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Spoilerama • La escalera de Damien • Óscar Luviano

Óscar Luviano

El Exorcista, fotograma de la película
El Exorcista, fotograma de la película
Spoilerama • La escalera de Damien • Óscar Luviano


Tal vez han sido los franceses los que mejor han comprendido a la escalera. Al menos tienen esa expresión (“L'esprit de l'escalier”) para referirse a estos no lugares de ascenso o descenso. Así es como llaman a la respuesta ocurrente que nos llega a destiempo, cuando dejamos el espacio de la contienda subiendo o bajando por una escalera. Estos espacios, pues, no se habitan: el pensamiento ocurre en ellas. Nos alejan de quienes pudimos ser de haber tenido las palabras precisas.

En México les damos un sentido más trágico aún. En el tradicional juego de mesa, la escalera que sube nos eleva a la virtud, mientras que la escalera que desciende es una serpiente. Lo que nos hace ascender o caer son los giros de un dado.

Creo que esta es la idea central de El exorcista (1973), que debió titularse, con mayor justicia, Las escaleras.

Los personajes las suben, las bajan, y al salir de ellas lo hacen transformados. El padre Merrin (Max Von Sydow) sube a una tarima para contemplar la efigie de su viejo enemigo, el demonio Pazuzu. Reagan (Linda Blair), la pequeña poseída, encuentra a Pazuzu a través de una ouija al bajar al sótano, y muestra su nuevo rostro al bajar desde su habitación para irrumpir en una fiesta y anunciarle a un astronauta (el ascendente definitivo) que va a morir “allá arriba”. Su primer crimen consiste en girar la cabeza al actor ebrio que sube por las escaleras para entrar a su habitación con intenciones nunca aclaradas, y tirarlo por la ventana. La demostración de la posesión definitiva (el infame paso de araña) es otro descenso de la escalera, en este caso el de un cuerpo corrompido hasta un estado animal, y tan perturbador que no sobrevivió al primer pase de audiencia. Fue suprimida del corte que se entrenó en los setentas.

Y, desde luego, están las escaleras de Damien Karras.

Una de las razones del éxito de El Exorcista, de su innegable status de obra maestra y filme seminal de horror moderno, es que su director, William Friedkin, no era un director formado en el cine de terror, sino en el teatro realista y en el cine clásico europeo: desde su punto de vista, The Exorcist es un remake no reconocido de Ordet (Dinamarca, 1955) de Carl Theodor Dreyer, que también trata de una posesión que se resuelve en un espacio cerrado.

De esta tradición cinéfila Friedkin comprendió que lo fantástico requiere de la precisión del realismo. De ahí la elección del maquillaje, las grúas y los hilos de nylon para presentar las heridas gangrenadas de la posesión, la cama que se sacude y la levitación. Nuestro ojo coincide con la imperfección de lo mecánico y de lo tangible como la esencia de la verdad.

En el filme (rodado, en parte, en la Universidad Católica de Georgetown) este apego al realismo fue más allá: en él aparecen sacerdotes interpretándose a sí mismos. Aquellos que deciden la realización del rito y el amigo de Karras, el padre Dyer (William O'Malley). Y, claro, el mismo Damien Karras (Jason Miller).

Originalmente Friedkin eligió a un actor para este papel, pero unos días antes de iniciar la filmación, buscando materiales para darle mayor densidad a su dirección de actores, leyó una obra de teatro (Nadie escucha un tambor roto), escrita y dirigida por un exseminarista que renunció a sus votos para convertirse en actor y dramaturgo. Esta pieza, que trataba sobre la pérdida de fe de un aspirante a sacerdote, le pareció nacida de la pluma del mismo Damien Karras, cuyo conflicto en el filme es el de oficiar un exorcismo en plena pérdida de fe.

El autor de la obra era, justamente, Jason Miller, y tras conocer a Friedkin y su proyecto en desarrollo, le dijo que él era Damien Karras. Hizo un breve casting que consistió en leer la parte donde se niega a realizar el exorcismo y le sugiere a la madre de Reagan ayuda psiquiátrica. El actor casteado recibió su pago completo, y unos días antes del inicio de la filmación, Miller tomó su lugar.

De modo que el sacerdote sin fe que se convierte en un improvisado exorcista era interpretado por un exsacerdote con crisis de fe. Un personaje para el que las escaleras son más decisivas que para ningún otro.

Algo que se define en esta escena crucial:

Durante el exorcismo, Pazuzu ha hecho perder la templanza al padre Karras mostrándose como su madre. El Padre Merrin lo echa fuera de la habitación de Reagan, pues ahora es un estorbo para el rito. Karras, derrotado, desciende las escaleras y se deja caer en un sillón. Ellen (Chris MacNeil) le ofrece té. Karras acepta, pero en lugar de ello, Ellen le dice: “Mi hija va a morir, ¿verdad?”

Lo que sigue es para mí uno de los momentos más conmovedores de la historia del cine, y uno de los más perfectos ejemplos del uso de la escalera.

Karras le responde, sin dudarlo, “No”. Y se pone de pie. Observa hacia la parte alta de la casa, hacia el lugar donde el demonio (en el que no cree) le ha vencido, y entonces sube las escaleras con pasos firmes, aunque está muerto de miedo.

Esa escalera va a conducirle a vencer a Pazuzu, pero también a su muerte (y si atendemos a los hechos mostrados en The Exocist III: Legion, a la tortura de su alma en el infierno). Eso no importa para Damien en ese momento: sube las escaleras por la súplica de una madre y por la vida de una niña.

Sube la breve escalera de fingir la fe para caer, después, por la larga y terrible escalera de la fe, la del sacrificio, donde se recupera a sí mismo y a su valor como hombre.

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