miércoles. 25.05.2022
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54 MUJERES, LA SERIE [XLVI]

54 Mujeres [XLVI] Adele (La más punk de todas) • José Luis Justes Amador

José Luis Justes Amador

Un tuit de Adele a Soptify
Un tuit de Adele a Soptify
54 Mujeres [XLVI] Adele (La más punk de todas) • José Luis Justes Amador


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Algo va mal en el mundo cuando el ejecutivo principal de Universal Music, Lucian Grange, ganó más dinero en 2021 que todos los artistas de Inglaterra en conjunto. Frente a los ciento cincuenta millones de libras que los artistas recibieron por ventas de discos y reproducciones digitales, el ejecutivo acumuló a fin de año, entre sueldo y beneficios, 152.7 millones de libras.

Desde hace años, sobre todo desde que la digitalización de la música comenzó a expandirse hasta ser, como ahora, omnipresente, el diálogo ha estado en los locales de ensayo, sobre la mesa y últimamente en algunos paralamentos, incluido el británico. ¿Cómo conseguir un sistema en el que los artistas reciban un pago justo por su trabajo? O, al menos, que no se dé un reparto tan injusto como el que señalábamos al principio.

La culpa, si es que hay que buscarla en algún lugar, tiene demasiadas aristas como para estar en un solo sitio. Cuando comenzó la digitalización los conglomerados musicales le entraron como un paquete: todos los artistas de su cuadra en el mismo saco, a cambio de una cantidad por el número global de reproducciones. Ellos seguirían ganando dinero sin importar a qué artista se escuchara, siempre y cuando ellos tuvieron los derechos sobre esta. A las nuevas distribuidoras musicales no les importaba cómo se repartieran los dividendos, siempre y cuando ellos tuvieran usuarios en sus plataformas. Y al público en general, engañado por “toda la música del mundo al alcance de un click”, no le importaba cómo funcionaba el sistema, siempre y cuando él estuviera contento. “Solo hay una palabra para eso: obsceno” fue como un comentarista resumió la situación.

A los artistas poco a poco les fue preocupando que el nuevo sistema no solo les hacía perder dinero sino que las condiciones de trabajo y del pago por ese trabajo no sólo resultaba peor sino que las posibilidades de dialogo eran casi imposibles. El chantaje de la industria, que ahora era bicéfala, las casas de discos y las plataformas que habían cerrado el pacto entre ellas sin haber tenido en cuenta a los artistas, era sencillo: o estás conmigo y con mis reglas, o estás fuera y entonces tu posibilidad de exposición es casi cero. No había manera de enfrentarse a riesgo de desaparecer del mapa.

La mayoría de las propuestas eran o utópicas, una serie de acciones que la industria no consideraría ni dialogar, o marginales: buscar otras plataformas (Bandcamp es el nuevo underground), arriesgándose al nicho y a la menor difusión. Todo parecía indicar que las decisiones que las plataformas tomaban venían acompañadas de una admonición casi maternal o madrastresca: “hay dos opciones: o así o de ninguna manera”. O, por ponerlo de otra manera, “o lo haces o lo haces”. Frente a eso sólo quedaba la opción de protestar airada, aunque inútilmente, frente a lo mal que estaba el sistema. Cualquier intento de protesta o de cambio del sistema estaba condenado al fracaso.

Hasta que llegó Adele. A ella no le interesa el dinero (probablemente sí le interese, pero no lo necesita para sobrevivir) sino su pureza artística, la misma pureza artística que defienden todos esos que atacan (lo intentan) al sistema. Adele cree que su arte, su último disco, debe ser escuchado en el orden en el que la artista decidió secuenciarlo. Algo imposible porque la opción por defecto de Spotify indica que el álbum se reproduce aleatoriamente. Adele, que jamás había levantado ni una sola protesta contra el sistema, expresó su opinión pidiendo que esa injusticia con los autores (ofrecer escuchar aleatoriamente un álbum que cuenta una historia) fuese subsanada. El sistema tiránico que nunca escucha a nadie no tardó en contestarle: “cualquier cosa por ti”. Adele le había ganado al sistema.

PD 1: Por supuesto que Adele no le ha ganado al sistema. Sencillamente el sistema le hace caso a quien más dinero le da. Negárselo a Adele hubiera significado que se fuera y que perdieran dinero. El mensaje parece ser claro: “por supuesto que Spotify escucha a los artistas… a los artistas que le dejan tanto dinero como Adele”.

PD 2: muchos años antes con Lovesexy, su álbum de 1988, Prince había hecho la misma propuesta, ya que el disco debía ser escuchado en el orden que él había propuesto. Ante la negativa de la plataforma encontró una solución inteligente. “Lovesexy”, un disco que tenía nueve canciones, ahora en Spotify se convierte en un solo track de 45 minutos.

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