Es Lo Cotidiano

Una inocencia no tan inocente

Ana Valeria Badillo Reyes

Una inocencia no tan inocente

 

Un loco siempre reunirá más locos
H. J. Ch.  Von Grimmleshausen

 

Porque de todo es sabido, que nada hay que  delate mejor el carácter de una persona, que sus propios escritos.
H. J. Ch.  Von Grimmleshausen

 

El hecho de que hayas tenido una mala madre, no quiere decir que tú también tengas que serlo.
Rafael González (9 años).

 

¿Por qué el mar no tiene fondo?, ¿por qué la gente muere?, ¿por qué el cielo es azul? Qué bellos aquellos días donde nuestros sueños se limitaban a la adquisición de dulces, juguetes y nuestros problemas filosóficos se resolvían con un “porque si”. Siempre he pensado que los niños tienen los razonamientos más simples, pero a la vez, los más complicados. Están llenos de esa visión mágica que perdemos cuando crecemos y que dejan escapar entre sus razonamientos más naturales, sencillos e “inocentes” —este último término no muy convencida, ya que siempre cabe un poco de malicia en cada comentario que hacen— un tanto de verdad y los defectos que los adultos aburridos y pretenciosos intentamos tapar a toda costa.

Carillas manchadas, sucias, chamagosas. Aquellas caras de los niños de la calle, nuestros niños, son como me imagino la de un lazarillo, así como de Simplicius, mi Simplicius. Si alguna vez usted ha platicado con alguno de ellos, se dará cuenta de una no complicada visión de la vida, una simple pero hermosa forma de razonar, aquella que se limita a subsistir, a querer sobrevivir ante este mundo que intenta desterrarlos a toda costa, y es así como el protagonista concibe su vida. Tomando la definición de Lazarillo como aquel que guía o muestra el camino,[1] sería bueno dejarnos guiar, de vez en cuando, por la pureza de corazón que estos niños nos ofrecen.

Y hablando de pureza, pues no se podría encontrar una más grande que en la de un Simplicius alejado de toda sociedad. El relato de un hijo de pastores que, al quedar huérfano, adoptado por un ermitaño y vuelto a ser huérfano, no le queda otro remedio que salir a tener contacto con el mundo, un mundo tan impuro y corrompido que no lo entiende, él, no encaja en este. Y así como los niños que venden chicles o cualquier cosa para llevarse un pedazo de pan a la boca, él se ve en la necesidad de tener que hacerla de ladronzuelo, bufón, criado, esclavo, soldado, mujer, doncel o loco para poder sobrevivir.

Pero he aquí un característica a resaltar, Este lazarillo es diferente, ya que es “leído y escreido” como se diría vulgarmente, conocía la Arcadia y al Doctor Fausto, naturalmente la religión, y por lo tanto los preceptos de bueno y malo, aparte de que tiene, una mayor nobleza a la de cualquiera que se sienta merecedora de ella. Él no es como el de Tormes que se limita a “Vivir a lo Lazarillo”.[2] Simplicius se cuestiona, se aflige y se preocupa por las actitudes de la gente, si bien no intenta corregirlos, al menos nos los hace bastante notorios a la vista del lector y a pesar de que no es la vida pecaminosa algo que le turbe día y noche, espera no caer en sus garras.

 

Por aquel entonces no poseía yo más cualidad que una conciencia limpia y un carácter honrado y piadoso, emparejadas ambas cosas a una total inexperiencia y simplicidad. No sabía de los pecados más que los que había oído o leído, y cuando veía cometer alguno constituía para mí una experiencia horrorosa e increíble, pues me habían educado y acostumbrado a desenvolverme siempre ante la presencia de Dios y bajo su santa voluntad, según la cual yo medía actos y el carácter de las personas, de los que deducía que no había más horror en este mundo.[3]

 

He ahí un conflicto, su burbuja de pureza se rompe y se da cuenta de aquella locura en la que está inmersa su Alemania, ya sea por la bien mencionada fortuna o el destino, que se va topando con todos los defectos y pecados que el hombre pueda tener.

De aquí se parte que entre sus travesuras y sus pensamientos, siempre está cuestionando el porqué de tales actitudes, que según vemos no tiene, en primer plano, ninguna otra mala intención que despejar sus deudas, mas se sabe de sobra que sirven principalmente para hacernos reflexionar ante como vamos dirigiendo nuestra vida. Es memorable la narración del primer banquete que presencia, le causa repulsión cómo la gente se llena de comida, de vino, de placeres hasta el punto del bacanal.

 

No entendía cómo aquellas comidas y bebidas, cuya finalidad supuesta es que sepan bien, podrían dejarles los sentidos intactos sin convertirlos en bestias. ¿Quién sabe si Circe no usó estos ingredientes para transformar a los hombres de Ulises en cerdos? Vi cómo los huéspedes se tragaban estas comidas picantes como puercos, bebían como vacas, se entontecían como burros, y, finalmente, vomitaban como perros”.[4]

Se debe de resaltar que la alimentación de un buen cristiano tenía que evitar los condimentos y especias para no despertar las pasiones del cuerpo, ni exacerbar los humores que predominaban en la persona, si bien la alimentación de Simplicius se limitaba a bayas silvestres, hierbas, un poco de pan y agua, nada que ver con lo que en el palacio se utilizaba para la preparación de platillos.

Y a pesar de su corta edad, suponiendo que se había vuelto servidor del rey —me atrevo a suponer— alrededor de los 15 años, es sorprendente la sensatez y sabiduría con la que se dispone a intercambiar un diálogo con el secretario, sobre quienes deberían de gobernar. Pone en tela de juicio la supuesta capacidad de los caballeros y toda su corte para ser merecedores de títulos nobiliarios así como de las aptitudes que tanto presumen.

