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Esperando al Festival de Avándaro: Ausencias y latencias. Cultura pop, música para jóvenes y la ciudad de León • Héctor Gómez Vargas

Héctor Gómez Vargas

Imagen tomada del blog 'La trampa del Bulevar'
Imagen tomada del blog 'La trampa del Bulevar'
Esperando al Festival de Avándaro: Ausencias y latencias. Cultura pop, música para jóvenes y la ciudad de León • Héctor Gómez Vargas

Estragon (renunciando de nuevo) – No hay nada que hacer.
Samuel Becket, Esperando a Godot


 

Borrosidad en la cultura pop

La primera revista en el país que informaba sobre la música del rock and roll fue México Canta. Permaneció activa poco más de una década, de 1964 a 1973, y semanalmente publicaba las noticias y diversos materiales que podían ser atractivos para ese sector de la juventud mexicana que se interesaba en esa música nueva, moderna. A lo largo de esos once años de existencia, la revista publicaba una serie de contenidos que manifestaban aquello que al público de otros países, Inglaterra y Estados Unidos, le gustaba y escuchaba conforme pasaban los años, además, y con especial énfasis, lo que sucedía en México en materia de música juvenil. Como sucedía con la televisión, la revista presentaba una serie de retratos de una juventud, de esa juventud que en unos años sería un tanto diferente.

Pero, desde sus inicios, lo juvenil de la música fue algo más amplio y diverso, algo más que solo rock and roll, y así quedó manifestado en México Canta, pues por ahí se hacían presentes otros tipos de músicas que la revista promovía y a la que en términos genéricos se le llamaba “música moderna”. En los primeros años, la revista hacía especial énfasis en la escena musical que se desarrollaba en la capital del país, un procedimiento para manifestar que se estaba creando una cultura musical juvenil propia, y que se estaba al tanto y a la altura de las circunstancias de lo que sucedía en el mundo, es decir, Inglaterra y Estados Unidos.

Como lo expreso Eric Zolov, en su libro, Refried Elvis, el rock and roll fue un fenómeno global, y por tanto, cargado de alta complejidad, y, como lo hace ver en su libro, eso mismo sucedió en el país. En su aparente simplismo de manifestar a una juventud mexicana, emulando a esas imágenes que llegaban de los primeros grupos de rock que habían alcanzado la fama internacional, y que se presentaban al mundo, con películas, programas de televisión o reportajes de la prensa, en forma juguetona, bromista, ingenua y traviesa, la revista manifestaba los cambios de la cultura y de la música creada para los jóvenes.

Ante ello, y para mantener el interés de sus lectores, la misma revista debía hacer cambios con el pasar de los años. En 1967, después del Sargento Pimienta, la revista comenzó a manifestar otra orientación de la inicial: la música internacional, la que se creaba con el idioma en inglés, y géneros musicales como el blues, el soul, el rock psicodélico, comenzaron a tener más presencia en la revista, y con la llegada del año de 1969, las cosas fueron transitando hacia su etapa final como revista. Varios teóricos e historiadores señalan que los años que van entre 1970 y 1973 son momentos de transición en la música de rock internacional. Tiempos de borrosidad donde aparecen diversidad de sonidos y manifestaciones musicales, que perderían fuerza a mediados de los setenta, y lo que le siguió para cerrar la década definió el futuro de la música del rock.

Esos entornos borrosos de la música y la cultura juvenil se pueden ver en los ejemplares de México Canta en los mismos años, de 1969 a 1970. Entre sus páginas convivían grupos musicales de diverso tipo, como si fueran parte de un movimiento único, e igualmente comenzó a aparecer un nuevo movimiento en México al que se le llamo, la Onda Chicana. Para autores como Zolov, la Onda Chicana fue parte de la contracultura mexicana posterior a la contracultura que se manifestó con el movimiento estudiantil de 1968 en la ciudad de México. Ese movimiento musical, donde parecía que lo mexicano cobraba identidad en la música de rock, fue el impulso ante el creciente interés por la nueva música de rock mexicano, que se hizo presente en todo el país, y que un ejemplo representativo es el grupo La Revolución de Emiliano Zapata, con su éxito, “Nasty Sex”.

