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The Wire: La otra peste

Óscar Luviano

The Wire: La otra peste
The Wire: La otra peste
The Wire: La otra peste


En medio del bombardeo constante sobre la pandemia del Covid-19, dos cosas llamaron mi atención.

La primera de ellas era una supuesta cita de La Peste de Albert Camus (ese libro que se desempolva y desempolvará cada vez que un patógeno se gane un nombre propio a fuerza de quebrar fronteras y sistemas inmunológicos): dice, más o menos, que la Peste saca lo peor y lo mejor del alma de la gente. Da igual si la recuerdo bien o no, porque no figura en el libro del Nobel (¡Camus hablando de almas!).

La segunda noticia que destacó de la epidemia (que algo bueno debe de haber, además del crush acrítico con López Gatell y la horda de cabras que tomaron por asalto un pueblito galés) es que HBO reporta que la serie de su catálogo más vista (al menos en los Estados Unidos) durante la cuarentena mundial ha sido The Wire.

Una buena y una sorprendente noticia, pues al fin y al cabo The Wire (El cable o Bajo escucha, como se le ha llegado a conocer) tuvo su última temporada hace 12 años y padeció problemas de audiencia, presupuesto y amenazas de cancelación a lo largo de sus 5 temporadas y 60 capítulos. Digo que una buena noticia porque, como todo clásico, esta serie emerge cuando es necesaria para responder preguntas vitales. Digo que sorprendente porque no sé muy bien qué lleva a gente confinada en sus casas a ver una serie sobre el narco en la ciudad de Baltimore (y un relato, además, en el que campea una tristeza terrible) ¿Qué hay en este retrato de las vidas de policías, sicarios, narcos, halcones, sindicalistas, periodistas, prostitutas y políticos, entre tantos otros, que puede resultar de consuelo o iluminador en el contexto de una epidemia y otra crisis financiera y laboral?

Si me lo preguntan, no tengo la menor idea.

O la tengo, pero es una respuesta que debe tomarse con cautela, pues ver The Wire es una puesta por la humanidad y contra el cinismo imperante en nuestras nuevas narrativas televisivas (cuando quiera que la veas, si te gustan las series, si no te gustan las series, si te importa el tema de la Guerra contra el Narco o si no te importa, si has leído a Dickens, a Tolstoi y a Chejov, o si no lo has hecho).

El problema con The Wire (y una de las razones para verla o reverla) es que se ha convertido en un lugar común de la crítica televisiva y de los top tens que infectan las redes: nada aleja a alguien de esta serie como esos “¿Cómo que no has visto The Wire?” que los entendidos exclaman jalándose de los pelos.

Sí, The Wire es un must, pero de otra clase.

Este título proviene de la etapa fundacional del universo de las series: se saltó todas las reglas del mercado (apostó por una narración en el tiempo, a gran escala y multifocal) y creó con ello un producto imbatible. Curiosamente lo hizo volviendo la mirada a uno de los géneros narrativos más cuestionados en el cambio de siglo: la novela.

The Wire se propuso (y lo logró) narrar una ciudad y una época, del modo en que Dickens nos contó a Londres y Tolstoi a Moscú, habitadas (en este caso sí) por almas retratadas en una dimensión chejoviana.

Gran parte del mérito proviene de su guionista (entonces había guionistas y no showrunners) David Simon, que hasta ese momento se había desenvuelto como periodista. En alguna de las muchas entrevistas que ha concedido sobre la serie, Simon señala que su idea era contar la Guerra contra las Drogas en el marco de Baltimore. ¿Por qué esa ciudad? Era, entonces, la urbe con mayor índice de pobreza y desempleo en los Estados Unidos, con un gran porcentaje de población afroamericana e índices delictivos al alza.

Simon aprovechó ese contexto para, según sus palabras, contar el combate contra el narcotráfico como lo que es: “Una guerra de los que tienen contra los que no tienen, y en último grado el exterminio de los pobres”.

Simon contó con un coguionista, Ed Burns, que fue policía y después maestro en Baltimore (una experiencia reflejada en el periplo de uno de los protagonistas de la serie, Prez Pryzbylewski), un equipo integrado por novelistas y periodistas, y un cast integrado en parte por pobladores de los barrios retratados en la serie. El resultado fue una autenticidad diseccionada por una mirada integral: personajes rudos en sitios terribles, pero retratados sin olvidar nunca su dimensión humana y con diálogos consistentes.

Volviendo a mi pregunta inicial (¿Porqué The Wire durante una epidemia?), es que la serie resultante es un relato idealista: en su esencia se trata de una serie sobre un grupo de personas que tratan de hacer lo correcto en una sociedad en disolución. Y esta voluntad de cambio proviene policías, narcos, periodistas maestros… No hay buenos ni malos en The Wire.

Excepto Marlo, claro.

En sus cinco temporadas temáticas (que hablan, en este orden, del narco, la economía, la política, la educación y los medios como instituciones involucrados con el narco), The Wire nos muestra el enfrentamiento de sus protagonistas contra potestades que no solo se oponen a su heroísmo, sino que han sido diseñadas para ofrecer el simulacro de un sistema. El esfuerzo de este puñado de personajes (desde McNulty, el detective honesto, hasta Bubbles, el adicto que venga a su amigo, sin olvidar a Bodie, el jefe de la plaza) no solo está destinado al fracaso: debe ser sepultado bajo la indiferencia para que esas instituciones sigan fingiendo que cumplen con una función. Ante ese destino trágico cada uno de las heroínas y héroes de The Wire hace lo que Camus señala en su libro: “Cuando se ve la miseria y el sufrimiento que acarrea, hay que ser ciego y cobarde para resignarse a la peste”.

Hay que ver The Wire, no importa lo bien que te hablen de ella.

The Wire (HBO, 2002–2008). Creada por David Simon. Con Dominic West, Lance Reddick, Sonja Sohn y Wendell Pierce, entre otros.




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Óscar Luviano (Ciudad de México, 1968). Narrador y poeta. Cuentos suyos se incluyen en Nuevas voces de la narrativa mexicana (Planeta, 2003) y en Así se acaba el mundo (SM, 2012). Colabora en diversos medios y publicaciones.

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