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NOVELETA SOBRE LA CIUDAD PERDIDA DE CHALCO EN LOS SESENTAS Y MEMORIAS FAMILIARES SOBRE HECHO PARANORMALES

Noveleta • La ciudad de los huérfanos [III] • Óscar Luviano

Óscar Luviano

Oscar Luviano - La ciudad de los huérfanos [III]
Oscar Luviano - La ciudad de los huérfanos [III]
Noveleta • La ciudad de los huérfanos [III] • Óscar Luviano

San Felipe de Jesús, 1969

Los fantasmas, tal vez por decencia, eligieron la temporada seca, el invierno polvoriento, cuando no había riesgo de desbordes de canal, para visitarnos y apropiarse de la casa. El primero fue falso; el segundo, mi tío Jorge con su estela de tubos, y el resto, hambrientos de veladoras y de rezos, llegó sin orden ni concierto. El gato los anunció a todos.

La frase exacta que pronuncio es largo tema de debate entre mí tías Alba y Enriqueta. Están de acuerdo en que, fuera cual fuera, la dijo en italiano.

De la cocina les llegaba el olor del puerco entre calabacitas. Una tejía y la otra leía un Chanoc, Aventuras de mar y selva. El gato dormitaba entre ellas sobre la alta cama, temblorosa como gelatina debido a los colchones sobrepuestos. 

Mi abuela llamó a comer. Esperaron que mi abuelo y la multitud de sus hermanos y primos se instalaran en la mesa, pues como en el rancho de El Mármol, los hombres se sentaban antes para que las mujeres les sirvieran, y sólo cuando ellos habían cuchareado la sopa les tocaba a las niñas, y de a ratos, pues debían reponer las tortillas o servir los segundos platos.

Cuando Alba y Enriqueta se deslizaban hacia el piso desde el borde de los colchones, sujetándose las faldas, el gato bostezó, y tras relamerse, pronunció con toda claridad, con una voz dulce pero un tanto arañada:

—Io sono il diavolo.

Mi tía Alba miró a Enriqueta con los ojos que correspondían y se alejó de la cama, rezando. Mi tía Enriqueta, cuyo carácter siempre se ha impuesto, le pegó un manazo al gato:

—¡No seas payaso!

El gato, tras mirarla severamente, procedió a lamerse sus partes.

Cuando mi padre llegó del trabajo, mi madre lo puso al día, y yo me puse a llorar (era más o menos todo lo que hacía en ese entonces), y tras untarme la panza con manteca, fueron a unirse a mi abuelo Carmen, a mi abuela Ricarda, a mis tíos Felipe, Alfredo, Mario y Ramiro, y a mis tías Elena, Alba, Elisa, Enriqueta, Alicia y Caro, a mis primos Gabriel y Lina. Desde el umbral de la cocina, y en silencio, observaban al gato tumbado sobre la cama. Hacía temblar la pila de colchones cada vez que se estiraba entre esos sueños secretos que los gatos tienen. Pero que mi familia asumía de violencia y pillaje, de alientos robados y ojos arrancados. El pelaje brillaba desafiante, negro como la puerta de hierro del baño.

Como insistía en un mustio silencio, sólo roto por ronroneos, sirvieron la cena. ¿Italiano? Pues español no era. Hasta me quitó las ganas de tejerle su chambrita al niño. ¡Hubieran visto a esta mensa: ¿Para qué lo insultaste? ¡Y encima el manazo! Con el Adversario no se juega. ¿Dónde aprendió italiano? Pues en La Divina Comedia, dijo mi prima Caro, que ya iba en sexto de primaria. Mi abuela regresó a la mesa con las enfrijoladas de mi abuelo, las únicas con queso cotija, y dijo para todos y para nadie.

—Hay que tirarlo, no es obra del Señor un gato que hace cosas así. ¿Y Rogelio?

Mi tío Rogelio tenía doce años, y hacía lo que todo niño hace en los lugares donde el fin del mundo ocurrió hace mucho tiempo sin que nadie se diera cuenta: recogía tesoros.

En las lindes blandas del Canal, la corriente de aguas negras y los camiones de basura traían a San Felipe de Jesús muñecas sin cabeza, sapos hinchados de ojos tornasolados, dijes sin piedra, espejos con escarabajos fosilizados entre el azogue, discos de 45 RPM con los bordes dentados, joyeros sobre los que aún giraban los pies de una bailarina mecánica… Tenía los bolsillos hinchados cuando escuchó que lo llamaban.

Supo, antes de que apareciera por alguna de las calles torcidas que terminaban frente al canal en muros hechos con costales de tierra y cascajo, que era mi abuela para endilgarle la tarea de deshacerse del gato políglota. Corrió hundiéndose con cada pisada hasta las rodillas en el barro tibio, derramando en su huida eslabones oxidados, ojos de muñecas azules como otros cielos, medallones encerrados en arcilla, piedras de ríos perdidas…

En su carrera la voz de mi abuela fue opacado por otro grito.

—¡La grúa! ¡La grúa! ¡La grúa!

Era una voz multiplicada por los muros en obra negra, por los niños que corrían, tras mi tío, hacia el enorme cuello de la grúa, inclinado a la vera del Canal, entre lamentos de vapor.

Continuará…


 

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