Pero el entusiasmo en México por esa música a inicios de los setenta tenía otra vertiente importante que igualmente reportaba semanalmente México Canta: la escena musical en la provincia que se estaba creando y parecía que venía algo importante para todo el país. Grupos musicales, tocadas, conciertos y festivales en varias ciudades, no solamente en la ciudad de México, o algunas de la frontera norte, como fue el caso de Tijuana y Monterrey. También algunas ciudades del centro de la república.

Algo estaba emergiendo, hasta que llegó el festival de Avándaro el 11 y 12 de septiembre de 1971.

Ausencias y latencias en la ciudad de León

El viernes 17 de septiembre de 1971, la prensa local se manifiesta con el reporte de una marcha de jóvenes leoneses que, decía la prensa, repudiaban la “orgía hippie” de Avándaro. La marcha, y el desplegado de la prensa, encendieron una mecha y se generó un ambiente de tensión. Días después, a inicios de octubre, se publicó un reportaje, en dos partes, sobre el concierto de Avándaro, y, a mediados del mismo octubre, se anunciaba que habría un congreso juvenil, para el mes de noviembre, como “respuesta a Avándaro”, pero a finales de ese mes se notificó que el congreso estudiantil “naufragó”. El asunto, para la prensa, quedó relegado con miras a dejarlo pasar, dejarlo en el olvido. Solo una nota apareció el 6 de noviembre donde se decía que no se iba a permitir interpretar música en las iglesias, durante las misas.

Esta reacción que se manifestó en la prensa local, pero que implicaba a grupos e instituciones sociales más amplios y propios de la ciudad, no puede dejarse de lado sin remitirse a eventos que habían estado actuando como latencias en la ciudad, es decir, algo que, sin estar plenamente presente, eran parte de un ambiente generalizado por el cual las personas sentían que algo estaba por ahí, rondando. Estas latencias pueden ser parte de un trabajo aparte y en extenso, ahora solo tocamos brevemente dos de ellos, cada uno remite a hilos del tiempo distintos, pero entretejidos.

La primera reacción es un tanto de corte histórico, es decir, como parte de una “historia del presente” de la reacción ante los sucesos de Avándaro en el país. Esto quiere decir que en una década fue la tercera reacción de la prensa, y de las instituciones locales, ante la juventud leonesa y su interés por la nueva cultura pop que estaba en emergencia, en cierta sincronía con la cultura pop internacional.

En diciembre de 1961 se informó de la muerte de una mujer a la que su grupo de amigos le llamaban Mary Chesman, apodo que remitía al asesino Carly Chesman que había sido ejecutado en una prisión en Estados Unidos unos años antes. En un primer momento de la investigación sobre las causas de su muerte, todo apuntaba a un amigo-novio, un rebelde sin causa y que, en un paseo nocturno en motocicleta por una colonia nueva, lejana de la plaza principal y todavía con muchos espacios sin construir, desiertos y solitarios, se presumía que la había matado. Semanas después quedó claro el motivo de la muerte: Mary Chesman iba detrás del conductor, y al dar la vuelta en una glorieta, resbalo y, al caer, se golpeó la nuca y murió instantáneamente.

Antes de esa conclusión, la prensa había exhibido la presencia de grupos de rebeldes sin causa, y había exhibido sus rutinas y actitudes como grupo juvenil, y todo ello encendió una mecha que tenía años esperando ser encendida: desde 1957 la prensa manifestaba la inquietud por los rebeldes sin causa que se reunían en un centro de diversión, El Caleta, en uno de los pasajes de la plaza principal, aquel que conduce directamente a la Catedral. Pese a manifestar que fue un accidente, la prensa manifestó y fue portavoz de grupos sociales que pedían el control y extirpación de los jóvenes rebeldes, el cierre de sus lugares de reunión, y la promoción de unos jóvenes sanos. Eran los tiempos en que la ciudad era visitada ocasionalmente por grupos de rock and roll del país, e incluso, días antes de la desaparición de Mary Chesman, Bill Haley, que había venido a presentarse en la televisión mexicana, vino a la ciudad y se presentó en el cine Coliseo.

Al no haber culpable, no hubo alguien concreto a quien olvidar, solo una actitud vigilante a los rebecos, como les decían, mote que después sería substituido por el de hippies. La muerte de Mary Chessman ha pervivido como una suerte de “leyenda urbana”, como un suceso de chisme local entre los entendidos de esos tiempos.

