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HORTERA FILES (IX)

Métodos de entrevista y seducción según Hortera

Ricardo García Muñoz

Métodos de entrevista y seducción según Hortera

El edificio del relaciones culturales se alza con la cantera verde que producen los cerros de los alrededores; es un edificio gigante que conmueve nada mas al verlo, como una joya escondida entre la perpendicularidad de la calle que desciende y se tuerce para arrimarse al callejón de la Condesa. Del portón asoman unas caras de ángeles en relieve y la madera recuerda al ebanista que los talló para seducir una obra de arte. En el interior, el piso marmóreo parece echar luces de colores que abren un abanico en el patio central. Nadie imagina que con tanta belleza en el cascarón, pueda sostenerse la podredumbre.

Los maestros celebran las sesiones en la sala de actos y justo antes de ingresar a las escaleras se halla la sala de prensa, un cuarto maloliente y húmedo. Las pesadas máquinas de escribir taladran un rumor sombrío. No ha llegado la modernidad. Un tipo de estatura pequeña estorba el paso. Detrás de unos lentes color pistache, un hombre me miró firme y con un gesto retador, trató de intimidarme al percatarse de la intromisión. El pelo grasoso y un hedor a marihuana irritaban el ambiente. La jactancia de intelectual rancio le hizo increparme.

—¿A quien busca?— dice con el remilgo para detener mis pasos en seco. Cargaba una pila de hojas de máquina que en seguida las acomodó debajo de su sobaco.

—Al que mande.

—Pues el que manda no está, si quieres espéralo, pero allá afuera porque aquí no puedes estar— bajó el montón de hojas para colocarlas en un escritorio.

—Mira cabrón, no estoy de humor para tus chistes de sabiondo barato. ¿Dónde está tu jefe?

En ese momento, se convirtió en un bicho, la voz comenzó a temblarle. Un bicho con lentes color pistache que volvió a recoger el papel bond y lanzó un grito para llamar a su jefe. De una puerta con un gran cristal chino, apareció un hombre como de unos cuarenta años, barba de candado, chaleco de piel, barriga fofa y una calva brillante. Las patillas iban a dar hasta la mitad de las mejillas.

Manoteó el aire deseando esparcir el olor, esfumarlo. De nada sirvió. La peste era generosa. Abrió la puerta y me extendió la mano para saludarme. Al sentarse quedó rodeado de montañas de periódicos. En el fondo del cuarto había un garrafón con la mitad de agua. Me serví un cono y le dije que se sentara. No se amilanó con mi actitud y encendió un cigarro.

—¿Qué desea oficial?— afiló la voz para calmarme. – Trabajamos para el mismo bando y estoy dispuesto a colaborar. Ya ve a estos chamacos que no saben a lo que le tiran. Pero siéntese por favor— El hombre dedujo que yo era policía y me acercó una silla. Iba a pedir un favor y sólo tenía que chasquear los dedos, el hombre me inspiró algo más que respeto. Sus manos eran tersas y sin ampollas, delataban una existencia dedicada a pegarle a unas teclas, a machacar las tripas de una Remington negra y polvorienta. Mientras silbaban disparos de mi vida a través de esos instantes, entre callejones y muertos apestosos, este hombre narraba las desavenencias de mi vida.

—¿Dónde encuentro un libro de Rosendo Vall?— apuntalé la pregunta para concluir la visita. El viejo volvió a rascarse la nuca y en esta ocasión chupó los dientes.

—Lo más seguro es en la coordinación editorial— Dijo con un tono bastante ingenuo. – Es seguro que allí le puedan dar informes y vender libros. Mire, es allá enfrente.

—Sacó entonces uno de los panfletos donde estaba la colección completa de libros de la editorial y me lo mostró. —En esta oficina nos encargamos de la comunicación, las revistas, los medios.

Pregunté por Roca para despistar y el hombre me proporcionó los datos apuntándolos en un trozo de papel, porque en ese edificio sólo se encontraban los talleres, las oficinas estaban en otro lado. Lo coloqué en mi bolso y salí del cuarto. El tipo de lentes color pistache agachó su cara y volvió a tomar un manojo de hojas de papel bond. El gruñido de las máquinas orquestaba un oleaje que iba y venía hasta detenerse en las viejas paredes. Salí hasta el patio donde entraba un grupo de turistas con la intención de retratar el palacete. Llegué hasta la editorial y a una secretaria larguirucha le compré el ejemplar de Rosendo. Volví a preguntar por la oficina general intentando obtener más información, pero la mujer apenas me mencionó dónde encontrarla. La gente estaba cansada a raíz del asesinato de Rosendo, todo mundo preguntaba cualquier cosa, pero mi intención era saber la hora precisa de llegada de la mujer. Si tiene suerte, encuentra a la licenciada, pasadas las doce del día. 

La luz brillante del mediodía en la Plaza de la Paz me irritó los ojos. Tomé mis viejos Ray Ban con chapa de oro y apoyé los garfios detrás de las orejas. La estatua de la Paz escurría unos extensos brillos, como si estuviera limpia. Seguí la pista del monumento hasta ascender la pendiente y detenerme en el puesto de periódicos. Necesitaba una coca cola fría para seguir mi camino y acceder sin contratiempo con Andrea Roca. Crucé la calle y me senté en la mesa que estaba de frente al callejón del estudiante para beber mi coca cola. Vi el papel que me había dado el viejo. La dirección estaba muy cerca de donde me encontraba. En realidad nada estaba lejos. Pero de donde me hallaba hasta la calle de Alonso, sumaban apenas un par de minutos. Bebí la coca cola y dejé un billete de veinte pesos. Una nausea comenzó a resurgir en mi garganta. Escupí saliva aunque la nausea seguía terca en dar pie a una aceitosa vomitada.