Cierto que ennoblecen las gestas heroicas y las artes excelsas a aquel que las realiza o las descubre, pero ¿qué tiene que ver con su descendencia? Las virtudes de los padres no se heredan siempre y por ello los hijos no son dignos de los títulos de nobleza de los padres.”[5]

Y no se limita solo a cuestionar sobre las herencias de títulos y nobleza, sino que los desaprueba pues él se niega a la necesidad de verter sangre de inocentes para poder ganar un estatus o nivel en la sociedad.

 

Estas hermosas heroicidades serían muy de alabar si no hubieran sido cometidas en prejuicio y ruina de otros hombres. ¿Qué valor puede tener de alabanza de quien ha vertido tanta sangre? ¡Bonita nobleza es esa que tiene sus orígenes en la rutina de miles de hombres! En lo que se refiere a las artes y a los descubrimientos, no son otra cosa que pura vanidad y locura, e igualmente vacíos de todo sentido, frívolos e inútiles son los títulos que se consiguen mediante ellos.[6]

Más que frío se habría quedado el secretario al escuchar palabras tan profundas y ciertas, por parte de un jovencillo vestido de becerro, pocos sabían que en su pasado había tenido educación, así que lo tomaban como insensato y loco, cuando más bien querían hacer oídos sordos a las verdades, principalmente el rey que se negó a escucharle sobre sus defectos y prefirió volver al pobre Simplicius un bufón. Tantas personas que, aseguro, más de uno conocemos, siguen resaltando el escudo o apellido en la actualidad, cuando se sabe de sobra que a lo mucho, su única aptitud sería la de caminar y respirar a la vez. Me pregunto lo mismo ¿cuál es la necesidad de tener estatus si no servirá de nada para mejorar como persona? Pues, sin embargo… Sigo intentando entenderlo.

Y, como buen niño curioso, ansiaba seguir conociendo, aprendiendo, cuestionando, y a pesar que hubo un momento en que esto pasó a segundo plano —refiriéndome a las guerrillas en las que se tuvo que ver involucrado— siempre el destino le deparaba un tiempo de relajación para dedicarse a los pensamientos que tanto le confundían siendo aún más pequeño. Hubo un tiempo de su vida en el que al tener que esperar un largo tiempo a que la burocracia resolviera sus problemas monetarios (qué raro) y no poder ejercer como soldado, comenzó a juntarse con un doctor el cual le mostraba las enfermedades que aquejaban a la gente y que él supo identificar muy bien, que más que enfermedades, eran las debilidades del hombre.

 

Di con personas enfermas de ira; cuando sufrían sus achaques se les descomponía el rostro como al diablo. (…) Vi a algunos que sufrían de envidia, una enfermedad de la que cuentan que les corroe el corazón, por lo que siempre están pálidos y mohídos. (…) Creo yo que la pasión por el juego es también una enfermedad, pues los que la sufren acaban dominados plenamente. (…) Llegué a la conclusión que comer y beber en exceso es una enfermedad, nacida antes de la costumbre que de la abundancia.[7]

 

No será necesario ni imaginarnos, de cuántas enfermedades estamos repletos todos y cada uno de nosotros, si son casi iguales a los pecados capitales, pero mostrados como causas que no le conciernen ni al alma ni a la mente, sino al cuerpo, se le puede echar la culpa a que algo no funcione bien en nosotros, ya sea un riñón, el corazón o el estómago, para justificar todas nuestras fallas.

Y conforme pasaba el tiempo, el chico iba madurando, creciendo y lamentablemente la inocencia se iba desvaneciendo poco a poco, el mundo lo cambió y lo corrompió como a los demás; pero supo levantarse, así como caer, algo admirable para el orgullo humano, una de nuestras peores enfermedades. Así como Rolando, perdió la cordura por un momento, pero supo recuperarla, supo reivindicar su camino, así como hablando sólo por mí, espero también hacerlo.

Hay que esperar que todo el corazón que las mentes infantiles no pierdan su inocencia a temprana edad, como cada vez está pasando de forma más frecuente y que nosotros tampoco perdamos la curiosidad sin malicia, que a pesar de estar ya tan contaminados, siempre cabe la esperanza de que exista ese niño interior del que tanto nos han platicado, pero sobre todo hay que esperar y, si es posible ayudar, a que aquellas criaturas de carillas manchadas, tengan un mejor final que el de sus padres. Qué la bondad siempre viva en nuestros corazones y la ignorancia fuera de ellos.

           

 

[1] Definición tomada de la conferencia de la maestra Valeria Moncada, el 9 de septiembre del 2013.

[2] “Vivir a lo Lazarillo”, se refiere a que se despreocupa por lo que suceda a su alrededor o como actúe la gente con tal de que él pueda alimentarse y sobrevivir, incluso llega a ser una que otra maldad hacia sus amos y la conformidad es su característica principal.

[3] Hans Jakob Christoffel von Grimmelshausen, El aventurero Simplicissimus, DEBOLSILLO, España, 2008, p. 70

[4] Ibid., p. 85.

[5] Ibid, p. 119.

[6] Ibid., p. 121

[7] Ídem., pág., 264. También hace mención sobre otras enfermedades como la vanidad, la risa, la curiosidad en las mujeres, los celos, la venganza, la pereza, la frivolidad, las lacras del cuerpo y todo género de males y vicios.

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