Es Lo Cotidiano

POESÍA

Poesía • La canción de cuna del hombre elefante • Óscar Luviano

Óscar Luviano

El hombre elefante, fotograma de la película
El hombre elefante, fotograma de la película
Poesía • La canción de cuna del hombre elefante • Óscar Luviano


Me hubiera gustado que la última pelea de mi padre fuera con el Hombre Elefante,
Que todo contra lo que mi padre combatió fuese así: temible, deforme, tierno, babeante.
Y que mi padre hubiera demolido a golpes a ese simulacro, a esa carne como un Titanic aplastado por el puño de Dios.
Y que, papá, los policías que te hallaron no hubieran vaciado tus bolsillos, que los empleados de la funeraria no huyeran con tus rosas,
mientras desatornillábamos manijas y adornos del ataúd (y es que no cabías en el nicho:
nunca hubo espacio suficiente para ti en el mundo, y amaste como un gigante encogido
a las cosas pequeñas, a la gente indefensa,
a los que lloraban con una medalla de bronce en el pecho).

Me hubiera gustado, Señor, que el Hombre Elefante hubiera sido todo su cortejo,
con la cabeza gacha, en la enorme garra derecha (un guante de carne), un ramo de flores,
y los ojos vidriosos de quien ya no sabe cuál es su lugar en el mundo. Eso sí: con un carrito de lata en su otra mano, la humana.
¿Cuál es el lugar de los monstruos con mi padre muerto, Señor?
¿A quién llamaremos para poner en su sitio a sicarios y decapitadores?

Él, señor, con su puño asesino, levantaba hasta el sol a sus nietos; él con su hambre de sangre, amó sólo a una mujer;
él, con su mirada de tigre, me llevó a través de las Mansiones de la Miseria, y me dijo: “Esto es una fiesta, esto es la vida, éste es el Mundo”,
y me dijo: “Estos páramos son de polvo, pero están libres de monstruos; ese polvo es lo que dejé de ellos”.

Allá en el fondo, en el último rincón de la fiesta, el Hombre Elefante
rueda un coche de lata sobre la mesa, y canta su canción de cuna
tan parecida a la cuenta de protección.

Me hubiera gustado, ángeles de mierda, que conociesen a mi padre. Siempre ganó por nocaut al Hombre Elefante,
desde la primera vez que lo encontró… (Por azar, como era de esperarse,
pues ustedes no disponen ni una piedra de este mundo).

 

Una mañana, mi padre niño abrió la puerta y ahí estaba, sentado en el umbral frente al suyo:

El Hombre Elefante, tan lejano de las charcas africanas donde sería sólo un portento más,

y en cambio cubierto por el polvo quemado de El Mármol, Guanajuato, cubierto por las babas que el peso de su cabeza imposible

le impedía convertir en palabras.

Sin su ayuda, ángeles

(suyo es el canto de las cacatúas, suya es la inutilidad del Verbo).

Mi padre niño con un coche de latón en las manos, encontró la media mirada del Hombre Elefante niño.

¿Resonaron sus trompetas? ¿Por lo menos tocaron una campana?

¿Soplaron en el polvo?

El polvo de la calle se levantó entre mi padre niño y su retador, sin su ayuda, ángeles.

En este mundo,

donde nada se mueve bajo vuestras órdenes.

Me hubiera gustado, Señor, que escuchases la canción de cuna del Hombre Elefante.

La cantaba entonces, en ese ring de polvo rodeado por un río moribundo, apenas unos acordes imposibles de recordar y descifrar,

pero tan parecidos a la cuenta de protección. En cuanto el monstruo calló,

mi padre niño supo que el combate había comenzado. Esta vez la amenaza no era el puño de mi abuelo, sino un monstruo que con su único ojo

reclamaba el cochecito de lata.

Hubo una larga pausa, ese espacio donde los botines realizan su danza especulativa, y se mide al oponente, y se decide en dónde y cuándo golpear,

y a cuántos asaltos estamos de dar el upper cut definitivo.

¿Qué vas a saber de eso, Señor? Tu matas o salvas con el aliento, como los ebrios y las moscas.

Es probable que no sepas que es un puño ni un hombre bueno. Te lo digo, Señor:

La cabeza del Hombre Elefante no es un puño,

y mi padre siempre supo que los hombres buenos golpean primero.

No dejan que el malo levante la cabeza, no dejan que la mala hierba crezca, no dejan que el fruto se pudra.

(Quizá tu problema, Señor, es tan sólo una falta de aptitudes para la jardinería).

 

Y mi padre niño golpeó primero al Hombre Elefante. Me hubiera gustado, Virgencita,

que no hubieras hecho de mi padre ni un boxeador ni un electricista, sino un millonario, y así habrías visto

(con tus ojos de obsidiana, que nada ven, que todo cortan) cómo se hubiera desprendido del oro, del dinero, de los autos,

antes de que lo matases y lo desprendieses del tiempo, de su obligado pulque, de la espera de sus gatos.

Habrías entendido entonces, desde tu alma pintada con flores marchitas, el movimiento de mi padre:

¿Por qué entregó el carrito de lata del Hombre Elefante? Porque esa es la victoria de los hombres buenos, porque así se reduce a los monstruos al polvo.

No es el tributo ni la gloria, que tanto te sobran entre el humo de los sirios. No es la furia: es el golpe aniquilador en la ternura.

Es el sudoroso desprendimiento, es el vacío que nos refulge en los puños abiertos cual caída de agua clara.

Es tanta vela que te ciega, Virgencita.

Me hubiera gustado, Señor, que concedieses a mi padre la revancha contra el Hombre Elefante.

Montemos un ring entre legiones de perros callejeros: le construiremos con puestos de tianguis y con las cruces que recuerdan

a los atropellados en la Gustavo Baz,

vamos a erigirlo torpemente, sin amor ni piedad, de la forma en que armaste al Hombre Elefante.

Mi padre avanzará de nuevo

sobre un piso hecho de bolsas de plástico, sobre marejadas rutilantes de logos de supermercado y farmacias.

Los guantes refulgentes. En los labios de mi padre los de mi madre,

los de mis hermanos,

y los de su hija, y los míos

y los de sus nietos, y los de sus amores secretos. Mi padre avanzará hacia el Hombre Elefante como esa multitud contrahecha que ambos son,

y el monstruo, sentado en su banco, con un coche de lata en su regazo, cantará su canción de cuna: la cuenta de protección de todos los hombres.

Y yo, Señor, antes de tocar la campana que marque nuestro último asalto, voy a contar. Y cuanto he descrito va a ocurrir:

mi padre va a estar de pie, victorioso,

 

sobre este páramo de polvo,

en donde le queda tanto de que desprenderse (todo cuanto tú te niegas a dar). Y va a ser a la cuenta de tres:

Uno… Dos…



 

[Ir a la portada de Tachas 457]

Comentarios