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No confundamos la mala noticia con el mensajero

Federico Urtaza

No confundamos la mala noticia con el mensajero

Últimamente he escuchado la expresión “narrativa” (¿Por qué expresión y no palabra? Porque quiere decir más de lo que dice); las modas nos hacen decir cosas que no entendemos con claridad y puedes ser lo que uno quiera decir… o no decir. En fin.

El caso es que esto de la “narrativa” se utiliza con frecuencia para decir algo más sencillo, “la manera de contar historias”, sólo que también parece ir más allá y referirse también al discurso, vamos, al rollo en sí.

¡Ufff! No sé qué me dio por meterme con esto (o con eso de la “transversalidad”), pero es que de veras, me irrita ese juego de palabras que ni mejoran la comunicación ni revelan aspectos nuevos del mundo y sus alrededores.

Pero bueno, con esto me encuentro tratando de sacar en claro qué quieren decir muchos especialistas en cuestiones culturales, en particular relacionados con el cine como expresión e industria, cuando dicen que la formación de públicos tiene mucho que ver con familiarizarlos con las “nuevas narrativas”. Anticipo una conclusión: ¿no nos estaremos enredando al confundir las tecnologías con los contenidos en temas de comunicación? Sí ya recuerdo que Mc Luhan decía que el medio es el mensaje, pero esto tiene otro sentido, pues no es lo mismo lo que se dice en un tuit, que los recursos tecnológicos que permiten hacer y decir.

El asunto (perdone el lector el desvarío) es que hablar de nuevas narrativas, si nos referimos a la formación de públicos, nos lleva a preguntarnos: ¿Hay, en serio, nuevas historias, nuevas formas de contar? No, no creo. Hay, sí, la ilusión de que la envoltura hace al pastel, y eso lo comprobamos a diario en las salas de cine, las pantallas de televisión y las computadoras.

Esto a veces me hace pensar en esos cuenta chistes autodenominados comediantes que a falta de verdadera gracia, de recursos narrativos e histriónicos, saturan una anécdota con palabrejas más propias para poner a alguien en su lugar que para resultar chistosas; vamos, usan efectos especiales (de nuevo la envoltura) para disfrazar su incompetencia.

Y, por supuesto, el público reacciona precisamente porque el “efecto especial” es un sacón de onda súbito, momentáneo y, por ende, distractor.

Entonces, ya que hablamos de incapacidad para contar bien una historia, para darle un toque personal que la hace, entonces sí única, como único es el que la cuenta, nos estamos refiriendo también a esa desconfianza en la capacidad del ser humano, de comunicarse a través de compartir experiencias profundas, arquetípicas, que mueven la propia memoria y nos hace sentir empatía y simpatía por nuestros semejantes.

El entretenimiento puro no busca movernos a tomar el lugar del otro, sino más bien hundirnos en nosotros mismos a la vez que, paradójicamente nos dejamos deslumbrar por los fuegos artificiales que chisporrotean en nuestro alrededor.

En la cinematografía, a querer y no, y por muchísimas razones, lo que rifa es el modelo “Hollywood”, que plantea esquemas probadísimos sobre lo que hay que contar y cómo contarlo, lo que nos lleva a cuestiones más tenebrosas y terribles: lo que hay que pensar y sentir.

Sin duda, si pensamos en Aristóteles y su Poética, el modelo hollywoodense cumple con el cánon; pero se nos olvida que para que las reglas sirvan hay que conocerlas incluso en sus limitaciones, para proponer algo más.

Así, el público que cree que sabe cómo se ve una película (como el que cree que sabe cómo leer una novela), se ve limitado (cota que se fortalece con la práctica repetitiva, rutinaria, aburridora) a reconocer “patrones”. Cualquier cosa que sale del esquema, una de dos: no se reconoce o asusta. ¿Y si no se ve, qué nos preocupa; y si asusta, para qué lo queremos?

Y el público se habitúa a lo que le dan, a lo reconocible, agarrándose sus proveedores de que es preferible la zona de confort que lanzarse a la incertidumbre de la aventura, así sea ésta meramente en el terreno de lo imaginario.

Formar público, en especial si queremos que éste no sólo vea cine mexicano sino sea también más exigente en cuanto a lo que quiere ver, implica entender que cuesta (al menos desde el punto de vista económico) lo mismo hacer un churro que apostarle a una película que se aparta aunque sea un poquito de los moldes, que sigue la línea de encantar al auditorio con la habilidad del artista contador de cuentos.

Es necesario generar un proceso en el que coincidan quienes hacen películas, quienes las distribuyen y exhiben, los que las promueven y, en especial, quienes las vemos. Podemos tener otro cine, mexicano o internacional, hasta hollywoodense si se quiere: no hace falta una nueva narrativa si esto quiere decir 3D, HD o que la sala de cine huela a sopa de cebolla si alguien come sopa de cebolla. Hace falta que exijamos buenas historias y bien contadas, que si llevan efectos especiales, ¡felicidades!, pero que nos lleguen a la mente y al corazón, que dejen de ser un entretenimiento (es decir, pérdida de tiempo, pérdida de vida), para convertirse en una experiencia.

Pregunto a los lectores: ¿A poco no recuerdan alguna película que los divirtió, los hizo llorar, enojarse, temer, amar y reflexionar?

¿Sería mucho esperar que el cine nos diera esas experiencias?

Yo creo que no, pero tampoco me resulta agradable tener que escarbar en un basurero para encontrar una manzana comestible.

Nos vemos la próxima semana.

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