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FILOSOFÍA

Tachas 669 • De las ideas • John Locke

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Tachas 669 • De las ideas • John Locke

Capítulo 1.[1] Dado que hemos supuesto que la mente está vacía de todo carácter innato, los llega a recibir gradualmente en la medida en que la experiencia y la observación se lo permiten; y encontramos, tras considerarlo, que todos ellos proceden de dos orígenes y se introducen en la mente por dos vías, a saber: la sensación y la reflexión [1, § 2].

1.º Es evidente que los objetos externos, al afectar a nuestros sentidos, causan en nuestras mentes varias ideas que no estaban allí antes. Así nos hacemos con las ideas de rojo y de azul, de dulce y de amargo, y con cualquier otra de las percepciones que se producen en nosotros mediante la sensación [1, § 3].

2.º La mente, dándose cuenta de su propia operación sobre estas ideas recibidas por la sensación, llega a obtener las ideas de esas mismas operaciones que tienen lugar dentro de ella misma: esta es la otra fuente de las ideas y a esta la llamo reflexión, y gracias a ella tenemos las ideas de pensar, querer, razonar, dudar, proponerse, etc. [1, § 4].

Es a partir de estos dos orígenes como tenemos todas las ideas que poseemos, y creo que puede decirse con seguridad que, además de lo que los sentidos envían a la mente, o de las ideas de sus propias operaciones sobre aquellas que hemos recibido de la sensación, no tenemos ya ninguna idea. De donde se sigue: primero, que siempre que a un hombre le falte alguno de sus sentidos, le faltarán siempre las ideas pertenecientes a ese sentido. Los hombres que han nacido sordos o ciegos son prueba suficiente de ello. Segundo, se sigue que si se pudiese imaginar a un hombre carente de todos los sentidos, entonces carecería también de todas las ideas. Ya que al carecer de toda sensación no tendría nada que provocara una operación en él y, por tanto, no tendría ni ideas de sensación, pues los objetos externos no tendrían manera de provocarlas mediante algún sentido, ni ideas de reflexión, dado que su mente no tendría ideas en las que emplearse [1,§ 5].

Capítulo 2.[2] Para que se me comprenda correctamente cuando digo que no tenemos, ni podemos tener, otras ideas que las de sensación o las de la operación de nuestra mente sobre ellas, debe repararse en que hay dos clases de ideas: simples y complejas. Es de las ideas simples de las que hablo aquí; tales son el color blanco de este papel, el gusto dulce del azúcar, etc., en las que la mente no percibe ni variedad ni composición, sino una percepción o idea uniforme; y de estas digo que no tenemos ninguna que no recibamos de la sensación o de la reflexión. La mente es totalmente pasiva respecto de ellas, no puede hacer ninguna nueva por sí misma, aunque a partir de estas ideas puede componer otras y hacer ideas complejas de gran variedad, como veremos posteriormente [2, § 1]. Y esto es por lo que, aunque no podemos sino conceder que es tan posible un sexto sentido —si nuestro omnisciente Creador hubiera creído que nos convenía— como lo son los cinco con que ha dotado ordinariamente al hombre, sin embargo, no podemos tener por ningún medio ideas pertenecientes a ese sexto sentido, y ello por la misma razón por la que un hombre que nace ciego no puede tener ideas de los colores, ya que han de ser obtenidas solo por el quinto sentido, ese modo de sensación del que siempre careció [2, § 3].

Fragmento del libro Compendio del Ensayo sobre el entendimiento humano. John Locke. Alianza. 2018. Traducción, introducción y notas de Juan José García Norro y Rogelio Rovira Madrid. Publicado con autorización de sus editores.  

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John Locke (Inglaterra, 1632 - 1704) Pensador inglés, máximo representante de la doctrina filosófica del empirismo y padre del liberalismo moderno.

Nacido el 29 de agosto de 1632 en Wrington (Somerset), estudió en la Universidad de Oxford, donde impartió clases de griego, retórica y filosofía moral desde 1661 hasta 1664. En 1667 inició su relación con el político inglés Anthony Ashley Cooper, primer conde de Shaftesbury, de quien fue amigo, consejero y médico. Este consiguió para Locke algunos cargos menores en el gobierno. En 1669, en el desempeño de una de sus funciones oficiales, Locke redactó una Constitución para los colonos de Carolina, en Norteamérica, que nunca llegó a ser aplicada. En 1675, después de que Shaftesbury hubiera perdido el favor de la corona, Locke se estableció en Francia. Regresó a Inglaterra en 1679, pero debido a su oposición a la Iglesia católica, que contaba con el apoyo de la monarquía inglesa en esa época, pronto tuvo que regresar al continente. Desde 1683 hasta 1688 vivió en las Provincias Unidas hasta que, tras la llamada Revolución Gloriosa de 1688 y la restauración del protestantismo, regresó de nuevo a Inglaterra. El nuevo rey Guillermo III de Orange lo nombró entonces ministro de Comercio en 1696, cargo del que dimitió en 1700 debido a una enfermedad. Falleció el 28 de octubre de 1704 en Oates.

El empirismo de Locke hizo hincapié en la importancia de la experiencia de los sentidos en la búsqueda del conocimiento en vez de la especulación intuitiva o la deducción. La doctrina empirista fue expuesta por primera vez por el filósofo y estadista inglés Francis Bacon a principios del siglo XVII, pero Locke la dotó de una expresión sistemática en su Ensayo sobre el entendimiento humano (1690). Afirmaba que la mente de una persona en el momento del nacimiento es como una tabula rasa, una hoja en blanco sobre la que la experiencia imprime el conocimiento, y no creía en la intuición o teorías de las concepciones innatas. También mantenía que todos los individuos nacen buenos, independientes e iguales. Locke criticó en sus dos Tratados sobre el gobierno civil (1689) la teoría del derecho divino de los reyes y la naturaleza del Estado tal y como fue concebido por el filósofo y teórico político inglés Thomas Hobbes. Afirmaba que la soberanía no reside en el Estado sino en la población, y que el Estado es supremo pero solo si respeta la ley civil y la ley natural. Mantuvo más tarde que la revolución no solo era un derecho, sino, a menudo, una obligación, y abogó por un sistema de control y equilibrio en el gobierno, que tenía que tener tres ramas, siendo el poder legislativo más importante que el ejecutivo o el judicial. Asimismo, creía en la libertad religiosa y en la separación de la Iglesia y el Estado.

La influencia de Locke en la filosofía moderna ha sido muy grande y, con su aplicación del análisis empírico a la ética, política y religión, se convirtió en uno de los filósofos más importantes y controvertidos de todos los tiempos. Otras de sus obras destacables son Carta sobre la tolerancia (1689), Pensamientos sobre la educación (1693) y Racionabilidad del cristianismo (1695).






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[1]     El capítulo primero del Ensayo lleva como título: «De las ideas en general y de su origen».

[2]     Su título en el Ensayo sobre el entendimiento humano es: «De las ideas simples».