Opinión • Solidarność en León • David Herrerías

“León es una ciudad que no se explica sin la migración, desde su origen. Por otro, rescatar el valor de la solidaridad en un tiempo donde los nacionalismos resurgen con una fuerza que amenaza la paz y la estabilidad mundial…”

 

Opinión • Solidarność en León • David Herrerías

Imaginemos la escena: un numeroso grupo autoridades y ciudadanos aguardan en la estación de ferrocarriles de León. Esperan a un contingente humano de más de setecientas personas de todas las edades, pero principalmente mujeres y niños, muchos de ellos huérfanos, que han cruzado la frontera por Ciudad Juarez. Habían llegado en barco a California, después de dar tumbos por el mundo: Siberia, Paquistán, la India.  Son polacos y han llenado su mirada de los paisajes semidesérticos de este lado del mundo, tan ajeno a los climas de su tierra natal. Vienen diezmados, han dejado atrás a sus muertos en los hielos de del norte de la URSS. No han tenido descanso y pareciera que en ningún lugar serán bien recibidos. Pero al arribar a la estación de León, el calor del recibimiento no es menor que la calidez del clima. En lugar de aduanas y guardias adustos los reciben niños y niñas con flores y dulces, mientras el mariachi canta: “que lejos estoy del pueblo donde he nacido…”

Pocas naciones europeas han experimentado una historia tan marcada por la invasión, la ocupación y el desplazamiento de su población como Polonia. Su ubicación geográfica la convirtió durante siglos en un territorio codiciado y, al mismo tiempo, vulnerable frente a las ambiciones de las potencias vecinas. A finales del siglo XVIII, Polonia desapareció del mapa político de Europa tras ser repartida entre Rusia, Prusia y Austria. Durante 123 años dejó de existir como Estado independiente, aunque su lengua y su cultura sobrevivieron. Recuperó su independencia en 1918, al término de la Primera Guerra Mundial, pero apenas dos décadas después volvió a sufrir una de las mayores tragedias de su historia. El 1 de septiembre de 1939, la invasión alemana marcó el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Apenas dieciséis días después, el ejército soviético ocupó la parte oriental del país en cumplimiento del pacto secreto firmado entre Hitler y Stalin. Polonia fue nuevamente dividida, millones de personas fueron desplazadas y cientos de miles deportadas a campos de trabajo o a regiones remotas de la Unión Soviética. Cuando Alemania rompió el pacto con la URSS, ésta se pasa al bando de los Aliados. Gran Bretaña gestiona entonces la liberación de los polacos recluidos en los Gulag. Miles de personas inician un periplo por varios países, en los que serán recluidos en campos de concentración, buscando deshacerse de ellos cuanto antes. En 1942 el gobierno mexicano decide acoger a los refugiados, y el 10 de julio de 1943, cerca de 700 migrantes de este país europeo arriban a la estación de ferrocarril de nuestra ciudad.

Lo notable de este episodio no es solamente la decisión de acogerlos, sino la forma de recibirlos. Para ellos, que venían de vivir un sinfín de situaciones que vulneraban su dignidad, la solidaridad que encontraron a su llegada cambió radicalmente su vida. En noviembre llegaría otro contingente, alcanzando una cifra superior a los mil cuatrocientos. Fueron alojados inicialmente en las instalaciones de lo que había sido la “Escuela Granja” (que posteriormente sería el Instituto Lux y hoy el Forum Cultural) y finalmente en los restos de una hacienda en Santa Rosa, que es hoy todavía un lugar solidario de atención a niños y niñas, la Casa Don Bosco. Durante esos años, esa granja colonia fue conocida como la "Pequeña Polonia" y ahí empezaron a vivir de manera colectiva estos migrantes. Al terminar la guerra algunos regresarían a su patria, otros buscarían suerte en América del Norte, y otros se quedarían entre nosotros, enriqueciendo a nuestra ciudad.

Es una hermosa historia de solidaridad que debe llenarnos de orgullo, y que no ha sido suficientemente recordada. El viernes pasado, a iniciativa de Rosendo y Daniel Arroniz, del Festival Internacional de Fotografía de León (FFIEL) se conmemoró este hecho y se inauguró una muestra fotográfica que permanece en la sede del FFIEL. Una velada entrañable con la asistencia de la última sobreviviente de esa oleada de migrantes polacos en León, Valentina Grycuk.

Pero más allá de lo anecdótico, ¿por qué es pertinente celebrar este acontecimiento? Por un lado, para recordar nuestra vocación de ciudad de inmigrantes. León es una ciudad que no se explica sin la migración, desde su origen. Por otro, rescatar el valor de la solidaridad en un tiempo donde los nacionalismos resurgen con una fuerza que amenaza la paz y la estabilidad mundial.  La palabra solidaridad tiene su origen en el latín solidus: entero, compacto. Pero en el derecho romano se utilizó en la expresión in solidum, que significaba "por el todo" o "en su totalidad". Cuando varias personas respondían in solidum, cada una era responsable de la totalidad de una obligación, no sólo de una parte. Solidaridad significa que nos reconocemos como parte de una sola humanidad, compacta, única. Pero, además, que las personas compartimos un destino y tenemos responsabilidades mutuas. La solidaridad que León mostró hacia los polacos en 1943 puede entenderse no sólo como un acto de compasión, sino como una decisión de asumir una responsabilidad compartida frente al sufrimiento humano.

La iniciativa de los Arroniz busca ahora que de aquí en adelante celebremos el 10 de junio como el día de la solidaridad leonesa, lo que nos daría la oportunidad, cada año, de recordarnos que somos una sola y única humanidad, y que estamos llamados a responder in solidum a quienes que no han recibido los frutos de la sociedad que les permitan vivir dignamente.