El segundo momento fue en septiembre de 1968, cuando la prensa notifico que unos jóvenes estudiantes que se habían manifestado en el Zócalo de la ciudad de México habían tomado una bandera y le había prendido fuego. La indignación cundió como si le hubieran puesto gasolina a la nota informativa y le hubieran echado un cerillo encendido. A los pocos días, hubo una manifestación en la plaza principal de la ciudad, una enorme manifestación de repudio a los jóvenes mexicanos rebeldes y en desacato. La intención de la manifestación era que los jóvenes de la ciudad repudiaran lo hecho por los jóvenes estudiantes en el Zócalo capitalino. Jóvenes promesas del momento del PRI fueron los oradores. Días después sucedió el atentado a los estudiantes en Tlatelolco, y la prensa local, en su sección de noticias nacionales, fue cauta, había tensión en todo ello, por un lado, jóvenes estudiantes muertos, aprehendidos por el ejército, por el otro lado, el presidente de la república, en una fotografía con los directores de los principales periódicos del país.

Después de esos momentos, hubo un silencio, casi como diciendo que no había pasado nada, o casi nada, y la prensa tuvo un cambio importante: manifestó una apertura difundiendo e informando algunos aspectos de la cultura pop juvenil, en particular sobre la música juvenil internacional, así como el impulso de una nueva política cultural de promover cine, música, programas de televisión, revistas, donde lo juvenil lo permeaba todo, y todo comenzaba a estar en la “onda”, deja de ser un país a go-go, para ser un país “in”. Esos momentos en que, como dijo Carlos Monsiváis en su libro, Días de aguardar, el país cobra un rosto y una actitud pop, un “México pop”. Y la ciudad ingreso a ese mundo de estar en “onda”, como un signo de una nueva modernidad que le hacía entender que estaba cerca, muy cerca, de codearse con lo más internacional del mundo casi por concluir los sesenta, por iniciar los setenta.

Entre 1970 y 1971, como lo dijo Simon Reynolds en su libro Pospunk, de que muchas cosas pasaron y pasaban todo el tiempo, algo así fueron esos años en la ciudad como parte de ese país que se abrió a ser un México pop.

Días después de publicar las manifestaciones de repudio hacia el festival de Avándaro, casi a finales de octubre, la prensa publicó un reportaje sobre la “nación Woodstock”. El reportaje era una tendencia de la prensa nacional e internacional, que publicaban los periódicos de la capital y la reproducían sus sucursales de provincia, para generar tensión y desconcierto, alarma y temor, como parte de la guerra fría de entonces, y que actuaban como una latencia, es decir, el recuerdo y la inquietud de algo de su propio pasado que había estado en riesgo y ponía en peligro un orden social desde el siglo XIX: los jóvenes.

A lo largo de esos años, la prensa publicaba noticias, fotografías y reportajes de asuntos juveniles internacionales de alto riesgo: la figura de Lennon, y Yoko, como un rebelde y revoltoso; conciertos y festivales donde se consumía marihuana, o que terminaba en pleitos y peleas campales, la muerte de artistas de la música, como Jimi Hendrix, por causa del abuso de drogas; reportajes sobre “el desconcertante mundo de los hippies”, de su vocabulario y señas de identidad. Hablar de hippies era hablar de una degradación que ponía en riesgo al país, a la ciudad.

Casi un año antes del festival de Avándaro, en la prensa local se pudo ver y leer una inserción de la prensa internacional en la sección de espectáculos, que hablaba del disco del concierto de Woodstock, y el título de la nota decía que ese disco era “sensacional”. Woodstock fue un evento que mostraba la ambigüedad del momento: por un lado, era la evidencia de ese mundo degradado de los jóvenes, pero por otro lado, igualmente era una pauta para abrirse con una actitud nueva hacia los jóvenes, de acercarlos a una nueva orientación de política cultural.: junto con la difusión de noticias sobre el mundo del espectáculo, la prensa comenzó a publicar materiales de interés para los jóvenes, como las listas de popularidad en Inglaterra, Estados Unidos y México, en donde aparecían  Led Zeppelin, Iron Butterfly, Creedence, Cat Stevens, el grupo Crosby, Sitlls, Nash and Young, Paul McCartney, La Revolución de Emiliano Zapata, y otros más.

