Es Lo Cotidiano

MEMORIAS DEL SUBDESARROLLO

Tú no sabes nada de Irapuato

Paco Ignacio Taibo II

Tú no sabes nada de Irapuato


Noviembre 1982-mayo 1973

Tú no sabes nada de Irapuato —me dice una voz en la cabeza—. Nada, tú no sabes nada —dice la voz parafraseando el principio de aquella película.

Ha vuelto nuevamente a esta ciudad, he traído mis viejas notas, mis papeles de hace 10 años. Traigo todo lo que podría necesitar para comparar lo que veo con lo que vi. Me traigo yo mismo, traigo la memoria.

El autobús da la vuelta sobre la calzada Díaz Ordaz y entra en la central camionera. La ciudad no era así. No tenía central camionera, no tenía bulevar Díaz Ordaz; esa iglesia es nueva y esos tanques de almacenamiento de PEMEX no estaban allí. Ha cambiado y sigue siendo la misma, igual que yo, he cambiado y sigo siendo el mismo, me digo, mientras me cuelgo al hombro la chamarra y aprieto bajo el brazo el paquete de libros para los amigos, que traigo desde la ciudad de México.

Camino bajo un “sol de cojones” que arde bajo la camisa y bajo ella. Por ahí se iba a la casa de don Tomasito, por ahí estaba Ropa Acero. Por ahí la clínica del Seguro Social donde se hacían los mítines. Atrás de esas calles estaba la casa de mi compadre Luis, y por allá la subestación eléctrica. El local sindical sobre la avenida Guerrero, enfrente de la paletería, al lado del mercadito donde tenía la beca alimenticia. Ahí compraba el periódico, allá está el palacio municipal y el sindicato de los electricistas, por allá se iba a Estrella de Oro. Si sigo recto por esa calle llego al fraccionamiento donde estaba Delta, pasando por Telas Blanco. Para allá el taller de Tauro y los puestos que sirven las mejores fresas con crema del mundo.

Yo estuve aquí, yo tenía dos años menos y no era muy diferente de lo que ahora soy. Pienso en esas cosas y me rasco el pelo con dos dedos, en ese gesto imitado a Stan Laurel del que mi esposa se burla sin clemencia.

***

El yo de hace diez años llegó a esta ciudad con la misma curiosidad, con la misma mirada ávida que hoy está irritada por el recuerdo. Quizá con un poco más de prisa, quizá con esa cabrona urgencia del que siente que si se detiene va a ser rebasado por sí mismo.

Irapuato era entonces un pueblo apacible. Fuera del trabajo de recolección y empacado de la fresa, que durante un par de meses reactivaba todo, se mostraba como una pequeña ciudad comercial en el centro de una zona agraria.

Las primeras imágenes, confirmaban: policías con el uniforme a medias, pantalón azul y camisa de cuadros, chamarra café y gorra reglamentaria, rondando con su mausera, vampireando al campesino que se había emborrachado. Eso establecía la identidad, se parecía a otras ciudades mercantiles, que dan tianguis y servicios a su periferia. Mercado, servicios y burdeles.

Muchas cantinas con nombres exóticos: La texana, Agua azul, Floresta, El Rancho, Mi Vida, La Moreliana, El Centro. Luego, las conocería por dentro con mis amigos los electricistas, verdaderos amos del chupe de Irapuato, dueños y señores de bares y mesas de cerveza cartablanca.

Fresas, muchas fresas. Para confirmar que están ahí como dice la leyenda de Irapuato. Fresas cristalizadas, mermelada, fresas con crema, fresas en canasta para que el coche se detenga un instante y se vaya para otros rumbos, porque por aquí sobran.

Tierra suelta, hija de obras en construcción que nunca se  terminarán, que algún funcionario comenzó, inauguró y condenó al olvido del presupuesto saqueado. Tierra suelta en el aire que hace estornudar. Bicicletas, como si hubiera muchos lecheros. Paleterías a madres, para distraer un calor piojoso. Baldíos como si la ciudad hubiera decidido crecer dejando espacios para parques que nunca se construirán. Las paredes eran blancas y brillaban agresivas. En algunas, había pintas de la Unión Nacional Sinarquista. Todo era trasnochado, obligadamente típico: el sol, los campesinos que descargaban un camión con costales de maíz, las letras UNS en la pared, las casas blancas, la tierra suelta atacando el aire, la estación del tren vacía y solitaria, un cine donde ponían tres películas de luchadores, una anciana sentada en la sombra ante la puerta de su casa, dos mujeres haciendo cola ante la puerta de un dentista, cuyo rótulo programaba orgullosamente no su origen en la UNAM, sino la existencia de un diploma de la Universidad de Guanajuato.

Eran las tres de la tarde, y el yo de hace diez años, caminaba por las calles de una ciudad que vagamente le recordaba a Veracruz, que le traía aires que en aquella época identificaba con Toluca, y que años después sabría que tienen que ver con la primera imagen de casi toda la provincia mexicana. El yo de entonces levantaba lugares comunes con la vista, porque no sabía ver, no sabía encontrar la piel de la ciudad de la que después se enamoraría.

El yo de hace diez años pensaba en 1973: ¿Qué estoy haciendo aquí? Porque una nueva ciudad es un viejo vicio renovado, porque toda la seguridad de los 23 años urbanos se zarandea un poco ante esta desolación pueblerina, acompañada del miedo del enviado especial, de inseguridad del Miguel Strogoff de la lucha de clases.

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