Al entrar a la oficina general de relaciones culturales, dar santo y seña a un anciano que registraba a los visitantes y preguntar por la multicitada Roca, pedí que me condujeran hasta donde la podía hallar. Detrás de un escritorio respiraba una secretaria; era gorda y con los labios levantados. Sus senos le colgaban hasta la planicie del pupitre y un escote amplio dejaba tendido un par de tetas desparramadas.

—Espere un momento señor— tomó el teléfono para hacer una llamada. Y en seguida me preguntó mi nombre. Mentí.

La prieta me condujo por un pasillo que daba hasta un patio interior y a lado de una pileta se tendía una escalera de caracol que parecía fundirse con el cielo. Trepé dando vueltas hasta desembocar en la azotea. El Pípila se miraba extraño desde esa perspectiva. Y la cornisa de la Basílica estaba muy cerca de ese edificio. Volví a tomar aire, un aire liviano, sólo capaz de respirarse lejos de la calle y el polvo. La ciudad engarrotada con sus casas y sus calles revuelca un denso ambiente de sofoco nomás caminar tres siluetas de callejones; parece pelearse con el cielo mientras los edificios de tan cerca casi se besan.

Tenía cuentas que saldar con esa mujer. A muchos cristianos, por menos que eso los había desnucado. Y esta tenía muchos huevos para mandarme matar con un cobarde como Mora. En esos pensamientos estaba, cuando el secretario particular de Roca abrió pesadamente la cerradura de un cuarto. No se había percatado de mi presencia. Empujaba la puerta con una mano, mientras con la otra se colgaba un portafolio de piel. Dio un brinco al mirarme. Mi existencia lo dejó fuera de lugar y sin decir media palabra me observó con un tono de desprecio. El único camino posible estaba obstruido con mi cuerpo. Sonreí cuando embolsaba los Ray Ban en el bolso de la camisa. Dejé que la cacha de la pistola asomara de la sobaquera.

—Busco a Roca— el hombre, extendió la mano para indicarme el camino.

—Tú primero— dije y volví a sonreír. Nos dirigimos hasta una oficina. Era una azotea remodelada con muy mal gusto. En la pared un cuadro de una copia de Dalí que se rodeaba con estantes y miles de libros. En el centro una gran mesa de madera sostenía un ordenador. Y en el piso había un ventilador funcionando. Una pequeña ventana asomaba hasta otra parte de la azotea que estaba encalada. Pero la oficina estaba vacía. Dejé el folder con la información de Olaf en una orilla de la mesa. El hombre parecía un actor con tics sicalípticos y rascaba una tetilla sin parar.

—La licenciada no se encuentra, ¿en qué le puedo ayudar?, soy su asistente— dijo, confundiéndome con un policía.

—¿Tú me puedes ayudar?— le repliqué.

—Si dígame —Contestó sin pensar.

Desenfundé la pistola y encañoné la frente. Empujé una silla que estorbaba mi paso. El imbécil comenzó a temblar. Me doblaba el peso y la estatura. No contaba con que cambiaran así las cosas, y cuando estiré la mano para sobajarlo con la escuadra, y cuando aparté la vista del arma y volví a mirarle los ojos, deduje que no tenía las agallas para aguantar medio minuto en una pelea conmigo. No era más que un ardid para calmarle los aires de superioridad, pero también estaba frente a una fauna de fantoches y la madre fantoche me quiso matar. Un llanto ahogado, un gruñido de perro, un largo sollozo fue lo que pudo expeler. Seguí atacándolo con palabras, amedrentando sus ínfulas, quise acabar de una vez con él, pero era más divertido ver cómo iba disminuyendo su posición. Una vez más le pregunté si podía ayudarme, lo hacía después de cada hijo de puta que le echaba a la cara. Gruñía. Estoy seguro que su vida pasó en cuestión de segundos por una película muy fina.

            Cuando se orinó en los pantalones, comprendí que tendría que matarlo. Y hacerle pagar lo artero que representan los meones, los cobardes como él. Seguí con insultos provocadores y una seguridad celestial lo invadió. Un coraje de perro herido. Se levantó del asiento, comenzó a hablar más fuerte, con lágrimas. Vio que retrocedí, que no disparaba, entonces dio un paso, luego otro y, de pronto se lanzó sobre mí. Era el campo donde lo quería tener. Mano a mano. Lo primero que hice fue tirar la pistola. Su cuerpo chocó contra el mío. En una entrada lastimosa le prendí un gancho en la mandíbula. Era fuerte. Quiso enderezar el cuerpo, pero quedó lesionado. Moví las piernas. Flexioné la rodilla y prendí un derechazo en el pómulo izquierdo que lo lanzó encima del escritorio. Tomé la pistola del suelo y corté cartucho. Sus lágrimas se fueron mezclando con la sangre.

¿Tú me puedes ayudar?, volví a preguntar. El hombre no quiso levantarse. Se acurrucó en un rincón y siguió llorando con la cara entre las manos. Yo no sabía cuánto iba a durar aquello, pero estaba seguro que en cuanto se tranquilizara, me iba a llevar con Roca.

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