jueves. 19.05.2022
El Tiempo
Es Lo Cotidiano

CON EL DESARMADOR EN LA MANO

La luna no es de pan de horno’, de Laura Antillano • Esteban Castorena

Esteban Castorena Domínguez

La luna no es de pan de horno’, de Laura Antillano
La luna no es de pan de horno’, de Laura Antillano
La luna no es de pan de horno’, de Laura Antillano • Esteban Castorena


Para el momento en que comienza la redacción de esta columna, los datos de Our World in Data, (recuperados por Google en su pagina de resultados) exponen que el número de fallecidos por el virus del SARS-CoV-2 suman, a nivel global, casi 5,6 millones de muertos. A esos millones habría que agregar las muertes no declaradas por los gobiernos, por lo que este número podría subir aún más.

Es cierto que durante la pandemia la gente no sólo ha muerto por el virus. Desde el inicio de la contingencia sanitaria, y hasta el momento, otros millones de personas han fallecido por causas diversas. Sólo en lo que va de 2022 el sitio WorldOmeter estima el número de defunciones (hasta la redacción de esta columna) en casi 3,6 millones de personas. Puesto en perspectiva, 5,6 millones de muertos en casi 3 años de pandemia es un número bajo.

Lo anterior no significa que habría que restar importancia a la enfermedad que ha puesto en jaque al mundo. Las estadísticas sirven para dar perspectiva, ahí está su utilidad y su importancia, sin embargo, en lo que respecta a ciertos temas como la muerte, los números tienen un límite. Baste imaginar a alguien que ha perdido un familiar por causa de la pandemia. Escuchar que el virus no es tan mortal seguramente le resultaría irritante. Al final del día esa persona ha sufrido la pérdida de un ser querido. Por más que un individuo insista en pensar que el coronavirus no es tan letal, resultaría impensable ofrecer algún tipo de consuelo sustentándose en las estadísticas.

–Siento mucho tu pérdida, pero acuérdate que se mueren más personas a nivel mundial por problemas del corazón¾Dijo nadie, nunca.

Frente a la muerte, lo alto o lo bajo de los números no importa, el hecho es que alguien se ha ido y ha dejado atrás gente que lo quería. Alguien ha muerto y, sin importar las causas, otros le sobreviven y sienten su pérdida.

Si hay algo paradójico en la muerte es que es universal y particular al mismo tiempo. La muerte es algo seguro, inevitable, pero las circunstancias de cada muerte son únicas. Lo mismo ocurre con el impacto que una ausencia deja en los que sobreviven. Disciplinas como la psicología y la tanatología se esmeran en catalogar las etapas de un duelo. Sus aportaciones son valiosas, pero miopes. Si bien un luto puede tener elementos comunes, los alcances de estos y las formas de afrontarlos son particulares y mayormente incomprensibles para quien no está inmerso en ellos.

Las artes tienen la posibilidad de explorar a profundidad un caso individual y, en contra de las leyes lógicas, ir desde lo particular a lo general. Sólo por poner un ejemplo: un poeta escribe sus versos posiblemente con un destinatario en concreto o a partir de una experiencia en particular. Ese poeta, si sabe su oficio, es consciente de que sus versos nacen desde la individualidad, pero que estos deben aspirar a ser universales par que de ese modo los lectores puedan hacerlos propios.

Gracias a su naturaleza paradójica, la muerte es un tema que se presta más que otros para este proceso artístico que transita entre los individual y lo universal. Una buena obra de arte, sin importar su naturaleza verbal, plástica o sonora, ilustrará una situación particular y logrará conectar con los espectadores por su nivel de universalidad.

 En lo que se refiere al tema de la muerte y el luto, “La luna no es de pan de horno, de la escritora venezolana Laura Antillano es capaz de ilustrar muy bien los sentimientos que una ausencia produce en quienes permanecen luego de la pérdida de un ser querido. El relato, cabe mencionar, fue galardonado en el concurso de cuento organizado por el diario El Nacional de Venezuela en 1977 (este mismo Premio fue otorgado en 1946 a Los fugitivos, relato de Alejo Carpentier del que ya se ha hablado en esta serie de columnas).

Antillano se vale de la primera persona de una mujer que interpela a otra. El inicio del relato con “Usted, señora mía” pareciera dotar al relato de formalidad, sin embargo, basta avanzar un poco para entender que la autora está emulando el uso común del usted en el español de Venezuela sin que este se encuentre condicionado por situaciones de formalidad, se usa aquí más como una muestra de afecto. El relato, como se va revelando poco a poco, son las palabras de una hija a su madre fallecida. La autora pone mucha atención al uso del lenguaje como un recurso que abona a la intimidad y familiaridad de quien narra. En este caso no hay cabida para un español neutro y ajeno a los afectos.

Es precisamente en la cotidianidad que el relato encuentra el conflicto que la historia necesita. En medio de su soliloquio, la hija narra a su madre lo difícil que es continuar cuando su ausencia se percibe hasta en los más pequeños detalles. Esas pequeñas cosas permiten a la autora dar los elementos suficientes para que los lectores tengan un perfil de la hija, la madre y su relación.

Algunos narratólogos hablan de el “fantasma del personaje”, es decir, un elemento de su pasado que se hace presente una y otra vez para atormentarlo y dotarlo de mayor conflicto interno. Antillano se vale de este recurso. La narradora se arrepiente de su poca fortaleza para ir al cementerio a visitar la tumba de su madre. El fantasma ocurre dado que, según recuerda, cuando era niña acompañó a su madre a la tumba de su abuela. Esa diferencia entre ellas, que una pudo visitar a su madre muerta, mientras que la otra no, delinea la sutil comparación entre padre e hijos, otro tema ampliamente explorado en la literatura. La idea del cementerio, además, representa ese momento de catarsis definitiva para seguir adelante.

El relato de Antillano, sustentado en las sutilezas de lo cotidiano, logra construir el posible escenario de una mujer que, al igual que millones de personas cada año, lucha por hacer frente a la pérdida, a la ausencia y a sus propios recuerdos de la mejor manera que puede.

Si quieres leer el cuento, lo encuentras aquí.


 

[Ir a la portada de Tachas 450]

Comentarios