El año de 1970 fue muy importante en la ciudad: fue una de las sedes del Mundial de Fútbol México 70, y, como se dijo en un reportaje, la ciudad sería vista por el mundo. En ese año algo paso con la música en la ciudad: en primer lugar, hubo visitas de músicos y grupos musicales, como fue el caso de Javier Bátiz, Soul Masters, la Caravana Corona donde venían Javier y la Baby Bátiz, además del Ballet Hippie; en segundo lugar, se manifiesta la presencia de varios grupos musicales que se presentaban en fiestas, tardeadas, restaurantes y centros nocturnos, como era el caso de los Free Minds, los Versátiles, Opus IV, los Hicksos. Fue el año en que se comenzó a comercializar los aparatos estereofónicos, y a abrir nuevos espacios para la convivencia de ciertos grupos juveniles, como fue la cafetería Aloha (en febrero de 1970), y salones de fiestas donde habría la posibilidad de organizar fiestas por parte de grupos estudiantiles. Por finalizar el año, en los inicios de noviembre, apareció una lista con los mejores discos del momento, lista que encabezaba la canción “Nasty Sex”, de La Revolución de Emiliano Zapata. Las canciones de grupos mexicanos comenzaron a escucharse por la radio, y en las pocas tiendas de discos se podían conseguir los discos sencillos.

Pero en el año de 1971 hubo una tendencia donde se manifestaba que la ciudad entraba a una condición de ciudad pop, algo que creaba tanto entusiasmo como tensión, pues parecía que había una especie de renovación, algo despertaba que manifestaba cambio, un camino hacia adelante, pero igualmente era algo inquietante. Dentro de esos entornos, la música juvenil fue un catalizador de inquietudes y miedos, expectativas y posibilidades.

Desde enero de 1971 estaba la noticia de que entre los mejores discos de 1970 estaba el de La Revolución de Emiliano Zapata, e igualmente del éxito de otros grupos musicales, no solamente de la ciudad de México, como Los Cinco, sino de otras ciudades, como Los Spiders de Guadalajara, los cuales vendrían en varias ocasiones a fiestas organizadas por los estudiantes de distintas escuelas, o la facultad de medicina de la Universidad de Guanajuato y su Fiesta de la Rosa, con sede en la ciudad de León.

Igualmente hubo tocadas con grupos locales (Free Minds, Los Versátiles, Madre Naturaleza, Opus IV, los Hicksos, etc.), o fiestas y tardeadas donde grupos locales alternaban con grupos de la ciudad de México o de otras ciudades. Se habla en la prensa del “rock local”, y hay varios festivales de rock, como aquel donde compitieron Opus VI (antes Opus IV) contra los Free Minds, a finales de junio.

Por otro lado, las escuelas y agrupaciones juveniles, católicos en ambos casos, buscaban encontrar un sentido a la música juvenil. En febrero se anuncia el Festival de la canción de protesta, a realizarse en el mes de marzo, y en ese mismo mes el Instituto América, una escuela para mujeres jóvenes, anunció un concurso de la canción, y para el mes de junio el Oratorio de la Juventud anunciaba el Maratón de la Juventud, donde se convocó a los grupos locales a sumarse al esfuerzo y ser parte de los grupos que tacarían durante varios días. El restaurante el Zahuan, organizó un concurso de grupos musicales donde el ganador se presentaría durante una temporada en el restaurante.

El primer semestre de 1971 fue de una importante dinámica juvenil en la ciudad, y un signo de los tiempos de ese año fue el estreno el 3 de junio en el Cinema Estrella de la película “Ya somos hombres con Valentín Trujillo”, una película ordinaria, pero que aprovechaba para hablar de esa juventud predominante en el país, una película de cierto éxito e impacto del momento, y que manifestaban el proyecto de política cultural por desarrollar en el cine, la televisión, la música durante los primeros años de los setenta.

El país y la ciudad que se abrieron a una cultura pop que era rentable en varios sentidos, el abrirse a una política donde la estética y el entretenimiento cumplen la función de involucrar a diversas capas de la sociedad. Pero llegó Avándaro.

