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Noveleta • La ciudad de los huérfanos [II] • Óscar Luviano

Óscar Luviano

Oscar Luviano
Tachas 437
Noveleta • La ciudad de los huérfanos [II] • Óscar Luviano

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En San Felipe de Jesús medían el riesgo por el ritmo de las gotas en el techo. Aquel como pasos de palomas no merecía la atención, y podían sentarse a comer y llegar a la sobremesa. Éramos dieciséis entre abuelos, tíos, tías, mis padres y mis primos. Mi abuela instalaba el fogón junto a la tarima de madera que usaban como mesa, y las tortillas llegaban recién hechas. Ignoro la manera en que podía dar de comer a tanta gente.

En cambio, cuando la lluvia era un siseo de hormigas rabiosas y se colaba entre las láminas del techo, había que comer de pie, apurando los trozos de carne y dejando para después los elotes asados. Entonces mi tío Felipe, en su deber como hermano mayor, salía cubierto con un trozo de cartón, y regresaba hasta las rodillas de barro: Sigue en su lugar, les decía. Hay que poner el café, se alegraban mis tías.

Cuando la lluvia era como pedradas en el techo, y les obligaba a hacerse casita en las orejas para escuchar el parte de mi tío Felipe, me dejaban sobre la mesa, en la cazuela de barro que fue mi cuna, con pañales y un biberón cargado. Mis primos y mi tía Alba y Alicia se sentaban a mi rededor sobre la mesa, con las botas puestas, abrazando al gato y consolando al Káiser con silbidos. El resto iba de una habitación a la otra levantando todo lo que cupiera sobre las camas, amarrando cuanto pudiera flotar, en pacas sujetas al ropero. Resultaba inútil cualquier negociación para separar a mi abuela de los frijoles en la estufa: ¿Quién los va a cuidar si no soy yo? ¿Tu abuelo? Que el niño Jesús me perdone. Y su carcajada. ¿Qué vamos a comer si no? Y tenían que cubrirla con capas de rebozos. Si llega a salirse, se para acá. ¿Dónde, mijo? En la silla, mamá. ¿Y eso de qué sirve? Si el Señor nos quiere azotar con otro Diluvio, ¿quién soy yo para llevarle la contraria?

Un par de veces, las peores, el sistema de alarma fallaba, y la higuera en el patio se azotaba como poseída por una música hecha de brazos y muecas, y cuando mi tío Felipe estaba por salir a comprobar si el Canal seguía en un sitio, escuchaban un largo desgarrarse, atronador y carente de piedad, y el techo de asbesto era sustituida por un aleteo colosal, por un torrente de sombras y agua.

¡Agarren al niño!, pero mis tías abrazaban al gato o se encomendaban al perro, y era mi padre quien tomaba mi cuna en sus brazos y se unía a la estampida. Una enorme lengua gris les perseguía, les salía al paso, fagocitaba rocas, entrechocaba su corriente de agua dura. Era como si huyeran del enfrentamiento de dos lagartos inmensos, y de todas partes se levantaban cuajarones olorosos a mierda y mortandad.

Corrían hasta rebasar a carretera a Puebla. El terreno era más alto, y las aguas del Canal reculaban bravas, exhaustas sobre el asfalto. Reunidos y abrazados, descalzos pero agradecidos, en la penumbra del amanecer sólo escuchaban los maullidos del gato y a mi abuela: Yo ya estoy juzgada, ni sé para qué me hacen sofocarme.

Ante ellos, San Felipe de Jesús era una laguna o una inmensa gota de azogue.

Cuando regresaban, todo estaba cubierto por una membrana putrefacta. Mis tíos Felipe, Rogelio y Alfredo arrastraron el techo que encontraban cuadras adelante, y que reconocían por las corcholatas de Lulú que habían utilizado como base para los clavos. Mi madre me llevaba en brazos, soplando en mi nariz su aliento, para llevarse el otro, el de la Tierra, nauseabundo, y el Káiser les seguía con la cola entre las patas. Les esperaban paredes con la línea de las aguas marcada e indeleble, las camas volcadas y los colchones rezumantes de barro. Sobre la estufa, una capa mineral que no salía ni con los más fieros tallones. Era para llorar, y casi lo hacían, con las frentes unidas. Mis padres lo intentaban, pero mi cuna entre ambos lo impedía.

Para su fortuna, entre tantos como eran, la derrota era también un pan compartido, y alguno de mis tíos tocaba el hombro de mi abuelo Carmen, y mi tía Alicia tomaba la barbilla de mi madre y le daba un beso en la frente, y todos acababan por señalar a la puerta de hierro del baño. Ahí, erguida y sin mácula, casi una montaña. ¡Ni se empapó siquiera! Y los deberes de la reconstrucción ya no importaban en lo absoluto.

 

***
Óscar Luviano (Ciudad de México, 1968) es narrador y poeta. Cuentos suyos se incluyen en Nuevas voces de la narrativa mexicana (Planeta, 2003) y en Así se acaba el mundo (SM, 2012). Colabora en diversos medios y publicaciones.

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