa de los demás y siente el peso de sus responsabilidades, no resulta agradable oír ciertos exabruptos.

—Yo no le he dirigido ningún exabrupto.

—Ahora, no. Pero antes lo ha hecho.

—Bueno…, estaba nervioso.

—Está nervioso porque fuma demasiado.

—¡No empecemos de nuevo con eso!

—Por mí se ha terminado —dijo la ciudad—. Fume todo lo que quiera. ¿Qué me importa a mí?

—Tiene usted razón —dijo Carmody, encendiendo un cigarrillo.

—Olvidemos este asunto —dijo la ciudad.

—De acuerdo.

—A veces, peco por exceso de celo.

—Desde luego.

—Y la cosa resulta especialmente difícil debido a que tengo razón.

—Lo sé —dijo Carmody—. Tiene usted razón, tiene usted razón, siempre tiene usted razón. Razón, razón, razón, razón, razón…

—No se excite a la hora de acostarse —dijo la ciudad—. ¿Se tomaría usted un vaso de leche?

—No.

—¿Está seguro?

Carmody se tapó los ojos con las manos. Se sentía muy raro. Se sentía también sumamente culpable, frágil, sucio, achacoso y chapucero. Y experimentaba la sensación que ese sentimiento perduraría a menos que cambiara, que se adaptara…

Pero en vez de intentar algo por el estilo, se puso en pie, cuadró sus hombros y echó a andar a través de la plaza romana y de la pasarela veneciana.

—¿Adónde va usted ahora? —preguntó la ciudad—. ¿Qué es lo que pasa?

Sin contestar, Carmody cruzó a paso ligero el parque infantil y pasó por delante del edificio del American Express.

—¿En qué me he equivocado? —gritó la ciudad—. ¡Dígamelo, por favor!

Sin contestar, Carmody dejó atrás el Café Rochambeau y la sinagoga portuguesa, hasta llegar a la planicie que rodeaba a Bellwether.

—¡Ingrato! —gritó la ciudad detrás de él—. Es usted igual que los otros. Todos ustedes, los humanos, son unos animales desagradables, perpetuamente insatisfechos.

Carmody subió a su automóvil y puso el motor en marcha.

—Pero, desde luego —continuó diciendo la ciudad—, la insatisfacción no es nunca completa en ustedes. Supongo que la moraleja es que una ciudad debe aprender a tener paciencia.

Carmody enfiló la carretera de King's Highbridge Gate y se dirigió hacia el este, hacia Nueva York.

—¡Buen viaje! —gritó Bellwether detrás de él—. No se preocupe por mí, estaré esperándole.

Carmody pisó a fondo el acelerador. Hubiera preferido no oír aquella última observación.

Traducción de José María Aroca.  




 

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Robert Sheckley (EUA, 1925-2005) estudió en la Universidad de Nueva York, tras lo que trabajó en numerosos oficios hasta que pudo dedicarse por completo a la literatura. Sheckley fue un prolífico autor de ciencia-ficción, colaborador, a lo largo de su carrera, en revistas tan importantes como Galaxy.

Dos de sus novelas, La séptima víctima (1953) y El precio del peligro, fueron llevadas al cine.

En 2005 cayó enfermo en Kiev, siendo hospitalizado en un hospital ruso, en el que fue retenido hasta que, gracias a donaciones de todas partes del mundo, pudo pagar los costos médicos y volver a Estados Unidos.






 

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