Descarrilamientos: Después de Avándaro

Para Eric Zolov, el intento de borrar o hacer olvidar al festival de Avándaro ha sido parte de una amnesia cultural en México. No lo tengo claro lo que sucedió en la ciudad de México o en otras partes del país, pero en la ciudad de León fue como si no hubiera pasado nada, solo el amago contra las estructuras y el orden social prevaleciente del pasado, un pasado que por momentos se remonta al siglo XIX. Aparentemente, nada sucedía antes, ni nada sucedió después, no hubo una marca que diferenciara algo con el pasado histórico, o el pasado reciente en la ciudad.

A cincuenta años del festival de Avándaro, es posible un acercamiento a ese pasado, dar pasos a entender lo que sucedió, a la manera como lo abordó Zolov, o bien a la manera como Hans Ulrich Gumbrech lo hace con su libro, Después de 1945, cuando habla de lo que sucedió en Alemania y a nivel global, con el fin de la segunda guerra mundial, donde parecía que todos actuaban como si no hubiera pasado nada, como si la vida ordinaria que se conocía antes de la gran guerra, siguiera como si nada:

Hay algo acerca de aquel pasado y de cómo se volvió parte de nuestro presente que no encontrará descanso. Cualquier intento de encontrar una solución debe comenzar por identificar ese “algo”.

Encontrar ese “algo” implica modificar el punto de vista para observarlo y los procedimientos de acercamiento a ese pasado para que abandone su condición de olvido o abandono. Es un tanto como esa tesis sobre la historia según Walter Benjamìn donde dice que articular el pasado histórico no necesariamente implica ni quiere decir el buscarlo y reconocerlo “tal como propiamente ha sido, sino, más bien, “apoderarse de un recuerdo que relampaguea en el instante de un peligro”. Y esa visión de Benjamín, está en cierta sintonía de lo que el crítico e historiador de la música de rock, Greil Marcus, dice sobre “basurero de la historia”, es decir, esa tendencia de que cuando se habla de algo como historia, la tendencia es a clausurar el conocimiento de ese pasado. Una visión general, pero degradada y reducida, como ha sucedido con ciertos acontecimientos de la historia contemporánea, o con la historia misma del rock. Marcus expone su procedimiento, y dice:

Tengo la convicción (hasta que aparezca una prueba de error o hasta alcanzar mis propios límites) de que un acontecimiento histórico o un artefacto cultural que ha despertado el entusiasmo, el malestar ola confusión de la conciencia del crítico, si se lo presiona lo suficiente o de cierta manera, termina por revelarnos sus infinitos secretos, nunca confesados.

Es por ello pensar que no todo lo que se ha dicho sobre el festival de Avándaro, como un acontecimiento histórico y/o cultural, está todo dicho, y que hay otras maneras para observarlo y saber algo de sus secretos. En la ciudad, la actitud hostil hacia el festival, la urgencia de hacerlo parte del olvido, del pasado, es parte de algo que ya estaba activado desde un poco más de una década atrás, y ha permanecido activado hasta hoy en día, pues contrasta con varias de sus orientaciones en los tiempos recientes, como esa tendencia de apertura a las expresiones creativas juveniles, la búsqueda de un desarrollo económico como una ciudad basada en el turismo de negocios donde la presencia de espectáculos de diverso tipo es parte de la estrategia para lograrlo.

Una ruta de exploración para identificar ese “algo” del pasado es la propuesta del mismo Gumbrecht, de abordar las latencias del pasado, eso que emergió como algo no identificable, pero que se sentía que estaba presente y actuaba sobre el pensar, el sentir, el actuar de las personas en general. Un medio ambiente, un estado de ánimo, que está presente de alguna manera que, si uno estira la mano lo puede sentir o tocar, como cuando muere una persona amada. El historiador alemán identifica la presencia de varias latencias en la Alemania derrotada de la segunda guerra mundial, habla de su familia, sus padres y sus abuelos, pero todos los adultos en general, que parecían actuar como si no hubieran tenido una actividad o responsabilidad con la guerra, y la derrota. Todo parecía que seguía su cauce, aunque algo había en medio de todo y de todos, pero que nadie quería hablar, las latencias, y que más adelante fue un fenómeno global, que corría por todas partes como algo propio de todos los países involucrados en atravesar el siglo XX. Refiere a obras de literatura de la época que parecen girar alrededor de tres grandes tópicos que manifestaban sendas latencias actuantes después de 1945. Gumbrecht refiere, entre otras muchas obras literarias, a la obra de teatro, Esperando a Godot, de Samuel Becket, y dice de ella:

Esperando a Godot presenta un efecto de latencia que aún no se ha considerado. La espera a Godot, que no aparece, “congela” el tiempo, por así decirlo. El tiempo “congelado” hace que todo progreso, y por ende toda acción de cualquier tipo, sea imposible, puesto que las acciones necesitan del futuro para transformarse de motivaciones en realidades.

Para Gumbrecht, en la obra de teatro de Becket hay un tiempo “que resiste a desplegarse” ya que “Vladimir y Estragón no pueden avanzar, no pueden actuar, no pueden siquiera suicidarse”. En su libro, Gumbrecht habla de tres latencias en el mundo después de la segunda guerra mundial. Una de ellas es la de “no salir, no entrar”, donde la situación se vive de una manera donde las personas quedan atrapadas en algo que las “congela” y el tiempo parece “congelarse”, y esto implica que el régimen de la historicidad que devenía del siglo XIX, se ha alterado y se ha ingresado a una condición post histórica. Otra de esa latencia es la del “descarrilamiento”, es decir, todo aquello que era parte de un mundo tradicional y de algo que otorgaba seguridad y protección, se erosiona y las personas quedan en una situación crítica, peligrosa y desagradable, pero en donde se reconoce que es lo único que se tiene. Es un periodo donde, pese a la propuesta de una senda que lleva a todos a un futuro, no hay seguridad de ello, y las personas descarrilan en su propia vida, en relación a lo que era el mundo de antes, el “mundo de ayer”, como reza el título de las memorias de Stefan Zweig, y del que refieren a través de las redes sociales tantos habitantes de la ciudad que fueron niños o adolescentes en la década de los sesenta o setenta.

La película de Cameron Crowe, Casi famosos, trata de un adolescente, William, que es contratado por la revista Rolling Sotne para seguir la gira de una banda de rock. Antes de eso, William busca a un crítico de rock, Lester Bangs director de la revista Creem en esos años, y ambos platican en la calle y en una cafetería. Bangs le dice a William que la era del rock terminó, esa era donde se hacía música por el gusto de hacerla, pero, en ese momento de la charla dentro de la película, y que alude a 1974, el rock ya era otra cosa, la industria se la apropio y la convirtió en un espectáculo, un circo. Lo que vino después del festival de Avándaro, fue eso: una puesta en escena, la puesta al alcance de la mano de mucha música, mucha, pero pocas posibilidades de hacer música. En la ciudad de México la opción fueron los espacios subterráneos, en la ciudad de León, fueron los espacios de convivencia social, con música de covers y música para bailar. Hombres jóvenes que se descarrilaron en su proyecto de vida alrededor de hacer música. Hombres fuera del tiempo, de esos que crecen, maduran, pero algo de ello se queda congelado.

A mediados del siglo XX, había la tendencia a decir de personas que llegaban a vivir a la ciudad, y algunos de sus habitantes, que la ciudad “era un rancho”, de que “no pasaba nada”. Esa era una forma de manifestar la condición de ciudad histórica que había heredado del siglo XIX y seguía presente en la ciudad. Del tiempo del festival de Avándaro han pasado varias cosas, como el fin del milagro mexicano, el ingreso a los laberintos de la “década perdida de los ochenta”, donde se comenzó a transitar de un régimen histórico a uno post histórico, donde por momentos parece que la ciudad es otra, no algo diferente, sino “otra”, de esas ciudades del país que persiguen las rutas del capitalismo avanzado.

Pero cuando la gente que llega de otros países o lugares del país, o los nuevos habitantes de la ciudad, y muchos de ellos siguen diciendo que la ciudad es “un pueblito”, “todos se conocen”, y, como dice, al inicio de la obra, el personaje de Esperando a Godot, de que no “hay nada que hacer”, es momento de pensar que eventos como el festival de Avándaro, que no sucedió aquí, es posible observar algo que sigue sucediendo en la ciudad, en el país, y que nos llevan a un a condición de “tiempo congelado”, aunque a más de uno eso le pueda parecer absurdo, fuera del lugar.

Héctor Gómez Vargas
15 y 16 de agosto de 2021
León, Guanajuato

           

 

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